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Jueves, 09 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:
40 años de "Please", su primer disco

Pet Shop Boys: Bailando en el final de la historia

Cuando se cumplen cuatro décadas de "Please", su disco de debut, el dúo que puso banda sonora al paréntesis posmoderno —ese breve y feliz lapso entre la caída del Muro y el 11-S— se ha convertido, contra todo pronóstico y quizá contra su propia voluntad, en un clásico.

 

[Img #30834]Hay algo profundamente irónico —y por tanto profundamente coherente— en el hecho de que los Pet Shop Boys estén siendo canonizados. En abril de este año, Neil Tennant y Chris Lowe agotaron cinco noches consecutivas en el Electric Ballroom de Londres con un espectáculo titulado "Obscure", dedicado exclusivamente a caras B y rarezas: la clase de liturgia arqueológica que se reserva a los monumentos. Thames & Hudson, la editorial que publica catálogos de Tiziano y de Hockney, acaba de editar "Volume", casi seiscientas páginas que documentan cuatro décadas de portadas, vídeos y escenografías del dúo. Y su gira "Dreamworld: The Greatest Hits Live" sigue llenando recintos por medio mundo —este mismo mes de julio pasa por Valencia y por Santander—, cuarenta años después de que dos ingleses tímidos y mal avenidos con el entusiasmo publicaran un disco cuyo título era, ya, una broma sobre la cortesía británica: "Please", para que uno pudiera entrar en la tienda y decir, con las manos en los bolsillos, "¿me da el disco de los Pet Shop Boys, por favor?".

 

El chiste, como casi todo en su obra, escondía una tesis. Los Pet Shop Boys nacieron como una enmienda a la totalidad del rock: contra su sinceridad impostada, contra su sudor heroico, contra su culto a la autenticidad, ellos opusieron la distancia, el sintetizador, la ceja levantada. Y sin embargo aquí están, en 2026, recibiendo el trato que la cultura dispensa a sus abuelos venerables. Los posmodernos se han convertido en clásicos. Merece la pena preguntarse cómo ha ocurrido, y qué dice eso de nosotros.

 

Una tienda de electrónica en King's Road

 

La escena fundacional es tan perfecta que parece escrita: agosto de 1981, una tienda de componentes electrónicos en el barrio de Chelsea. Neil Tennant, editor en la prensa musical juvenil —acabaría siendo subdirector de Smash Hits, la biblia pop de la era—, coincide ante un mostrador con Chris Lowe, estudiante de arquitectura de Blackpool. Hablan de sintetizadores. Deciden hacer canciones juntos. Ni un garaje, ni un club sudoroso, ni una escuela de arte: una tienda. El pop como transacción asumida desde el minuto cero, sin mala conciencia.

 

Los años siguientes son una educación sentimental acelerada: el italo disco, el hi-NRG de los clubes gays neoyorquinos, el hip-hop temprano, y un productor de culto llamado Bobby Orlando que en 1984 les graba la primera versión de "West End Girls", un fracaso comercial que contiene ya, en germen, todo lo demás. Rehecha en 1985 con Stephen Hague, la canción se convierte en número uno a ambos lados del Atlántico: un rap susurrado por un inglés educado sobre chicas del West End y chicos del East End, clase y deseo cruzándose de noche en el centro de Londres, con una línea de bajo que parecía llegar del futuro. Era, aunque entonces nadie usara la palabra, un tratado de sociología urbana bailable.

 

"Please" apareció el 24 de marzo de 1986 y entró directo al número tres de las listas británicas. Contenía "Suburbia", "Love Comes Quickly" y, sobre todo, "Opportunities (Let's Make Lots of Money)", la sátira más malinterpretada de la década: un yuppie ridículo proclamando que él tiene el cerebro y tú el aspecto, así que hagamos mucho dinero. Media Inglaterra thatcherista la adoptó como himno sin advertir que era su caricatura. A los Pet Shop Boys, sospechamos, la confusión les encantó: la ambigüedad era el método. Nunca decían del todo si celebraban o condenaban el mundo que retrataban, porque entendían —y esta es su gran intuición posmoderna— que ya no era posible hacer una cosa sin la otra.

