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Investigación La Tribuna

Los extraterrestres no acabarían con Dios: la encuesta que desafió uno de los grandes mitos de la ufología

En 1994, una investigadora preguntó a sacerdotes, pastores y rabinos cómo reaccionarían sus comunidades ante la confirmación de una civilización extraterrestre. La respuesta fue sorprendente: las religiones no temían al contacto y se consideraban perfectamente capaces de integrarlo en su visión del universo.

 

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El 8 de marzo de 1994, mil sobres comenzaron a viajar por Estados Unidos. Sus destinatarios eran sacerdotes, pastores, ministros protestantes y rabinos elegidos entre comunidades religiosas de distintas dimensiones y procedencias. Dentro de cada sobre había una encuesta de once preguntas que planteaba una posibilidad extraordinaria: que las autoridades confirmaran oficialmente la existencia de una civilización extraterrestre avanzada y tecnológicamente superior.

 

La autora de aquella iniciativa era Victoria Alexander, una investigadora vinculada al ámbito de la ufología. El proyecto, financiado por el empresario y filántropo Robert Bigelow y su fundación, pretendía comprobar una idea repetida durante décadas en la literatura sobre ovnis: que el reconocimiento público de una presencia extraterrestre provocaría una crisis religiosa de dimensiones imprevisibles y podría desestabilizar las bases morales de la sociedad occidental.

 

Según ha podido reconstruir ahora La Tribuna a partir de diversos testimonios, Alexander envió cuestionarios a 563 iglesias protestantes, 396 parroquias católicas y 41 sinagogas. Recibió 230 respuestas: 134 procedentes de comunidades protestantes, 86 de parroquias católicas y diez de congregaciones judías. La tasa de contestación fue, por tanto, del 23 por ciento. La investigadora evitó deliberadamente expresiones como «ovnis», «abducciones», «alienígenas grises» o «bebés híbridos», convencida de que aquellas palabras podían contaminar las respuestas con el imaginario sensacionalista que rodeaba al fenómeno.

 

Los resultados, publicados en septiembre de aquel año en la revista Mufon Ufo Journal, contradecían frontalmente la hipótesis de partida. Lejos de prever un derrumbamiento de la fe, la mayoría de los religiosos consultados consideraba que el descubrimiento de vida inteligente fuera de la Tierra podría incorporarse sin grandes dificultades a sus creencias.

 

Una catástrofe que los religiosos no esperaban

 

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La primera pregunta era directa: ¿tendría la confirmación oficial de una civilización extraterrestre efectos gravemente negativos sobre los fundamentos morales, sociales y religiosos del país? El 77 por ciento de los participantes rechazó esa posibilidad. Para Alexander, aquella respuesta bastaba para poner en duda buena parte de las especulaciones que circulaban en la comunidad ufológica.

 

La segunda cuestión trasladaba el problema desde la sociedad en general hasta cada congregación concreta. Se preguntaba a los líderes religiosos si sus fieles percibirían cualquier contacto con una civilización tecnológicamente avanzada como una amenaza. Un 67 por ciento respondió que no, mientras que solo un 15 por ciento manifestó algún grado de acuerdo con la idea de que el contacto pudiera resultar peligroso.

 

Todavía más contundente fue la contestación relativa al origen de la vida. El 82 por ciento de los encuestados negó que la existencia de otra civilización inteligente obligara a sus comunidades a cuestionar sus convicciones fundamentales sobre la creación o sobre el lugar del ser humano en el universo. Para la mayoría de los religiosos, la fórmula bíblica según la cual el hombre fue creado a imagen de Dios no exigía que la humanidad fuese la única especie inteligente existente.

 

La clave aparecía repetidamente en los comentarios añadidos a los cuestionarios: Dios era considerado creador de todo cuanto existe, no solo de la Tierra. La aparición de otros seres racionales ampliaría el escenario de la creación, pero no necesariamente lo contradiría. Los sacerdotes, pastores y rabinos se mostraban, incluso, intelectualmente interesados por las preguntas que podrían surgir: ¿habrían experimentado aquellos seres algo semejante al pecado original? ¿Cómo se les habría revelado Dios? ¿Poseerían una historia espiritual propia?

 

Cuando se preguntó si los principios básicos de la religión también podrían estar presentes en civilizaciones extraterrestres muy avanzadas, el 70 por ciento respondió afirmativamente. La ciencia y la tecnología, por tanto, no eran interpretadas como fases destinadas a eliminar inevitablemente la experiencia religiosa. Una sociedad capaz de recorrer distancias interestelares podía continuar planteándose preguntas sobre el origen, el sentido de la existencia o la trascendencia.

