La conspiración que no arde
Salimos a buscar en los boletines oficiales la prueba de que en España se quema para hacer negocio. Volvimos con otra historia: la de un poste de madera pudriéndose durante diecisiete años junto a una carretera de Almería, cuarenta pueblos que se quedaron sin cabras y una ley que monta guardia sobre las cenizas
![[Img #30899]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/229_screenshot-2026-07-25-at-17-22-45-incendios-buscar-con-google.png)
Hay que imaginar primero el silencio. Diecisiete años de silencio junto a la N-340A, a la altura de Los Gallardos, provincia de Almería: un restaurante de carretera cerrado, de esos que fueron parada de camioneros y luego persiana bajada y luego nada, y a su servicio —a su antiguo servicio— una línea eléctrica privada tendida sobre postes de madera. Nadie la miraba. Las cosas que nadie mira envejecen a su manera: la madera se abre, la humedad entra, el hongo trabaja. Diecisiete años es mucho tiempo para un poste y muy poco para una provincia.
Un día de este julio, según la hipótesis que manejan los investigadores del Seprona y de la Junta, un cable de esa línea cayó al suelo. Lo que vino después ya lo saben: el fuego más letal que se recuerda en Andalucía, trece muertos entre Los Gallardos y Bédar, cinco mil doscientas hectáreas. La compañía eléctrica sostiene que la línea estaba dada de baja y sin corriente; los tribunales dirán. Pero retengan la imagen, porque este artículo va a volver a ella: un poste de madera podrido. Nada más. Ningún plano enrollado bajo el brazo de nadie, ningún proyecto esperando entre bambalinas, ninguna sombra con maletín.
Y sin embargo la sombra con maletín es lo primero que convocamos los españoles cuando el país arde. Este verano arde mucho: más de cien mil hectáreas ya, veintidós grandes incendios cuando la media de la última década, a estas alturas de calendario, era de nueve. Y con el humo llega, puntual como las cigarras, el estribillo: detrás de los incendios hay intereses. Recalificaciones. Molinos. Ladrillo. Alguien —se dice en la barra del bar, se escribe en las redes, se insinúa en algún escaño— está quemando España para comprarla barata.
La sospecha tiene su dignidad. Nace de una intuición sana, la de que el azar no explica tanta desgracia junta, y de una memoria real, la de un país que durante décadas hizo del suelo su casino. Pero una sospecha, para ser algo más que folclore, tiene que poder demostrarse. Y esta, si fuera cierta, tendría una propiedad preciosa para un periodista: dejaría rastro escrito. Los negocios sobre el territorio no se hacen en la sombra; se hacen, por imperativo legal, a la luz más aburrida que existe. Toda recalificación, toda concesión eólica o minera, toda subasta de un monte público debe publicarse en los boletines oficiales.
Así que hicimos lo que casi nadie hace con las teorías que repite: fuimos a comprobarla donde tendría que estar escrita.
La literatura involuntaria del Estado
Los boletines oficiales son la literatura involuntaria de un país. Nadie los lee por placer y por eso no mienten: ahí está, en prosa administrativa y tipografía de funeral, todo lo que el poder hace con el territorio. El BOE y sus hermanos autonómicos —el DOCM manchego, el BOCM madrileño, el BOCYL castellano, el BOJA andaluz— publican cada mañana un retrato involuntario de España: qué se construye, qué se expropia, qué monte se deslinda, qué parque eólico avanza un trámite más.
Tomamos el mapa del fuego de este julio y lo pusimos encima de esa literatura. La Sierra Norte de Guadalajara, donde el incendio de La Mierla ha devorado unas treinta y dos mil hectáreas —el segundo mayor que registra la estadística española— y ha vaciado treinta y cuatro pueblos. El fuego de Almorox, que nació en Toledo y cruzó a Madrid y a Ávila como quien no respeta fronteras porque el viento no las conoce, desplazando a más de sesenta mil personas. Los Gallardos. Selas, en el Alto Tajo. Y municipio a municipio, sierra a sierra, rastreamos qué habían publicado los boletines sobre esos lugares en los seis a doce meses anteriores a cada incendio.
La palabra anteriores es la bisagra de todo el asunto. Porque después de un fuego los boletines se llenan, claro que se llenan: declaraciones de emergencia, ayudas, planes de recuperación. Ese papel es consecuencia, no causa. Cada verano alguien encuentra ese papel posterior, invierte la flecha del tiempo y cree haber destapado la trama. Es el truco óptico más viejo de la superstición: primero el rayo, luego el trueno, y el convencimiento de que el trueno lo provocó.
