Marco Aurelio y las abejas
![[Img #30881]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/5957_img_20260719_172929.jpg)
Entre las figuras estoicas de la antigüedad romana para mí las más relevantes son cuatro: el político y orador Cicerón durante el dramático final de la República; los filósofos y escritores Séneca y Epicteto entre en los convulsos tiempos de Nerón y el comienzo del siglo II; y finalmente el emperador Marco Aurelio cuando el esplendor del siglo de oro de Roma tocaba ya a su fin.
Las obras de los cuatro fueron un fiel reflejo del mundo que les tocó vivir y de sus aspectos sociales y políticos, entre ellos la corrupción y el problema del buen gobierno.
Por su interés y actualidad para las sociedades modernas, plagadas de líderes corruptos y de pequeños autócratas de medio pelo, vamos a revisar los consejos de Marco Aurelio para lograr un buen gobierno.
Este emperador era sobre todo un hombre reflexivo, que no pretendía crear ninguna escuela política. Nunca escribió un tratado específico para ello. Tampoco pronunció como Cicerón grandes discursos contra gobernadores deshonestos ni propuso reformas institucionales concretas.
Sus escritos se orientaron más hacia la reflexión interior sobre lo que veía o intuía desde la cima del poder. Un punto de vista privilegiado que le permitía hacer juicios y observaciones honestas sobre lo que le rodeaba, pues a nadie había de dar cuenta. Eran “sólo para sus ojos”.
De alguna forma, al leerle hoy podemos escuchar sus pensamientos íntimos sobre los puntos débiles del Estado romano de aquella época, que no son tan diferentes de los de los estados modernos.
Para Marco Aurelio la corrupción y los fallos en el gobierno de la sociedad no nacían principalmente de leyes defectuosas o de instituciones mal diseñadas, como pensaban otros filósofos, sino sobre todo de las carencias morales de los individuos que ostentan el poder en sus diversos niveles.
Aunque las instituciones y las leyes fueran perfectas, para Marco Aurelio el problema de la corrupción podría aparecer igualmente, pues el mal gobierno es reflejo de la presencia de almas incapaces de gobernarse a sí mismas en puestos de poder.
Como estoico, Marco Aurelio entendía que el universo estaba regido por un orden racional (el logos) al que el ser humano debía ajustar su conducta.
En dicho orden, el gobernante no ocupaba una posición privilegiada para satisfacer sus deseos, sino para desempeñar un deber. El poder no concedía al gobernante más derechos que a cualquier otro ciudadano. Al contrario, era una pesada carga pues le adjudicaba mayores obligaciones.
Esta gravedad añadida de la responsabilidad del gobernante, se refleja claramente en el tono austero de su obra “Meditaciones”: un diario personal, no destinado a ser publicado, sin casi referencias a acontecimientos políticos de su tiempo, pero lleno de advertencias contra los errores que acompañan el mal ejercicio del poder: la vanidad, el deseo de fama, la ambición, la mentira, la codicia y la ira.
Para Marco Aurelio los defectos personales son el verdadero origen de la corrupción política. Si el gobernante se deja dominar por el miedo o la ansiedad sobre su futuro acaba tomando decisiones guiadas por sus conveniencias inmediatas, en lugar de inspiradas por la búsqueda del bien común.
Para Marco Aurelio la corrupción comienza cuando los intereses sustituyen a la razón y el autocontrol:
> «No permitas que el futuro te perturbe. Llegarás a él, si es preciso, llevando contigo la misma razón que ahora empleas para las cosas presentes.»
Para el emperador un gobernante injusto utilizará cualquier sistema político para su beneficio. Al contrario, uno virtuoso intentará hacer el bien para la sociedad incluso con instituciones imperfectas o en contra de su interés inmediato.
Por ello Marco Aurelio da mucha más importancia a cultivar la integridad personal que a imaginar complejas reformas legales y constitucionales, e insiste en la necesidad de actuar siempre conforme a la justicia:
> «Si no es correcto, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas.»
El gobernante debe valorar sus actos por su conformidad con la verdad y la justicia. Por ello, la mentira, la manipulación y el abuso del poder son las peores formas de corrupción, pues apartan al gobernante de su deber esencial: promover el bien común.
Para Marco Aurelio, muchas conductas corruptas nacen del deseo de obtener prestigio, riqueza o admiración. Bienes que en realidad son tan efímeros como la propia vida:
> «Todo es efímero: tanto quien recuerda como quien es recordado.»
La conciencia de la fugacidad de la vida debe actuar en el gobernante como un antídoto contra la corrupción: ¿qué sentido tiene acumular poder y riquezas ilícitas o buscar honores desmedidos si todo ello acabará desapareciendo?
La corrupción aparece así como una manifestación de ignorancia filosófica del gobernante, pues quien comprende la naturaleza transitoria del poder deja de convertirlo en un fin en sí mismo.
Otro aspecto relevante de las reflexiones de Marco Aurelio es la idea del gobierno como servicio público. No concibe el Imperio como una propiedad personal.
