Nature Human Behaviour
Los primeros humanos no vivían separados: un hallazgo en Israel revela que neandertales y Homo sapiens compartían cultura hace 100.000 años
Un estudio publicado en Nature Human Behaviour sostiene que distintas poblaciones humanas del Levante compartían tecnologías, rituales funerarios y comportamientos simbólicos hace unos 100.000 años. El descubrimiento cuestiona la visión tradicional de una evolución basada en grupos aislados y apunta a una intensa interacción entre Homo sapiens y homínidos de rasgos neandertales.
![[Img #30821]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/2224_2222222222222.jpg)
Durante décadas, la evolución humana se ha explicado como una sucesión de especies relativamente aisladas, con escasos contactos entre sí y trayectorias evolutivas independientes. Sin embargo, un nuevo estudio internacional publicado en la prestigiosa revista Nature Human Behaviour invita a replantear esa visión. Las excavaciones realizadas en la cueva de Tinshemet, en el centro de Israel, revelan que hace aproximadamente 100.000 años diferentes grupos humanos compartían una misma cultura material, practicaban rituales funerarios similares, utilizaban ocre con un probable significado simbólico y desarrollaban formas de cooperación mucho más estrechas de lo que se pensaba hasta ahora.
El trabajo, dirigido por el arqueólogo Yossi Zaidner, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, sitúa este fenómeno entre hace 130.000 y 80.000 años, un periodo especialmente complejo para comprender la evolución humana. En aquella época, el Levante —la franja oriental del Mediterráneo que conecta África con Eurasia— constituía un auténtico corredor biológico por el que circulaban distintas poblaciones de homínidos. Allí coincidieron individuos anatómicamente próximos al Homo sapiens, otros con rasgos claramente neandertales y grupos que presentaban características intermedias, convirtiendo la región en uno de los escenarios más dinámicos de la prehistoria mundial.
Lo realmente novedoso del estudio no reside únicamente en el hallazgo de nuevos fósiles humanos, sino en la interpretación global de las evidencias arqueológicas. Según los investigadores, las diferencias anatómicas entre estas poblaciones no implicaban formas distintas de vivir. Muy al contrario, compartían tecnologías para fabricar herramientas de piedra, explotaban los mismos recursos cinegéticos, enterraban a sus muertos siguiendo pautas muy similares y utilizaban pigmentos minerales en contextos funerarios, lo que apunta a una tradición cultural común desarrollada a lo largo de decenas de miles de años.
Una cueva excepcional
La cueva de Tinshemet, situada a apenas diez kilómetros del importante yacimiento de Nesher Ramla, comenzó a excavarse sistemáticamente hace pocos años, aunque ya había sido identificada arqueológicamente en la década de 1940. Las investigaciones han sacado a la luz abundantes herramientas líticas, miles de restos de fauna, más de 7.500 fragmentos de ocre y los restos de al menos cinco individuos humanos, entre ellos varios esqueletos articulados excepcionalmente conservados. Las diferentes técnicas de datación sitúan la principal ocupación del enclave alrededor de los 100.000 años de antigüedad.
Los arqueólogos destacan especialmente el hallazgo de enterramientos intencionados. Los cuerpos fueron depositados cuidadosamente de lado, con las piernas flexionadas y los brazos recogidos hacia el pecho, una posición que recuerda a la observada en otros grandes yacimientos del Levante, como Qafzeh y Skhul. En algunos casos aparecieron grandes bloques de ocre junto a los cadáveres, un detalle que sugiere la existencia de prácticas rituales o simbólicas asociadas a la muerte.
El nacimiento de una cultura compartida
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es la enorme uniformidad tecnológica detectada en los distintos yacimientos de la región. Las herramientas de piedra halladas en Tinshemet fueron elaboradas mediante la llamada técnica Levallois centrípeta, un sofisticado sistema de talla que también aparece en otros enclaves contemporáneos ocupados por poblaciones de características anatómicas diferentes. Para los investigadores, esta coincidencia resulta difícil de explicar si aquellos grupos hubieran permanecido completamente aislados entre sí.