 

¿Una nueva religión llegada de las estrellas?

 

Uno de los grandes temores descritos por algunos investigadores era que una civilización muy superior trajera consigo su propia religión y que millones de personas abandonaran inmediatamente sus creencias. Jacques Vallée antes, y la historiadora de las religiones Diana W. Pasulka más recientemente, habían sugerido que el fenómeno ovni podía convertirse en la base de un nuevo movimiento espiritual. Whitley Strieber sostenía que una sola aparición indiscutible bastaría para transformar el mito extraterrestre en una religión de enorme alcance.

 

Los dirigentes religiosos consultados por Alexander no compartían esa preocupación. Ante la afirmación de que una religión extraterrestre pondría en peligro a las confesiones organizadas, el 70 por ciento manifestó su desacuerdo. Solo una minoría consideraba posible que la superioridad tecnológica de los visitantes se tradujera automáticamente en superioridad espiritual.

 

La investigadora recordó que, a lo largo de la historia, el encuentro entre culturas no había provocado necesariamente la desaparición completa de las religiones de los pueblos dominados. Con frecuencia había producido mezclas, adaptaciones y sincretismos. Incluso cuando una cultura militarmente superior imponía sus instituciones, las creencias anteriores sobrevivían, se transformaban o reaparecían bajo nuevas formas. Desde esa perspectiva, una hipotética religión extraterrestre podría competir con las religiones terrestres o influir sobre ellas, pero difícilmente las borraría de un plumazo.

 

La encuesta abordaba también una posibilidad más radical: que los visitantes no poseyeran ningún sistema religioso. ¿Perderían entonces la fe los creyentes terrestres al comprobar que una civilización más avanzada había prescindido de Dios? Ninguno de los encuestados eligió la respuesta de máximo acuerdo con esa hipótesis. Para los responsables de las congregaciones, el ateísmo de otros seres demostraría únicamente que aquellos seres eran ateos, no que Dios hubiese dejado de existir.

 

El mismo razonamiento se aplicaba a las semejanzas biológicas. El 77 por ciento negó que una posible proximidad genética entre humanos y extraterrestres destruyera la concepción religiosa del lugar del hombre en el cosmos. La existencia de criaturas biológicamente parecidas podía interpretarse como resultado de procesos naturales semejantes, como expresión de un diseño común o, sencillamente, como una cuestión que la teología tendría que estudiar. No implicaba necesariamente la derrota de la religión frente a la evolución.

 

El desafío más difícil: «Nosotros os creamos»

 

La encuesta reservaba su pregunta más comprometida para una hipótesis recurrente en la ufología especulativa: que una civilización extraterrestre afirmara haber creado o modificado a la humanidad. No se trataba ya de descubrir vecinos en el universo, sino de introducir un intermediario entre Dios y el ser humano.

 

Incluso ante ese escenario, el 54 por ciento de los religiosos rechazó que se produjera necesariamente una crisis de fe. El dato era menos contundente que en las preguntas anteriores, pero seguía mostrando una notable resistencia doctrinal. Un extraterrestre podía atribuirse la creación de la especie humana, pero su declaración no tendría por qué ser aceptada como verdadera. También cabría distinguir entre manipular organismos preexistentes y crear la vida desde la nada, una diferencia fundamental en el pensamiento teológico.

 

El propio artículo de Alexander mezclaba aquí los datos de la encuesta con algunas de las afirmaciones más extremas de la literatura ufológica de los años ochenta y noventa: relatos sobre ingeniería genética, híbridos, abducciones reproductivas o supuestos seres que aseguraban haber intervenido en la evolución humana. Es importante señalar que el estudio de la investigadora presentaba estas historias como testimonios y teorías procedentes del mundo de la ufología, no como hechos científicamente demostrados.

 

El valor de la encuesta no estaba, por tanto, en confirmar ninguno de aquellos relatos, sino en averiguar cómo reaccionaría la religión si alguna de esas posibilidades llegara a demostrarse. Y la respuesta dominante era que la fe poseía suficientes recursos intelectuales para resistir incluso una afirmación tan perturbadora como la de que una inteligencia exterior había intervenido en la aparición del hombre.

 

¿Quién sufriría realmente la conmoción?

