Una peregrinación al santuario herzegovino y la pregunta que nadie se atreve a formular en voz alta
Medjugorje: ¿en qué lado de la línea estás?
El avión de Iberia desciende sobre el Adriático en ese instante exacto —exacto— en el que la luz del atardecer lo convierte todo en láminas de cobre y plata, y ahí está Dubrovnik abajo, la ciudad amurallada, apretada contra el mar como una reliquia de marfil dentro de su estuche, y uno piensa: Bien. Bien. Aquí empieza todo. Aquí empieza La Historia. Y uno siente esa electricidad peculiar que solo existe en el momento previo a algo absolutamente extraordinario o absolutamente ridículo, y la diferencia, por supuesto, es la que uno mismo decide que sea.
Porque eso es lo que nadie le cuenta sobre Medjugorje antes de que vaya. Nadie le dice: Atención, amigo, que usted va a tener que decidir muy pronto en qué lado de la línea está. O cree, o no cree. O es de los que suben el Podbrdo con los pies descalzos rezando el rosario, o es de los que se quedan abajo tomando un intenso café herzegovino y mirando con esa mezcla de fascinación, jactancia y vergüenza ajena que es el gran sello del periodista occidental en tierra ajena. Así que uno —servidor, para ser exactos— elige. Y elige acercarse a ver qué pasa. Y elige llevar los zapatos puestos, porque tampoco hay que pasarse.
I. Dubrovnik: La perla que sabe que lo es
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Dubrovnik tiene ese problema particular de los sitios demasiado hermosos: saben que lo son. La ciudad lo sabe. Los turistas lo saben. Los turistas saben que los turistas lo saben. Es una cadena de metaconciencia estética que termina por paralizar a cualquiera que intente aproximarse con un cuaderno en la mano. Las murallas — ¡esas murallas al borde del mar! — un kilómetro novecientos metros de piedra caliza blanquísima sobre el azul imposible del Adriático, construidas entre los siglos trece y diecisiete por una república que se las arregló durante siglos para no pertenecer a nadie, para ser simplemente Ragusa, independiente, mercantil, diplomáticamente astuta. Una ciudad-estado que inventó la cuarentena. Que abolió la esclavitud en 1416. Que sobrevivió a venecianos, otomanos, habsburgos y a Napoleón. Que fue destruida casi completamente por el terremoto de 1667 y resucitó. Que, aunque con heridas que todavía hoy pueden contemplarse con dolor, aguantó el asedio serbio de 1991-1992 y volvió a resucitar. Dubrovnik no muere. Dubrovnik se reformatea.
Se camina por la Stradun —la arteria principal, ese corredor de piedra pulida a fuerza de siglos del pisar de millones de suelas— y la sensación es la de moverse dentro de un cuadro que ya ha sido fotografiado cuarenta y siete millones de veces. La fuente de Onofrio, redonda y solemne, filtra el agua de la sierra desde 1438. El campanario, la iglesia de San Blas, el Rectorado. Todo exacto. Todo en su sitio. Todo tan perfecto que resulta levemente perturbador, como cuando algo es demasiado correcto para ser del todo real. Tomo un café negro como el chocolate en un precioso bar cincelado sobre el mar y veo a centenares de cruceristas —los cruceristas— llegando en oleadas desde el puerto, con sus bermudas, sus gorritas coloridas y sus palos de selfie, colonizando la belleza con la eficiencia mecánica de una marea imparable.
Pero a las seis de la mañana la ciudad es otra. A las seis de la mañana Dubrovnik le pertenece a los gatos y a los pescadores y a uno, que camina con el café en la mano por la muralla ya abierta y mira el mar todavía oscuro y piensa: aquí hubo algo grandioso. Aquí todavía hay algo grandioso. Y eso es suficiente para emprender viaje hacia el interior.
II. Carretera hacia Bosnia: en busca del milagro
La carretera desde Dubrovnik hacia Medjugorje, casi tres horas de recorrido viario, cruza la frontera de Bosnia-Herzegovina por Neum —ese extravagante accidente geográfico que le concede a Bosnia veinte kilómetros de costa adriática— y entonces el paisaje cambia de golpe, sin aviso, sin transición diplomática de ningún tipo. El karst. La piedra. El karst interminable. La Herzegovina es una tierra que parece haber sido diseñada por alguien que tenía prisa y se quedó sin tierra fértil a mitad del trabajo. Piedra gris, matorral, viñedos, plantaciones de tabaco y algún que otro olivo terco que se aferra a la roca con la obstinación de los elegidos. Y de cuando en cuando, una iglesia. Y de cuando en cuando, una cruz en lo alto de un monte. Y de cuando en cuando, un pueblito blanco que parece pegado a la ladera con insistencia, esperanza y cal. Y algunos valles verdes y marrones y algo tristes.
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Medjugorje no es un sitio al que se va. Es un sitio al que se llega. La diferencia es sutil, pero absolutamente decisiva. Cuando uno va a un sitio, elige el destino. Cuando uno llega, el destino lleva tiempo eligiéndolo a uno. Y hay en la entrada al pueblo —los hoteles, los puestos de rosarios y vírgenes de plástico y camisetas con el mensaje I Survived Medjugorje— algo que primero desconcierta y luego, lentamente, te obliga a reajustar la mirada. Para hacerse una idea de lo que es Medjugorje el camino más corto son los datos, las cifras descomunales de esta ciudad a la que un día el Vaticano calificó de sobrenatural. Roma no habló de milagros, ni de apariciones, ni de misterios inmaculados. Solo dijo que aquí, en Medjugorje, había, hay, algo especial para la fe. Y los números —sí, los números— lo demuestran: 3 millones de peregrinos al año, 10.000 comuniones repartidas todos los días, casi cuatro millones de formas santas consumidas anualmente, centenares de confesiones celebradas diariamente en decenas de idiomas —en la calle, junto a la iglesia de Santiago, en una sillita donde se sienta el sacerdote mientras escucha las confidencias del peregrino bajo un sol de justicia—, miles de vocaciones incitadas y misas incesantes concelebradas por hasta 500 párrocos de todos los rincones del planeta.
III. El Podbrdo: La colina de las apariciones
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El corazón de todo este gigantesco supermercado espiritual es el Podbrdo, que no es una montaña. No se confunda. El Podbrdo es apenas una colina de piedra caliza con arbustos, senderos irregulares plagados de rocas puntiagudas y una estatua de la Virgen a mitad de camino. En términos objetivos —en términos de alguien que haya caminado por los Pirineos o haya escalado el Kilimanjaro— el Podbrdo es un paseo de veinte minutos moderadamente incómodo. Pero claro, por supuesto, los términos objetivos no son los que rigen aquí.
Porque el 24 de junio de 1981, seis jóvenes de Medjugorje —Ivanka, Mirjana, Vicka, Ivan, Ivan, Marija— dijeron haber visto en esta colina, exactamente aquí, una figura luminosa vestida con una túnica gris azulada y con un niño en brazos. Y, por supuesto, volvieron al lugar. Y volvieron otros días. Y la figura, según ellos, habló. Y dijo ser la Madre de Dios. Y les entregó, según ellos, diez secretos sobre el futuro del mundo que todavía no han sido revelados en su totalidad. Cuarenta y pico años después, la Iglesia Católica sigue estudiando el asunto —seguir estudiando, en términos eclesiásticos equivale aproximadamente a: estamos convencidos, pero no queremos parecer precipitados con el tema.
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Me acerco al Podbrdo con un grupo de peregrinos españoles que rezan el rosario con una concentración y una cadencia que intimidan. Detrás, una familia italiana en la que el padre lleva a la hija pequeña a hombros. A un lado, varias novicias de hábito azul suben más rápido que cualquiera. La piedra caliza es traicionera —afilada, irregular, blanca resplandeciente bajo el sol de la mañana— y sí, hay quienes suben descalzos. Descalzos. Con esa decisión en los pies que solo puede venir de algún sitio muy interior y muy firme. El periodista —yo mismo— me acerco al peñasco con calzado adaptado y bastón de trekking y, al final, concluyo que la Virgen puede aparecerse en cualquier sitio y me quedo sentado, escuchando oraciones, al pie de la cruz azul, apenas unos metros sobre el nivel del suelo.
Sé que en la cima hay una estatua de la Virgen rodeada de flores y velas y fotografías y notas y rosarios y cruces. Y hay silencio en todo el Podbrdo. Un silencio que no es solo una dramática ausencia de sonido sino que es, sobre todo, una paz sobrenatural y la presencia invisible de algo que el sonido no puede contener. Y uno puede no creer en apariciones marianas, puede tener todas las reservas epistemológicas del mundo, y aun así sentir —sentir, en las rodillas, en algún punto entre el esternón y la garganta— que aquí ha pasado algo. Que aquí sigue pasando algo. Que la fe de cincuenta millones de peregrinos ha impregnado esta piedra de un modo que ni los geólogos ni los historiadores ni los expertos del Vaticano están equipados para medir.
Y aquí hay que narrar con detalle lo que los videntes cuentan que ocurrió.
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La primera en verla fue Ivanka.
No hubo campanas. No hubo truenos. No se abrió el cielo sobre Herzegovina ni descendió una voz majestuosa sobre los campos. Era la última hora de la tarde del 24 de junio de 1981 y todo parecía encontrarse exactamente en su sitio: las casas de piedra, los caminos abrasados, las viñas, el tabaco, las montañas inmóviles y esa luz espesa del verano balcánico que, a las seis, todavía cae sobre las cosas con la contundencia de una sentencia. Međugorje no era entonces un santuario, ni una marca religiosa, ni una ciudad de hoteles, rosarios, restaurantes, confesionarios y autocares. Era apenas una aldea de la República Socialista de Bosnia y Herzegovina, dentro de una Yugoslavia comunista cuyo gran arquitecto, el mariscal Tito, había muerto poco más de un año antes. La bandera seguía en los edificios oficiales. La policía seguía vigilando. El Partido seguía gobernando. Dios, si existía, debía procurar no llamar demasiado la atención.
Ivanka Ivanković y Mirjana Dragićević habían ido hasta Podbrdo, al pie de la colina de Crnica, en las proximidades de Bijakovići. Eran dos adolescentes caminando por un lugar que conocían desde niñas, un pedazo de mundo sin nada que pareciera destinado a entrar en la historia. Entonces Ivanka miró hacia la elevación y creyó distinguir una figura femenina. Mirjana, en aquel primer instante, no la vio. Las dos continuaron caminando, pero regresaron después al lugar. Alrededor de las seis de la tarde se encontraban allí también Vicka Ivanković, Ivan Dragićević, Ivan Ivanković y Milka Pavlović. Los seis afirmaron contemplar sobre la colina a una mujer vestida de blanco y azul grisáceo que sostenía a un niño en sus brazos. La figura les hacía señas para que se acercaran. Ellos no lo hicieron. Se quedaron abajo, sorprendidos y asustados, mirando hacia aquello que no podían explicar.
¡Una mujer en la colina! ¡Una mujer con un niño! ¡La Gospa!
La palabra correría después por las casas con esa velocidad que únicamente alcanzan los rumores cuando suceden en una comunidad pequeña. Gospa: la Señora, la Virgen. Pero en ese momento todavía no había multitudes, periodistas, médicos, sacerdotes enviados desde Roma, cámaras de televisión ni peregrinos llegados de los cinco continentes. Había unos muchachos mirando hacia arriba y una figura blanca que, según su testimonio, los llamaba desde el pedregal.
No puede saberse qué vieron. Esa es la primera certeza del caso Međugorje: no puede saberse. Puede creerse. Puede rechazarse. Puede investigarse la coherencia de los relatos, estudiarse el comportamiento de los jóvenes, analizar sus reacciones neurológicas, buscar contradicciones, examinar sus intereses y reconstruir cada minuto de aquella tarde. Pero nadie puede regresar al 24 de junio de 1981, situarse junto a ellos y mirar en la misma dirección. Todo cuanto ocurrió después —los interrogatorios, las conversiones, los secretos, las peregrinaciones, las sospechas, el dinero, las curaciones, los conflictos con el obispo, las comisiones eclesiásticas y la prudencia milimétrica del Vaticano— nació de aquel instante imposible de verificar.