Y añadimos una precaución más, la que separa una investigación de una cacería. Los boletines mencionan municipios rurales sin descanso: solo en 2025 España tramitó la mayor expansión de energías renovables de su historia, con meses en los que el BOE llegó a publicar medio centenar de proyectos. Con semejante marea administrativa, encontrar algo sobre cualquier pueblo es tan revelador como encontrar arena en una playa. La pregunta honesta no era si había disposiciones sobre los pueblos quemados. Era si había más que sobre los pueblos idénticos —igual de rurales, igual de forestales, igual de olvidados— que no ardieron. Si disparas primero y pintas la diana después, siempre aciertas; nosotros pintamos la diana antes.
Lo que dicen los archivos
La respuesta corta cabe en dos letras: no.
La respuesta larga es más elocuente. En el corazón del incendio de Guadalajara —La Mierla, Campillo de Ranas, Majaelrayo, El Cardoso de la Sierra, los pueblos de pizarra de la arquitectura negra— los boletines guardan un silencio casi perfecto. Ni un plan urbanístico, ni una concesión energética, ni un movimiento de suelo en el año previo. Y no es milagro sino lógica: aquello es parque natural, zona ZEPA, Red Natura 2000, suelo blindado. Los proyectos renovables que de verdad agitan la provincia —los parques eólicos que los vecinos discuten en Sigüenza, el que rechazó el pleno de Pareja hace apenas diez días— se tramitan en municipios llanos, lejos de la sierra quemada. Si alguien hubiera prendido aquello para plantar molinos, habría quemado exactamente donde la ley le impide ponerlos. Sería el pirómano más torpe de la historia del capitalismo.
La cosecha entera de disposiciones previas, en toda la geografía del fuego, cabe en un párrafo y da casi ternura: el deslinde de un monte de utilidad pública en Cantalojas, trámite forestal de una rutina oceánica, iniciado en 2024; un estudio de detalle para el polígono industrial de Burgohondo; contratos de repoblación en Cadalso de los Vidrios y Cenicientos que son, ironía administrativa, la herencia del incendio anterior, el de 2019, cuya cicatriz se solapa con la de este año; y un plan especial en San Martín de Valdeiglesias para una planta fotovoltaica y su línea de evacuación, publicado en el boletín madrileño en 2025. Este último es el único que un titular malintencionado podría subrayar, y aun así es un expediente ordinario entre los cientos que la región tramita cada año. Heterogéneo, disperso, mínimo: el electrocardiograma administrativo de cualquier comarca rural española, arda o no arda.
El crimen sin botín
Hay además un problema que la teoría de la trama nunca ha sabido resolver, y es que su crimen no tiene botín. Desde 2003, el artículo 50 de la Ley de Montes prohíbe cambiar el uso forestal del suelo quemado durante al menos treinta años. Las excepciones son un desfiladero: que el cambio ya estuviera aprobado antes del fuego, o que una ley —una ley, no un decreto ni un pleno municipal— aprecie "razones imperiosas de interés público de primer orden", compensando además con superficie forestal equivalente. Quemar un monte para construir en él es, desde hace veintitrés años, la peor operación inmobiliaria concebible: congela el activo una generación entera. Y las vías que no exigen recalificar —la eólica, la minería, que pueden asentarse en suelo rústico— tampoco ganan nada con la ceniza: la evaluación ambiental sigue intacta, el terreno queda inestable, la erosión encarece. El fuego no abre puertas; las atranca.
Los datos históricos rematan lo que la ley empieza. La Fundación Civio cruzó cuatro décadas de la estadística oficial de incendios y encontró que los fuegos provocados para cambiar el uso del suelo son el 0,56% de los intencionados, y su superficie el 0,1% de lo quemado con intención. Una mota. La estadística del Ministerio dice que casi nueve de cada diez incendios tienen mano humana detrás, sí, pero esa mano no sostiene un maletín: sostiene una caja de cerillas para regenerar pasto, una quema agrícola fuera de plazo, la llave de una cosechadora —la hipótesis judicial en La Mierla—, el volante de un coche cuyo neumático revienta en Selas. La banalidad del fuego.
