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Investigación

Una niña china murió tras el primer intento de editar genes directamente en el cerebro humano

Una paciente china de seis años falleció una semana después de recibir una terapia genética experimental diseñada específicamente para ella y financiada por su familia. Durante más de un año, su muerte no apareció en el registro público del ensayo ni fue mencionada en el artículo científico que presentó los experimentos realizados en animales. El caso abre graves interrogantes sobre la seguridad, el consentimiento informado y los controles de las llamadas terapias personalizadas «n=1»

 

En los últimos días de marzo de 2025, una niña china de seis años —identificada con el nombre ficticio de Mei para proteger su identidad— ingresó en el Hospital Xinhua de Shanghái. Su familia le había dicho que iban a pasar unos días fuera de casa. Ella llevaba una pequeña maleta y desconocía que estaba a punto de convertirse en la primera persona del mundo sometida a una terapia de edición genética dirigida directamente al cerebro.

 

El tratamiento había sido diseñado exclusivamente para corregir una mutación que solo ella padecía en aquella forma concreta. Sus padres habían financiado buena parte de la investigación con unos 860.000 dólares, reunidos mediante sus ahorros, préstamos y aportaciones familiares. El 25 de marzo de 2025, los médicos introdujeron en el líquido cefalorraquídeo de Mei una cantidad extraordinariamente elevada de vectores virales que transportaban las herramientas necesarias para modificar una letra de su ADN.

 

Siete días después, la niña murió.

 

La causa fue una grave reacción inmunitaria asociada al tratamiento, que, según la investigación publicada ahora por Science y Retraction Watch, desembocó en una microangiopatía trombótica, una complicación en la que se dañan los pequeños vasos sanguíneos, se forman coágulos microscópicos y pueden resultar afectados órganos como los riñones, el hígado o el cerebro. La muerte no fue anunciada públicamente, el registro internacional del ensayo siguió figurando como activo y el artículo científico publicado meses después en Nature no mencionó ni a la paciente, ni el tratamiento humano, ni su fallecimiento.

 

Una sola letra equivocada

 

Mei padecía el síndrome de Snijders Blok-Campeau, un trastorno neurológico extremadamente infrecuente provocado por alteraciones en el gen CHD3, fundamental para regular la actividad de otros genes durante el desarrollo cerebral. Las personas afectadas pueden presentar retrasos en el lenguaje y el aprendizaje, discapacidad intelectual, hipotonía, dificultades motoras, rasgos faciales característicos y, en algunos casos, comportamientos asociados al espectro autista.

 

La niña tenía una mutación denominada c.3073C>T, que producía un cambio en uno de los aminoácidos de la proteína CHD3. Expresado de manera sencilla, una de las aproximadamente 3.000 millones de letras que forman el genoma humano estaba equivocada. La terapia pretendía localizar esa letra y corregirla sin cortar completamente las dos cadenas del ADN.

 

La enfermedad de Mei no era degenerativa ni amenazaba de manera inmediata su vida. Según los expertos que han revisado el caso, presentaba una forma relativamente moderada del síndrome: sufría retrasos cognitivos y del desarrollo, pero asistía a la escuela infantil, podía caminar y mantenía una vida familiar estable. Esta circunstancia resulta esencial para valorar la proporcionalidad del riesgo asumido. No se trataba de una niña condenada a morir en pocas semanas sin tratamiento, sino de una paciente con una discapacidad permanente para la que todavía no existía una terapia curativa.

 

Una terapia nacida de la desesperación familiar

 

Los padres de Mei comenzaron a buscar posibles tratamientos en 2023. A través de la red social china WeChat contactaron con Zilong Qiu, investigador del Instituto de Neurociencia de la Academia China de Ciencias y especialista en enfermedades neurológicas poco frecuentes. Qiu había trabajado en modelos animales del síndrome y consideró que la mutación de la niña podía ser corregida mediante una herramienta de edición de bases.

 

A diferencia de los ensayos clínicos convencionales, en los que una empresa farmacéutica o una institución financia un tratamiento destinado a cientos o miles de pacientes, este proyecto fue concebido como un ensayo n=1: una terapia destinada a una única persona, fabricada a partir de su mutación específica y que probablemente no podría utilizarse en ningún otro paciente sin ser modificada.

