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Pedro Chacón
Jueves, 02 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

Cómo Letamendía justificó el asesinato por ETA de su tío Araluce

El pasado 26 de abril falleció en San Sebastián Francisco Letamendía [ellos ponen Letamendia] Belzunce, alias Ortzi, a los 82 años. En los obituarios de El Correo y de El Diario Vasco se le ha denominado “icono de la Transición vasca”. Sí, menudo icono. Este político desde un principio se posicionó en contra de la Constitución de 1978 y a favor no solo del derecho de autodeterminación del pueblo vasco sino de la lucha armada como medio para conseguirla, ya que militó en Herri Batasuna cuando esta formación política daba cobertura y justificaba las peores atrocidades de la banda terrorista.

 

Este personaje, tan solo con ese posicionamiento político, demostró de sobras hasta dónde alcanzaba su nivel de humanidad. Porque hay opciones políticas que también son morales. Y el caso de la llamada izquierda averchale es paradigmático en ese sentido. Optar por la independencia del pueblo vasco podría parecer una opción política como otra cualquiera. Pero no lo es. Es algo mucho más trascendental y significativo que todo eso. Afecta a la propia condición humana. Porque lo que puede parecer una aparente opción política más no solo demuestra una ignorancia histórica supina sino que además coloca a quien defiende eso en una posición insostenible en términos morales, por el profundo desprecio que desprende respecto de realidades históricas y humanas que siempre formaron parte indiscernible de la realidad vasca y a las que esa opción política siempre ha abogado por suprimirlas, por eliminarlas.

 

La ignorancia, la soberbia, la perversa catadura moral de quien defiende la independencia vasca respecto de España se trasluce en todos sus comportamientos y actitudes, en toda su forma de ser. Es así, está demostrado. Y aquí tenemos un ejemplo paradigmático para precisar mucho mejor en qué consiste esa forma de entender la vida y las relaciones humanas que empieza con la propia forma de ser y llega hasta la convicción política que se posiciona, en este caso, como decimos, en la órbita de la llamada izquierda averchale o del nacionalismo vasco en general, me atrevería a decir.

 

Basta para ello con referirnos a cómo despachó Francisco Letamendía Belzunce un acontecimiento histórico que le tocó directamente en su trayectoria biográfica.

 

Nos referimos al asesinato por parte de ETA de su tío, Juan María Araluce Villar, nacido en Santurce (Vizcaya), en 1917, y ejecutado a sangre fría, mediante el ametrallamiento, el 4 de octubre de 1976, junto con su chófer, José María Elícegui Díez y tres policías de escolta: el agente Alfredo García González, el inspector Luis Francisco Sanz Flores y el subinspector Antonio Palomo Pérez.

 

Juan María Araluce Villar estaba casado con María Teresa (Maité) Letamendía Goitia, hermana del padre de Ortzi. Tuvieron nueve hijos. Juan María Araluce fue muchos años notario de Tolosa y en el momento en el que fue asesinado era presidente de la Diputación de Guipúzcoa, procurador en las Cortes y miembro del Consejo del Reino. Estaba trabajando con mucha dedicación por la obtención del concierto económico para Guipúzcoa, y de paso también para Vizcaya, que habían sido suprimidos por la dictadura franquista. No así los de Álava y Navarra, como es sabido.

 

ETA militar lo asesinó porque Juan María Araluce planteaba una salida política para el País Vasco en clave fuerista, tradicional e histórica, algo que para ETA resultaba más que nada incomprensible.

 

[Img #30798]

 

 

En esta foto, del libro de Juan José Echevarría dedicado a Juan María Araluce, están los abuelos Letamendía-Goitia con parte de sus nietos. De los hijos de Juan María Araluce Villar y Maria Teresa Letamendía Goitia solo están los tres mayores, María del Mar, Gonzalo y Juan. El que sí está es Francisco Letamendía Belzunce, el futuro Ortzi, en la fila de detrás, el primero a la derecha, justo al lado de su prima María del Mar Araluce Letamendía y delante de su primo Juan Araluce Letamendía, hijos de Juan María Araluce.

 

Francisco Letamendía, en su obra Historia del nacionalismo vasco y de ETA, que fue su tesis doctoral presentada en la Universidad de la Sorbona de París, justifica el asesinato de su tío Juan María Araluce en el siguiente párrafo:

 

“El mediodía del 4 de Octubre de 1976 un comando de ETA militar mata en la Avenida de San Sebastián a Juan María Araluce, Presidente de la Diputación de Guipúzcoa, a su chófer y a los tres policías de su escolta. ETA militar presenta este atentado como respuesta a las acciones represivas que habían culminado en los sucesos de Fuenterrabía: «El asesinato de Zabala en Fuenterrabía fue la gota que colmó el vaso. A partir de ahí decidimos hacer justicia» (citado del Zutik, nº 67, en nota 66)”. La cita en la página 461 del volumen I de Historia del nacionalismo vasco y de ETA.