 

La fase imperial

 

Vino entonces lo que el propio Tennant bautizó, con esa mezcla suya de vanidad y autoparodia, como la "fase imperial": ese periodo de gracia en que un artista pop acierta en todo lo que toca.

 

"Actually" (1987), con la fotografía de portada más insolente de la historia del pop —Tennant bostezando, de esmoquin—, encadenó "It's a Sin", "Rent" y el dúo con Dusty Springfield "What Have I Done to Deserve This?", rescatando a la gran dama del soul blanco del olvido en un gesto que era a la vez homenaje, comisariado y declaración de principios. "Introspective" (1988) llevó el formato del maxi de club al disco de estudio. Escribieron y produjeron un álbum entero para Liza Minnelli. Rodaron vídeos con Derek Jarman, el cineasta más radical de la Inglaterra de su tiempo. Pusieron música en directo a "El acorazado Potemkin" en Trafalgar Square, muchos años después, como quien cierra un círculo: la vanguardia soviética releída por dos hombres con abrigos de diseño.

 

En total, la contabilidad es apabullante —cerca de cincuenta millones de discos, cuatro números uno británicos, veintidós entradas en el top ten del Reino Unido, el dúo más exitoso de la historia del pop británico según los libros de récords—, pero la contabilidad es lo de menos. Lo decisivo es que aquellas canciones estaban haciendo otra cosa además de sonar en las radios: estaban tomando acta notarial de un cambio de época.

 

El paréntesis

 

Porque esta es la tesis que conviene sostener con todas sus consecuencias: los Pet Shop Boys fueron la banda sonora del paréntesis posmoderno, ese intervalo breve, ingenuo y extrañamente feliz que se abre en 1989 con la caída del Muro de Berlín y se cierra el 11 de septiembre de 2001 entre el polvo de las Torres Gemelas. El intervalo en que un politólogo pudo proclamar el final de la historia sin que nadie se riera demasiado; en que las grandes narrativas ideológicas del siglo XX se desplomaron y en su lugar quedó un territorio caótico, divertido, contradictorio, esperanzado, irónico y frívolo. Nadie cartografió ese territorio mejor que ellos.

 

La prueba está en "Paninaro", aquella cara B de 1986 elevada a manifiesto, cuya letra es apenas una letanía de sustantivos: un inventario de pasiones, vicios, ciudades y marcas de moda italianas recitado como un mantra, el catálogo completo de los deseos de una generación reducido a lista de la compra. No había en ello cinismo, o no solamente: había una honestidad nueva. Si la vida se había convertido en consumo, estilo y superficie, cantarle a la profundidad habría sido la verdadera mentira. Los Pet Shop Boys eligieron la superficie y la trataron con una seriedad absoluta, que es la definición más exacta de la posmodernidad que conozco.

 

Pero —y aquí reside su grandeza, lo que los separa de tanto pop decorativo de su tiempo— dentro de la fiesta sonaba siempre un bajo continuo de melancolía. "Behaviour" (1990) es uno de los discos más tristes jamás disfrazados de disco de baile, y contiene "Being Boring", su obra maestra: una elegía por un amigo muerto de sida, escrita desde la constatación de que aquella generación que se prometió no ser nunca aburrida acabó asistiendo a demasiados funerales. La plaga atraviesa en silencio toda su obra imperial, como atravesaba en silencio las pistas de baile donde sonaba. Cuando en 2021 Russell T. Davies tituló "It's a Sin" su serie sobre los años del sida en Londres, no estaba tomando prestada una canción: estaba reconociendo que la crónica emocional de aquella catástrofe ya la habían escrito ellos, en tiempo real, entre sintetizadores.

