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Arturo Aldecoa Ruiz
Miércoles, 08 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

Carta de un emperador a su hijo

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No hay silencio más profundo que el de un campamento romano cuando el emperador agoniza.

 

Más allá de las empalizadas, los bosques permanecen inmóviles bajo la nieve. Los centinelas, mientras tiemblan, apenas se atreven a cambiar el peso del cuerpo sobre sus heladas cáligas para no quebrar aquella quietud solemne.

 

En el interior de la tienda imperial, una preciosa lucerna de aceite oro consume lentamente sus últimas gotas, como si quisiera acompasar su vida con la del anciano que yace sobre el cercano lecho.

 

Durante decenios el emperador ha gobernado el mundo conocido. Ha derrotado pueblos, sofocado rebeliones, soportado epidemias, traiciones y hambres.

 

Sin embargo, mientras la muerte asciende lentamente por sus miembros cansados, aquel hombre agotado comprende que ninguna victoria militar durante su vida ha igualado en dificultad la necesidad que ha tenido de gobernarse a sí mismo mientras ha sido el príncipe de Roma.

 

En el silencio de la tienda, rodeado de sus colaboradores más fieles,  el emperador se incorpora una última vez y comienza a escribir una carta.

 

La mano que sostuvo el destino del Estado romano tiembla ahora al tomar el cálamo. Cada palabra le exige un esfuerzo que antes hubiera bastado para dictar una campaña. No escribe para el Senado. Tampoco para la posteridad. Ni siquiera para Roma.

 

Lo hace para un muchacho, su hijo, un joven que sabe aún inconsciente de la gravedad de la tarea que deberá afrontar en breve: sostener sobre sus hombros, como un Atlas, el peso de los problemas del Estado.

 

Presiente que el mayor enemigo del Imperio no se encontrará a partir de ahora en las asediadas fronteras exteriores,  sino que estará sentado en el trono de un príncipe inexperto rodeado de ambiciosos.

 

Y escribe una carta:

 

A mi hijo Lucio,

 

Hijo mío, si estas líneas llegan a tus manos, será porque los dioses han dispuesto que mi voz ya no pueda alcanzarte.

 

Muchos te hablarán a partir de ahora de tu poder como príncipe. Pero pocos te hablarán de su precio.

 

Creerás, Lucio, porque así sucede con todos los jóvenes, que el Imperio descansa sobre las legiones, sobre el oro de los impuestos o sobre el temor que inspira el nombre del César.

 

Se equivocan. Nuestra Roma no se sostiene por la fuerza, sino por la confianza en nuestro Estado de derecho.

 

El día en que los ciudadanos crean que las leyes solo sirven al príncipe y no el príncipe a las leyes, el Imperio, carcomido por la corrupción, comenzará a derrumbarse aunque sus fronteras permanezcan intactas.

 

Te lo advierto hijo mío, la corrupción nunca entra en el Estado como un ejército invasor. Entra como por uno mismo o por nuestros amigos íntimos.

 

No roba abiertamente al principio. Comienza con la auto indulgencia para nuestras pequeñas faltas.

 

Luego sigue con la realización de pequeños favores hacia quienes nos rodean. Aparentemente, no destruye las leyes, solo las reinterpreta hasta hacerlas arbitrarias.

 

Tampoco se compran abiertamente al principio las conciencias pero, gracias a la arbitrariedad del príncipe, con el tiempo se las acostumbra a tener precio.

 

Y al final en el Estado todo se puede comprar.

 

Cuando el primer magistrado vende una sentencia, todos los demás jueces aprenden el valor de la justicia.

 

Cuando el primer general compra un cargo, todos los demás soldados dejan de obedecer al mérito.

 

Cuando el primer senador habla servilmente para agradar al príncipe, el Senado traiciona a Roma.

 

Hijo mío, no temas al hombre honrado que discrepe de ti. Teme al adulador que siempre asiente. El primero puede salvarte. El segundo ya te ha vendido.

 

Lucio, muchos te dirán que eres el dueño del Estado. No los escuches hijo mío. Ningún emperador posee Roma. Solo la custodia durante el breve instante de su vida antes de entregarla a otros.

 

Un César que confunde el Imperio con una propiedad personal acaba creyendo que puede venderlo pieza a pieza.

 

Primero vende los cargos. Después vende las leyes. Más tarde vende el honor. Finalmente vende el futuro.

 

Y cuando todo ha sido vendido, descubre que ya no queda nada que gobernar en Roma.

 

No permitas que el oro determine la dignidad de los hombres que te acompañen.  El oro compra servicios. Nunca otorga virtud ni sabiduría.

 

Rodéate siempre de quienes se atrevan a decirte la amarga verdad cuando todos los demás servilmente te aplaudan.

 

Recuerda que un príncipe acompañado únicamente de aplausos serviles ya ha comenzado a caer, aunque todavía permanezca sentado sobre el trono.

 

Recuerda también que la corrupción no destruye solamente al Estado. Destruye igualmente al César corrupto. Al principio parece enriquecerlo y acrecentar más su poder.

 

Luego lo hace desconfiar de todos, pues sabe que tipo de gente le acompaña. Finalmente le obliga a vivir  rodeado de hombres que lo sirven por miedo y esperan su fin, haciendo cálculos para intentar salvarse ellos mismos.

 

Hijo mío, un príncipe corrupto vivirá en la más amarga de las soledades: la de quien no tiene ni un solo amigo verdadero.

 

Un César puede sobrevivir a las derrotas militares. Puede sobrevivir incluso a la escasez de medios y al infortunio. Pero no sobrevive mucho tiempo cuando su ejemplo deja de ser digno de ser imitado.

 

Lucio, los pueblos terminan pareciéndose a quienes los gobiernan.

 

Si el príncipe se entrega al lujo, los magistrados codiciarán riquezas. Si el príncipe desprecia la ley, los ciudadanos despreciarán la justicia.

 

Si el príncipe convierte la mentira en costumbre, nadie volverá a creer en su palabra, aunque diga la verdad.

 

Hijo mío, gobernar consiste menos en mandar que en ofrecer un modelo.

 

Nunca olvides que el ejemplo desciende desde el trono como el agua desde la montaña. No existe decreto capaz de corregir el vicio que nace en el palacio.

 

He comprobado durante mi vida que cada hombre gobierna de verdad únicamente su propia alma. Lo demás depende de la fortuna y de la naturaleza

 

Por ello, hijo mío, gobierna primero tus deseos y después gobernarás Roma.

 

Cuando leas estas palabras, quizá ya me hayan devuelto a la tierra. No llores por mí.

 

Llora únicamente si un día descubres que el poder ha conseguido hacerte olvidar que tú también hijo mío, aunque seas un César, eres un hombre.

 

Tu padre,

 

El emperador

 

(*) Arturo Ignacio Aldecoa Ruiz. Apoderado de las Juntas Generales de Bizkaia 1999 – 2019

 

 

 

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