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La Tribuna del País Vasco
Lunes, 06 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

La estúpida Europa progresista contra el aire acondicionado

Hay épocas en las que una civilización demuestra su grandeza construyendo puentes, hospitales o centrales eléctricas. Y hay otras en las que parece decidida a combatir precisamente aquello que hizo posible su prosperidad. La Europa socialdemócrata del siglo XXI pertenece, por desgracia, a esta segunda categoría. Mientras el continente encadena olas de calor cada vez más intensas y miles de personas —sobre todo ancianos y enfermos— fallecen durante episodios de temperaturas extremas, una parte significativa de sus dirigentes izquierdistas continúa librando una cruzada casi moral contra uno de los mayores avances tecnológicos del último siglo: el aire acondicionado.

 

Resulta difícil encontrar un ejemplo más claro de cómo una ideología estúpida y fanática puede imponerse al sentido común. El mismo continente que considera irrenunciable la calefacción durante el invierno empieza ahora a presentar la refrigeración como un lujo sospechoso, un capricho burgués o, peor aún, una especie de pecado ecológico. Se anima a los ciudadanos a soportar temperaturas insoportables, se multiplican las trabas administrativas para instalar equipos de climatización y se difunde la idea de que la respuesta al calor consiste en refugiarse bajo un árbol, cerrar las persianas o beber más agua. Todo ello mientras los hospitales se llenan de personas, ancianos y niños, principalmente, con golpes de calor y las estadísticas de mortalidad vuelven a dispararse.

 

El problema ya no es únicamente climático. Es cultural. Existe en determinadas élites políticas europeas una creciente convicción de que cualquier avance tecnológico destinado a mejorar la vida de las personas debe contemplarse con sospecha si consume energía. Da igual que salve vidas. Da igual que reduzca enfermedades. Da igual que proteja a los colectivos más vulnerables. Lo importante parece ser enviar un mensaje moral, exhibir virtud ecológica y convencer al ciudadano de que vivir peor constituye una forma superior de responsabilidad ambiental.

 

El fenómeno recuerda demasiado a otras épocas de fanatismo ideológico. La realidad deja de importar. Lo único relevante es la pureza del dogma progresista. Si las temperaturas baten récords, la solución no consiste en facilitar el acceso a sistemas eficientes de climatización, sino en culpabilizar a quienes desean utilizarlos. El ciudadano deja de ser una persona que necesita protección frente al calor para convertirse en un potencial infractor climático.

 

Paradójicamente, Europa lleva décadas invirtiendo miles de millones de euros en innovación tecnológica, eficiencia energética y electrificación. Las modernas bombas de calor, capaces de calentar durante el invierno y refrigerar durante el verano con consumos muy inferiores a los antiguos sistemas, representan precisamente el tipo de tecnología que debería promover cualquier política medioambiental inteligente. Sin embargo, en numerosos países europeos la burocracia, las restricciones urbanísticas, determinadas normativas energéticas y un discurso político crecientemente hostil han convertido su instalación en una carrera de obstáculos.

 

Mientras tanto, el resto del mundo sigue otro camino. Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, Australia o Canadá no consideran el aire acondicionado un enemigo del planeta, sino una herramienta de adaptación. También China e India, responsables de buena parte del incremento mundial de emisiones, están instalando millones de equipos de climatización porque entienden una realidad elemental: las personas necesitan sobrevivir hoy antes de salvar hipotéticos escenarios dentro de varias décadas.

 

Europa parece empeñada en demostrar exactamente lo contrario. El debate, además, parte de una premisa profundamente equivocada. Adaptarse al cambio climático no significa renunciar a combatirlo. Significa aceptar que proteger el medio ambiente y proteger la vida humana no son objetivos incompatibles. Una sociedad inteligente hace ambas cosas simultáneamente. Invierte en energías limpias, mejora la eficiencia de sus edificios, desarrolla tecnologías menos contaminantes y, al mismo tiempo, garantiza que ningún anciano muera de calor por carecer de un sistema de refrigeración.

 

Confundir adaptación con rendición constituye uno de los grandes errores intelectuales de nuestro tiempo. La historia de Europa es, precisamente, la historia de una civilización que prosperó porque aprendió a dominar un entorno hostil. Levantó carreteras, diques contra el mar, canales para transportar agua, presas para producir electricidad y redes de calefacción para sobrevivir a inviernos devastadores. Nunca se consideró inmoral utilizar la inteligencia para mejorar las condiciones de vida. Al contrario: ese fue el fundamento mismo del progreso europeo.

 

Por eso resulta tan desconcertante comprobar cómo algunos dirigentes socialistas y de extrema izquierda parecen avergonzarse ahora de la tecnología. Como si el bienestar fuera un problema. Como si el confort fuese incompatible con la responsabilidad. Como si soportar el sufrimiento otorgara automáticamente una miserable superioridad moral.

 

La lucha contra un presunto cambio climático exige ciencia, innovación y realismo. Lo que no necesita son nuevos inquisidores dispuestos a convertir cada aparato de aire acondicionado en una cuestión de conciencia.

 

Porque conviene recordar una evidencia que a menudo desaparece bajo toneladas de propaganda socialista: el calor no distingue entre votantes de derechas o de izquierdas, entre ecologistas o escépticos. El calor mata. Y cuando una ideología empieza a considerar sospechosas las tecnologías que salvan vidas para preservar la coherencia de su relato, deja de ser una política racional para convertirse en un acto de fanatismo.

 

Europa no necesita menos aire acondicionado. Necesita menos dogmatismo y mucho más sentido común.

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