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Domingo, 05 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:
Autor de “La crisis de Europa”

Raúl Mir: “Europa sería irreconocible sin la influencia del Evangelio en su cultura y en sus instituciones”

[Img #30809]Raúl M. Mir pertenece a esa generación de autores que entiende el ensayo como una herramienta para interpretar el tiempo que le ha tocado vivir. A caballo entre la reflexión histórica, el análisis político y la preocupación por el futuro de Occidente, ha construido una trayectoria marcada por el interés en las grandes cuestiones que atraviesan nuestra época: la identidad europea, la crisis de las democracias, el declive cultural del continente y los profundos cambios geopolíticos que están redefiniendo el orden internacional.

 

Su último libro, La crisis de Europa, constituye una mirada amplia y documentada sobre las transformaciones que sacuden al continente. A través de un recorrido por los principales desafíos políticos, económicos, demográficos, culturales y estratégicos de la Unión Europea, el autor invita al lector a reflexionar sobre las causas profundas de un proceso que, a su juicio, trasciende la coyuntura y plantea interrogantes de enorme calado sobre el futuro del proyecto europeo.

 

Con un estilo analítico, directo y sustentado en la contextualización histórica, Raúl M. Mir rehúye las explicaciones simplistas para adentrarse en un debate que afecta al conjunto de la sociedad. En esta entrevista conversamos con él sobre las claves de La crisis de Europa, los riesgos y oportunidades que afronta el continente, el papel de España en ese escenario y las perspectivas de una Europa que busca redefinir su lugar en un mundo cada vez más inestable y multipolar.

 

Usted sostiene que Europa no atraviesa únicamente una crisis económica o política, sino una crisis espiritual. ¿Qué ntomas concretos le llevan a afirmar que el problema de fondo es, ante todo, cultural y moral?

 

La economía y la política son, en gran medida, el reflejo de una realidad más profunda. Europa atraviesa una crisis espiritual porque ha ido perdiendo el sentido de la verdad, del bien común y de la dignidad trascendente de la persona. Los síntomas son numerosos: el debilitamiento de la familia, la creciente soledad, el descenso de la natalidad, el relativismo moral, la pérdida del sentido del sacrificio y del compromiso, y una cultura que con frecuencia prioriza el bienestar inmediato sobre el deber y la responsabilidad.

 

Cuando una sociedad deja de preguntarse por el sentido de la vida y reduce al ser humano a un consumidor o a un individuo aislado, termina erosionando los fundamentos sobre los que se construye una convivencia sólida. La tradición cristiana recuerda que la libertad solo florece cuando está unida a la verdad, a la trascendencia y al amor al prójimo. Si esos pilares desaparecen, las instituciones acaban resintiéndose.

 

El título del libro habla de "crisis". ¿Cree que Europa aún está a tiempo de corregir su rumbo o considera que el proceso de decadencia ha alcanzado un punto difícilmente reversible?

 

La esperanza es una de las virtudes centrales del cristianismo, por lo que nunca puede darse una situación por definitivamente perdida. Europa ha atravesado momentos muy difíciles a lo largo de su historia y, sin embargo, ha sabido renovarse cuando ha recuperado sus fundamentos espirituales y culturales.

 

Ahora bien, el tiempo para reaccionar no es ilimitado. Si una sociedad persiste durante décadas en olvidar sus raíces, despreciar la transmisión entre generaciones y renunciar a toda referencia moral objetiva, la recuperación se vuelve cada vez más compleja. El cambio no dependerá únicamente de reformas económicas o legales, sino de una renovación integral de las personas, de las familias, de la educación y de la vida comunitaria.

 

[Img #30811]

 

En su ensayo afirma que "las sociedades pierden antes el rumbo en las ideas que en la acción". ¿Qué ideas fundamentales considera que Europa ha abandonado durante las últimas décadas?

 

Creo que Europa ha ido alejándose de tres convicciones esenciales. La primera es la idea de que toda persona posee una dignidad inviolable por haber sido creada a imagen de Dios, una dignidad que no depende de su utilidad, de su edad, de su salud o de su capacidad productiva.

