¡Una polla como una olla!
![[Img #30856]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/3636_screenshot-2026-07-17-at-17-01-48-voodoo-dolls-buscar-con-google.png)
Ustedes disculparán la elección de tan grueso título, seguro que más apropiado para el último elepé de cualquier banda punk adolescente y arrabalera. Pero uno es de los que cree que ante todo está la sinceridad. Les cuento.
Regresando hace algún tiempo del paseo matinal con mi perrilla, pude apreciar a cierta distancia que en el escaparate de una tienda multiprecio (cuya titularidad cultural omitiré por aquello de la corrección política), expuesto al público de la calle, y como a un metro por encima del suelo, lo que yo consideré desde la distancia como un pene de generosas proporciones. Al acercarme con el sano objetivo de despejar dudas, comprobé que en efecto se trataba no ya de un miembro masculino (disculparán ustedes ahora la cursilería), sino de una polla como una olla. Y no estaba sola, la jodía, pues se hacía acompañar de una vasta colección de compañeras, a cual más hermosa, dicha sea la expresión por las proporciones, y no tanto por su belleza objetiva, que en la mayoría de los casos era más que discutible, pues algunos de los artefactos venían adosados a enormes bolas peludas. Imagínense el cuadro, a la vista de grandes y niños (de ahí mi mención a la altura de la escenita).
No me considero precisamente un monje cartujo en materia de tabúes, lo que no quita para presumir que no todo vale en cuanto a lo que pueda y no pueda exponerse ante el público en general, y me aventuro a declarar que no creo que sea el caso. Es por ello que nada más llegar a casa consulté a la Policía Local sobre lo legal del caso. La respuesta me dejó tan helado como la visión que acababa de tener minutos antes. Me dijo el agente que, normativa en mano, tal exhibición solo estaba prohibida si se orientaba específicamente a la población infantil. Y es entonces cuando yo trato de imaginarme en qué situación concreta pensaban los legisladores al redactar el texto. ¿Quizá en un señor con gabardina y sombrero que irrumpe en la zona de columpios del parque y abre de repente el maletín repleto de toda suerte de artefactos sexuales? Como trato de imaginarme ―sin conseguirlo― al vendedor del referido establecimiento dando largas al padre que desea comprar uno de los cachivaches para que el crío o la cría de nueve años se entretenga con él en su dormitorio.
Y les cuento asimismo que no fue esa la única experiencia visual impactante durante mi regreso a casa, dado que a pocos pasos del anterior comercio, otro de similares características exhibía en el exterior una maquinita expendedora de voodoo dolls, destinadas, estas sí, a la concreta chavalería. Uno, que nunca superó un exiguo nivel de inglés, adivina sin embargo que la traducción no ofrece grandes dificultades técnicas: muñecas de vudú. Me documento en la red, y descubro que la publicidad asociada a dichas muñequitas es de lo más «amorosa»: quien las posea podrá clavar en ellas toda suerte de objetos punzantes con el oscuro deseo de amargarle la vida ―o supongo que incluso quitársela en los casos más extremos― a quien su perversión infantil estime oportuno. Es decir, y para que nos entendamos: venden muñequitas para que nuestros queridos nenes puedan ensartar en sus cuerpecillos agujas y alfileres varios, con el poco edificante objetivo de que al profe de matemáticas o a Alfredito, el compañero más odiado de la clase, le caiga cuando antes un obús de los gordos en toda la cocorota, o algo parecido.
Confieso que ya no pregunté al amable agente policial sobre este segundo caso, vista la respuesta al primero. Y me arrepiento de no haberlo hecho, pues me corroe ahora la curiosidad de qué dice la ley al respecto.
Puede que me haya cogido una crisis de preocupación excesiva allí donde no la hay. Quizá soy bastante más puritano de lo que siempre creí. Pero tengo la creo razonable impresión de que en asuntos de educación esto se acerca más al desvarío generalizado que a cualquier otro diagnóstico razonable. Porque veo que nos obsesionamos hasta lo ridículo con la educación impoluta que se supone deben recibir nuestros pequeños ―que para eso son los más guapos y listos del barrio―, y al mismo tiempo admitimos en el escenario pollas de plástico en escaparates y muñequitas de vudú en máquinas expendedoras. Sí: condenamos toda suerte de regalos «belicistas», mientras regalamos a nuestra niñita una voodoo doll de esas para que se entretenga asestándole alfilerazos por doquier. Bueno, pensará el progre de turno que al menos deja así de zurcir por enésima vez la braguita rota de su princesa, ahora que se ha hecho queer.