 

La familia aportó alrededor de 860.000 dólares para sufragar la creación de ratones con la misma mutación, los experimentos con primates, la fabricación de los vectores virales y la preparación del tratamiento. Esta dependencia económica plantea un conflicto especialmente delicado: los padres no solo eran los representantes legales de la paciente, sino también los principales financiadores de la investigación y las personas emocionalmente más comprometidas con que el proyecto llegara hasta el final.

 

El ensayo fue registrado como un estudio de fase inicial con un único participante de entre dos y diez años. La intervención consistía en una sola inyección intratecal —realizada directamente en el líquido que rodea el cerebro y la médula espinal— de dos vectores derivados de virus adenoasociados. El objetivo principal declarado era medir durante 26 semanas la aparición de efectos adversos graves relacionados con el medicamento. Sin embargo, pese a que la única participante murió una semana después de la intervención, las copias públicas del registro continuaron señalando que el ensayo estaba activo y en fase de reclutamiento.

 

Dos virus para transportar un editor

 

La tecnología utilizada se basaba en la llamada edición de bases, una modalidad de CRISPR capaz de transformar químicamente una letra del ADN en otra sin realizar un corte completo de la doble hélice. En teoría, este procedimiento puede resultar más preciso y menos agresivo que las primeras técnicas de edición genética.

 

Pero existía un obstáculo. La herramienta necesaria para corregir la mutación era demasiado grande para caber dentro de un solo virus adenoasociado, el vehículo utilizado para transportarla hasta las neuronas. Los investigadores dividieron el editor en dos mitades, introdujeron cada una en un vector diferente y confiaron en que ambos virus penetraran en la misma célula cerebral, donde las dos partes tendrían que volver a unirse y reconstruir el mecanismo de edición.

 

En ratones modificados genéticamente para reproducir la mutación de Mei, los investigadores afirmaron haber logrado corregir una parte de las células afectadas, restaurar la producción de la proteína CHD3 y mejorar determinadas alteraciones conductuales. Posteriormente probaron la distribución del sistema en primates no humanos.

 

El artículo publicado por Nature el 18 de febrero de 2026 presentó estos resultados como una demostración de la posible viabilidad de la terapia. El trabajo describía la administración intratecal de los vectores en cuatro primates: dos animales de control y solo dos tratados, uno con una dosis alta y otro con una dosis menor. Los autores destacaron que el editor podía reconstruirse dentro de las neuronas y alcanzar diferentes regiones del cerebro.

 

El propio artículo, sin embargo, reconocía limitaciones importantes. Los investigadores admitían que los modelos de ratón no permitían establecer con seguridad la dosis adecuada para seres humanos, que el uso de dos vectores reducía la eficiencia del sistema y que sería necesario disminuir la carga viral antes de desarrollar aplicaciones clínicas más amplias.

 

La investigación de Science añade un elemento mucho más grave: los experimentos con primates habrían mostrado daños hepáticos y renales que no fueron recogidos de forma clara en la publicación de Nature y que, en opinión de los especialistas consultados, debieron considerarse una señal de alarma antes de administrar el tratamiento a una niña. Los padres aseguran que tampoco fueron informados adecuadamente de esos resultados adversos.

 

La dosis y el riesgo inmunitario

 

Los virus adenoasociados —conocidos como AAV— se utilizan habitualmente en terapia génica porque han sido desactivados para impedir que se reproduzcan y porque pueden introducir material genético en determinadas células. Eso no significa que sean inocuos. Cuando se administran dosis muy elevadas, el organismo puede reconocerlos como una amenaza y desencadenar una respuesta inmunitaria masiva.

 

En el caso de Mei, la necesidad de introducir dos vectores diferentes multiplicó la carga viral. Cada neurona debía recibir simultáneamente las dos mitades del editor para que el tratamiento funcionara. Cuantos más virus se inyectaran, mayores eran las posibilidades de alcanzar suficientes células; pero también aumentaba el peligro de inflamación, activación del sistema del complemento, lesión vascular y daño multiorgánico.

