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Nueva investigación

Urano y Neptuno podrían no ser “gigantes de hielo”, sino mundos con océanos internos de magma

Un nuevo modelo de UCLA cuestiona una de las etiquetas más asentadas de la astronomía planetaria: los dos planetas exteriores no estarían dominados por hielo, sino por inmensos océanos supercríticos de silicato, hierro e hidrógeno ocultos bajo sus atmósferas

 

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Durante décadas, Urano y Neptuno han ocupado un lugar fijo en los manuales de astronomía: son los dos “gigantes de hielo” del Sistema Solar, mundos fríos y lejanos compuestos por una mezcla de agua, metano, amoniaco, roca y una envoltura externa de hidrógeno y helio. Pero un nuevo estudio firmado por Edward D. Young, Sarah P. Marcum, Aaron Werlen y Paula N. Wulff, del Departamento de Ciencias de la Tierra, Planetarias y Espaciales de la Universidad de California en Los Ángeles, plantea una hipótesis mucho más radical: Urano y Neptuno podrían estar mejor descritos como gigantes de océano magmático, planetas con interiores formados por una mezcla supercrítica de magma rico en hidrógeno, cubiertos por atmósferas también dominadas por hidrógeno.

 

El trabajo, fechado el 17 de junio de 2026 y presentado como borrador científico, no se limita a una especulación llamativa. Sus autores sostienen que los radios observados, las densidades medias, los armónicos gravitacionales, los momentos de inercia, las luminosidades internas y varios rasgos de la composición atmosférica de Urano y Neptuno pueden encajar con un modelo alternativo al clásico esquema de tres capas —núcleo rocoso, manto helado y envoltura de hidrógeno y helio—. En ese nuevo escenario, el corazón de ambos planetas estaría ocupado por un gigantesco océano de magma supercrítico, una mezcla de silicatos, hierro e hidrógeno sometida a presiones y temperaturas extremas, sobre la que se apoyaría una envoltura gaseosa rica en hidrógeno.

 

La propuesta golpea directamente una de las categorías más repetidas de la divulgación astronómica. Según los investigadores, la etiqueta de “gigantes de hielo” nació de supuestos cosmoquímicos sobre la formación de planetas más allá de la línea de nieve, donde se esperaba que los compuestos volátiles —agua, metano y amoniaco— fueran dominantes. Sin embargo, el estudio recuerda que los datos disponibles no obligan a aceptar interiores plenamente diferenciados ni dominados por agua. De hecho, modelos empíricos anteriores ya habían mostrado que las mediciones gravitacionales de Urano y Neptuno también son compatibles con gradientes continuos de densidad y con interiores más ricos en material rocoso de lo que se había asumido tradicionalmente.

 

La clave del nuevo modelo está en la física de materiales bajo condiciones extremas. A las presiones de decenas o centenares de gigapascales y temperaturas de miles de grados que existirían en el interior de estos planetas, “roca”, “hielo” y “gas” dejan de ser categorías intuitivas. Los autores argumentan que el silicato, el hierro y el hidrógeno pueden mezclarse en una fase supercrítica, formando un océano interno que no se parece al magma terrestre, pero que tampoco encaja con la imagen clásica de un manto helado. En el caso de Neptuno, el modelo sitúa la transición entre ese océano magmático y la envoltura externa a una presión de unos 5,42 gigapascales y una temperatura de unos 3.256 kelvin. Para Urano, esa frontera se ubicaría en torno a los 7,04 gigapascales y 3.071 kelvin.

 

El estudio también ofrece una posible explicación para una vieja anomalía: la diferencia térmica entre ambos planetas. Neptuno emite mucha más energía interna que Urano, pese a que ambos son similares en tamaño y composición aparente. En el modelo propuesto, esa diferencia podría relacionarse con la estructura de la capa estable que separa el océano magmático de la envoltura exterior. Urano tendría una región de transición más gruesa y menos eficiente para transportar calor, lo que ayudaría a explicar por qué parece tan apagado desde el punto de vista térmico, mientras Neptuno conserva una luminosidad interna mucho más intensa.

 

Los autores calculan que Neptuno tendría una masa total de 17,15 masas terrestres y un radio de 3,86 radios terrestres en el nivel de una atmósfera de presión. Su océano interno supercrítico alcanzaría aproximadamente 3,15 radios terrestres, mientras que la envoltura externa representaría cerca del 4% de la masa del planeta. En Urano, el modelo arroja una masa de 14,53 masas terrestres, un radio de 3,99 radios terrestres y una envoltura gaseosa algo más extensa en volumen. En ambos casos, el hidrógeno no sería solo un componente atmosférico: estaría incorporado también al interior profundo, alterando la densidad, la compresibilidad y la evolución térmica de los planetas.

 

La hipótesis tiene además consecuencias que van mucho más allá del Sistema Solar. Urano y Neptuno se han convertido en laboratorios naturales para entender los llamados sub-Neptunos, un tipo de exoplaneta extremadamente común en la galaxia y ausente, curiosamente, entre los mundos interiores del Sistema Solar. Si los dos planetas exteriores no son tanto “mundos de hielo” como “mundos de magma e hidrógeno”, podrían servir como modelos cercanos para interpretar la estructura de miles de planetas extrasolares que hoy se detectan solo por su radio, masa y efecto sobre sus estrellas.

 

El propio estudio advierte, no obstante, que la cuestión está lejos de quedar cerrada. No hay mediciones directas modernas del interior de Urano y Neptuno: ningún artefacto humano ha vuelto a visitar esos planetas desde el sobrevuelo de la Voyager 2. Buena parte de los parámetros gravitacionales y atmosféricos proceden de observaciones refinadas a lo largo de décadas, pero siguen arrastrando incertidumbres importantes. Los autores presentan su modelo como una explicación parsimoniosa y físicamente plausible, no como una demostración definitiva. La diferencia es esencial: no se ha “descubierto” un océano de magma en Urano y Neptuno, sino que se ha formulado un modelo capaz de explicar los datos disponibles sin recurrir al viejo paradigma del gigante de hielo.

 

Si futuras misiones a Urano o Neptuno confirmaran esta imagen, el cambio sería profundo. Dos planetas enseñados durante generaciones como los grandes depósitos helados del Sistema Solar pasarían a ser vistos como mundos calientes, densos y químicamente complejos, con océanos internos de materia exótica bajo atmósferas aparentemente tranquilas. La frontera final del Sistema Solar dejaría de ser una región de hielo dormido para convertirse en algo mucho más extraño: un laboratorio de magma invisible, hidrógeno comprimido y química planetaria extrema.

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