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Los niños volvieron a sus casas. Contaron lo sucedido. Algunos adultos los escucharon con inquietud; otros debieron de pensar que se trataba de una fantasía, una broma o una sugestión compartida. No era una acusación absurda. Los adolescentes exageran, juegan, se contagian emociones. Jela, abuela de Mirjana, expresó con claridad lo que pensaban no pocos mayores: “Mira jovencita: deja a la Virgen donde es su sitio, que es el cielo. Y tú, ¡te coges un rosario y te subes a tu habitación y te pones a rezar al Señor!”. Y es que los chiquillos también podían haber confundido una silueta lejana, una nube, una luz o una mujer del pueblo con una aparición. Aquella misma noche no había todavía razones para imaginar que el relato sobreviviría al amanecer siguiente.
Pero sobrevivió.
Al día siguiente, 25 de junio, regresaron a Podbrdo. Ya no estaban exactamente los mismos. Milka Pavlović e Ivan Ivanković no integrarían el grupo estable de los videntes. En su lugar se incorporaron Marija Pavlović y Jakov Čolo. Así quedó formado el sexteto cuyos nombres terminarían inseparablemente unidos a Međugorje: Vicka, Mirjana, Marija, Ivanka, Ivan y Jakov.
Cinco adolescentes de entre quince y dieciséis años y un niño de diez. No eran teólogos. No eran místicos formados en conventos. No eran religiosos. Eran hijos de familias católicas de la Herzegovina rural, muchachos acostumbrados a obedecer a sus padres, asistir a misa, estudiar poco, trabajar mucho y vivir bajo un régimen que contemplaba con desconfianza cualquier movilización religiosa que pudiera escapar al control del Estado.
Aquella segunda tarde afirmaron no solo haber vuelto a contemplar a la mujer, sino haber entrado en comunicación con ella. A partir de entonces, la historia dejó de ser la de una visión fugaz y comenzó a convertirse en otra cosa: una sucesión de encuentros, preguntas, respuestas, oraciones, mensajes y encargos. La figura sería descrita como una mujer joven, de rostro ovalado, ojos azules, cabello oscuro y vestido gris azulado, cubierta por un velo blanco y suspendida sobre una pequeña nube. Los videntes dirían que no parecía pisar el suelo y que su belleza no podía compararse con ninguna belleza humana. Con el tiempo contestarían incluso cuestionarios detallados sobre su apariencia: altura aproximada, complexión, edad, color de la piel, labios, cejas, manos, vestido y posición del cuerpo. La precisión de aquellas descripciones impresionó a los creyentes y proporcionó nuevos argumentos a quienes sospechaban que el relato se había sistematizado demasiado.
El 26 de junio, el tercer día de las presuntas apariciones, la noticia ya se había extendido por las aldeas cercanas. Los niños regresaron a la colina acompañados por una multitud creciente de creyentes. Según el relato transmitido por ellos, mientras ascendían vieron tres destellos de luz. La figura volvió a aparecer. Fue entonces cuando se habría presentado la llamada esencial realizada por la Virgen en Međugorje: «Paz. Paz. Paz. Reconciliaos con Dios y entre vosotros». Casi once años antes de que Bosnia quedara cubierta de cadáveres, fosas, ciudades sitiadas y poblaciones expulsadas, unos adolescentes de una aldea yugoslava afirmaban que la Virgen había acudido allí para advertir que la paz entre Dios y los hombres se estaba quebrando. Aquella coincidencia posterior —el mensaje de paz pronunciado en un territorio que una década más tarde sería despedazado por la guerra— constituye uno de los elementos más poderosos del relato. También uno de los más delicados. Para los creyentes, fue una advertencia profética. Para los escépticos, una asociación retrospectiva: la palabra «paz» forma parte del vocabulario cristiano universal y Yugoslavia llevaba mucho tiempo acumulando tensiones. Lo que para unos constituye una señal, para otros es únicamente la manera en que la memoria reorganiza el pasado después de conocer el futuro.
Pero en junio de 1981 nadie conocía aún ese futuro.
Los seis seguían acudiendo a la hora señalada. Se arrodillaban casi simultáneamente. Rezaban. Sus labios se movían. A veces parecían escuchar. A veces formulaban preguntas. Después levantaban la cabeza y regresaban al mundo visible. Los presentes únicamente contemplaban sus cuerpos: el cambio de expresión, los ojos fijos, las manos juntas, una sonrisa inesperada, un movimiento coordinado. La visión de la interlocutora permanecía fuera del alcance de todos los demás. Ellos eran los elegidos.
Y entonces llegaron los mensajes.
Después llegaron los secretos.
Uno, dos, tres… hasta diez.
Secretos sobre los videntes. Secretos sobre Međugorje. Secretos sobre la Iglesia. Secretos sobre el mundo. Advertencias que algún día, según ellos, deberán ser reveladas antes de cumplirse. Entre ellas, la promesa de un signo permanente y visible en la colina de Podbrdo: algo que no habría sido construido por manos humanas, que podría contemplarse, pero no destruirse, y que confirmaría que los jóvenes habían dicho la verdad.
Desde entonces, millones de personas han subido hasta aquel pedregal. Algunas llegan enfermas. Otras, desesperadas. Otras, movidas por la curiosidad. Muchas regresaron convencidas de haber encontrado algo que no sabían que estaban buscando. Rezan, se confiesan, lloran, prometen cambiar de vida y contemplan el lugar donde, una tarde de junio, seis muchachos aseguraron haber visto a una mujer con un niño en brazos.
Los muchachos crecieron.
Se casaron.
Tuvieron hijos.
Enterraron a sus padres. Vieron desaparecer la mayoría de sus casas natales. Vieron desaparecer Yugoslavia. Vieron la guerra. Vieron surgir hoteles donde antes había campos de tabaco y viñas y árboles frutales. Vieron llegar cámaras, investigadores, cardenales, oportunistas, sacerdotes, comerciantes, enfermos, conversos, escépticos y curiosos.
Envejecieron.
La Virgen, según su relato, no.
Durante los primeros días aparecían juntos. Llegaban corriendo, atravesaban el camino, trepaban por las piedras, se arrodillaban casi al mismo tiempo y levantaban la cabeza hacia un punto del aire en el que los demás no veían absolutamente nada. Seis rostros juveniles orientados hacia la misma ausencia. Seis pares de ojos siguiendo, según aseguraban, los movimientos de una mujer suspendida sobre una nube. Después comenzaban a rezar. Las voces se escuchaban con claridad hasta que, de pronto, en mitad de una oración, se apagaban. Los labios continuaban moviéndose, pero las palabras dejaban de llegar a quienes los rodeaban.
El silencio. Ese silencio fue una de las primeras grandes escenografías de Međugorje.
Los muchachos decían que durante aquellos instantes estaban hablando con la Virgen. Los observadores solo veían seis cuerpos arrodillados, seis respiraciones, seis miradas fijas. No había resplandor visible, perfume extraordinario ni voz procedente de la colina. La aparición pertenecía exclusivamente a ellos. Al terminar, pronunciaban una despedida, levantaban la cabeza y regresaban al mundo de todos. De hecho, la prestigiosa historiadora de las religiones Diana W. Pasulka, autora de “Los creyentes”, señala que, en las grandes apariciones marianas, como la de Međugorje, solo los videntes ven a la Virgen mientras el resto no percibe nada, pero que, al ser sometidos a pruebas, sus ojos rastrean algo de manera sincronizada, todos siguiendo el mismo punto. Y compara este hecho con lo que ocurre con algunos testigos de casos ovni, que también observan estos fenómenos de una manera única y privada, como si se exhibieran solamente ante sus ojos. Pasulka utiliza el caso bosnio como evidencia de una teoría que lleva años defendiendo: que "lo religioso" y "lo anómalo" comparten una misma estructura fenomenológica.
Cuando los videntes finalizaban su contemplación, no regresaban exactamente al mundo de antes.
Desde junio de 1981 dejaron de ser Vicka, Mirjana, Marija, Ivanka, Ivan y Jakov para convertirse en los videntes. La expresión los acompañaría durante el resto de sus vidas. No importaría que se casaran, que tuvieran hijos, que cambiaran de casa, que envejecieran o que atravesaran enfermedades. Cualquier otra identidad quedaría subordinada a aquella tarde. Serían siempre los seis muchachos que afirmaron haber visto a la Virgen sobre una colina de Herzegovina.
La palabra «vidente» tiene algo de título y algo de condena. Sitúa a quien la recibe en una región aparte. Ya no puede realizar un gesto sin que alguien busque en él una señal; no puede cerrar los ojos sin que una multitud observe sus párpados; no puede equivocarse como se equivocan los demás porque sobre su conducta pesa una pregunta gigantesca: ¿se comporta así una persona elegida por la Madre de Dios? Roma terminaría advirtiendo, muchos años después, que la eventual recepción de un don carismático no implica la perfección moral de quien lo recibe. La santidad personal de los videntes y el posible origen sobrenatural de sus experiencias son cuestiones distintas. Incluso una declaración favorable sobre un fenómeno no canoniza a sus protagonistas.
Aquella precisión teológica tardaría cuarenta años en llegar. Los seis tuvieron que aprenderla viviendo.
Ivanka, la muchacha que miró primero
Ivanka Ivanković tenía quince años y había perdido recientemente a su madre. Fue ella quien, según el relato fundacional, distinguió primero la figura sobre Podbrdo. No fue una voz que descendiera desde el cielo ni una aparición colectiva desde el primer segundo: fue una adolescente mirando hacia la colina y diciendo a su compañera que allí estaba la Virgen.
Durante los días siguientes, Ivanka preguntó por su madre fallecida. Esa dimensión íntima es importante porque devuelve el acontecimiento a su escala humana. Antes de los mensajes dirigidos al mundo, antes de las advertencias sobre la paz y la conversión, antes de los secretos y de las multitudes, hubo una muchacha huérfana que deseaba saber qué había sido de su madre. Y la Virgen le respondió. “Está aquí, en el cielo”, le dijo.
Ivanka nació el 21 de junio de 1966 en Bijakovići. Según su propio testimonio, recibió apariciones diarias hasta el 7 de mayo de 1985. Aquel día aseguró que la Virgen le había confiado el décimo secreto y le había anunciado que, en adelante, se le aparecería una vez al año, cada 25 de junio. Se casó, tuvo tres hijos y permaneció viviendo con su familia en Međugorje.
Para entonces, Ivanka tenía dieciocho años. ¡Dieciocho años y diez secretos sobre el futuro! Según su relato, la presencia cotidiana terminó sin negociación posible. La Virgen dejaría de acudir todos los días. No porque Ivanka hubiera hecho algo malo, sino porque su misión había llegado a un punto determinado. La joven debía regresar —así lo describió— a una vida cotidiana semejante a la de sus compañeras.
¿Pero cómo se regresa a la normalidad después de afirmar que se ha conversado durante casi cuatro años con la Madre de Cristo?
¿Cómo se hace la compra?
¿Cómo se educa a los hijos?
¿Cómo se discute por una factura, se prepara la comida o se espera en la consulta de un médico después de recibir diez secretos que, supuestamente, afectan al futuro del mundo?
Ivanka adoptó un perfil relativamente reservado. Su aparición anual quedó vinculada a la fecha que en Međugorje se celebra como aniversario del comienzo del fenómeno, el 25 de junio, aunque la primera visión hubiera ocurrido el día 24. Cada año, durante unos minutos, la historia vuelve a comenzar para ella. Luego, otra vez, el silencio.
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Mirjana, la mujer que conoce el calendario
Mirjana Dragićević creció entre Sarajevo y Međugorje. Tenía dieciséis años cuando comenzaron los acontecimientos. Si Ivanka ocupa el lugar de quien vio primero, Mirjana acabaría convirtiéndose en la gran depositaria de la dimensión futura del fenómeno: la vidente asociada con los diez secretos y con el procedimiento mediante el cual, según afirma, algunos de ellos deberán ser revelados.