A ello se suma otro elemento especialmente llamativo: el uso sistemático del ocre. Los análisis indican que muchos de estos pigmentos procedían de yacimientos situados a decenas e incluso más de un centenar de kilómetros de distancia, lo que implica desplazamientos deliberados o redes de intercambio relativamente complejas. Además, algunos fragmentos muestran señales de calentamiento para intensificar su color rojo, un procedimiento que probablemente respondía a preferencias simbólicas antes que prácticas.
Los investigadores consideran que este comportamiento representa una de las primeras manifestaciones ampliamente documentadas de pensamiento simbólico en la historia de la humanidad. Hasta ahora, este tipo de conductas solían asociarse casi exclusivamente al Homo sapiens moderno. Sin embargo, el conjunto de las evidencias apunta a que fueron compartidas por poblaciones humanas anatómicamente diversas.
Mucho más que convivencia
El estudio va incluso más allá. Sus autores plantean que esta sorprendente uniformidad cultural probablemente fue consecuencia de una intensa interacción entre distintas poblaciones humanas. No hablan únicamente de contactos ocasionales, sino de relaciones continuadas que favorecieron tanto el intercambio cultural como el mestizaje biológico.
Durante aquellos milenios, el Levante actuó como un auténtico puente entre África y Eurasia. Las sucesivas oleadas migratorias habrían permitido que grupos de Homo sapiens procedentes de África coincidieran con poblaciones euroasiáticas emparentadas con los neandertales. Esa convivencia prolongada habría generado comunidades donde las fronteras culturales prácticamente desaparecieron, aunque persistieran diferencias anatómicas entre sus integrantes.
En otras palabras, el trabajo propone una idea profundamente innovadora: la cultura pudo unificar a poblaciones humanas diferentes mucho antes de que existiera una única humanidad biológica.
Un cambio de paradigma
Las implicaciones del descubrimiento trascienden el ámbito arqueológico. Durante mucho tiempo se ha tendido a identificar cada especie humana con una cultura determinada. Los neandertales fabricaban unas herramientas; los Homo sapiens, otras diferentes. Este estudio sugiere que la realidad fue bastante más compleja.
La cultura, entendida como el conjunto de conocimientos, técnicas y creencias compartidas, habría circulado entre poblaciones distintas con una intensidad comparable a la que hoy circulan las ideas entre sociedades diferentes. La evolución humana no habría sido una carrera protagonizada por especies aisladas, sino una compleja red de contactos, intercambios e influencias mutuas.
Los propios autores consideran que la extraordinaria diversidad anatómica documentada en el Levante durante el Paleolítico Medio convivió con un repertorio común de comportamientos sociales, tecnológicos y simbólicos. Esa aparente contradicción constituye precisamente la principal aportación del trabajo: la uniformidad cultural no exige uniformidad biológica.
La frontera entre especies comienza a difuminarse
Las investigaciones genéticas de los últimos años ya habían demostrado que Homo sapiens y neandertales tuvieron descendencia común. El hallazgo de la cueva de Tinshemet añade ahora una dimensión cultural a esa historia. No solo compartieron genes: probablemente también compartieron conocimientos, rituales, tecnologías y formas de entender la muerte.
Si esta interpretación termina consolidándose con nuevos descubrimientos, la imagen clásica de varias especies humanas viviendo separadas deberá ser sustituida por otra mucho más dinámica, donde diferentes poblaciones convivían, colaboraban y aprendían unas de otras. En cierto modo, la historia de la humanidad habría comenzado mucho antes de lo que imaginábamos como una historia de mestizaje, intercambio cultural y cooperación.
Y quizá esa sea la conclusión más sorprendente de este estudio: hace cien mil años, cuando Europa aún estaba dominada por los hielos y África seguía siendo la gran cuna de nuestra especie, los seres humanos ya habían empezado a construir algo que hoy consideramos profundamente moderno: una cultura compartida que trascendía las diferencias biológicas.