 

Ahí está también su significado político más duradero. Mucho antes de que Tennant hablara abiertamente de su homosexualidad —lo hizo en 1994, en la revista Attitude, con la misma falta de aspavientos con que lo hacía todo—, los Pet Shop Boys habían construido un espacio estético inequívocamente queer sin necesidad de proclamas: el melodrama contenido, el culto a las divas caídas, la ironía como armadura, el deseo cifrado en tercera persona. "Go West" (1993), su relectura triunfal de Village People con coros de aire soviético, convertía el himno de la utopía gay californiana en un réquiem por todas las utopías a la vez, las de San Francisco y las del Este. Solo ellos podían hacer que una canción significara tantas cosas contradictorias  a la vez, mientras un estadio entero la coreaba.

 

Después de la fiesta

 

El paréntesis se cerró, y ellos lo supieron antes que casi nadie. Los tiempos que llegaron después —más duros, más convulsos, más extraños— tendrían otros notarios; el más genial de ellos, Burial, cuyo "Untrue" (2007) suena exactamente a lo que quedó cuando la fiesta terminó: las mismas pistas de baile, pero vacías, mojadas por la lluvia, pobladas de fantasmas con autotune. Si los Pet Shop Boys musicalizaron la euforia ambigua del fin de la historia, Burial musicalizó su resaca. Son las dos caras del mismo relato británico.

 

Pero sería un error contar a los Pet Shop Boys como reliquias de su paréntesis, porque hicieron algo insólito: sobrevivirlo con lucidez. "Fundamental" (2006) es un disco abiertamente político sobre la era de Bush y Blair, con "Integral" convertida en alegato contra el Estado vigilante y "I'm with Stupid" como sardónica canción de amor entre un primer ministro y un presidente. Luego vendrían la serenidad crepuscular de "Elysium" (2012), el regreso jubiloso a la pista con la trilogía electrónica junto a Stuart Price —"Electric" (2013), "Super" (2016), "Hotspot" (2020)— y "Nonetheless" (2024), un disco de madurez que la crítica recibió como uno de los mejores de su carrera tardía. En 2009, los Premios BRIT ya les habían concedido el galardón a su contribución extraordinaria a la música: el establishment abrazando a quienes habían hecho carrera retratándolo con una ceja levantada.

 

La paradoja del clásico

 

Y así llegamos a 2026, al aniversario, a los conciertos-liturgia, al libro-catedral, a las giras de grandes éxitos que pasan por Valencia y Santander, y a la gran paradoja de esta historia. ¿Cómo puede convertirse en clásico un grupo cuya razón de ser era la impugnación irónica de toda solemnidad? ¿No hay algo de traición en ver a los apóstoles de la superficie tratados con la reverencia que se reserva a las profundidades?

 

Quizá la respuesta sea la contraria: quizá no hay traición sino confirmación. Un clásico, decía Italo Calvino, es aquello que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Y resulta que aquel retrato en apariencia frívolo del paréntesis posmoderno —el consumo, la ironía, las marcas, la fiesta con la muerte bailando dentro— ha terminado siendo el documento más fiel de un mundo que se desvaneció para siempre una mañana soleada de septiembre de 2001. Escuchados hoy, "West End Girls" o "Being Boring" no suenan a nostalgia: suenan a arqueología emocional de la última época en que Occidente creyó, ingenuamente, que la historia había terminado y que solo quedaba bailar, bailar, bailar. Y seguir bailando.

 

Los Pet Shop Boys nunca quisieron ser profundos y por eso lo fueron; nunca quisieron ser eternos y por eso lo serán. Cuarenta años después, uno todavía puede entrar en la tienda —la tienda es ahora una plataforma, pero sigue siendo una tienda, ellos lo habrían entendido antes que nadie— y pedir, con las manos en los bolsillos y la ceja ligeramente levantada, el último disco de los Pet Shop Boys. Por favor.

 

 

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