Sus apariciones diarias terminaron muy pronto en comparación con las de los demás: el 25 de diciembre de 1982, apenas dieciocho meses después del comienzo. Mirjana sostiene que aquel día recibió el décimo secreto y que la Virgen le prometió una aparición anual cada 18 de marzo. La fecha coincide con su cumpleaños. En marzo de 2026, la página oficial de la parroquia volvió a informar de la celebración de ese encuentro anual, que habría durado cuatro minutos.
Cuatro minutos. El misterio de Međugorje se mide también con reloj. Una hora de comienzo. Una hora de finalización. Trece veintidós. Trece veintiséis. La eternidad entrando en una agenda.
Mirjana se casó, tuvo dos hijas y vive en Međugorje. Desde 1987 relató además experiencias mensuales los días 2 de cada mes, encuentros que durante años reunieron a grandes cantidades de peregrinos. La vidente aparecía entre la multitud, comenzaba a rezar, alzaba la mirada y, con frecuencia, lloraba.
Las lágrimas de Mirjana se convirtieron en una de las imágenes más reproducidas del fenómeno. Para los creyentes eran la reacción de una mujer que contemplaba una realidad inaccesible para los demás. Para los escépticos podían ser emoción religiosa, concentración psicológica o una conducta adquirida después de décadas de exposición pública. Las cámaras registran las lágrimas; no pueden determinar su causa.
En torno a Mirjana se concentra también el elemento más inquietante del relato: ella afirma conocer el contenido completo de los diez secretos y haber escogido al sacerdote que deberá hacerlos públicos cuando llegue el momento. No es solo una vidente, sino la mujer que asegura custodiar un calendario desconocido. Vive entre vecinos que compran pan, conducen automóviles y llevan a sus hijos al colegio, pero afirma poseer noticias sobre acontecimientos que todavía no han sucedido.
Y calla.
Vicka, la sonrisa frente a la multitud
Vicka Ivanković nació el 3 de septiembre de 1964. Era la mayor del grupo, aunque solo por unos meses, y terminaría convirtiéndose en uno de sus rostros más reconocibles. Durante años recibió a peregrinos, habló desde escaleras, patios y balcones, respondió preguntas y repitió la historia inicial ante personas llegadas desde países cuya existencia muchos vecinos de Bijakovići apenas habrían imaginado en 1981.
Vicka sonreía. Sonreía con una amplitud desconcertante, como si el hecho de ser observada por centenares de desconocidos no fuera una carga sino una continuación natural de aquella primera carrera hacia la colina. En el ecosistema espiritural de Međugorje, donde cada vidente fue adquiriendo una función reconocible, Vicka representó durante mucho tiempo la cercanía: la muchacha accesible, expansiva, dispuesta a hablar con los peregrinos y a aceptar el contacto con una multitud que buscaba en ella una ínfima partícula de lo sagrado.
Pero los peregrinos no acudían únicamente a escucharla. Querían tocarla. Querían que bendijera fotografías, rosarios, cartas y objetos destinados a familiares enfermos. Querían que recordara nombres, que presentara peticiones, que trasladara mensajes a la Virgen. Cada persona llegaba con una tragedia distinta y esperaba que aquella mujer de Herzegovina pudiera introducirla en la conversación del cielo.
La vidente se convertía así en una frontera humana: a un lado, la muchedumbre; al otro, la aparición.
Marija, la mensajera del día 25
Marija Pavlović no estuvo en el primer grupo que divisó la figura de la Virgen de la Paz el 24 de junio de 1981. Se incorporó al día siguiente y quedó desde entonces integrada en el sexteto definitivo. Nació el 1 de abril de 1965 en Bijakovići y, según su testimonio, sigue teniendo apariciones diarias. Su papel adquirió una importancia especial porque a través de ella comenzaron a difundirse los mensajes periódicos dirigidos a la parroquia y, posteriormente, al mundo. Entre marzo de 1984 y enero de 1987 fueron transmitidos los jueves; después pasaron a publicarse el día 25 de cada mes. Marija se casó, tuvo cuatro hijos y reparte su vida entre Italia y Međugorje.
Aquí el fenómeno experimentó una transformación decisiva. La aparición dejó de ser únicamente un encuentro privado y se convirtió en un sistema de comunicación mundial. Cada día 25, agencias religiosas, emisoras de radio, páginas de internet, asociaciones de peregrinos y grupos de oración esperan el texto atribuido a la Virgen. El mensaje aparece, se traduce, se distribuye, se comenta y se incorpora a homilías, boletines y reuniones domésticas. Una mujer nacida en una aldea de Bosnia se sienta o se arrodilla en un lugar concreto; afirma recibir unas palabras; poco después, esas palabras circulan en decenas de idiomas.
La escena tiene algo de antiguo y algo de extraordinariamente moderno. Es la tradición mariana introducida en la sociedad de la comunicación instantánea. La aparición conserva la nube, el rosario y la llamada a la conversión, pero posee también horario, archivo digital, traducciones simultáneas y distribución global.
Marija, entretanto, sigue transmitiendo. Día 25. Mes tras mes. Año tras año.
Ivan, el chico que quiso escapar de su destino
Ivan Dragićević tenía dieciséis años. En los primeros relatos aparece como un adolescente tímido, poco inclinado a convertirse en protagonista de una conmoción religiosa. La historia de Međugorje suele representarse mediante una carrera hacia la colina, pero también contiene impulsos en dirección contraria: miedo, desconcierto, ganas de desaparecer. Como el que tuvo Ivan.
Ivan nació el 25 de mayo de 1965 en Bijakovići. Se casó con una ciudadana norteamericana, tuvo cuatro hijos y reparte su residencia entre Estados Unidos y Međugorje. Sus encuentros de oración y testimonios llevaron el fenómeno a parroquias, estadios, iglesias y centros católicos fuera de Bosnia. La aparición, según sus afirmaciones, no quedaba atada al Podbrdo. Lo acompañaba. Esta posibilidad resultó especialmente problemática para la autoridad eclesiástica. Una cosa era atender pastoralmente a los peregrinos llegados a Međugorje y otra distinta organizar actos públicos construidos alrededor de la expectativa de que, a una hora anunciada, se produciría una aparición.
El Vaticano terminaría subrayando precisamente lo contrario: los frutos positivos de Međugorje se producen sobre todo en la peregrinación, la oración, la confesión y la vida sacramental, y no dependen de acudir a reuniones para presenciar las supuestas apariciones. Era una manera elegante de colocar a los videntes fuera del centro sin expulsarlos de la historia.
Jakov, un niño de diez años
Y después estaba Jakov. Apenas diez años. El más pequeño. El niño situado entre adolescentes que ya comenzaban a asomarse a la vida adulta. Había nacido en Sarajevo el 6 de marzo de 1971 y quedó huérfano siendo joven. Durante las apariciones, su estatura lo hacía inmediatamente reconocible: un niño menudo, arrodillado junto a muchachos mucho mayores, mirando hacia el mismo punto invisible.
Jakov afirmó recibir apariciones diarias durante más tiempo que Mirjana e Ivanka. Según su relato, continuaron hasta el 12 de septiembre de 1998. Tenía entonces veintisiete años. Aquel día habría recibido el décimo secreto y la promesa de una aparición anual cada 25 de diciembre. Se casó, tuvo tres hijos y vive con su familia en Međugorje.
La fecha navideña conserva un detalle de la primera visión: la mujer con el niño en brazos. Mientras los otros encuentros anuales están vinculados a un cumpleaños o al aniversario de las apariciones, el de Jakov se produce el día del nacimiento de Cristo.
Ese instante permite comprender una dimensión apenas considerada del fenómeno. Para un creyente, recibir una aparición constituiría una gracia excepcional. Pero perderla podría convertirse en una forma de duelo. Mirjana describió el final de sus encuentros cotidianos como un dolor difícil de expresar. Los videntes que dejaron de experimentar diariamente aquella presencia tuvieron que aprender a vivir con su ausencia, del mismo modo que los demás creyentes habían vivido siempre: rezando sin ver.
Hoy tienen entre cincuenta y cinco y sesenta y un años. Ya no son niños. Sus fotografías juveniles poseen la tonalidad desvaída de otro mundo, de otra época: peinados de los años ochenta, camisas sencillas, rostros tensos, el pequeño Jakov apretando las manos. Detrás de ellos no aparecía todavía el gran santuario internacional. No había miles de habitaciones para peregrinos ni tiendas rebosantes de estatuas, medallas, rosarios y reproducciones de la Reina de la Paz.
Solo seis muchachos. Luego llegaría todo lo demás. Llegaron cuarenta y cinco años de miradas, interrogatorios, viajes, enfermedades, matrimonios, hijos, controversias y mensajes. Seis biografías que se separaron sin romper nunca el vínculo original. En el mundo ordinario se hicieron mayores. En el relato de Međugorje permanecieron arrodillados sobre la piedra. Y por encima de ellos, siempre joven, siempre vestida del mismo modo, siempre fuera del alcance de las cámaras, continuó la mujer que decían contemplar.
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Cuando una mujer invisible se convirtió en un problema de seguridad nacional
Al principio de todo, la policía estalinista hizo preguntas. Después llevó a los niños a comisaría. Después llegaron los médicos, los psiquiatras, los funcionarios municipales, los miembros de la Liga de los Comunistas, los agentes de paisano, las amenazas contra las familias, las carreteras cortadas, las fotografías, los informes, las detenciones y las condenas.
Todo en cuestión de semanas.
El Estado yugoslavo tardó muy poco en comprender que aquella mujer invisible sobre una colina podía convertirse en un problema perfectamente visible. No importaba demasiado que la Virgen se apareciera realmente o no. Para el Gobierno comunista, aquella era casi una cuestión secundaria. La policía no necesitaba resolver un misterio teológico. Necesitaba saber por qué miles de personas comenzaban a reunirse en una aldea perdida de la Herzegovina croata sin autorización, quién dirigía aquellas concentraciones, qué decían los sacerdotes, qué relación existía entre los niños y los franciscanos y cuánto tardaría una devoción religiosa en transformarse en una protesta política.
Era junio de 1981. Tito había muerto trece meses antes. El retrato del mariscal continuaba presidiendo oficinas, escuelas y dependencias oficiales, pero el hombre que había mantenido unidas las seis repúblicas con mano de hierro ya no estaba allí. En Kosovo se habían producido protestas nacionalistas durante la primavera. El régimen temía que la agitación se extendiera. Una muchedumbre católica reunida alrededor de unos niños croatas y protegida por franciscanos de Herzegovina no era, desde la perspectiva del Partido Comunista, una inocente concentración de personas que rezaban. Era una ecuación política cuyas incógnitas podían acabar escribiéndose con sangre.
La religión apenas estaba permitida. La movilización religiosa, no necesariamente. La oración era tolerable. La muchedumbre resultaba sospechosa. Y en Međugorje había comenzado a formarse una muchedumbre.
Durante los primeros días, los agentes interrogaron a los jóvenes acerca de lo que habían visto, lo que decían escuchar y las personas que podían estar influyéndolos. Las preguntas se repetían. ¿Quién les había ordenado inventar la historia? ¿Qué sacerdote estaba detrás? ¿Habían consumido drogas? ¿Buscaban provocar disturbios? ¿Era aquello una broma, una enfermedad o una operación política? Los interrogadores no discutían sobre la Inmaculada Concepción. Buscaban un organizador.
Pero no lo encontraban.
Los seis contaban una historia imposible: nadie los dirigía, nadie les pagaba, nadie les había enseñado qué decir. El Estado necesitaba una conspiración. Los niños ofrecían un milagro.
El 29 de junio, los seis fueron trasladados a Mostar para someterlos a interrogatorios y reconocimientos médicos y psiquiátricos. Las evaluaciones conocidas no detectaron alteraciones psicóticas ni una pérdida general del contacto con la realidad. Ahí aparece uno de los episodios más oscuros de aquellos primeros días. Según Vicka, Mirjana y las crónicas construidas a partir de sus declaraciones, en algún momento del recorrido por el hospital de Mostar, los menores habrían sido conducidos hasta las proximidades de la morgue y obligados a contemplar cadáveres. Después habrían sido situados cerca de pacientes psiquiátricos y advertidos de que aquel podía ser su destino si continuaban hablando de apariciones.