 

Poco después de la intervención, la niña desarrolló fiebre. Inicialmente, este síntoma pudo interpretarse como una reacción previsible. Sin embargo, su estado empeoró rápidamente. La respuesta inmunitaria se volvió incontrolable y aparecieron alteraciones compatibles con una microangiopatía trombótica.

 

El consentimiento informado mencionaba esta complicación como uno de los posibles riesgos del procedimiento y señalaba que requería una detección y un tratamiento rápidos. La cuestión todavía no resuelta es si los padres recibieron una explicación completa sobre la probabilidad real del daño, sobre lo observado en los animales y sobre la enorme incertidumbre que rodeaba la dosis elegida. Tampoco se ha aclarado públicamente qué protocolos se activaron cuando surgieron los primeros síntomas ni si existió alguna oportunidad de detener la reacción inmunitaria antes de que resultara irreversible.

 

El artículo científico que no contó la historia completa

 

Once meses después de la muerte de Mei, Nature publicó el artículo sobre la corrección experimental del gen CHD3. El texto describía los experimentos realizados en ratones y primates y defendía que los resultados podían facilitar el desarrollo de futuras aplicaciones clínicas.

 

No mencionaba que aquellos experimentos se habían realizado para preparar el tratamiento de una niña concreta. Tampoco indicaba que su familia había aportado la mayor parte de los fondos, que la terapia había sido ya administrada a una persona ni que esa persona había muerto siete días después.

 

Aunque el artículo se presentaba formalmente como una investigación preclínica, los trabajos con animales y el ensayo humano formaban parte de un mismo proceso científico. La mutación utilizada en los modelos había sido seleccionada porque era la que padecía Mei, y la financiación familiar había permitido desarrollar el proyecto.

 

Los padres supieron que el estudio había aparecido en una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo cuando todavía estaban intentando comprender lo ocurrido con su hija. Después de conocer las omisiones, pidieron que el artículo fuera retirado. Varios expertos han señalado que la ausencia de información sobre la paciente, la financiación y los resultados adversos en animales podría justificar una revisión formal del trabajo y de las declaraciones de conflictos de interés.

 

El problema no consiste únicamente en determinar si el artículo contiene datos técnicamente correctos. La literatura científica sirve para que otros investigadores evalúen los riesgos de un procedimiento y decidan si deben repetirlo. Silenciar un desenlace mortal relacionado con la traslación de esa misma tecnología al ser humano puede ofrecer una imagen incompleta de su seguridad.

 

Una vía regulatoria con controles locales

 

El tratamiento de Mei no siguió el procedimiento habitual de aprobación de un medicamento por parte de la autoridad farmacéutica nacional china. Se acogió al sistema de estudios iniciados por investigadores, conocido como investigator-initiated trial. Esta vía permitía que determinados tratamientos experimentales fueran autorizados principalmente mediante la revisión del hospital y de sus comités científicos y éticos.

 

El crecimiento de esta clase de ensayos en China había sido muy rápido, especialmente en los campos de la terapia celular y genética. Sus defensores sostenían que permitían ofrecer alternativas a pacientes con enfermedades raras para las que las compañías farmacéuticas no desarrollarían medicamentos rentables. Sus críticos advertían del peligro de convertir a los hospitales en centros donde investigaciones insuficientemente probadas pudieran llegar a los pacientes sin una supervisión nacional suficientemente fuerte.

 

Tras la muerte de Mei, una investigación interna del Hospital Xinhua concluyó que existía una relación entre la intervención y el fallecimiento. El centro recibió una multa equivalente a unos 3.500 o 3.600 dólares y el médico Yongguo Yu fue objeto de una amonestación verbal, según las informaciones publicadas. No consta que Zilong Qiu ni los demás responsables científicos hayan recibido sanciones públicas. La familia no habría obtenido una compensación por la muerte de la niña.

 

Los investigadores principales y el hospital no respondieron de manera sustantiva a las preguntas planteadas por los periodistas antes de la publicación de la investigación. China reformó posteriormente sus normas sobre estudios biomédicos avanzados: limitó la realización de determinados ensayos a hospitales cualificados y prohibió que los participantes pagaran por recibir tratamientos mientras estos continuaran siendo objeto de investigación clínica. Las nuevas disposiciones llegaron después de la intervención de Mei.