Un estudio publicado en Nature Human Behaviour sostiene que distintas poblaciones humanas del Levante compartían tecnologías, rituales funerarios y comportamientos simbólicos hace unos 100.000 años. El descubrimiento cuestiona la visión tradicional de una evolución basada en grupos aislados y apunta a una intensa interacción entre Homo sapiens y homínidos de rasgos neandertales.
![[Img #30821]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/2224_2222222222222.jpg)
Durante décadas, la evolución humana se ha explicado como una sucesión de especies relativamente aisladas, con escasos contactos entre sí y trayectorias evolutivas independientes. Sin embargo, un nuevo estudio internacional publicado en la prestigiosa revista Nature Human Behaviour invita a replantear esa visión. Las excavaciones realizadas en la cueva de Tinshemet, en el centro de Israel, revelan que hace aproximadamente 100.000 años diferentes grupos humanos compartían una misma cultura material, practicaban rituales funerarios similares, utilizaban ocre con un probable significado simbólico y desarrollaban formas de cooperación mucho más estrechas de lo que se pensaba hasta ahora.
El trabajo, dirigido por el arqueólogo Yossi Zaidner, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, sitúa este fenómeno entre hace 130.000 y 80.000 años, un periodo especialmente complejo para comprender la evolución humana. En aquella época, el Levante —la franja oriental del Mediterráneo que conecta África con Eurasia— constituía un auténtico corredor biológico por el que circulaban distintas poblaciones de homínidos. Allí coincidieron individuos anatómicamente próximos al Homo sapiens, otros con rasgos claramente neandertales y grupos que presentaban características intermedias, convirtiendo la región en uno de los escenarios más dinámicos de la prehistoria mundial.
Lo realmente novedoso del estudio no reside únicamente en el hallazgo de nuevos fósiles humanos, sino en la interpretación global de las evidencias arqueológicas. Según los investigadores, las diferencias anatómicas entre estas poblaciones no implicaban formas distintas de vivir. Muy al contrario, compartían tecnologías para fabricar herramientas de piedra, explotaban los mismos recursos cinegéticos, enterraban a sus muertos siguiendo pautas muy similares y utilizaban pigmentos minerales en contextos funerarios, lo que apunta a una tradición cultural común desarrollada a lo largo de decenas de miles de años.
Una cueva excepcional
La cueva de Tinshemet, situada a apenas diez kilómetros del importante yacimiento de Nesher Ramla, comenzó a excavarse sistemáticamente hace pocos años, aunque ya había sido identificada arqueológicamente en la década de 1940. Las investigaciones han sacado a la luz abundantes herramientas líticas, miles de restos de fauna, más de 7.500 fragmentos de ocre y los restos de al menos cinco individuos humanos, entre ellos varios esqueletos articulados excepcionalmente conservados. Las diferentes técnicas de datación sitúan la principal ocupación del enclave alrededor de los 100.000 años de antigüedad.
Los arqueólogos destacan especialmente el hallazgo de enterramientos intencionados. Los cuerpos fueron depositados cuidadosamente de lado, con las piernas flexionadas y los brazos recogidos hacia el pecho, una posición que recuerda a la observada en otros grandes yacimientos del Levante, como Qafzeh y Skhul. En algunos casos aparecieron grandes bloques de ocre junto a los cadáveres, un detalle que sugiere la existencia de prácticas rituales o simbólicas asociadas a la muerte.
El nacimiento de una cultura compartida
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es la enorme uniformidad tecnológica detectada en los distintos yacimientos de la región. Las herramientas de piedra halladas en Tinshemet fueron elaboradas mediante la llamada técnica Levallois centrípeta, un sofisticado sistema de talla que también aparece en otros enclaves contemporáneos ocupados por poblaciones de características anatómicas diferentes. Para los investigadores, esta coincidencia resulta difícil de explicar si aquellos grupos hubieran permanecido completamente aislados entre sí.