Cadáveres a un lado. Enfermos mentales al otro. Y en medio, seis muchachos. Uno de ellos de diez años. El mensaje no necesitaba formularse de manera jurídica: podéis acabar aquí.
El Estado podía sacar a los niños de la montaña, pero no podía garantizar que la montaña saliera de los niños. Las autoridades actuaban sobre cuerpos, carreteras y edificios. El fenómeno afirmaba producirse en una región inaccesible para la policía. Podían cerrar el Podbrdo, pero los videntes aseguraban ver a la Virgen en una casa, en una habitación, junto a una carretera o dentro de la iglesia.
Las familias también fueron convocadas. Los funcionarios querían que los padres obligaran a sus hijos a retractarse. Las advertencias sobre expulsiones escolares, dificultades laborales, confiscación de tierras y pérdida de las viviendas no eran metáforas. Las casas de Bijakovići, junto a Medjugorje, no eran mansiones.
Eran el suelo.
Las viñas.
El tabaco.
Los animales.
La parcela heredada.
El lugar en el que una familia había nacido y esperaba morir.
Los niños debieron de comprender rápidamente que cada vez que repetían «hemos visto a Gospa» comprometían a todos los que vivían bajo su mismo techo. Cada aparición podía costar un empleo. Cada declaración podía provocar una visita policial. Cada subida al Podbrdo podía terminar en una comisaría.
Y, aun así, continuaron subiendo.
La represión produjo así un efecto paradójico. No demostró que la Virgen estuviera allí, pero ayudó a construir una comunidad convencida de que algo extraordinario debía de estar sucediendo. Los peregrinos interpretaban los controles como prueba del miedo del régimen; las detenciones, como prueba de autenticidad; las amenazas, como prueba de que el diablo comunista pretendía detener un mensaje de paz.
La policía podía afirmar que combatía una manipulación. Los creyentes veían al dragón persiguiendo a la mujer.
Jozo Zovko, el párroco de Međugorje, al convencerse de la sinceridad de los muchachos, terminó protegiéndolos y trasladando las celebraciones a la iglesia de Santiago Apóstol, en el centro de Medjugorje. Unos niños en una colina podían ser dispersados. Un sacerdote celebrando misa ante miles de personas era una institución. Las autoridades exigieron que cesaran las concentraciones. Zovko se negó. Fue arrestado el 17 de agosto de 1981. La acusación formal no consistía en creer en apariciones, sino en haber pronunciado sermones interpretados como ataques contra el socialismo. La aparente disputa sobre la Virgen se convirtió en un proceso por «propaganda hostil». La pena fue de tres años y medio de prisión.
La detención no resolvió el fenómeno. Lo convirtió en un relato de persecución. El sacerdote pasó aproximadamente dieciocho meses encarcelado antes de ser puesto en libertad en 1983. Su condena fue uno de los episodios más claramente documentados de la respuesta comunista a Međugorje y dio al movimiento un mártir vivo: un párroco encarcelado por negarse a detener una devoción popular.
El Gobierno podía cerrar la carretera. Podía ocupar la colina. Podía confiscar el dinero. Podía encarcelar al párroco. Podía obligar a los niños a entrar en un automóvil.
Pero no podía obligarlos a decir que no la habían visto.
Y ellos no lo dijeron.
IV. El Križevac: La montaña de la Cruz
Muy cerca de Medjugorje, el Križevac —quinientos veinte metros, la Cruz en la cima, construida en 1934 por los habitantes del pueblo en un gesto de gratitud colectiva por haberse librado de unas largas granizadas— es otra conversación. Aquí no hay apariciones. Aquí hay penitencia pura. La subida dura entre cuarenta y cinco minutos y hora y media dependiendo de la forma física y el nivel de contrición del penitente. El camino está jalonado por los Misterios del Rosario tallados en bronce. Uno los va encontrando en la roca mientras sube y la lógica narrativa —Anunciación, Visitación, Nacimiento, Presentación, Hallazgo en el Templo— tiene algo de escalada hacia el sentido.
Los vecinos locales suben casi todas las semanas, con una soltura que humilla a los foráneos. Aquí una señora de setenta años de Cracovia con artritis visible sube con más determinación que cualquier joven en forma que haya subido jamás ninguna cosa. Aquí el viento en la cima es frío y la cruz de hierro es enorme —ocho metros y medio, visible desde kilómetros— y, desde aquí arriba, Medjugorje, muy abajo, parece exactamente lo que es: un pueblito entre montañas pedregosas que debería ser absolutamente irrelevante en el mapa del mundo y que, por alguna razón que tiene que ver con la fe o con el poder de la narrativa o con ambas cosas simultáneamente, recibe tres millones de visitantes al año y celebra misas al aire libre a las que asisten entre 5.000 y 6.000 personas. ¡Todos los días!
V. El Cenáculo: El hogar de la Madre
La Casa a la que tanto apoyó el Padre Slavko. El Cenáculo. El lugar donde se alojan voluntarios y se celebran retiros y se practica lo que los organizadores llaman la vida comunitaria, que en la práctica significa: levantarse temprano, rezar mucho, trabajar no poco, escuchar testimonios de gente que ha llegado rota y afirma haber salido reconstituida. Hay algo en este edificio —blanco, funcional, sin pretensiones arquitectónicas de ningún tipo— que desafía el cinismo. No porque uno haya perdido el cinismo, sino porque aquí el cinismo resulta éticamente costoso. ¿Cómo mira uno a la cara a esa mujer que lleva diez años viniendo aquí desde que perdió a su hijo y afirma haber encontrado paz, y le dice: Señora, me temo que usted está siendo víctima de un sofisticado mecanismo de consolación ilusoria? No se puede. No se debería.
Fundada originalmente en Italia en 1983 por la religiosa Madre Elvira Petrozzi, la Comunidad del Cenáculo acoge a jóvenes que sufren adicciones, desilusión o desesperación para ayudarles a sanar y reconstruir sus vidas. Su modelo de rehabilitación no utiliza medicamentos, sino que se basa estrictamente en la fe, la oración, la vida comunitaria y el trabajo duro. Cuando entras en sus instalaciones, el Cenáculo es el lugar de Medjugorje donde la fe deja de ser abstracta y se convierte en carne: carne cansada, carne dolida, carne que busca algo y a veces —muchas veces, según los testimonios recogidos— parece encontrarlo. Y uno toma nota, hace fotografías, compra unas estampitas y mientras bebe el siempre presente café herzegovino, escucha y piensa: el periodismo también es una forma de peregrinación. También uno va buscando algo que no sabe bien nombrar.
VI. Tihaljina y las cascadas de Kočuša
![[Img #30864]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/1427_cataratas.jpg)
A cuarenta kilómetros de Medjugorje, siguiendo el río Tihaljina —ese nombre tintineante e impronunciable que suena a algo dicho muy despacio, con cuidado— están las cascadas de Kočuša, y aquí Herzegovina deja de ser piedra y sequedad y se convierte en algo completamente distinto: agua verde esmeralda, álamos, miles de pájaros, el ruido del mundo que se reinicia. Las cascadas no son las del Niágara ni Iguazú. La vista no es la del Gran Cañón. Son más bien unas cascadas de escala humana, generosas, inmediatas, del tipo que invita a quitarse los zapatos —ahora sí, ahora sin ningún motivo religioso— y meter los pies en el agua fría y mirar el cielo entre las ramas y pensar que la geografía tiene sus propias formas de gracia.
El pueblo de Ti-hal-ji-na es de esos pueblos de Herzegovina que el siglo veinte trató con su particular brutalidad —la guerra, el éxodo, las marcas perversas de la violencia en las fachadas— y que sin embargo persiste contra todo con esa terquedad balcánica que es quizá la forma más antigua de heroísmo. Los hombres mayores toman café en la terraza de una cafetería y miran al visitante con esa mezcla de hospitalidad y distancia que es el gesto universal del que ha visto demasiado. Uno pide agua y le traen también pan y queso, porque aquí la hospitalidad no pregunta. Se entrega.
VII. Široki Brijeg: El convento de los franciscanos que no se rindieron
Široki Brijeg —que significa, literalmente, Colina Ancha— es el lugar donde está el convento franciscano que fue, durante la Segunda Guerra Mundial, escenario de una de esas historias que Europa ha guardado en sus cajones más incómodos. Los soldados comunistas de Josip Broz Tito fusilaron aquí a setenta frailes franciscanos que se negaron a renunciar a sus hábitos y a su fe. Setenta. Los mataron y tiraron sus cuerpos a un antiguo refugio enclavado en el centro del convento y el régimen comunista prohibió durante décadas que se hablara de esta atrocidad en voz alta.
Hoy el convento está en pie, blanco bajo el sol herzegovino, y los frailes franciscanos siguen aquí —nuevos frailes, jóvenes frailes, frailes con teléfonos inteligentes, páginas web y vidas en Instagram—, y hay una iglesia nueva y austera y hay un pequeño centro de interpretación que documenta el martirio con esa sobriedad particular que tienen los museos que narran las historias atroces que todavía duelen. Y uno recorre las salas y lee los nombres y mira las fotografías en blanco y negro y piensa en el terror totalitario, en la terquedad de la fe y en cómo hay gente que tiene algo dentro que ningún rifle puede alcanzar. Piénsalo, o no lo pienses, pero el hecho está ahí: setenta hombres, algunos con apenas 20 años, eligieron una idea, una creencia, a Dios, sobre sus propias vidas. Eso, créase lo que se crea, exige algún tipo de respeto.
![[Img #30869]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/4938_nina-rodillas.jpg)
VIII. De regreso a Dubrovnik: Una muralla al atardecer
Se vuelve a Dubrovnik desde Medjugorje con algo diferente en el cuerpo. Quizá es el cansancio de las piedras del Podbrdo. Quizá es el viento del Križevac. Quizá es simplemente el efecto acumulado de haber estado en lugares donde la gente construye sus familias sobre el rezo y la fe, sobre el respeto a Dios y el abrazo a los valores naturales que el desquiciado mundo occidental de hoy en día considera privados o irracionales o directamente medievales. El caso es que Dubrovnik, de regreso, parece la misma ciudad y no lo es. O uno mismo ya no es el mismo.
Se camina la muralla al atardecer. El sol se hunde en el Adriático con esa generosidad de la luz mediterránea que convierte cualquier cosa ordinaria en algo que parece digno de ser pintado, y el mar abajo es violeta y oro y el cielo arriba es de ese azul oscuro que precede a las estrellas, y las murallas —esas murallas— contienen la ciudad como contienen los siglos, con indiferencia olímpica y con gracia. Un crucerista a mi lado levanta el teléfono. Hace la foto. La foto es perfecta. La experiencia de haber estado aquí, imposible de comprimir en ningún formato conocido.
Esto también es Medjugorje, por supuesto. Esto también es toda esta tierra balcánica que ha sobrevivido a todo lo que el siglo veinte tuvo a bien arrojarle encima: la imposibilidad de la compresión. No se puede resumir en un titular. No se puede empaquetar. Solo se puede ir, subir, escuchar, bajar, rezar, y luego sentarse en la Stradun con una copa de plavac mali —el vino negro dalmático, espeso y honesto— y dejar que la pregunta se instale sin respuesta. ¿Pasó algo en el Podbrdo en junio de 1981? ¿De verdad que los frailes de Široki Brijeg murieron por algo que no existe? ¿Los millones de peregrinos anuales encuentran lo que buscan, o encuentran algo distinto, aunque igualmente real?
El plavac mali es excelente. La noche sobre Dubrovnik, perfecta. Las preguntas siguen en pie. En el aeropuerto Zracna Luka Rudef Boskovic —también conocido como Aeropuerto de Čilipi— me acerco al puesto de control. Dejo todas mis cosas metálicas en una bandeja para atravesar el portal de seguridad. De repente, suena una alarma escandalosa. Cualquiera diría que he robado una estatua de la virgen, pero no: solamente es el colgante de un pequeño Jesucristo que ahora luce en mi pecho y cuya reciente presencia había olvidado.