 

Esa es la explicación sucinta del asesinato de su tío, acudiendo a un episodio previo como fue la muerte en una manifestación de Josu Zabala Erasun en Fuenterrabía, que ni siquiera era miembro de ETA, por los disparos de un Guardia Civil, el 8 de septiembre de 1976. Letamendía solo nos da la explicación que dio ETA del asesinato.

 

Dice que decidieron hacer justicia tras el asesinato de Josu Zabala en Fuenterrabía. Pero es que, para entonces, durante 1976, ETA ya había asesinado a las siguientes personas:

 

Manuel Vergara Jiménez (17 de enero). Guardia Civil, asesinado por el método de la ikurriña-trampa, que se llevó por delante a varios miembros del cuerpo.

 

Víctor Legorburu Ibarreche (9 de febrero). Alcalde de Galdácano, tras un ultimátum de ETA exigiendo la dimisión inmediata de todos los alcaldes vascos.

 

Julián Galarza Ayastuy (10 de febrero). Mecánico, por error reconocido por ETA, ya que iban a por el alcalde de Cizúrquil, Antonio Vicuña, que era también mecánico.

 

Emilio Guezala Aramburu (1 de marzo). Conductor de autobuses, por ser confidente de la policía.

 

Manuel Albizu Idiáquez (13 de marzo). Taxista, acusado falsamente de ser confidente de la policía.

 

Ángel Berazadi Uribe (18 de marzo). Empresario e industrial, secuestrado y luego ejecutado con un tiro en la nuca como represalia directa al no alcanzarse la cifra económica exigida dentro del plazo impuesto.

 

Vicente Soria Blasco (30 de marzo). Obrero, por "chivato" o informador de las Fuerzas de Seguridad.

 

José Luis Martínez Martínez y Jesús María González Ituero (4 de abril). Inspectores de policía, asesinados después de ser secuestrados y torturados.

 

Miguel Gordo García (11 de abril). Inspector de policía, también por el método de ikurriña-trampa conectada a un cable de alta tensión.

 

Antonio de Frutos Sualdea (3 de mayo). Cabo de la Guardia Civil.

 

Luis Carlos Albo Llamosas (9 de junio). Conductor, administrativo y profesor, Jefe Local del Movimiento en Basauri.

 

***

 

Además, para un investigador de las ideas políticas, dejar la explicación de un asesinato como ese, como hace Letamendía, en lo que a cualquier mamarracho de ETA le pareciera en aquel momento decir para justificarlo resulta de una pobreza argumental difícilmente comprensible. Más allá del elemento humano que ahí se trasluce, con la absoluta frialdad de la que habla del asesinato de su propio tío, con el que tuvo que compartir tantas vivencias en su infancia, puesto que las familias solían veranear juntas en una finca cercana a Estella, está la absoluta ignorancia de la posición fuerista que Juan María Araluce defendió en los años finales del franquismo, cuando procuró conseguir para Guipúzcoa la rehabilitación de su estatus neoforal (mediante la recuperación de los conciertos ecónomicos) y en una coyuntura en la que tenía que hacer frente a otros posicionamientos políticos del momento, como fue el del movimiento de alcaldes, encabezado por José Luis Elkoro desde Vergara, que quería imitar lo que hizo José Antonio Aguirre en tiempos de la Segunda República, o la propia posición de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, que propugnaba otra salida de tipo regional, pero dentro de la unidad de España.

 

Porque es que había entonces una discusión teórica y política interesantísima entre fuerismo, regionalismo, autonomía y nacionalismo, tal como refleja Juan José Echevarría en los últimos capítulos de su biografía de Juan María Araluce, que ETA, con su actuación desaprensiva e inmoral, se llevó por delante. Por no hablar de la catástrofe humanitaria que produjo en las personas directamente afectadas por la salvajada que acababa de cometer: la viuda, los hijos, los familiares cercanos (entre los que parece que no se contaba Francisco Letamendía, a juzgar por su “análisis” de aquella iniquidad). Estamos hablando de una actuación propia de cabestros indocumentados a los que habría que haber cogido y encerrado de por vida. Pero luego llegó la amnistía de 1977 y para todos los cafres de todas las orientaciones políticas de la época, que se dedicaron entonces a hacer todas las animaladas que se les ocurrieron, hubo perdón generalizado. Muchos de ellos, en su mayoría los de la izquierda averchale y ETA, volvieron a las andadas después y quemaron literalmente la convivencia vasca hasta hoy.

 

El asesinato de Juan María Araluce significó el ataque frontal y ciego de ETA contra la opción más aperturista y más coherente que se estaba generando desde dentro del sistema franquista para darle una salida política a la Transición en el País Vasco. Juan María Araluce era demasiado bueno y demasiado interesante, intelectual y políticamente, como para que esos desalmados, y quienes les alentaban desde el anonimato o desde el supuesto mundo de las ideas (como Francisco Letamendía, su propio sobrino), entendieran su propuesta.

 

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