La historia que queda cuando se apaga la trama
Y aquí llega la paradoja que justifica todas estas líneas: al descartar la conspiración, el paisaje que queda es más incómodo que ella. Porque la teoría de la trama es, bien mirada, un consuelo. Promete que alguien está al mando; que el fuego tiene dueño, despacho y teléfono; que bastaría con detener al culpable para que el país dejara de arder. La realidad documentada no ofrece ese alivio. Ofrece pueblos de sesenta habitantes donde ya no quedan cabras que se coman el matorral, y un monte que, huérfano de dientes, se convierte en un pajar continuo de jara y pino. Ofrece urbanizaciones incrustadas en el bosque, como El Encinar del Alberche, donde el fuego ya no quema hectáreas sino cocinas y fotos de boda. Ofrece un clima que cada verano carga la ruleta con una bala más. Y ofrece, sobre todo, desatención: la de un país que abandonó su interior y ahora se asombra de que el interior sea inflamable.
Nadie está al mando. Esa es la noticia, y es peor que la conspiración.
Queda, eso sí, una promesa, y es del tipo que se puede incumplir públicamente, que es la única clase de promesa que vale en este oficio. El artículo 50 tiene excepciones y las excepciones se publican. Durante los próximos meses —los próximos treinta años, en rigor— cualquier ley que invoque el interés público de primer orden sobre las cenizas de 2026, cualquier concesión que pretenda brotar de este suelo quemado, tendrá que pasar por un boletín oficial. Los seguiremos leyendo. La trama, si algún día existe, está condenada a dejar su huella exactamente ahí, en la literatura involuntaria del Estado, en prosa administrativa y tipografía de funeral.
De momento la huella dice otra cosa. Dice que el enemigo no firma disposiciones ni acude a notarías. Que trabaja despacio, sin plan y sin nombre, con la paciencia de la humedad: diecisiete años pudriendo un poste de madera junto a una carretera de Almería, mientras nadie —eso es exactamente lo que significa el abandono— lo miraba.
Metodología: Se rastrearon las menciones en el BOE y en los boletines autonómicos (DOCM, BOCM, BOCYL, BOJA) a los municipios afectados por los grandes incendios de julio de 2026, en una ventana de 6-12 meses previa a cada fuego, y se compararon con municipios rurales forestales equiparables no afectados. Fuentes principales: Estadística General de Incendios Forestales (MITECO), Fundación Civio, Ley 43/2003 de Montes, Orden INT/748/2026 y los sumarios oficiales citados en el texto. La causa del incendio de Los Gallardos es una hipótesis de investigación, no un hecho judicialmente establecido; la compañía eléctrica niega que la línea estuviera en servicio. Las cifras de superficie y víctimas son provisionales a 25 de julio de 2026.
Salimos a buscar en los boletines oficiales la prueba de que en España se quema para hacer negocio. Volvimos con otra historia: la de un poste de madera pudriéndose durante diecisiete años junto a una carretera de Almería, cuarenta pueblos que se quedaron sin cabras y una ley que monta guardia sobre las cenizas
![[Img #30899]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/07_2026/229_screenshot-2026-07-25-at-17-22-45-incendios-buscar-con-google.png)
Hay que imaginar primero el silencio. Diecisiete años de silencio junto a la N-340A, a la altura de Los Gallardos, provincia de Almería: un restaurante de carretera cerrado, de esos que fueron parada de camioneros y luego persiana bajada y luego nada, y a su servicio —a su antiguo servicio— una línea eléctrica privada tendida sobre postes de madera. Nadie la miraba. Las cosas que nadie mira envejecen a su manera: la madera se abre, la humedad entra, el hongo trabaja. Diecisiete años es mucho tiempo para un poste y muy poco para una provincia.
Un día de este julio, según la hipótesis que manejan los investigadores del Seprona y de la Junta, un cable de esa línea cayó al suelo. Lo que vino después ya lo saben: el fuego más letal que se recuerda en Andalucía, trece muertos entre Los Gallardos y Bédar, cinco mil doscientas hectáreas. La compañía eléctrica sostiene que la línea estaba dada de baja y sin corriente; los tribunales dirán. Pero retengan la imagen, porque este artículo va a volver a ella: un poste de madera podrido. Nada más. Ningún plano enrollado bajo el brazo de nadie, ningún proyecto esperando entre bambalinas, ninguna sombra con maletín.
Y sin embargo la sombra con maletín es lo primero que convocamos los españoles cuando el país arde. Este verano arde mucho: más de cien mil hectáreas ya, veintidós grandes incendios cuando la media de la última década, a estas alturas de calendario, era de nueve. Y con el humo llega, puntual como las cigarras, el estribillo: detrás de los incendios hay intereses. Recalificaciones. Molinos. Ladrillo. Alguien —se dice en la barra del bar, se escribe en las redes, se insinúa en algún escaño— está quemando España para comprarla barata.