Una huella ínfima de Medjugorje. ■
El avión de Iberia desciende sobre el Adriático en ese instante exacto —exacto— en el que la luz del atardecer lo convierte todo en láminas de cobre y plata, y ahí está Dubrovnik abajo, la ciudad amurallada, apretada contra el mar como una reliquia de marfil dentro de su estuche, y uno piensa: Bien. Bien. Aquí empieza todo. Aquí empieza La Historia. Y uno siente esa electricidad peculiar que solo existe en el momento previo a algo absolutamente extraordinario o absolutamente ridículo, y la diferencia, por supuesto, es la que uno mismo decide que sea.
Porque eso es lo que nadie le cuenta sobre Medjugorje antes de que vaya. Nadie le dice: Atención, amigo, que usted va a tener que decidir muy pronto en qué lado de la línea está. O cree, o no cree. O es de los que suben el Podbrdo con los pies descalzos rezando el rosario, o es de los que se quedan abajo tomando un intenso café herzegovino y mirando con esa mezcla de fascinación, jactancia y vergüenza ajena que es el gran sello del periodista occidental en tierra ajena. Así que uno —servidor, para ser exactos— elige. Y elige acercarse a ver qué pasa. Y elige llevar los zapatos puestos, porque tampoco hay que pasarse.
I. Dubrovnik: La perla que sabe que lo es
![[Img #30866]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/4444_dubrovnik.jpg)
Dubrovnik tiene ese problema particular de los sitios demasiado hermosos: saben que lo son. La ciudad lo sabe. Los turistas lo saben. Los turistas saben que los turistas lo saben. Es una cadena de metaconciencia estética que termina por paralizar a cualquiera que intente aproximarse con un cuaderno en la mano. Las murallas — ¡esas murallas al borde del mar! — un kilómetro novecientos metros de piedra caliza blanquísima sobre el azul imposible del Adriático, construidas entre los siglos trece y diecisiete por una república que se las arregló durante siglos para no pertenecer a nadie, para ser simplemente Ragusa, independiente, mercantil, diplomáticamente astuta. Una ciudad-estado que inventó la cuarentena. Que abolió la esclavitud en 1416. Que sobrevivió a venecianos, otomanos, habsburgos y a Napoleón. Que fue destruida casi completamente por el terremoto de 1667 y resucitó. Que, aunque con heridas que todavía hoy pueden contemplarse con dolor, aguantó el asedio serbio de 1991-1992 y volvió a resucitar. Dubrovnik no muere. Dubrovnik se reformatea.
Se camina por la Stradun —la arteria principal, ese corredor de piedra pulida a fuerza de siglos del pisar de millones de suelas— y la sensación es la de moverse dentro de un cuadro que ya ha sido fotografiado cuarenta y siete millones de veces. La fuente de Onofrio, redonda y solemne, filtra el agua de la sierra desde 1438. El campanario, la iglesia de San Blas, el Rectorado. Todo exacto. Todo en su sitio. Todo tan perfecto que resulta levemente perturbador, como cuando algo es demasiado correcto para ser del todo real. Tomo un café negro como el chocolate en un precioso bar cincelado sobre el mar y veo a centenares de cruceristas —los cruceristas— llegando en oleadas desde el puerto, con sus bermudas, sus gorritas coloridas y sus palos de selfie, colonizando la belleza con la eficiencia mecánica de una marea imparable.
Pero a las seis de la mañana la ciudad es otra. A las seis de la mañana Dubrovnik le pertenece a los gatos y a los pescadores y a uno, que camina con el café en la mano por la muralla ya abierta y mira el mar todavía oscuro y piensa: aquí hubo algo grandioso. Aquí todavía hay algo grandioso. Y eso es suficiente para emprender viaje hacia el interior.
II. Carretera hacia Bosnia: en busca del milagro
La carretera desde Dubrovnik hacia Medjugorje, casi tres horas de recorrido viario, cruza la frontera de Bosnia-Herzegovina por Neum —ese extravagante accidente geográfico que le concede a Bosnia veinte kilómetros de costa adriática— y entonces el paisaje cambia de golpe, sin aviso, sin transición diplomática de ningún tipo. El karst. La piedra. El karst interminable. La Herzegovina es una tierra que parece haber sido diseñada por alguien que tenía prisa y se quedó sin tierra fértil a mitad del trabajo. Piedra gris, matorral, viñedos, plantaciones de tabaco y algún que otro olivo terco que se aferra a la roca con la obstinación de los elegidos. Y de cuando en cuando, una iglesia. Y de cuando en cuando, una cruz en lo alto de un monte. Y de cuando en cuando, un pueblito blanco que parece pegado a la ladera con insistencia, esperanza y cal. Y algunos valles verdes y marrones y algo tristes.
![[Img #30868]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/4482_misa.jpg)
Medjugorje no es un sitio al que se va. Es un sitio al que se llega. La diferencia es sutil, pero absolutamente decisiva. Cuando uno va a un sitio, elige el destino. Cuando uno llega, el destino lleva tiempo eligiéndolo a uno. Y hay en la entrada al pueblo —los hoteles, los puestos de rosarios y vírgenes de plástico y camisetas con el mensaje I Survived Medjugorje— algo que primero desconcierta y luego, lentamente, te obliga a reajustar la mirada. Para hacerse una idea de lo que es Medjugorje el camino más corto son los datos, las cifras descomunales de esta ciudad a la que un día el Vaticano calificó de sobrenatural. Roma no habló de milagros, ni de apariciones, ni de misterios inmaculados. Solo dijo que aquí, en Medjugorje, había, hay, algo especial para la fe. Y los números —sí, los números— lo demuestran: 3 millones de peregrinos al año, 10.000 comuniones repartidas todos los días, casi cuatro millones de formas santas consumidas anualmente, centenares de confesiones celebradas diariamente en decenas de idiomas —en la calle, junto a la iglesia de Santiago, en una sillita donde se sienta el sacerdote mientras escucha las confidencias del peregrino bajo un sol de justicia—, miles de vocaciones incitadas y misas incesantes concelebradas por hasta 500 párrocos de todos los rincones del planeta.
III. El Podbrdo: La colina de las apariciones
![[Img #30870]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/4524_podbrdo.jpg)
El corazón de todo este gigantesco supermercado espiritual es el Podbrdo, que no es una montaña. No se confunda. El Podbrdo es apenas una colina de piedra caliza con arbustos, senderos irregulares plagados de rocas puntiagudas y una estatua de la Virgen a mitad de camino. En términos objetivos —en términos de alguien que haya caminado por los Pirineos o haya escalado el Kilimanjaro— el Podbrdo es un paseo de veinte minutos moderadamente incómodo. Pero claro, por supuesto, los términos objetivos no son los que rigen aquí.
Porque el 24 de junio de 1981, seis jóvenes de Medjugorje —Ivanka, Mirjana, Vicka, Ivan, Ivan, Marija— dijeron haber visto en esta colina, exactamente aquí, una figura luminosa vestida con una túnica gris azulada y con un niño en brazos. Y, por supuesto, volvieron al lugar. Y volvieron otros días. Y la figura, según ellos, habló. Y dijo ser la Madre de Dios. Y les entregó, según ellos, diez secretos sobre el futuro del mundo que todavía no han sido revelados en su totalidad. Cuarenta y pico años después, la Iglesia Católica sigue estudiando el asunto —seguir estudiando, en términos eclesiásticos equivale aproximadamente a: estamos convencidos, pero no queremos parecer precipitados con el tema.
![[Img #30863]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/4739_confesiones.jpg)
Me acerco al Podbrdo con un grupo de peregrinos españoles que rezan el rosario con una concentración y una cadencia que intimidan. Detrás, una familia italiana en la que el padre lleva a la hija pequeña a hombros. A un lado, varias novicias de hábito azul suben más rápido que cualquiera. La piedra caliza es traicionera —afilada, irregular, blanca resplandeciente bajo el sol de la mañana— y sí, hay quienes suben descalzos. Descalzos. Con esa decisión en los pies que solo puede venir de algún sitio muy interior y muy firme. El periodista —yo mismo— me acerco al peñasco con calzado adaptado y bastón de trekking y, al final, concluyo que la Virgen puede aparecerse en cualquier sitio y me quedo sentado, escuchando oraciones, al pie de la cruz azul, apenas unos metros sobre el nivel del suelo.
Sé que en la cima hay una estatua de la Virgen rodeada de flores y velas y fotografías y notas y rosarios y cruces. Y hay silencio en todo el Podbrdo. Un silencio que no es solo una dramática ausencia de sonido sino que es, sobre todo, una paz sobrenatural y la presencia invisible de algo que el sonido no puede contener. Y uno puede no creer en apariciones marianas, puede tener todas las reservas epistemológicas del mundo, y aun así sentir —sentir, en las rodillas, en algún punto entre el esternón y la garganta— que aquí ha pasado algo. Que aquí sigue pasando algo. Que la fe de cincuenta millones de peregrinos ha impregnado esta piedra de un modo que ni los geólogos ni los historiadores ni los expertos del Vaticano están equipados para medir.
Y aquí hay que narrar con detalle lo que los videntes cuentan que ocurrió.
![[Img #30902]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/318_99999999999999999.jpg)
La primera en verla fue Ivanka.
No hubo campanas. No hubo truenos. No se abrió el cielo sobre Herzegovina ni descendió una voz majestuosa sobre los campos. Era la última hora de la tarde del 24 de junio de 1981 y todo parecía encontrarse exactamente en su sitio: las casas de piedra, los caminos abrasados, las viñas, el tabaco, las montañas inmóviles y esa luz espesa del verano balcánico que, a las seis, todavía cae sobre las cosas con la contundencia de una sentencia. Međugorje no era entonces un santuario, ni una marca religiosa, ni una ciudad de hoteles, rosarios, restaurantes, confesionarios y autocares. Era apenas una aldea de la República Socialista de Bosnia y Herzegovina, dentro de una Yugoslavia comunista cuyo gran arquitecto, el mariscal Tito, había muerto poco más de un año antes. La bandera seguía en los edificios oficiales. La policía seguía vigilando. El Partido seguía gobernando. Dios, si existía, debía procurar no llamar demasiado la atención.
Ivanka Ivanković y Mirjana Dragićević habían ido hasta Podbrdo, al pie de la colina de Crnica, en las proximidades de Bijakovići. Eran dos adolescentes caminando por un lugar que conocían desde niñas, un pedazo de mundo sin nada que pareciera destinado a entrar en la historia. Entonces Ivanka miró hacia la elevación y creyó distinguir una figura femenina. Mirjana, en aquel primer instante, no la vio. Las dos continuaron caminando, pero regresaron después al lugar. Alrededor de las seis de la tarde se encontraban allí también Vicka Ivanković, Ivan Dragićević, Ivan Ivanković y Milka Pavlović. Los seis afirmaron contemplar sobre la colina a una mujer vestida de blanco y azul grisáceo que sostenía a un niño en sus brazos. La figura les hacía señas para que se acercaran. Ellos no lo hicieron. Se quedaron abajo, sorprendidos y asustados, mirando hacia aquello que no podían explicar.
¡Una mujer en la colina! ¡Una mujer con un niño! ¡La Gospa!
La palabra correría después por las casas con esa velocidad que únicamente alcanzan los rumores cuando suceden en una comunidad pequeña. Gospa: la Señora, la Virgen. Pero en ese momento todavía no había multitudes, periodistas, médicos, sacerdotes enviados desde Roma, cámaras de televisión ni peregrinos llegados de los cinco continentes. Había unos muchachos mirando hacia arriba y una figura blanca que, según su testimonio, los llamaba desde el pedregal.
No puede saberse qué vieron. Esa es la primera certeza del caso Međugorje: no puede saberse. Puede creerse. Puede rechazarse. Puede investigarse la coherencia de los relatos, estudiarse el comportamiento de los jóvenes, analizar sus reacciones neurológicas, buscar contradicciones, examinar sus intereses y reconstruir cada minuto de aquella tarde. Pero nadie puede regresar al 24 de junio de 1981, situarse junto a ellos y mirar en la misma dirección. Todo cuanto ocurrió después —los interrogatorios, las conversiones, los secretos, las peregrinaciones, las sospechas, el dinero, las curaciones, los conflictos con el obispo, las comisiones eclesiásticas y la prudencia milimétrica del Vaticano— nació de aquel instante imposible de verificar.