 

El contraste con el bebé KJ

 

El caso ocurrió prácticamente al mismo tiempo que otro ensayo personalizado de edición genética que tuvo una repercusión internacional completamente diferente. En febrero de 2025, un bebé estadounidense conocido como KJ recibió en el Hospital Infantil de Filadelfia una terapia de edición de bases diseñada específicamente para tratar una deficiencia metabólica mortal. El niño sobrevivió y su evolución fue presentada como uno de los grandes avances de la medicina genética.

 

La comparación ilustra tanto las posibilidades como los peligros de las terapias n=1. KJ sufría una enfermedad que podía causarle la muerte en cualquier momento y para la que las alternativas eran extremadamente limitadas. En Mei, por el contrario, el síndrome no era progresivo y la intervención pretendía mejorar una discapacidad cognitiva. El umbral de riesgo aceptable debía ser, por tanto, mucho más bajo.

 

Los ensayos con una sola persona plantean además dificultades científicas inevitables. No existen grupos de control, no pueden compararse distintas dosis y cualquier reacción inesperada afecta al único participante. Precisamente por eso, la fase preclínica, la evaluación independiente, el consentimiento informado y la comunicación inmediata de los efectos adversos adquieren una importancia todavía mayor.

 

La sombra de Jesse Gelsinger

 

La historia recuerda, con diferencias tecnológicas y clínicas evidentes, a la muerte de Jesse Gelsinger en Estados Unidos en 1999. Gelsinger tenía 18 años y participó en un ensayo de terapia génica para tratar una enfermedad metabólica. Murió cuatro días después de recibir un vector viral como consecuencia de una reacción inmunitaria fulminante.

 

Las investigaciones posteriores revelaron que los responsables del ensayo no habían comunicado adecuadamente determinados efectos adversos observados en otros pacientes y animales. El caso provocó la suspensión de estudios, sanciones, restricciones regulatorias y una profunda revisión de los sistemas de notificación y consentimiento en terapia génica.

 

Más de un cuarto de siglo después, el caso de Mei demuestra que la tecnología puede avanzar con mayor rapidez que los mecanismos destinados a controlarla. Los editores de bases son mucho más precisos que las primeras herramientas de terapia génica, pero continúan dependiendo de vehículos biológicos capaces de provocar reacciones graves. La precisión molecular no elimina los riesgos derivados de la dosis, la distribución del tratamiento o la respuesta inmunitaria.

 

Las preguntas que siguen sin respuesta

 

La muerte de Mei no convierte la edición genética en una tecnología condenada al fracaso. Los mismos procedimientos podrían permitir algún día tratar enfermedades neurológicas hasta ahora incurables. Pero el progreso científico solo puede evaluarse cuando los éxitos y los fracasos se comunican con la misma claridad.

 

Queda por determinar quién tomó la decisión final de administrar aquella dosis, qué información exacta recibieron los comités éticos, hasta qué punto se explicaron a la familia los daños observados en primates, qué medidas se adoptaron al aparecer la fiebre y por qué el registro del ensayo no incorporó inmediatamente el fallecimiento de su única participante.

 

También deberá aclararse por qué una revista científica recibió un estudio que presentaba la tecnología como prometedora sin conocer —o sin hacer pública— su aplicación humana y su desenlace mortal. La familia ha solicitado la retirada del artículo, pero la cuestión trasciende la suerte de una publicación concreta: afecta a la obligación de que los datos científicos permitan evaluar no solo si una técnica funciona, sino también cuánto daño puede causar.

 

Mei tenía seis años. Su familia quiso corregir una letra de su ADN para ofrecerle una vida mejor. La ciencia prometía una intervención extraordinariamente precisa, pero el tratamiento exigió introducir billones de partículas virales en el sistema nervioso de una niña que no padecía una enfermedad mortal. Una semana después estaba muerta.

 

Durante más de un año, esa muerte permaneció fuera del relato público de la investigación. Y esa omisión, tanto como el fracaso del tratamiento, constituye la parte más inquietante de la historia.

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