La sospecha tiene su dignidad. Nace de una intuición sana, la de que el azar no explica tanta desgracia junta, y de una memoria real, la de un país que durante décadas hizo del suelo su casino. Pero una sospecha, para ser algo más que folclore, tiene que poder demostrarse. Y esta, si fuera cierta, tendría una propiedad preciosa para un periodista: dejaría rastro escrito. Los negocios sobre el territorio no se hacen en la sombra; se hacen, por imperativo legal, a la luz más aburrida que existe. Toda recalificación, toda concesión eólica o minera, toda subasta de un monte público debe publicarse en los boletines oficiales.
Así que hicimos lo que casi nadie hace con las teorías que repite: fuimos a comprobarla donde tendría que estar escrita.
La literatura involuntaria del Estado
Los boletines oficiales son la literatura involuntaria de un país. Nadie los lee por placer y por eso no mienten: ahí está, en prosa administrativa y tipografía de funeral, todo lo que el poder hace con el territorio. El BOE y sus hermanos autonómicos —el DOCM manchego, el BOCM madrileño, el BOCYL castellano, el BOJA andaluz— publican cada mañana un retrato involuntario de España: qué se construye, qué se expropia, qué monte se deslinda, qué parque eólico avanza un trámite más.
Tomamos el mapa del fuego de este julio y lo pusimos encima de esa literatura. La Sierra Norte de Guadalajara, donde el incendio de La Mierla ha devorado unas treinta y dos mil hectáreas —el segundo mayor que registra la estadística española— y ha vaciado treinta y cuatro pueblos. El fuego de Almorox, que nació en Toledo y cruzó a Madrid y a Ávila como quien no respeta fronteras porque el viento no las conoce, desplazando a más de sesenta mil personas. Los Gallardos. Selas, en el Alto Tajo. Y municipio a municipio, sierra a sierra, rastreamos qué habían publicado los boletines sobre esos lugares en los seis a doce meses anteriores a cada incendio.
La palabra anteriores es la bisagra de todo el asunto. Porque después de un fuego los boletines se llenan, claro que se llenan: declaraciones de emergencia, ayudas, planes de recuperación. Ese papel es consecuencia, no causa. Cada verano alguien encuentra ese papel posterior, invierte la flecha del tiempo y cree haber destapado la trama. Es el truco óptico más viejo de la superstición: primero el rayo, luego el trueno, y el convencimiento de que el trueno lo provocó.
Y añadimos una precaución más, la que separa una investigación de una cacería. Los boletines mencionan municipios rurales sin descanso: solo en 2025 España tramitó la mayor expansión de energías renovables de su historia, con meses en los que el BOE llegó a publicar medio centenar de proyectos. Con semejante marea administrativa, encontrar algo sobre cualquier pueblo es tan revelador como encontrar arena en una playa. La pregunta honesta no era si había disposiciones sobre los pueblos quemados. Era si había más que sobre los pueblos idénticos —igual de rurales, igual de forestales, igual de olvidados— que no ardieron. Si disparas primero y pintas la diana después, siempre aciertas; nosotros pintamos la diana antes.
Lo que dicen los archivos
La respuesta corta cabe en dos letras: no.
La respuesta larga es más elocuente. En el corazón del incendio de Guadalajara —La Mierla, Campillo de Ranas, Majaelrayo, El Cardoso de la Sierra, los pueblos de pizarra de la arquitectura negra— los boletines guardan un silencio casi perfecto. Ni un plan urbanístico, ni una concesión energética, ni un movimiento de suelo en el año previo. Y no es milagro sino lógica: aquello es parque natural, zona ZEPA, Red Natura 2000, suelo blindado. Los proyectos renovables que de verdad agitan la provincia —los parques eólicos que los vecinos discuten en Sigüenza, el que rechazó el pleno de Pareja hace apenas diez días— se tramitan en municipios llanos, lejos de la sierra quemada. Si alguien hubiera prendido aquello para plantar molinos, habría quemado exactamente donde la ley le impide ponerlos. Sería el pirómano más torpe de la historia del capitalismo.
La cosecha entera de disposiciones previas, en toda la geografía del fuego, cabe en un párrafo y da casi ternura: el deslinde de un monte de utilidad pública en Cantalojas, trámite forestal de una rutina oceánica, iniciado en 2024; un estudio de detalle para el polígono industrial de Burgohondo; contratos de repoblación en Cadalso de los Vidrios y Cenicientos que son, ironía administrativa, la herencia del incendio anterior, el de 2019, cuya cicatriz se solapa con la de este año; y un plan especial en San Martín de Valdeiglesias para una planta fotovoltaica y su línea de evacuación, publicado en el boletín madrileño en 2025. Este último es el único que un titular malintencionado podría subrayar, y aun así es un expediente ordinario entre los cientos que la región tramita cada año. Heterogéneo, disperso, mínimo: el electrocardiograma administrativo de cualquier comarca rural española, arda o no arda.