![[Img #30872]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/921_nina-rezando.jpg)
Los niños volvieron a sus casas. Contaron lo sucedido. Algunos adultos los escucharon con inquietud; otros debieron de pensar que se trataba de una fantasía, una broma o una sugestión compartida. No era una acusación absurda. Los adolescentes exageran, juegan, se contagian emociones. Jela, abuela de Mirjana, expresó con claridad lo que pensaban no pocos mayores: “Mira jovencita: deja a la Virgen donde es su sitio, que es el cielo. Y tú, ¡te coges un rosario y te subes a tu habitación y te pones a rezar al Señor!”. Y es que los chiquillos también podían haber confundido una silueta lejana, una nube, una luz o una mujer del pueblo con una aparición. Aquella misma noche no había todavía razones para imaginar que el relato sobreviviría al amanecer siguiente.
Pero sobrevivió.
Al día siguiente, 25 de junio, regresaron a Podbrdo. Ya no estaban exactamente los mismos. Milka Pavlović e Ivan Ivanković no integrarían el grupo estable de los videntes. En su lugar se incorporaron Marija Pavlović y Jakov Čolo. Así quedó formado el sexteto cuyos nombres terminarían inseparablemente unidos a Međugorje: Vicka, Mirjana, Marija, Ivanka, Ivan y Jakov.
Cinco adolescentes de entre quince y dieciséis años y un niño de diez. No eran teólogos. No eran místicos formados en conventos. No eran religiosos. Eran hijos de familias católicas de la Herzegovina rural, muchachos acostumbrados a obedecer a sus padres, asistir a misa, estudiar poco, trabajar mucho y vivir bajo un régimen que contemplaba con desconfianza cualquier movilización religiosa que pudiera escapar al control del Estado.
Aquella segunda tarde afirmaron no solo haber vuelto a contemplar a la mujer, sino haber entrado en comunicación con ella. A partir de entonces, la historia dejó de ser la de una visión fugaz y comenzó a convertirse en otra cosa: una sucesión de encuentros, preguntas, respuestas, oraciones, mensajes y encargos. La figura sería descrita como una mujer joven, de rostro ovalado, ojos azules, cabello oscuro y vestido gris azulado, cubierta por un velo blanco y suspendida sobre una pequeña nube. Los videntes dirían que no parecía pisar el suelo y que su belleza no podía compararse con ninguna belleza humana. Con el tiempo contestarían incluso cuestionarios detallados sobre su apariencia: altura aproximada, complexión, edad, color de la piel, labios, cejas, manos, vestido y posición del cuerpo. La precisión de aquellas descripciones impresionó a los creyentes y proporcionó nuevos argumentos a quienes sospechaban que el relato se había sistematizado demasiado.
El 26 de junio, el tercer día de las presuntas apariciones, la noticia ya se había extendido por las aldeas cercanas. Los niños regresaron a la colina acompañados por una multitud creciente de creyentes. Según el relato transmitido por ellos, mientras ascendían vieron tres destellos de luz. La figura volvió a aparecer. Fue entonces cuando se habría presentado la llamada esencial realizada por la Virgen en Međugorje: «Paz. Paz. Paz. Reconciliaos con Dios y entre vosotros». Casi once años antes de que Bosnia quedara cubierta de cadáveres, fosas, ciudades sitiadas y poblaciones expulsadas, unos adolescentes de una aldea yugoslava afirmaban que la Virgen había acudido allí para advertir que la paz entre Dios y los hombres se estaba quebrando. Aquella coincidencia posterior —el mensaje de paz pronunciado en un territorio que una década más tarde sería despedazado por la guerra— constituye uno de los elementos más poderosos del relato. También uno de los más delicados. Para los creyentes, fue una advertencia profética. Para los escépticos, una asociación retrospectiva: la palabra «paz» forma parte del vocabulario cristiano universal y Yugoslavia llevaba mucho tiempo acumulando tensiones. Lo que para unos constituye una señal, para otros es únicamente la manera en que la memoria reorganiza el pasado después de conocer el futuro.
Pero en junio de 1981 nadie conocía aún ese futuro.
Los seis seguían acudiendo a la hora señalada. Se arrodillaban casi simultáneamente. Rezaban. Sus labios se movían. A veces parecían escuchar. A veces formulaban preguntas. Después levantaban la cabeza y regresaban al mundo visible. Los presentes únicamente contemplaban sus cuerpos: el cambio de expresión, los ojos fijos, las manos juntas, una sonrisa inesperada, un movimiento coordinado. La visión de la interlocutora permanecía fuera del alcance de todos los demás. Ellos eran los elegidos.
Y entonces llegaron los mensajes.
Después llegaron los secretos.
Uno, dos, tres… hasta diez.
Secretos sobre los videntes. Secretos sobre Međugorje. Secretos sobre la Iglesia. Secretos sobre el mundo. Advertencias que algún día, según ellos, deberán ser reveladas antes de cumplirse. Entre ellas, la promesa de un signo permanente y visible en la colina de Podbrdo: algo que no habría sido construido por manos humanas, que podría contemplarse, pero no destruirse, y que confirmaría que los jóvenes habían dicho la verdad.
Desde entonces, millones de personas han subido hasta aquel pedregal. Algunas llegan enfermas. Otras, desesperadas. Otras, movidas por la curiosidad. Muchas regresaron convencidas de haber encontrado algo que no sabían que estaban buscando. Rezan, se confiesan, lloran, prometen cambiar de vida y contemplan el lugar donde, una tarde de junio, seis muchachos aseguraron haber visto a una mujer con un niño en brazos.
Los muchachos crecieron.
Se casaron.
Tuvieron hijos.
Enterraron a sus padres. Vieron desaparecer la mayoría de sus casas natales. Vieron desaparecer Yugoslavia. Vieron la guerra. Vieron surgir hoteles donde antes había campos de tabaco y viñas y árboles frutales. Vieron llegar cámaras, investigadores, cardenales, oportunistas, sacerdotes, comerciantes, enfermos, conversos, escépticos y curiosos.
Envejecieron.
La Virgen, según su relato, no.
Durante los primeros días aparecían juntos. Llegaban corriendo, atravesaban el camino, trepaban por las piedras, se arrodillaban casi al mismo tiempo y levantaban la cabeza hacia un punto del aire en el que los demás no veían absolutamente nada. Seis rostros juveniles orientados hacia la misma ausencia. Seis pares de ojos siguiendo, según aseguraban, los movimientos de una mujer suspendida sobre una nube. Después comenzaban a rezar. Las voces se escuchaban con claridad hasta que, de pronto, en mitad de una oración, se apagaban. Los labios continuaban moviéndose, pero las palabras dejaban de llegar a quienes los rodeaban.
El silencio. Ese silencio fue una de las primeras grandes escenografías de Međugorje.
Los muchachos decían que durante aquellos instantes estaban hablando con la Virgen. Los observadores solo veían seis cuerpos arrodillados, seis respiraciones, seis miradas fijas. No había resplandor visible, perfume extraordinario ni voz procedente de la colina. La aparición pertenecía exclusivamente a ellos. Al terminar, pronunciaban una despedida, levantaban la cabeza y regresaban al mundo de todos. De hecho, la prestigiosa historiadora de las religiones Diana W. Pasulka, autora de “Los creyentes”, señala que, en las grandes apariciones marianas, como la de Međugorje, solo los videntes ven a la Virgen mientras el resto no percibe nada, pero que, al ser sometidos a pruebas, sus ojos rastrean algo de manera sincronizada, todos siguiendo el mismo punto. Y compara este hecho con lo que ocurre con algunos testigos de casos ovni, que también observan estos fenómenos de una manera única y privada, como si se exhibieran solamente ante sus ojos. Pasulka utiliza el caso bosnio como evidencia de una teoría que lleva años defendiendo: que "lo religioso" y "lo anómalo" comparten una misma estructura fenomenológica.
Cuando los videntes finalizaban su contemplación, no regresaban exactamente al mundo de antes.
Desde junio de 1981 dejaron de ser Vicka, Mirjana, Marija, Ivanka, Ivan y Jakov para convertirse en los videntes. La expresión los acompañaría durante el resto de sus vidas. No importaría que se casaran, que tuvieran hijos, que cambiaran de casa, que envejecieran o que atravesaran enfermedades. Cualquier otra identidad quedaría subordinada a aquella tarde. Serían siempre los seis muchachos que afirmaron haber visto a la Virgen sobre una colina de Herzegovina.
La palabra «vidente» tiene algo de título y algo de condena. Sitúa a quien la recibe en una región aparte. Ya no puede realizar un gesto sin que alguien busque en él una señal; no puede cerrar los ojos sin que una multitud observe sus párpados; no puede equivocarse como se equivocan los demás porque sobre su conducta pesa una pregunta gigantesca: ¿se comporta así una persona elegida por la Madre de Dios? Roma terminaría advirtiendo, muchos años después, que la eventual recepción de un don carismático no implica la perfección moral de quien lo recibe. La santidad personal de los videntes y el posible origen sobrenatural de sus experiencias son cuestiones distintas. Incluso una declaración favorable sobre un fenómeno no canoniza a sus protagonistas.
Aquella precisión teológica tardaría cuarenta años en llegar. Los seis tuvieron que aprenderla viviendo.
Ivanka, la muchacha que miró primero
Ivanka Ivanković tenía quince años y había perdido recientemente a su madre. Fue ella quien, según el relato fundacional, distinguió primero la figura sobre Podbrdo. No fue una voz que descendiera desde el cielo ni una aparición colectiva desde el primer segundo: fue una adolescente mirando hacia la colina y diciendo a su compañera que allí estaba la Virgen.
Durante los días siguientes, Ivanka preguntó por su madre fallecida. Esa dimensión íntima es importante porque devuelve el acontecimiento a su escala humana. Antes de los mensajes dirigidos al mundo, antes de las advertencias sobre la paz y la conversión, antes de los secretos y de las multitudes, hubo una muchacha huérfana que deseaba saber qué había sido de su madre. Y la Virgen le respondió. “Está aquí, en el cielo”, le dijo.
Ivanka nació el 21 de junio de 1966 en Bijakovići. Según su propio testimonio, recibió apariciones diarias hasta el 7 de mayo de 1985. Aquel día aseguró que la Virgen le había confiado el décimo secreto y le había anunciado que, en adelante, se le aparecería una vez al año, cada 25 de junio. Se casó, tuvo tres hijos y permaneció viviendo con su familia en Međugorje.
Para entonces, Ivanka tenía dieciocho años. ¡Dieciocho años y diez secretos sobre el futuro! Según su relato, la presencia cotidiana terminó sin negociación posible. La Virgen dejaría de acudir todos los días. No porque Ivanka hubiera hecho algo malo, sino porque su misión había llegado a un punto determinado. La joven debía regresar —así lo describió— a una vida cotidiana semejante a la de sus compañeras.
¿Pero cómo se regresa a la normalidad después de afirmar que se ha conversado durante casi cuatro años con la Madre de Cristo?
¿Cómo se hace la compra?
¿Cómo se educa a los hijos?
¿Cómo se discute por una factura, se prepara la comida o se espera en la consulta de un médico después de recibir diez secretos que, supuestamente, afectan al futuro del mundo?
Ivanka adoptó un perfil relativamente reservado. Su aparición anual quedó vinculada a la fecha que en Međugorje se celebra como aniversario del comienzo del fenómeno, el 25 de junio, aunque la primera visión hubiera ocurrido el día 24. Cada año, durante unos minutos, la historia vuelve a comenzar para ella. Luego, otra vez, el silencio.
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Mirjana, la mujer que conoce el calendario
Mirjana Dragićević creció entre Sarajevo y Međugorje. Tenía dieciséis años cuando comenzaron los acontecimientos. Si Ivanka ocupa el lugar de quien vio primero, Mirjana acabaría convirtiéndose en la gran depositaria de la dimensión futura del fenómeno: la vidente asociada con los diez secretos y con el procedimiento mediante el cual, según afirma, algunos de ellos deberán ser revelados.
