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La Tribuna del País Vasco
Lunes, 20 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

España reina en una final que habló español

España es campeona del mundo. Y durante unas horas, quizá durante unos días, millones de españoles volverán a sentirse parte de algo común. No es poca cosa en un país acostumbrado desde hace demasiado tiempo a contemplarse a sí mismo a través de sus diferencias, sus agravios, sus enfrentamientos territoriales y sus interminables disputas políticas. La selección española de fútbol continúa siendo uno de los escasos símbolos capaces de reunir bajo una misma bandera a personas que votan distinto, piensan distinto, viven en territorios diferentes y mantienen concepciones enfrentadas sobre casi todo. Cuando juega España, las diferencias no desaparecen, pero dejan de ser lo más importante.

 

La victoria de la selección no resolverá ninguno de nuestros problemas. No mejorará la economía, no reducirá las desigualdades, no fortalecerá las instituciones ni acabará con las fracturas políticas. El fútbol no puede hacer el trabajo que corresponde a los gobernantes y a la sociedad. Pero sería absurdo negar la importancia de esa emoción compartida que recorre las calles, llena las plazas y permite que personas desconocidas se abracen bajo unos mismos colores. Una nación también existe en esos instantes en los que sus ciudadanos celebran juntos, se reconocen mutuamente y comprenden que, por encima de sus legítimas diferencias, todavía poseen una historia y un destino comunes.

 

Esta selección ha vuelto a demostrar que España puede competir, resistir y vencer cuando el talento individual se pone al servicio de una empresa colectiva. En el terreno de juego no hay lugar para los discursos vacíos ni para las identidades construidas contra el vecino. Hay responsabilidad, disciplina, sacrificio, generosidad y confianza en el compañero. Cada jugador conserva su personalidad, su procedencia y su manera de entender el fútbol, pero todos aceptan que el escudo está por encima del nombre. Esa sencilla lección deportiva contiene una enseñanza que nuestra vida pública parece haber olvidado: una comunidad no se construye eliminando las diferencias, sino consiguiendo que las diferencias trabajen en favor de un objetivo común.

 

España ha ganado, además, frente a Argentina, una nación hermana cuya grandeza futbolística y pasión popular engrandecen todavía más esta victoria. No ha habido en esta final enemigos, sino adversarios. Frente a frente se encontraban dos formas intensas de entender el fútbol, dos pueblos unidos por una lengua, una memoria histórica y una sensibilidad que atraviesan el océano. El triunfo español no debe convertirse en desprecio hacia el derrotado, porque Argentina pertenece a ese mismo espacio cultural que hoy ha mostrado al mundo su fuerza, su creatividad y su capacidad para ocupar el centro del escenario.

 

La final ha hablado español. Lo ha hecho ante centenares de millones de espectadores y en uno de los mayores acontecimientos deportivos del planeta. En una época en la que tantas veces se presenta al mundo hispano como una realidad dividida, atrasada o condenada a la irrelevancia, España y Argentina han ofrecido una imagen completamente diferente: la de dos sociedades capaces de producir talento, carácter, belleza, emoción y excelencia. Desde ambos lados del Atlántico, millones de personas han contemplado una final protagonizada por dos selecciones nacidas de una misma raíz cultural.

 

Por eso esta victoria puede celebrarse con legítimo orgullo nacional sin caer en la arrogancia. España ha ganado porque ha sabido jugar, competir y mantenerse unida. Ha ganado una generación de futbolistas, pero también una afición que necesitaba volver a encontrarse alrededor de algo que no fuera una disputa. La bandera que esta noche aparece en balcones, calles y plazas no pertenece a ningún partido político ni puede ser monopolizada por ninguna ideología. Pertenece a todos los españoles. También a quienes mantienen una relación incómoda con los símbolos nacionales, pero han sufrido, celebrado y vibrado con el equipo.

 

Durante demasiado tiempo se nos ha repetido que España era una nación fatigada, fragmentada e incapaz de compartir una emoción que no estuviera teñida por el enfrentamiento. La selección acaba de demostrar lo contrario. Debajo de las capas de desencanto, división y desconfianza, continúa existiendo un país dispuesto a reconocerse cuando encuentra un motivo verdadero para hacerlo. No deberíamos despreciar ese sentimiento ni reducirlo a una simple explosión futbolística. Las comunidades políticas necesitan leyes e instituciones, pero también recuerdos, símbolos y alegrías comunes.

 

España vuelve a ser campeona del mundo. Puede que mañana regresen las discusiones, los problemas y los reproches. Pero esta noche el país se abraza, levanta la misma bandera y pronuncia el mismo nombre. Y mientras España celebra y Argentina recibe el reconocimiento que merece por haber llegado hasta aquí, el mundo contempla una evidencia que trasciende el resultado de un partido: lo hispano está vivo, compite, emociona y vence.

 

Lo hispano marcha. Y esta noche marcha unido bajo la bandera de España.

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