El crimen sin botín
Hay además un problema que la teoría de la trama nunca ha sabido resolver, y es que su crimen no tiene botín. Desde 2003, el artículo 50 de la Ley de Montes prohíbe cambiar el uso forestal del suelo quemado durante al menos treinta años. Las excepciones son un desfiladero: que el cambio ya estuviera aprobado antes del fuego, o que una ley —una ley, no un decreto ni un pleno municipal— aprecie "razones imperiosas de interés público de primer orden", compensando además con superficie forestal equivalente. Quemar un monte para construir en él es, desde hace veintitrés años, la peor operación inmobiliaria concebible: congela el activo una generación entera. Y las vías que no exigen recalificar —la eólica, la minería, que pueden asentarse en suelo rústico— tampoco ganan nada con la ceniza: la evaluación ambiental sigue intacta, el terreno queda inestable, la erosión encarece. El fuego no abre puertas; las atranca.
Los datos históricos rematan lo que la ley empieza. La Fundación Civio cruzó cuatro décadas de la estadística oficial de incendios y encontró que los fuegos provocados para cambiar el uso del suelo son el 0,56% de los intencionados, y su superficie el 0,1% de lo quemado con intención. Una mota. La estadística del Ministerio dice que casi nueve de cada diez incendios tienen mano humana detrás, sí, pero esa mano no sostiene un maletín: sostiene una caja de cerillas para regenerar pasto, una quema agrícola fuera de plazo, la llave de una cosechadora —la hipótesis judicial en La Mierla—, el volante de un coche cuyo neumático revienta en Selas. La banalidad del fuego.
La historia que queda cuando se apaga la trama
Y aquí llega la paradoja que justifica todas estas líneas: al descartar la conspiración, el paisaje que queda es más incómodo que ella. Porque la teoría de la trama es, bien mirada, un consuelo. Promete que alguien está al mando; que el fuego tiene dueño, despacho y teléfono; que bastaría con detener al culpable para que el país dejara de arder. La realidad documentada no ofrece ese alivio. Ofrece pueblos de sesenta habitantes donde ya no quedan cabras que se coman el matorral, y un monte que, huérfano de dientes, se convierte en un pajar continuo de jara y pino. Ofrece urbanizaciones incrustadas en el bosque, como El Encinar del Alberche, donde el fuego ya no quema hectáreas sino cocinas y fotos de boda. Ofrece un clima que cada verano carga la ruleta con una bala más. Y ofrece, sobre todo, desatención: la de un país que abandonó su interior y ahora se asombra de que el interior sea inflamable.
Nadie está al mando. Esa es la noticia, y es peor que la conspiración.
Queda, eso sí, una promesa, y es del tipo que se puede incumplir públicamente, que es la única clase de promesa que vale en este oficio. El artículo 50 tiene excepciones y las excepciones se publican. Durante los próximos meses —los próximos treinta años, en rigor— cualquier ley que invoque el interés público de primer orden sobre las cenizas de 2026, cualquier concesión que pretenda brotar de este suelo quemado, tendrá que pasar por un boletín oficial. Los seguiremos leyendo. La trama, si algún día existe, está condenada a dejar su huella exactamente ahí, en la literatura involuntaria del Estado, en prosa administrativa y tipografía de funeral.
De momento la huella dice otra cosa. Dice que el enemigo no firma disposiciones ni acude a notarías. Que trabaja despacio, sin plan y sin nombre, con la paciencia de la humedad: diecisiete años pudriendo un poste de madera junto a una carretera de Almería, mientras nadie —eso es exactamente lo que significa el abandono— lo miraba.
Metodología: Se rastrearon las menciones en el BOE y en los boletines autonómicos (DOCM, BOCM, BOCYL, BOJA) a los municipios afectados por los grandes incendios de julio de 2026, en una ventana de 6-12 meses previa a cada fuego, y se compararon con municipios rurales forestales equiparables no afectados. Fuentes principales: Estadística General de Incendios Forestales (MITECO), Fundación Civio, Ley 43/2003 de Montes, Orden INT/748/2026 y los sumarios oficiales citados en el texto. La causa del incendio de Los Gallardos es una hipótesis de investigación, no un hecho judicialmente establecido; la compañía eléctrica niega que la línea estuviera en servicio. Las cifras de superficie y víctimas son provisionales a 25 de julio de 2026.





















