Ley de nietos
Llevamos semanas discutiendo sobre la ley de nietos, es decir, sobre la ley de memoria democrática que permite nacionalizarse a los descendientes de españoles.
En principio, la norma se refería a los hijos y nietos de españoles que hubieron de exiliarse tras la guerra civil. Posteriormente. La ley se extendió a todos los expatriados durante el siglo veinte, con lo que el número de afectados alcanza la fabulosa cifra de dos millones y medio, frente al medio millón inicial.
La polémica está servida sobre la regularización masiva de inmigrantes, por un lado, y la nacionalización in extenso por otro. Los mayores críticos aluden a que el país será irreconocible por esa trashumancia de ciudadanos, mientras que sus defensores arguyen que vamos hacia un país más grande y más justo.
Lo cierto es que es una revolución el que puedan votar en nuestras elecciones ciudadanos que no conocen España y que nunca la conocerán y cuyo interés por nuestros problemas es mínimo. No se trata de un argumento menor, dada la magnitud de las cifras, y puede acabar desnaturalizando los resultados electorales. La oposición va más allá y habla de pucherazo de Pedro Sánchez por la inercia natural de los nuevos votantes a dar su sufragio al partido que se lo concedió.
Nos encontramos, pues, ante una polémica de envergadura que aún tiene un largo camino por recorrer y que demuestra que en política no hay nada que resulte inocuo y que hasta el detalle aparentemente más intrascendente tiene repercusiones que trascienden de su pretendida formulación.
Llevamos semanas discutiendo sobre la ley de nietos, es decir, sobre la ley de memoria democrática que permite nacionalizarse a los descendientes de españoles.
En principio, la norma se refería a los hijos y nietos de españoles que hubieron de exiliarse tras la guerra civil. Posteriormente. La ley se extendió a todos los expatriados durante el siglo veinte, con lo que el número de afectados alcanza la fabulosa cifra de dos millones y medio, frente al medio millón inicial.
La polémica está servida sobre la regularización masiva de inmigrantes, por un lado, y la nacionalización in extenso por otro. Los mayores críticos aluden a que el país será irreconocible por esa trashumancia de ciudadanos, mientras que sus defensores arguyen que vamos hacia un país más grande y más justo.
Lo cierto es que es una revolución el que puedan votar en nuestras elecciones ciudadanos que no conocen España y que nunca la conocerán y cuyo interés por nuestros problemas es mínimo. No se trata de un argumento menor, dada la magnitud de las cifras, y puede acabar desnaturalizando los resultados electorales. La oposición va más allá y habla de pucherazo de Pedro Sánchez por la inercia natural de los nuevos votantes a dar su sufragio al partido que se lo concedió.
Nos encontramos, pues, ante una polémica de envergadura que aún tiene un largo camino por recorrer y que demuestra que en política no hay nada que resulte inocuo y que hasta el detalle aparentemente más intrascendente tiene repercusiones que trascienden de su pretendida formulación.



