La función del gobernante es en servir a la comunidad humana conforme al orden racional del universo:
> «Lo que no beneficia a la colmena no beneficia a las abejas.»
El interés individual carece de sentido cuando perjudica al conjunto de la sociedad.
Un gobernante que utiliza su poder solo para enriquecerse o perpetuarse, destruye precisamente aquello que justifica ese poder.
La corrupción rompe la armonía entre el individuo y la comunidad. El gobernante corrupto deja de actuar como parte del organismo político y se comporta como un parásito del mismo.
Marco Aurelio constata la imperfecta naturaleza humana: no ignora la mezquindad, ingratitud, falsedad y ambición de muchos de los que rodean a los poderosos.
Aconseja prepararse cada mañana para encontrarse con personas “insolentes”, “desleales” o “egoístas”. Lejos de responderles con resentimiento, propone conservar ante ellos la serenidad.
Para Marco Aurelio el castigo del mal comportamiento ajeno no debe convertirse en una excusa para abandonar el gobernante su propia virtud: la corrupción del comportamiento de otros nunca justifica la propia.
El gobernante debe mantener siempre su integridad, incluso cuando se encuentre rodeado de personas deshonestas, pues su virtud depende de su propia voluntad y de su comportamiento.
La mayor aportación de Marco Aurelio al pensamiento sobre la corrupción y la búsqueda del buen gobierno reside en que, mientras otros pensadores promovieron sobre todo soluciones jurídicas o institucionales, él situó el problema en el espíritu del ser humano: ninguna ley puede impedir completamente la corrupción, si quienes la aplican carecen de virtud. Al contrario, incluso instituciones imperfectas pueden funcionar razonablemente bien si están dirigidas por personas íntegras.
Los sistemas políticos modernos han desarrollado en muchos países complejos mecanismos de control, transparencia y rendición de cuentas para limitar los abusos del poder, pero, como vemos en muchos de ellos, ninguna arquitectura legal resulta eficaz contra la corrupción cuando desaparece la ética pública.
Ausente esta, allí donde la ambición personal prevalece sobre el deber, se trampea la legalidad pues la corrupción continúa encontrando caminos.
El gobernante debe asumir que sólo lo que sea bueno para la colmena debe serlo para la abeja reina, pues tal es el orden racional del universo.
Cuando ello no suceda la colmena estará regida por zánganos corruptos.
(*) Arturo Ignacio Aldecoa Ruiz. Apoderado de las Juntas Generales de Bizkaia 1999 - 2019
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Entre las figuras estoicas de la antigüedad romana para mí las más relevantes son cuatro: el político y orador Cicerón durante el dramático final de la República; los filósofos y escritores Séneca y Epicteto entre en los convulsos tiempos de Nerón y el comienzo del siglo II; y finalmente el emperador Marco Aurelio cuando el esplendor del siglo de oro de Roma tocaba ya a su fin.
Las obras de los cuatro fueron un fiel reflejo del mundo que les tocó vivir y de sus aspectos sociales y políticos, entre ellos la corrupción y el problema del buen gobierno.
Por su interés y actualidad para las sociedades modernas, plagadas de líderes corruptos y de pequeños autócratas de medio pelo, vamos a revisar los consejos de Marco Aurelio para lograr un buen gobierno.
Este emperador era sobre todo un hombre reflexivo, que no pretendía crear ninguna escuela política. Nunca escribió un tratado específico para ello. Tampoco pronunció como Cicerón grandes discursos contra gobernadores deshonestos ni propuso reformas institucionales concretas.
Sus escritos se orientaron más hacia la reflexión interior sobre lo que veía o intuía desde la cima del poder. Un punto de vista privilegiado que le permitía hacer juicios y observaciones honestas sobre lo que le rodeaba, pues a nadie había de dar cuenta. Eran “sólo para sus ojos”.
De alguna forma, al leerle hoy podemos escuchar sus pensamientos íntimos sobre los puntos débiles del Estado romano de aquella época, que no son tan diferentes de los de los estados modernos.
Para Marco Aurelio la corrupción y los fallos en el gobierno de la sociedad no nacían principalmente de leyes defectuosas o de instituciones mal diseñadas, como pensaban otros filósofos, sino sobre todo de las carencias morales de los individuos que ostentan el poder en sus diversos niveles.
Aunque las instituciones y las leyes fueran perfectas, para Marco Aurelio el problema de la corrupción podría aparecer igualmente, pues el mal gobierno es reflejo de la presencia de almas incapaces de gobernarse a sí mismas en puestos de poder.
Como estoico, Marco Aurelio entendía que el universo estaba regido por un orden racional (el logos) al que el ser humano debía ajustar su conducta.
En dicho orden, el gobernante no ocupaba una posición privilegiada para satisfacer sus deseos, sino para desempeñar un deber. El poder no concedía al gobernante más derechos que a cualquier otro ciudadano. Al contrario, era una pesada carga pues le adjudicaba mayores obligaciones.