 

La segunda es la existencia de una verdad objetiva sobre el bien y el mal. El relativismo ha llevado a considerar que toda opción moral es equivalente, dificultando la construcción de un proyecto común basado en principios compartidos.

 

La tercera es la comprensión de la libertad como responsabilidad. La tradición cristiana entiende que ser libre no consiste en hacer cualquier cosa, sino en elegir aquello que conduce al bien propio y al de los demás. Cuando la libertad se separa de la verdad y del servicio, fácilmente degenera en individualismo.

 

Europa ha recibido una herencia intelectual, jurídica y cultural profundamente marcada por el cristianismo. Recuperar esa inspiración no significa imponer una confesión religiosa, sino redescubrir los valores que hicieron posible una civilización fundada en la dignidad humana, la verdad, la solidaridad, la justicia, el perdón y la esperanza.

 

Una de las tesis centrales del libro es que el debilitamiento de la verdad termina debilitando también la libertad. En una época dominada por las redes sociales y la inteligencia artificial, ¿cree que el propio concepto de verdad está desapareciendo?

 

No creo que la verdad pueda desaparecer, porque la verdad existe con independencia de nuestras opiniones. Lo que sí puede desaparecer es el compromiso de una sociedad con la búsqueda de la verdad. Las redes sociales y la inteligencia artificial ofrecen enormes oportunidades para el conocimiento, pero también facilitan la sobreabundancia de información, la desinformación y la creación de entornos donde las emociones pesan más que los hechos.

 

La verdad no es nunca una construcción subjetiva, sino una realidad que el ser humano está llamado a descubrir con humildad. Cuando dejamos de buscarla y nos conformamos con aquello que confirma nuestras preferencias o intereses, la libertad se debilita. Una persona solo puede elegir verdaderamente bien cuando conoce la realidad. Por eso, la defensa de la verdad no es un ejercicio de poder, sino un servicio a la dignidad y a la libertad de cada persona.

 

Usted analiza fenómenos como el relativismo moral, el emotivismo o la manipulación del lenguaje. ¿Son procesos espontáneos de cambio cultural o responden, en parte, a proyectos ideológicos conscientes?

 

Hay elementos de ambas dimensiones. Toda cultura evoluciona de forma natural y muchas transformaciones nacen de cambios sociales, tecnológicos o económicos. Sin embargo, también existen corrientes de pensamiento e ideologías que buscan orientar deliberadamente esos cambios, especialmente en ámbitos como la educación, los medios de comunicación o la política.

 

La tradición cristiana invita a discernir críticamente estos procesos. El problema no es que existan debates o nuevas propuestas, sino que con frecuencia se pretende presentar determinadas visiones antropológicas como si fueran las únicas aceptables, relegando o descalificando cualquier perspectiva distinta. La manipulación del lenguaje es especialmente significativa porque las palabras no solo describen la realidad: también moldean la forma en que la comprendemos. Cuando se altera el significado de conceptos fundamentales como persona, matrimonio, familia, libertad, dignidad o vida, acaba modificándose también la percepción moral de la sociedad.

 

Habla también de una pérdida de identidad compartida. ¿Qué significa hoy ser europeo? ¿Existe todavía una identidad común o estamos asistiendo a su fragmentación definitiva?

 

Ser europeo no debería definirse únicamente por compartir un mercado, una moneda o unas instituciones políticas. Europa es, ante todo, una realidad cultural e histórica construida sobre el encuentro entre la herencia grecorromana, el pensamiento judeocristiano y la tradición humanista que de ellas surgió. Esa síntesis dio lugar a una concepción única de la persona, de la libertad, del derecho y de la responsabilidad.

 

Hoy esa identidad común atraviesa una etapa de fragmentación porque existe una creciente dificultad para reconocer qué valores compartimos y qué relato común queremos transmitir a las nuevas generaciones. Sin memoria histórica es difícil construir un proyecto de futuro.