A ello se suma otro elemento especialmente llamativo: el uso sistemático del ocre. Los análisis indican que muchos de estos pigmentos procedían de yacimientos situados a decenas e incluso más de un centenar de kilómetros de distancia, lo que implica desplazamientos deliberados o redes de intercambio relativamente complejas. Además, algunos fragmentos muestran señales de calentamiento para intensificar su color rojo, un procedimiento que probablemente respondía a preferencias simbólicas antes que prácticas.
Los investigadores consideran que este comportamiento representa una de las primeras manifestaciones ampliamente documentadas de pensamiento simbólico en la historia de la humanidad. Hasta ahora, este tipo de conductas solían asociarse casi exclusivamente al Homo sapiens moderno. Sin embargo, el conjunto de las evidencias apunta a que fueron compartidas por poblaciones humanas anatómicamente diversas.
Mucho más que convivencia
El estudio va incluso más allá. Sus autores plantean que esta sorprendente uniformidad cultural probablemente fue consecuencia de una intensa interacción entre distintas poblaciones humanas. No hablan únicamente de contactos ocasionales, sino de relaciones continuadas que favorecieron tanto el intercambio cultural como el mestizaje biológico.
Durante aquellos milenios, el Levante actuó como un auténtico puente entre África y Eurasia. Las sucesivas oleadas migratorias habrían permitido que grupos de Homo sapiens procedentes de África coincidieran con poblaciones euroasiáticas emparentadas con los neandertales. Esa convivencia prolongada habría generado comunidades donde las fronteras culturales prácticamente desaparecieron, aunque persistieran diferencias anatómicas entre sus integrantes.
En otras palabras, el trabajo propone una idea profundamente innovadora: la cultura pudo unificar a poblaciones humanas diferentes mucho antes de que existiera una única humanidad biológica.
Un cambio de paradigma
Las implicaciones del descubrimiento trascienden el ámbito arqueológico. Durante mucho tiempo se ha tendido a identificar cada especie humana con una cultura determinada. Los neandertales fabricaban unas herramientas; los Homo sapiens, otras diferentes. Este estudio sugiere que la realidad fue bastante más compleja.
La cultura, entendida como el conjunto de conocimientos, técnicas y creencias compartidas, habría circulado entre poblaciones distintas con una intensidad comparable a la que hoy circulan las ideas entre sociedades diferentes. La evolución humana no habría sido una carrera protagonizada por especies aisladas, sino una compleja red de contactos, intercambios e influencias mutuas.
Los propios autores consideran que la extraordinaria diversidad anatómica documentada en el Levante durante el Paleolítico Medio convivió con un repertorio común de comportamientos sociales, tecnológicos y simbólicos. Esa aparente contradicción constituye precisamente la principal aportación del trabajo: la uniformidad cultural no exige uniformidad biológica.
La frontera entre especies comienza a difuminarse
Las investigaciones genéticas de los últimos años ya habían demostrado que Homo sapiens y neandertales tuvieron descendencia común. El hallazgo de la cueva de Tinshemet añade ahora una dimensión cultural a esa historia. No solo compartieron genes: probablemente también compartieron conocimientos, rituales, tecnologías y formas de entender la muerte.
Si esta interpretación termina consolidándose con nuevos descubrimientos, la imagen clásica de varias especies humanas viviendo separadas deberá ser sustituida por otra mucho más dinámica, donde diferentes poblaciones convivían, colaboraban y aprendían unas de otras. En cierto modo, la historia de la humanidad habría comenzado mucho antes de lo que imaginábamos como una historia de mestizaje, intercambio cultural y cooperación.
Y quizá esa sea la conclusión más sorprendente de este estudio: hace cien mil años, cuando Europa aún estaba dominada por los hielos y África seguía siendo la gran cuna de nuestra especie, los seres humanos ya habían empezado a construir algo que hoy consideramos profundamente moderno: una cultura compartida que trascendía las diferencias biológicas.