Sus apariciones diarias terminaron muy pronto en comparación con las de los demás: el 25 de diciembre de 1982, apenas dieciocho meses después del comienzo. Mirjana sostiene que aquel día recibió el décimo secreto y que la Virgen le prometió una aparición anual cada 18 de marzo. La fecha coincide con su cumpleaños. En marzo de 2026, la página oficial de la parroquia volvió a informar de la celebración de ese encuentro anual, que habría durado cuatro minutos.
Cuatro minutos. El misterio de Međugorje se mide también con reloj. Una hora de comienzo. Una hora de finalización. Trece veintidós. Trece veintiséis. La eternidad entrando en una agenda.
Mirjana se casó, tuvo dos hijas y vive en Međugorje. Desde 1987 relató además experiencias mensuales los días 2 de cada mes, encuentros que durante años reunieron a grandes cantidades de peregrinos. La vidente aparecía entre la multitud, comenzaba a rezar, alzaba la mirada y, con frecuencia, lloraba.
Las lágrimas de Mirjana se convirtieron en una de las imágenes más reproducidas del fenómeno. Para los creyentes eran la reacción de una mujer que contemplaba una realidad inaccesible para los demás. Para los escépticos podían ser emoción religiosa, concentración psicológica o una conducta adquirida después de décadas de exposición pública. Las cámaras registran las lágrimas; no pueden determinar su causa.
En torno a Mirjana se concentra también el elemento más inquietante del relato: ella afirma conocer el contenido completo de los diez secretos y haber escogido al sacerdote que deberá hacerlos públicos cuando llegue el momento. No es solo una vidente, sino la mujer que asegura custodiar un calendario desconocido. Vive entre vecinos que compran pan, conducen automóviles y llevan a sus hijos al colegio, pero afirma poseer noticias sobre acontecimientos que todavía no han sucedido.
Y calla.
Vicka, la sonrisa frente a la multitud
Vicka Ivanković nació el 3 de septiembre de 1964. Era la mayor del grupo, aunque solo por unos meses, y terminaría convirtiéndose en uno de sus rostros más reconocibles. Durante años recibió a peregrinos, habló desde escaleras, patios y balcones, respondió preguntas y repitió la historia inicial ante personas llegadas desde países cuya existencia muchos vecinos de Bijakovići apenas habrían imaginado en 1981.
Vicka sonreía. Sonreía con una amplitud desconcertante, como si el hecho de ser observada por centenares de desconocidos no fuera una carga sino una continuación natural de aquella primera carrera hacia la colina. En el ecosistema espiritural de Međugorje, donde cada vidente fue adquiriendo una función reconocible, Vicka representó durante mucho tiempo la cercanía: la muchacha accesible, expansiva, dispuesta a hablar con los peregrinos y a aceptar el contacto con una multitud que buscaba en ella una ínfima partícula de lo sagrado.
Pero los peregrinos no acudían únicamente a escucharla. Querían tocarla. Querían que bendijera fotografías, rosarios, cartas y objetos destinados a familiares enfermos. Querían que recordara nombres, que presentara peticiones, que trasladara mensajes a la Virgen. Cada persona llegaba con una tragedia distinta y esperaba que aquella mujer de Herzegovina pudiera introducirla en la conversación del cielo.
La vidente se convertía así en una frontera humana: a un lado, la muchedumbre; al otro, la aparición.
Marija, la mensajera del día 25
Marija Pavlović no estuvo en el primer grupo que divisó la figura de la Virgen de la Paz el 24 de junio de 1981. Se incorporó al día siguiente y quedó desde entonces integrada en el sexteto definitivo. Nació el 1 de abril de 1965 en Bijakovići y, según su testimonio, sigue teniendo apariciones diarias. Su papel adquirió una importancia especial porque a través de ella comenzaron a difundirse los mensajes periódicos dirigidos a la parroquia y, posteriormente, al mundo. Entre marzo de 1984 y enero de 1987 fueron transmitidos los jueves; después pasaron a publicarse el día 25 de cada mes. Marija se casó, tuvo cuatro hijos y reparte su vida entre Italia y Međugorje.
Aquí el fenómeno experimentó una transformación decisiva. La aparición dejó de ser únicamente un encuentro privado y se convirtió en un sistema de comunicación mundial. Cada día 25, agencias religiosas, emisoras de radio, páginas de internet, asociaciones de peregrinos y grupos de oración esperan el texto atribuido a la Virgen. El mensaje aparece, se traduce, se distribuye, se comenta y se incorpora a homilías, boletines y reuniones domésticas. Una mujer nacida en una aldea de Bosnia se sienta o se arrodilla en un lugar concreto; afirma recibir unas palabras; poco después, esas palabras circulan en decenas de idiomas.
La escena tiene algo de antiguo y algo de extraordinariamente moderno. Es la tradición mariana introducida en la sociedad de la comunicación instantánea. La aparición conserva la nube, el rosario y la llamada a la conversión, pero posee también horario, archivo digital, traducciones simultáneas y distribución global.
Marija, entretanto, sigue transmitiendo. Día 25. Mes tras mes. Año tras año.
Ivan, el chico que quiso escapar de su destino
Ivan Dragićević tenía dieciséis años. En los primeros relatos aparece como un adolescente tímido, poco inclinado a convertirse en protagonista de una conmoción religiosa. La historia de Međugorje suele representarse mediante una carrera hacia la colina, pero también contiene impulsos en dirección contraria: miedo, desconcierto, ganas de desaparecer. Como el que tuvo Ivan.
Ivan nació el 25 de mayo de 1965 en Bijakovići. Se casó con una ciudadana norteamericana, tuvo cuatro hijos y reparte su residencia entre Estados Unidos y Međugorje. Sus encuentros de oración y testimonios llevaron el fenómeno a parroquias, estadios, iglesias y centros católicos fuera de Bosnia. La aparición, según sus afirmaciones, no quedaba atada al Podbrdo. Lo acompañaba. Esta posibilidad resultó especialmente problemática para la autoridad eclesiástica. Una cosa era atender pastoralmente a los peregrinos llegados a Međugorje y otra distinta organizar actos públicos construidos alrededor de la expectativa de que, a una hora anunciada, se produciría una aparición.
El Vaticano terminaría subrayando precisamente lo contrario: los frutos positivos de Međugorje se producen sobre todo en la peregrinación, la oración, la confesión y la vida sacramental, y no dependen de acudir a reuniones para presenciar las supuestas apariciones. Era una manera elegante de colocar a los videntes fuera del centro sin expulsarlos de la historia.
Jakov, un niño de diez años
Y después estaba Jakov. Apenas diez años. El más pequeño. El niño situado entre adolescentes que ya comenzaban a asomarse a la vida adulta. Había nacido en Sarajevo el 6 de marzo de 1971 y quedó huérfano siendo joven. Durante las apariciones, su estatura lo hacía inmediatamente reconocible: un niño menudo, arrodillado junto a muchachos mucho mayores, mirando hacia el mismo punto invisible.
Jakov afirmó recibir apariciones diarias durante más tiempo que Mirjana e Ivanka. Según su relato, continuaron hasta el 12 de septiembre de 1998. Tenía entonces veintisiete años. Aquel día habría recibido el décimo secreto y la promesa de una aparición anual cada 25 de diciembre. Se casó, tuvo tres hijos y vive con su familia en Međugorje.
La fecha navideña conserva un detalle de la primera visión: la mujer con el niño en brazos. Mientras los otros encuentros anuales están vinculados a un cumpleaños o al aniversario de las apariciones, el de Jakov se produce el día del nacimiento de Cristo.
Ese instante permite comprender una dimensión apenas considerada del fenómeno. Para un creyente, recibir una aparición constituiría una gracia excepcional. Pero perderla podría convertirse en una forma de duelo. Mirjana describió el final de sus encuentros cotidianos como un dolor difícil de expresar. Los videntes que dejaron de experimentar diariamente aquella presencia tuvieron que aprender a vivir con su ausencia, del mismo modo que los demás creyentes habían vivido siempre: rezando sin ver.
Hoy tienen entre cincuenta y cinco y sesenta y un años. Ya no son niños. Sus fotografías juveniles poseen la tonalidad desvaída de otro mundo, de otra época: peinados de los años ochenta, camisas sencillas, rostros tensos, el pequeño Jakov apretando las manos. Detrás de ellos no aparecía todavía el gran santuario internacional. No había miles de habitaciones para peregrinos ni tiendas rebosantes de estatuas, medallas, rosarios y reproducciones de la Reina de la Paz.
Solo seis muchachos. Luego llegaría todo lo demás. Llegaron cuarenta y cinco años de miradas, interrogatorios, viajes, enfermedades, matrimonios, hijos, controversias y mensajes. Seis biografías que se separaron sin romper nunca el vínculo original. En el mundo ordinario se hicieron mayores. En el relato de Međugorje permanecieron arrodillados sobre la piedra. Y por encima de ellos, siempre joven, siempre vestida del mismo modo, siempre fuera del alcance de las cámaras, continuó la mujer que decían contemplar.
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Cuando una mujer invisible se convirtió en un problema de seguridad nacional
Al principio de todo, la policía estalinista hizo preguntas. Después llevó a los niños a comisaría. Después llegaron los médicos, los psiquiatras, los funcionarios municipales, los miembros de la Liga de los Comunistas, los agentes de paisano, las amenazas contra las familias, las carreteras cortadas, las fotografías, los informes, las detenciones y las condenas.
Todo en cuestión de semanas.
El Estado yugoslavo tardó muy poco en comprender que aquella mujer invisible sobre una colina podía convertirse en un problema perfectamente visible. No importaba demasiado que la Virgen se apareciera realmente o no. Para el Gobierno comunista, aquella era casi una cuestión secundaria. La policía no necesitaba resolver un misterio teológico. Necesitaba saber por qué miles de personas comenzaban a reunirse en una aldea perdida de la Herzegovina croata sin autorización, quién dirigía aquellas concentraciones, qué decían los sacerdotes, qué relación existía entre los niños y los franciscanos y cuánto tardaría una devoción religiosa en transformarse en una protesta política.
Era junio de 1981. Tito había muerto trece meses antes. El retrato del mariscal continuaba presidiendo oficinas, escuelas y dependencias oficiales, pero el hombre que había mantenido unidas las seis repúblicas con mano de hierro ya no estaba allí. En Kosovo se habían producido protestas nacionalistas durante la primavera. El régimen temía que la agitación se extendiera. Una muchedumbre católica reunida alrededor de unos niños croatas y protegida por franciscanos de Herzegovina no era, desde la perspectiva del Partido Comunista, una inocente concentración de personas que rezaban. Era una ecuación política cuyas incógnitas podían acabar escribiéndose con sangre.
La religión apenas estaba permitida. La movilización religiosa, no necesariamente. La oración era tolerable. La muchedumbre resultaba sospechosa. Y en Međugorje había comenzado a formarse una muchedumbre.
Durante los primeros días, los agentes interrogaron a los jóvenes acerca de lo que habían visto, lo que decían escuchar y las personas que podían estar influyéndolos. Las preguntas se repetían. ¿Quién les había ordenado inventar la historia? ¿Qué sacerdote estaba detrás? ¿Habían consumido drogas? ¿Buscaban provocar disturbios? ¿Era aquello una broma, una enfermedad o una operación política? Los interrogadores no discutían sobre la Inmaculada Concepción. Buscaban un organizador.
Pero no lo encontraban.
Los seis contaban una historia imposible: nadie los dirigía, nadie les pagaba, nadie les había enseñado qué decir. El Estado necesitaba una conspiración. Los niños ofrecían un milagro.
El 29 de junio, los seis fueron trasladados a Mostar para someterlos a interrogatorios y reconocimientos médicos y psiquiátricos. Las evaluaciones conocidas no detectaron alteraciones psicóticas ni una pérdida general del contacto con la realidad. Ahí aparece uno de los episodios más oscuros de aquellos primeros días. Según Vicka, Mirjana y las crónicas construidas a partir de sus declaraciones, en algún momento del recorrido por el hospital de Mostar, los menores habrían sido conducidos hasta las proximidades de la morgue y obligados a contemplar cadáveres. Después habrían sido situados cerca de pacientes psiquiátricos y advertidos de que aquel podía ser su destino si continuaban hablando de apariciones.