 

No obstante, la identidad no es un concepto excluyente ni cerrado. Europa puede seguir siendo una comunidad abierta y plural, siempre que no renuncie a los principios que hicieron posible esa apertura: la dignidad de toda persona, la libertad de conciencia, la solidaridad, el respeto por la ley y la convicción de que existen verdades y bienes comunes que trascienden los intereses particulares. Recuperar esa conciencia no supone volver al pasado, sino redescubrir los fundamentos que pueden sostener el futuro.

 

Su análisis se realiza desde una perspectiva cristiana. ¿Por qué considera que el cristianismo sigue siendo indispensable para comprender Europa, incluso para quienes no son creyentes?

 

Comprender Europa sin el cristianismo es, en gran medida, no comprender su propia historia. No se trata únicamente de una religión, sino de la matriz cultural que ha moldeado su visión de la persona, del derecho, de la justicia, de la educación, del arte y de la solidaridad. Conceptos que hoy consideramos universales, como la dignidad intrínseca de todo ser humano, la igualdad moral de las personas o el deber de proteger al más débil, fueron profundamente desarrollados por la tradición cristiana.

 

Esto no significa que solo los cristianos puedan defender esos valores, sino que resulta difícil explicar su origen y su desarrollo histórico prescindiendo del cristianismo. Incluso quien no comparte la fe cristiana puede reconocer que Europa sería irreconocible sin la influencia del Evangelio en su cultura y en sus instituciones. Conocer esas raíces no obliga a creer, pero sí ayuda a comprender quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí.

 

Muchos sostienen que una sociedad plenamente secular puede construir igualmente una ética sólida. ¿Por qué discrepa de esa idea?

 

Una sociedad secular puede mantener durante un tiempo una ética compartida, especialmente si esa ética ha sido heredada de una tradición moral anterior. La cuestión es si puede sostenerla indefinidamente cuando pierde el fundamento que le daba coherencia.

 

Desde una perspectiva cristiana que es como planteo el libro, los derechos humanos, la dignidad de la persona o la igualdad no son simples acuerdos sociales, sino realidades que derivan de la naturaleza humana creada por Dios. Si esos principios se convierten únicamente en consensos circunstanciales, corren el riesgo de modificarse cuando cambian las mayorías, las modas culturales o los intereses políticos.

 

La historia demuestra que las sociedades necesitan algo más que procedimientos democráticos: necesitan convicciones morales compartidas. El cristianismo ofrece un fundamento objetivo para esas convicciones al afirmar que cada ser humano posee un valor infinito que ninguna autoridad puede conceder ni retirar. Por ello, más que oponer fe y razón, la tradición cristiana propone una alianza entre ambas para construir una sociedad verdaderamente libre y justa.

 

Usted recuerda el papel que desempeñaron los monasterios en la conservación del conocimiento tras el colapso romano. ¿Quién podría desempeñar hoy esa función de preservar el legado cultural europeo?

 

Hoy no necesitamos únicamente edificios que custodien libros, sino comunidades que custodien una forma de entender al ser humano. En ese sentido, los nuevos "monasterios" pueden ser las familias, las escuelas, las universidades, las parroquias, las comunidades cristianas, las o y todas aquellas instituciones comprometidas con la transmisión de la verdad, la belleza y el bien.

 

En un mundo caracterizado por la rapidez, la fragmentación y la sobreinformación, preservar la cultura significa educar personas capaces de pensar críticamente, distinguir la verdad del error, defender la verdad a pesar del riesgo de ser discriminado y asumir responsabilidades. No basta con conservar archivos digitales o bibliotecas, es necesario formar buenas conciencias.

 

El cristianismo siempre ha entendido la cultura como una herencia viva que se transmite de generación en generación. Si Europa quiere preservar lo mejor de sí misma, necesitará personas e instituciones dispuestas a vivir esa misión con compromiso, paciencia, humildad y esperanza, convencidas de que toda gran renovación cultural comienza por la educación, el testimonio y el servicio a la verdad.

 

En España asistimos a un debate público cada vez más crispado. ¿Cree que esa degradación del lenguaje político refleja una crisis institucional o una crisis más profunda de la sociedad?