¡Acojonante!
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Ustedes disculparán la elección de tan grueso título, seguro que más apropiado para el último elepé de cualquier banda punk adolescente y arrabalera. Pero uno es de los que cree que ante todo está la sinceridad. Les cuento.
Regresando hace algún tiempo del paseo matinal con mi perrilla, pude apreciar a cierta distancia que en el escaparate de una tienda multiprecio (cuya titularidad cultural omitiré por aquello de la corrección política), expuesto al público de la calle, y como a un metro por encima del suelo, lo que yo consideré desde la distancia como un pene de generosas proporciones. Al acercarme con el sano objetivo de despejar dudas, comprobé que en efecto se trataba no ya de un miembro masculino (disculparán ustedes ahora la cursilería), sino de una polla como una olla. Y no estaba sola, la jodía, pues se hacía acompañar de una vasta colección de compañeras, a cual más hermosa, dicha sea la expresión por las proporciones, y no tanto por su belleza objetiva, que en la mayoría de los casos era más que discutible, pues algunos de los artefactos venían adosados a enormes bolas peludas. Imagínense el cuadro, a la vista de grandes y niños (de ahí mi mención a la altura de la escenita).
No me considero precisamente un monje cartujo en materia de tabúes, lo que no quita para presumir que no todo vale en cuanto a lo que pueda y no pueda exponerse ante el público en general, y me aventuro a declarar que no creo que sea el caso. Es por ello que nada más llegar a casa consulté a la Policía Local sobre lo legal del caso. La respuesta me dejó tan helado como la visión que acababa de tener minutos antes. Me dijo el agente que, normativa en mano, tal exhibición solo estaba prohibida si se orientaba específicamente a la población infantil. Y es entonces cuando yo trato de imaginarme en qué situación concreta pensaban los legisladores al redactar el texto. ¿Quizá en un señor con gabardina y sombrero que irrumpe en la zona de columpios del parque y abre de repente el maletín repleto de toda suerte de artefactos sexuales? Como trato de imaginarme ―sin conseguirlo― al vendedor del referido establecimiento dando largas al padre que desea comprar uno de los cachivaches para que el crío o la cría de nueve años se entretenga con él en su dormitorio.
Y les cuento asimismo que no fue esa la única experiencia visual impactante durante mi regreso a casa, dado que a pocos pasos del anterior comercio, otro de similares características exhibía en el exterior una maquinita expendedora de voodoo dolls, destinadas, estas sí, a la concreta chavalería. Uno, que nunca superó un exiguo nivel de inglés, adivina sin embargo que la traducción no ofrece grandes dificultades técnicas: muñecas de vudú. Me documento en la red, y descubro que la publicidad asociada a dichas muñequitas es de lo más «amorosa»: quien las posea podrá clavar en ellas toda suerte de objetos punzantes con el oscuro deseo de amargarle la vida ―o supongo que incluso quitársela en los casos más extremos― a quien su perversión infantil estime oportuno. Es decir, y para que nos entendamos: venden muñequitas para que nuestros queridos nenes puedan ensartar en sus cuerpecillos agujas y alfileres varios, con el poco edificante objetivo de que al profe de matemáticas o a Alfredito, el compañero más odiado de la clase, le caiga cuando antes un obús de los gordos en toda la cocorota, o algo parecido.
Confieso que ya no pregunté al amable agente policial sobre este segundo caso, vista la respuesta al primero. Y me arrepiento de no haberlo hecho, pues me corroe ahora la curiosidad de qué dice la ley al respecto.
Puede que me haya cogido una crisis de preocupación excesiva allí donde no la hay. Quizá soy bastante más puritano de lo que siempre creí. Pero tengo la creo razonable impresión de que en asuntos de educación esto se acerca más al desvarío generalizado que a cualquier otro diagnóstico razonable. Porque veo que nos obsesionamos hasta lo ridículo con la educación impoluta que se supone deben recibir nuestros pequeños ―que para eso son los más guapos y listos del barrio―, y al mismo tiempo admitimos en el escenario pollas de plástico en escaparates y muñequitas de vudú en máquinas expendedoras. Sí: condenamos toda suerte de regalos «belicistas», mientras regalamos a nuestra niñita una voodoo doll de esas para que se entretenga asestándole alfilerazos por doquier. Bueno, pensará el progre de turno que al menos deja así de zurcir por enésima vez la braguita rota de su princesa, ahora que se ha hecho queer.
¡Acojonante!



