Esta gravedad añadida de la responsabilidad del gobernante, se refleja claramente en el tono austero de su obra “Meditaciones”: un diario personal, no destinado a ser publicado, sin casi referencias a acontecimientos políticos de su tiempo, pero lleno de advertencias contra los errores que acompañan el mal ejercicio del poder: la vanidad, el deseo de fama, la ambición, la mentira, la codicia y la ira.
Para Marco Aurelio los defectos personales son el verdadero origen de la corrupción política. Si el gobernante se deja dominar por el miedo o la ansiedad sobre su futuro acaba tomando decisiones guiadas por sus conveniencias inmediatas, en lugar de inspiradas por la búsqueda del bien común.
Para Marco Aurelio la corrupción comienza cuando los intereses sustituyen a la razón y el autocontrol:
> «No permitas que el futuro te perturbe. Llegarás a él, si es preciso, llevando contigo la misma razón que ahora empleas para las cosas presentes.»
Para el emperador un gobernante injusto utilizará cualquier sistema político para su beneficio. Al contrario, uno virtuoso intentará hacer el bien para la sociedad incluso con instituciones imperfectas o en contra de su interés inmediato.
Por ello Marco Aurelio da mucha más importancia a cultivar la integridad personal que a imaginar complejas reformas legales y constitucionales, e insiste en la necesidad de actuar siempre conforme a la justicia:
> «Si no es correcto, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas.»
El gobernante debe valorar sus actos por su conformidad con la verdad y la justicia. Por ello, la mentira, la manipulación y el abuso del poder son las peores formas de corrupción, pues apartan al gobernante de su deber esencial: promover el bien común.
Para Marco Aurelio, muchas conductas corruptas nacen del deseo de obtener prestigio, riqueza o admiración. Bienes que en realidad son tan efímeros como la propia vida:
> «Todo es efímero: tanto quien recuerda como quien es recordado.»
La conciencia de la fugacidad de la vida debe actuar en el gobernante como un antídoto contra la corrupción: ¿qué sentido tiene acumular poder y riquezas ilícitas o buscar honores desmedidos si todo ello acabará desapareciendo?
La corrupción aparece así como una manifestación de ignorancia filosófica del gobernante, pues quien comprende la naturaleza transitoria del poder deja de convertirlo en un fin en sí mismo.
Otro aspecto relevante de las reflexiones de Marco Aurelio es la idea del gobierno como servicio público. No concibe el Imperio como una propiedad personal.
La función del gobernante es en servir a la comunidad humana conforme al orden racional del universo:
> «Lo que no beneficia a la colmena no beneficia a las abejas.»
El interés individual carece de sentido cuando perjudica al conjunto de la sociedad.
Un gobernante que utiliza su poder solo para enriquecerse o perpetuarse, destruye precisamente aquello que justifica ese poder.
La corrupción rompe la armonía entre el individuo y la comunidad. El gobernante corrupto deja de actuar como parte del organismo político y se comporta como un parásito del mismo.
Marco Aurelio constata la imperfecta naturaleza humana: no ignora la mezquindad, ingratitud, falsedad y ambición de muchos de los que rodean a los poderosos.
Aconseja prepararse cada mañana para encontrarse con personas “insolentes”, “desleales” o “egoístas”. Lejos de responderles con resentimiento, propone conservar ante ellos la serenidad.
Para Marco Aurelio el castigo del mal comportamiento ajeno no debe convertirse en una excusa para abandonar el gobernante su propia virtud: la corrupción del comportamiento de otros nunca justifica la propia.
El gobernante debe mantener siempre su integridad, incluso cuando se encuentre rodeado de personas deshonestas, pues su virtud depende de su propia voluntad y de su comportamiento.
La mayor aportación de Marco Aurelio al pensamiento sobre la corrupción y la búsqueda del buen gobierno reside en que, mientras otros pensadores promovieron sobre todo soluciones jurídicas o institucionales, él situó el problema en el espíritu del ser humano: ninguna ley puede impedir completamente la corrupción, si quienes la aplican carecen de virtud. Al contrario, incluso instituciones imperfectas pueden funcionar razonablemente bien si están dirigidas por personas íntegras.
Los sistemas políticos modernos han desarrollado en muchos países complejos mecanismos de control, transparencia y rendición de cuentas para limitar los abusos del poder, pero, como vemos en muchos de ellos, ninguna arquitectura legal resulta eficaz contra la corrupción cuando desaparece la ética pública.
Ausente esta, allí donde la ambición personal prevalece sobre el deber, se trampea la legalidad pues la corrupción continúa encontrando caminos.
El gobernante debe asumir que sólo lo que sea bueno para la colmena debe serlo para la abeja reina, pues tal es el orden racional del universo.
Cuando ello no suceda la colmena estará regida por zánganos corruptos.
(*) Arturo Ignacio Aldecoa Ruiz. Apoderado de las Juntas Generales de Bizkaia 1999 - 2019

