 

Creo que la crispación política es el síntoma visible de una crisis mucho más profunda: una crisis moral y cultural. Cuando desaparece la idea de que existe una verdad que debemos buscar entre todos, el adversario deja de ser un interlocutor para convertirse en un enemigo al que hay que desacreditar. Ese deterioro afecta a toda la clase política, pero considero que el actual Gobierno de Pedro Sánchez ha contribuido de manera especialmente intensa a esa dinámica.

 

Desde mi punto de vista, el Ejecutivo ha hecho de la polarización una estrategia política, recurriendo con frecuencia a un lenguaje que divide a los españoles entre bloques irreconciliables y presentando a quienes discrepan como una amenaza para la democracia o para el progreso. A ello se suma una tendencia preocupante a reinterpretar las instituciones en función de intereses coyunturales, debilitando la percepción de neutralidad que deberían mantener los poderes del Estado.

 

También considero especialmente preocupante el uso del lenguaje como herramienta de ingeniería social. Se modifican conceptos con una enorme carga antropológica y jurídica, no solo para describir la realidad, sino para transformarla culturalmente. Desde una perspectiva cristiana, el lenguaje debe servir a la verdad, no convertirse en un instrumento para imponer una determinada visión del hombre o de la sociedad.

 

Sin embargo, sería un error pensar que todo comienza en la política. Los gobiernos reflejan, en parte, el estado moral de la sociedad. Cuando una cultura pierde el respeto por la verdad, por la responsabilidad personal y por el bien común, el debate público inevitablemente se degrada.

 

Otro de los grandes debates gira en torno a la inmigración. ¿Puede Europa integrar a millones de nuevos ciudadanos si previamente ha perdido confianza en su propia identidad?

 

Desde la tradición cristiana hay dos principios que deben mantenerse unidos: la dignidad de toda persona y el bien común de la comunidad que acoge. No existe contradicción entre la solidaridad y la prudencia. Europa tiene el deber moral de ayudar a quienes huyen de la guerra, la persecución o la miseria extrema, pero también la responsabilidad de garantizar una integración real y sostenible.

 

Ahora bien, resulta muy difícil integrar a quien llega cuando la propia sociedad receptora no sabe quién es ni qué valores desea transmitir. La integración no consiste únicamente en ofrecer oportunidades económicas, sino en compartir una cultura cívica basada en el respeto a la dignidad humana, la igualdad ante la ley, la libertad religiosa, los derechos de la mujer, la democracia y el Estado de derecho.

 

Una Europa que renuncia a sus raíces culturales y cristianas tiene muchas más dificultades para proponer un proyecto común a quienes llegan. La acogida necesita una identidad sólida; de lo contrario, corre el riesgo de convertirse en una mera coexistencia de comunidades separadas, sin verdadera integración.

 

La inteligencia artificial, el transhumanismo o la revolución tecnológica están transformando la civilización. ¿Cree que Europa afronta estos desafíos desde una posición intelectual suficientemente sólida?

 

Europa posee una extraordinaria tradición filosófica, científica y humanista, pero me preocupa que en las últimas décadas haya debilitado precisamente los fundamentos antropológicos que necesita para afrontar estos desafíos.

 

La inteligencia artificial, la ingeniería genética o el transhumanismo plantean preguntas que son, antes que técnicas, profundamente humanas: ¿qué significa ser persona?, ¿existen límites éticos al poder tecnológico?, ¿todo lo que es técnicamente posible debe hacerse? Sin una respuesta clara a esas cuestiones, la tecnología puede terminar gobernando al hombre en lugar de servirle.

 

La visión cristiana ofrece un criterio especialmente valioso: la persona nunca puede reducirse a un objeto de experimentación, a un conjunto de datos o a un mecanismo susceptible de optimización indefinida. El ser humano posee una dignidad que no depende de su inteligencia, de su rendimiento ni de sus capacidades físicas o cognitivas.

 

Europa necesita recuperar esa visión integral de la persona si quiere liderar la revolución tecnológica sin sacrificar aquello que la hizo grande: el reconocimiento de que la técnica debe estar al servicio del hombre y nunca el hombre al servicio de la técnica. Sin una antropología sólida, el progreso tecnológico corre el riesgo de convertirse en un progreso material acompañado de un profundo empobrecimiento moral.