Cadáveres a un lado. Enfermos mentales al otro. Y en medio, seis muchachos. Uno de ellos de diez años. El mensaje no necesitaba formularse de manera jurídica: podéis acabar aquí.
El Estado podía sacar a los niños de la montaña, pero no podía garantizar que la montaña saliera de los niños. Las autoridades actuaban sobre cuerpos, carreteras y edificios. El fenómeno afirmaba producirse en una región inaccesible para la policía. Podían cerrar el Podbrdo, pero los videntes aseguraban ver a la Virgen en una casa, en una habitación, junto a una carretera o dentro de la iglesia.
Las familias también fueron convocadas. Los funcionarios querían que los padres obligaran a sus hijos a retractarse. Las advertencias sobre expulsiones escolares, dificultades laborales, confiscación de tierras y pérdida de las viviendas no eran metáforas. Las casas de Bijakovići, junto a Medjugorje, no eran mansiones.
Eran el suelo.
Las viñas.
El tabaco.
Los animales.
La parcela heredada.
El lugar en el que una familia había nacido y esperaba morir.
Los niños debieron de comprender rápidamente que cada vez que repetían «hemos visto a Gospa» comprometían a todos los que vivían bajo su mismo techo. Cada aparición podía costar un empleo. Cada declaración podía provocar una visita policial. Cada subida al Podbrdo podía terminar en una comisaría.
Y, aun así, continuaron subiendo.
La represión produjo así un efecto paradójico. No demostró que la Virgen estuviera allí, pero ayudó a construir una comunidad convencida de que algo extraordinario debía de estar sucediendo. Los peregrinos interpretaban los controles como prueba del miedo del régimen; las detenciones, como prueba de autenticidad; las amenazas, como prueba de que el diablo comunista pretendía detener un mensaje de paz.
La policía podía afirmar que combatía una manipulación. Los creyentes veían al dragón persiguiendo a la mujer.
Jozo Zovko, el párroco de Međugorje, al convencerse de la sinceridad de los muchachos, terminó protegiéndolos y trasladando las celebraciones a la iglesia de Santiago Apóstol, en el centro de Medjugorje. Unos niños en una colina podían ser dispersados. Un sacerdote celebrando misa ante miles de personas era una institución. Las autoridades exigieron que cesaran las concentraciones. Zovko se negó. Fue arrestado el 17 de agosto de 1981. La acusación formal no consistía en creer en apariciones, sino en haber pronunciado sermones interpretados como ataques contra el socialismo. La aparente disputa sobre la Virgen se convirtió en un proceso por «propaganda hostil». La pena fue de tres años y medio de prisión.
La detención no resolvió el fenómeno. Lo convirtió en un relato de persecución. El sacerdote pasó aproximadamente dieciocho meses encarcelado antes de ser puesto en libertad en 1983. Su condena fue uno de los episodios más claramente documentados de la respuesta comunista a Međugorje y dio al movimiento un mártir vivo: un párroco encarcelado por negarse a detener una devoción popular.
El Gobierno podía cerrar la carretera. Podía ocupar la colina. Podía confiscar el dinero. Podía encarcelar al párroco. Podía obligar a los niños a entrar en un automóvil.
Pero no podía obligarlos a decir que no la habían visto.
Y ellos no lo dijeron.
IV. El Križevac: La montaña de la Cruz
Muy cerca de Medjugorje, el Križevac —quinientos veinte metros, la Cruz en la cima, construida en 1934 por los habitantes del pueblo en un gesto de gratitud colectiva por haberse librado de unas largas granizadas— es otra conversación. Aquí no hay apariciones. Aquí hay penitencia pura. La subida dura entre cuarenta y cinco minutos y hora y media dependiendo de la forma física y el nivel de contrición del penitente. El camino está jalonado por los Misterios del Rosario tallados en bronce. Uno los va encontrando en la roca mientras sube y la lógica narrativa —Anunciación, Visitación, Nacimiento, Presentación, Hallazgo en el Templo— tiene algo de escalada hacia el sentido.
Los vecinos locales suben casi todas las semanas, con una soltura que humilla a los foráneos. Aquí una señora de setenta años de Cracovia con artritis visible sube con más determinación que cualquier joven en forma que haya subido jamás ninguna cosa. Aquí el viento en la cima es frío y la cruz de hierro es enorme —ocho metros y medio, visible desde kilómetros— y, desde aquí arriba, Medjugorje, muy abajo, parece exactamente lo que es: un pueblito entre montañas pedregosas que debería ser absolutamente irrelevante en el mapa del mundo y que, por alguna razón que tiene que ver con la fe o con el poder de la narrativa o con ambas cosas simultáneamente, recibe tres millones de visitantes al año y celebra misas al aire libre a las que asisten entre 5.000 y 6.000 personas. ¡Todos los días!
V. El Cenáculo: El hogar de la Madre
La Casa a la que tanto apoyó el Padre Slavko. El Cenáculo. El lugar donde se alojan voluntarios y se celebran retiros y se practica lo que los organizadores llaman la vida comunitaria, que en la práctica significa: levantarse temprano, rezar mucho, trabajar no poco, escuchar testimonios de gente que ha llegado rota y afirma haber salido reconstituida. Hay algo en este edificio —blanco, funcional, sin pretensiones arquitectónicas de ningún tipo— que desafía el cinismo. No porque uno haya perdido el cinismo, sino porque aquí el cinismo resulta éticamente costoso. ¿Cómo mira uno a la cara a esa mujer que lleva diez años viniendo aquí desde que perdió a su hijo y afirma haber encontrado paz, y le dice: Señora, me temo que usted está siendo víctima de un sofisticado mecanismo de consolación ilusoria? No se puede. No se debería.
Fundada originalmente en Italia en 1983 por la religiosa Madre Elvira Petrozzi, la Comunidad del Cenáculo acoge a jóvenes que sufren adicciones, desilusión o desesperación para ayudarles a sanar y reconstruir sus vidas. Su modelo de rehabilitación no utiliza medicamentos, sino que se basa estrictamente en la fe, la oración, la vida comunitaria y el trabajo duro. Cuando entras en sus instalaciones, el Cenáculo es el lugar de Medjugorje donde la fe deja de ser abstracta y se convierte en carne: carne cansada, carne dolida, carne que busca algo y a veces —muchas veces, según los testimonios recogidos— parece encontrarlo. Y uno toma nota, hace fotografías, compra unas estampitas y mientras bebe el siempre presente café herzegovino, escucha y piensa: el periodismo también es una forma de peregrinación. También uno va buscando algo que no sabe bien nombrar.
VI. Tihaljina y las cascadas de Kočuša
![[Img #30864]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/1427_cataratas.jpg)
A cuarenta kilómetros de Medjugorje, siguiendo el río Tihaljina —ese nombre tintineante e impronunciable que suena a algo dicho muy despacio, con cuidado— están las cascadas de Kočuša, y aquí Herzegovina deja de ser piedra y sequedad y se convierte en algo completamente distinto: agua verde esmeralda, álamos, miles de pájaros, el ruido del mundo que se reinicia. Las cascadas no son las del Niágara ni Iguazú. La vista no es la del Gran Cañón. Son más bien unas cascadas de escala humana, generosas, inmediatas, del tipo que invita a quitarse los zapatos —ahora sí, ahora sin ningún motivo religioso— y meter los pies en el agua fría y mirar el cielo entre las ramas y pensar que la geografía tiene sus propias formas de gracia.
El pueblo de Ti-hal-ji-na es de esos pueblos de Herzegovina que el siglo veinte trató con su particular brutalidad —la guerra, el éxodo, las marcas perversas de la violencia en las fachadas— y que sin embargo persiste contra todo con esa terquedad balcánica que es quizá la forma más antigua de heroísmo. Los hombres mayores toman café en la terraza de una cafetería y miran al visitante con esa mezcla de hospitalidad y distancia que es el gesto universal del que ha visto demasiado. Uno pide agua y le traen también pan y queso, porque aquí la hospitalidad no pregunta. Se entrega.
VII. Široki Brijeg: El convento de los franciscanos que no se rindieron
Široki Brijeg —que significa, literalmente, Colina Ancha— es el lugar donde está el convento franciscano que fue, durante la Segunda Guerra Mundial, escenario de una de esas historias que Europa ha guardado en sus cajones más incómodos. Los soldados comunistas de Josip Broz Tito fusilaron aquí a setenta frailes franciscanos que se negaron a renunciar a sus hábitos y a su fe. Setenta. Los mataron y tiraron sus cuerpos a un antiguo refugio enclavado en el centro del convento y el régimen comunista prohibió durante décadas que se hablara de esta atrocidad en voz alta.
Hoy el convento está en pie, blanco bajo el sol herzegovino, y los frailes franciscanos siguen aquí —nuevos frailes, jóvenes frailes, frailes con teléfonos inteligentes, páginas web y vidas en Instagram—, y hay una iglesia nueva y austera y hay un pequeño centro de interpretación que documenta el martirio con esa sobriedad particular que tienen los museos que narran las historias atroces que todavía duelen. Y uno recorre las salas y lee los nombres y mira las fotografías en blanco y negro y piensa en el terror totalitario, en la terquedad de la fe y en cómo hay gente que tiene algo dentro que ningún rifle puede alcanzar. Piénsalo, o no lo pienses, pero el hecho está ahí: setenta hombres, algunos con apenas 20 años, eligieron una idea, una creencia, a Dios, sobre sus propias vidas. Eso, créase lo que se crea, exige algún tipo de respeto.
![[Img #30869]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/4938_nina-rodillas.jpg)
VIII. De regreso a Dubrovnik: Una muralla al atardecer
Se vuelve a Dubrovnik desde Medjugorje con algo diferente en el cuerpo. Quizá es el cansancio de las piedras del Podbrdo. Quizá es el viento del Križevac. Quizá es simplemente el efecto acumulado de haber estado en lugares donde la gente construye sus familias sobre el rezo y la fe, sobre el respeto a Dios y el abrazo a los valores naturales que el desquiciado mundo occidental de hoy en día considera privados o irracionales o directamente medievales. El caso es que Dubrovnik, de regreso, parece la misma ciudad y no lo es. O uno mismo ya no es el mismo.
Se camina la muralla al atardecer. El sol se hunde en el Adriático con esa generosidad de la luz mediterránea que convierte cualquier cosa ordinaria en algo que parece digno de ser pintado, y el mar abajo es violeta y oro y el cielo arriba es de ese azul oscuro que precede a las estrellas, y las murallas —esas murallas— contienen la ciudad como contienen los siglos, con indiferencia olímpica y con gracia. Un crucerista a mi lado levanta el teléfono. Hace la foto. La foto es perfecta. La experiencia de haber estado aquí, imposible de comprimir en ningún formato conocido.
Esto también es Medjugorje, por supuesto. Esto también es toda esta tierra balcánica que ha sobrevivido a todo lo que el siglo veinte tuvo a bien arrojarle encima: la imposibilidad de la compresión. No se puede resumir en un titular. No se puede empaquetar. Solo se puede ir, subir, escuchar, bajar, rezar, y luego sentarse en la Stradun con una copa de plavac mali —el vino negro dalmático, espeso y honesto— y dejar que la pregunta se instale sin respuesta. ¿Pasó algo en el Podbrdo en junio de 1981? ¿De verdad que los frailes de Široki Brijeg murieron por algo que no existe? ¿Los millones de peregrinos anuales encuentran lo que buscan, o encuentran algo distinto, aunque igualmente real?
El plavac mali es excelente. La noche sobre Dubrovnik, perfecta. Las preguntas siguen en pie. En el aeropuerto Zracna Luka Rudef Boskovic —también conocido como Aeropuerto de Čilipi— me acerco al puesto de control. Dejo todas mis cosas metálicas en una bandeja para atravesar el portal de seguridad. De repente, suena una alarma escandalosa. Cualquiera diría que he robado una estatua de la virgen, pero no: solamente es el colgante de un pequeño Jesucristo que ahora luce en mi pecho y cuya reciente presencia había olvidado.
Una huella ínfima de Medjugorje. ■



