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Domingo, 26 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

Hasta los pueblos que no arden respiran fuego

[Img #30903]El viernes ocurrió en Madrid una cosa que solo entienden bien los fuegos y los ríos: tres incendios que habían nacido separados, cada uno con su nombre y su biografía —el de Almorox, que vino andando desde Toledo como un forastero sin papeles; el de Villa del Prado; el de San Martín de Valdeiglesias—, decidieron juntarse en uno solo. La administración, que no deja nada sin bautizar, le puso nombre de expediente y hasta almohadilla de telégrafo moderno: #IFSierraOeste. De modo que ahora España tiene un incendio con etiqueta, como los equipajes, y los vecinos pueden seguir en el teléfono, minuto a minuto, la trayectoria exacta de la desgracia que les está quemando el paisaje de la infancia. Es un progreso melancólico: antes los pueblos se enteraban de los incendios por el olor. Ahora se enteran por notificación, cuando todavía funciona la antena.

 

Porque la antena, precisamente, fue de lo primero que se llevó el fuego. Dieciséis municipios y unas cuarenta localidades del suroeste madrileño se quedaron sin teléfono y sin televisión, que es la forma contemporánea de quedarse sin mundo, y hubo que devolverles la conexión con unidades móviles y satélites, como si aquellos pueblos a cincuenta kilómetros de la capital fueran expediciones perdidas en un continente por descubrir. El viernes por la noche se restableció el repetidor que da televisión a San Martín de Valdeiglesias y a Pelayos de la Presa, y habrá que imaginar la escena, que ningún parte oficial recoge: familias enteras que huyeron de sus casas encendiendo el televisor en casa ajena para ver, en el telediario, cómo ardía lo que ya sabían que estaba ardiendo.

 

Los números de esta semana tienen esa contundencia de los números que nadie quiso aprenderse: casi 100.000 personas evacuadas o confinadas entre Madrid y Ávila, diez mil desalojadas solo en la parte madrileña, y una emergencia declarada de interés nacional, que es la manera solemne que tiene el Estado de admitir que el asunto le queda grande a todo el mundo. Pero el número que importa es más pequeño y más terco: seiscientos un ancianos sacados de doce residencias del valle del Tiétar y del Alberche, diez de ellos directamente al hospital. Seiscientas una personas que ya habían hecho la mudanza definitiva de sus vidas, la de la casa al asilo, y a las que el fuego obligó a una mudanza más, de madrugada, en autobuses, mirando por la ventanilla un resplandor que muchos habrán reconocido: en esas sierras, los más viejos ya habían visto arder el monte antes de que existieran los hidroaviones y las alertas al teléfono, cuando el fuego se combatía con ramas verdes y se le rezaba a lo que hubiera.

 

Al otro lado de la raya, en Ávila, el incendio de Burgohondo se ha comido entre trece mil y quince mil hectáreas del valle del Alberche y sigue con un apetito que desconcierta a los técnicos. Burgohondo tiene mil doscientos sesenta y nueve habitantes y ocho siglos y medio de historia: nació en 1179 alrededor de una abadía, resistió todo lo que hay que resistir para durar ochocientos años en Castilla, y esta semana ha visto pasar la mayor amenaza de su biografía empujada por el viento. La madrugada del sábado, una alerta hizo sonar a la vez todos los teléfonos de Mijares, Gavilanes, Fresnedilla, La Higuera de las Dueñas y Pedro Bernardo —ese sonido de fin del mundo que ahora precede a las evacuaciones—, y las carreteras comarcales se llenaron de faros en una sola dirección, que es la definición más exacta del miedo. Antes habían salido Sotillo de la Adrada, La Adrada, Piedralaves, Casavieja y media docena de pueblos más, mientras Cebreros, Navaluenga y El Tiemblo permanecen confinados, puertas y ventanas cerradas, esperando a que el humo decida por ellos. Los que saben de fuegos vigilan dos cosas con el alma en un hilo: que las llamas no entren en la reserva natural del valle de Iruelas, y que este incendio y el de Madrid no hagan lo que hicieron los tres madrileños entre sí, que es encontrarse. Los fuegos, se ha visto esta semana, tienen vocación de reunirse.

 

Este domingo llega a Ávila el presidente del Gobierno, y llega también, desde la otra punta del mapa, algo que no sale en los titulares y debería: cuadrillas gallegas de extinción, hombres y mujeres del país de la lluvia bajando a socorrer al país de la sed, porque en materia de incendios Galicia es, por desgracia, la provincia más sabia de España, y la sabiduría, como el fuego, también viaja.

 

Y sin embargo, para que esta crónica no sea solo un inventario de pérdidas, hay que ir a buscar la buena noticia donde está, que es en Guadalajara. Allí, el incendio de La Mierla —un pueblo de treinta y ocho habitantes cuyo nombre esta semana aprendió a pronunciar toda España— ha bajado por fin a nivel uno después de devorar la Sierra Norte, y los vecinos de nueve de los treinta y cuatro pueblos desalojados han recibido permiso para volver. Habrá que estar atentos a ese regreso, porque es el momento verdadero de todos los incendios: el instante en que una familia abre la puerta de su casa intacta en medio de un paisaje calcinado y no sabe si lo que siente es alivio o culpa o las dos cosas trenzadas. Vuelven a pueblos que ya eran de treinta y ocho, de sesenta, de cien habitantes antes de que ardieran, y esa es la cifra que ningún hidroavión apaga: el fuego pasa en una semana por donde la despoblación llevaba cincuenta años trabajando despacio.

 

Mientras tanto, en Toledo, el pueblo de Marjaliza fue confinado no por un incendio propio sino por el humo de uno ajeno, el de Retuerta, en Ciudad Real, que es quizá la imagen más justa de este julio: en España, este verano, hasta los pueblos que no arden respiran el fuego de los demás. En Castilla y León siguen activos siete incendios; en el resto del país, la cuenta cambia entre edición y edición. El lunes, cuando el viento amaine —si el viento amaina—, los peritos empezarán a medir hectáreas y los alcaldes a pedir ayudas, y todo entrará en esa segunda vida administrativa de las catástrofes que dura años y no interesa a nadie. Pero eso será el lunes. Hoy domingo, en cuarenta pueblos del oeste, la gente mira el cielo con el oficio recién aprendido de leer el color del humo, y espera. Que es, desde que el mundo es mundo, lo que mejor se ha hecho siempre en los pueblos.


 

Ls hechos: Fusión oficial de los tres incendios madrileños en el #IFSierraOeste (Comunidad de Madrid, 24 de julio); emergencia de interés nacional en Madrid y Ávila; más de 50.000 personas evacuadas o confinadas entre ambas provincias; 16 municipios con telecomunicaciones afectadas y restablecimiento progresivo; 601 mayores evacuados de 12 residencias, 10 hospitalizados; 13.000-15.000 hectáreas estimadas en el incendio de Burgohondo y evacuaciones de la madrugada del sábado (Mijares, Gavilanes, Fresnedilla, La Higuera de las Dueñas, Pedro Bernardo); visita del presidente del Gobierno a Ávila hoy domingo 26; envío de efectivos gallegos; descenso a nivel 1 del incendio de La Mierla y regreso de vecinos a 9 de los 34 pueblos desalojados; confinamiento de Marjaliza (Toledo) por el humo del incendio de Retuerta (Ciudad Real). 

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