 

¿Existe hoy un cierto miedo entre intelectuales y escritores a expresar determinadas ideas que puedan apartarse del pensamiento dominante?

 

Sí, creo que existe, aunque no siempre adopta la forma de una censura explícita. En muchas ocasiones se manifiesta como autocensura. Hay autores, profesores, periodistas e investigadores que prefieren callar determinadas opiniones porque saben que pueden sufrir campañas de desprestigio, aislamiento profesional o dificultades para desarrollar su carrera.

 

Una sociedad verdaderamente libre no es aquella donde solo pueden expresarse las opiniones mayoritarias, sino aquella en la que existe un debate abierto, respetuoso y sin miedo. La verdad no necesita ser protegida mediante la censura; al contrario, se fortalece cuando puede confrontarse libremente con otras ideas.

 

Me preocupa especialmente que determinadas cuestiones antropológicas, éticas o religiosas parezcan quedar fuera del debate legítimo. Una democracia madura no debería temer la pluralidad intelectual, sino fomentarla.

 

¿Qué autores han influido más en la construcción intelectual de este ensayo?

 

Este ensayo bebe de una tradición intelectual muy amplia. Entre los autores cristianos, resultan fundamentales san Agustín, santo Tomás de Aquino, Blaise Pascal, G. K. Chesterton, C. S. Lewis, Romano Guardini, Joseph Ratzinger y san Juan Pablo II, especialmente por su reflexión sobre la persona, la libertad y la cultura.

 

También han sido decisivos pensadores como Alexis de Tocqueville, Edmund Burke, T. S. Eliot, Rémi Brague, Alasdair MacIntyre o Roger Scruton, que han analizado con profundidad los fundamentos morales de Occidente y los riesgos de una sociedad que pierde sus referencias culturales.

 

No se trata de asumir acríticamente sus planteamientos, sino de dialogar con una tradición intelectual que lleva siglos preguntándose qué sostiene realmente a una civilización.

 

Si un lector terminara La crisis de Europa y sólo pudiera quedarse con una idea, ¿cuál le gustaría que fuera?

 

Que ninguna civilización se mantiene únicamente por su riqueza, su poder militar o su desarrollo tecnológico. Las sociedades sobreviven mientras conservan una idea verdadera del ser humano y un horizonte moral compartido.

 

Europa no necesita únicamente más crecimiento económico o mejores instituciones; necesita recuperar el sentido de quién es y por qué merece la pena preservar su legado. Cuando una cultura olvida sus raíces, acaba perdiendo también su capacidad para construir el futuro.

 

Ese es, en el fondo, el mensaje del libro: toda renovación política comienza antes por una renovación cultural y espiritual.

 

¿Es este un libro dirigido únicamente a lectores creyentes o pretende abrir un diálogo mucho más amplio sobre el futuro de nuestra civilización?

 

Aunque está escrito desde una cosmovisión cristiana, no pretende dirigirse exclusivamente a creyentes. Mi intención es abrir un diálogo con cualquier persona preocupada por el futuro de Europa, independientemente de sus convicciones religiosas.

 

Las grandes preguntas que aborda el libro —qué es la libertad, qué significa la dignidad humana, cómo se sostiene una democracia o qué valores hacen posible una sociedad libre— afectan a creyentes y no creyentes por igual.

 

El cristianismo ofrece una propuesta para responder a esas cuestiones, pero el objetivo del ensayo no es imponer una fe, sino invitar a reflexionar sobre los fundamentos culturales que han permitido florecer a la civilización europea.

 

Si pudiera resumir en una sola frase el mensaje central de La crisis de Europa, ¿cuál sería?

 

Europa no perderá su futuro por falta de recursos, sino si olvida las verdades sobre el ser humano que hicieron posible su civilización; solo recuperando sus raíces espirituales, culturales y morales podrá volver a construir un futuro de libertad, dignidad y esperanza.

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