 

Alexander recuperó en su trabajo el conocido informe elaborado en 1961 por la Brookings Institution para la NASA sobre las consecuencias sociales de la exploración espacial. El documento advertía de que el descubrimiento de vida extraterrestre tendría repercusiones políticas y culturales difíciles de prever y recomendaba estudiar la reacción de las principales religiones.

 

Pero el informe introducía también una posibilidad menos comentada: que los científicos y los ingenieros resultaran más afectados que los creyentes por la aparición de seres intelectualmente superiores. Su prestigio social estaba ligado al dominio de la naturaleza y al progreso tecnológico. Una civilización capaz de superar ampliamente los conocimientos humanos podría poner en cuestión no tanto la existencia de Dios como la posición de autoridad de quienes representaban la ciencia terrestre.

 

La encuesta de 1994 parecía apuntar en esa dirección. Los líderes religiosos no se mostraban especialmente preocupados por la existencia de otras inteligencias, pero sí bastante escépticos respecto a que el contacto ya se hubiera producido. El 59 por ciento consideraba improbable que hubiese ocurrido o estuviera desarrollándose. Casi la mitad tampoco esperaba que una confirmación científica llegara durante su vida, mientras que un 39 por ciento permanecía indeciso.

 

No era miedo, sino distancia. Las iglesias no parecían sentirse amenazadas por los extraterrestres porque, en buena medida, no consideraban acreditada su presencia. Los relatos de avistamientos y abducciones que ocupaban buena parte de la literatura ufológica apenas habían penetrado en el debate teológico ordinario.

 

Una encuesta reveladora, pero no definitiva

 

El estudio de Alexander contenía limitaciones importantes. Los participantes no constituían una muestra plenamente representativa de todas las religiones estadounidenses. La presencia judía era muy reducida, no se incluyeron otras confesiones relevantes y las respuestas procedían de quienes decidieron voluntariamente devolver el cuestionario. Es posible que los religiosos más interesados o abiertos al tema estuvieran sobrerrepresentados.

 

Tampoco se preguntaba directamente a los fieles, sino a sus dirigentes. Aunque el 69 por ciento de los encuestados aseguró que sus respuestas reflejaban el pensamiento de sus congregaciones, un sacerdote o un pastor puede equivocarse al anticipar cómo reaccionarían miles de personas ante una noticia sin precedentes.

 

Además, una cosa es responder serenamente a una hipótesis escrita en un cuestionario y otra muy distinta contemplar una nave sobre una ciudad, escuchar un mensaje procedente de otro mundo o recibir de un Gobierno la confirmación de que el contacto lleva años produciéndose en secreto. El impacto de una revelación real dependería de las pruebas ofrecidas, de la conducta de los visitantes y, sobre todo, de las consecuencias políticas y sociales del posible encubrimiento.

 

Pese a todo, el trabajo desmontaba una simplificación muy arraigada: la idea de que las religiones son construcciones tan frágiles que la mera existencia de vida extraterrestre las haría desaparecer. La historia demuestra precisamente lo contrario. Las tradiciones religiosas han sobrevivido a revoluciones científicas, cambios de civilización, descubrimientos geográficos y transformaciones culturales que alteraron radicalmente la imagen humana del mundo.

 

El universo heliocéntrico no destruyó el cristianismo. La evolución biológica tampoco acabó con la fe, aunque obligó a reinterpretar determinados pasajes y doctrinas. Una civilización llegada de otro sistema solar plantearía cuestiones mucho mayores, pero las religiones intentarían integrarlas del mismo modo que han integrado otros cambios del conocimiento.

 

Victoria Alexander terminó su artículo reclamando que los investigadores de los ovnis abandonaran sus prejuicios sobre las iglesias y establecieran un diálogo con ellas. Su objetivo final no era exclusivamente académico. Creía que las comunidades religiosas podían convertirse en una poderosa fuerza social favorable a la desclasificación de la información gubernamental sobre el fenómeno.

 

Tres décadas después, la pregunta continúa abierta. Nadie puede saber con certeza cómo reaccionaría la humanidad ante la confirmación de otra inteligencia. Habría miedo, entusiasmo, incredulidad, oportunismo político, movimientos mesiánicos y nuevas formas de espiritualidad. Pero la encuesta de Alexander ofreció una advertencia que todavía conserva su fuerza: quizá la llegada de los extraterrestres no provocaría la muerte de Dios. Quizá obligaría, simplemente, a pensar en un Dios y en una creación mucho más grandes de lo que habíamos imaginado.

 

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