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Miércoles, 29 de Julio de 2026 Tiempo de lectura:

Vamos a contar mentiras (1): El consenso científico

Es el término «consenso» una de esas palabras mágicas que consigue cerrar discusiones, apaciguar controversias y hasta ligar agua con aceite como si tal cosa. Tú dices que sobre algo que "hay consenso", y cierras bocas. Pues bien, me aventuro a decir que incondicional «consenso» no hay en casi nada, o mejor diré que en nada. Podríamos pensar en las situaciones más extremas que nos pasen por la cabeza, y no hallaremos tras ellas un consenso absoluto. De hecho, aplicar el calificativo de «absoluto» es aquí innecesario por redundante, como cuando queremos sobrevalorar la gratuidad de algo adosándole el apellido de «total»: algo gratis (un viaje, una botella de vino o una tableta de chocolate) es algo que no tiene precio, que te regalan, por tu cara bonita o porque a la gerencia del supermercado le ha dado un ataque repentino de generosidad comercial, sin que a cambio le debamos abonar un solo céntimo por la dádiva. ¿Queda claro? De la misma forma, nos hemos acostumbrado a usar la expresión «erario público», obviando que el erario es por defecto y siempre público: no existe de hecho un hipotético «erario privado». ¿Entendido? Fácil me parece a mí. Bueno, pues tan sencillo no debe de ser, al comprobar que medios y sobre todo la clase política recurre a estas expresiones en la creencia de que usándolas adornan sus mensajes sociales y se muestran por ende más intelectuales que sus compañeros en la gestión de lo público (este sí).

 

Lo dicho: podríamos asegurar que el consenso, mereciendo su correspondiente sitio en el diccionario, se muestra en el día a día más una entelequia floral que una realidad práctica. Hablábamos líneas atrás de ciertos "casos extremos" que asegurarían sin el menor titubeo dicho consenso, y pienso ahora, por ejemplo, en el acto de robar por capricho, o incluso torturar y hasta matar inocentes. ¿Les parecen escenarios suficientemente «evidentes» como para asegurar que ellos sí ofrecerán un consenso sólido en cuanto a su condena o reproche? Pues tampoco, por cuanto siempre habrá alguien que desde un punto de vista político o filosófico justifique tales actos (injustos para casi todos, de acuerdo, pero es precisamente ese «casi» el que impide el consabido consenso, mira por dónde). Porque en todas las sopas encontraremos piedrecitas, y quién sabe si hasta ingredientes nocivos para la salud, con lo bien que sienta un caldito caliente en pleno invierno.

 

Así pues, podemos contar con esta nuestra primera mentira en la serie de artículos de opinión que quisiera ver publicados en algún medio precisamente dispuesto a romper el «consenso» periodístico sobre tantas y tantas realidades que a todos nos afectan. Porque mentir está ―sin otras valoraciones adicionales― por lo general, mal, y peor está que la noticia se ofrezca como cierta cuando se publica a sabiendas de que es falsa: Vamos, los bulos que tan populares se han hecho en los últimos tiempos.

 

Pues bien, lo que en un espacio neutro está generalmente considerado inconveniente, en ciertos ámbitos académicos muta en directa y descarada mentira. Sin ir más lejos, en asuntos científicos no puede hablarse de «consenso», puesto que precisamente el consenso destruye la práctica científica bien entendida. Asentemos el frontispicio de lo que aquí nos convoca: si en ciencia hay «consenso» sobre algún hecho o fenómeno, es que no es ciencia. Seguramente lo que habrá será «dogma», «verdades oficiales» (sin posibilidad de ser cuestionadas, a riesgo de castigo), pero no «consenso». Porque la ciencia como práctica del conocimiento bebe por naturaleza de las «verdades» asumidas en un tiempo y forma dados, pero que bien pueden cambiar ―es de hecho lo que sucede casi siempre― cuando se incorporan nuevos conocimientos o datos al campo en cuestión. En consecuencia, mucho ojo con hacer coincidir ciencia y consenso en el mismo mensaje, porque entonces nos la están intentando colar.

 

El «consenso» no es un término científico, sino político. Los científicos no llegan a consensos, sino a conclusiones particulares, unas coincidentes, otras no. Quienes llegan a consensos son los políticos, a menudo interesados, dicho sea de paso, porque cada una de sus señorías ocupa su particular y rentable sillón en función de órdenes de arriba, y no tanto de su opinión particular. Si hoy la cúpula del partido ordena pulsar el botón rojo, se pulsa con una sonrisa en la boca, y listo; mañana ordenará verde, y verde tocará pulsar. Y es así como casi siempre los mass media recogen con profusión no tanto las opiniones más razonables cuanto aquellas que mayores clientes pescan. Por lo general, esas que generan miedo en la ciudadanía, y que como lógica consecuencia atemorizan a dicha población y la dispone para la obediencia sumisa ante las «crisis» que a los gerifaltes de turno se les ocurran para cambiar las fichas del tablero y asegurarse la victoria en la partida.

 

El famoso «consenso científico» con el que tratan de cerrar el debate y mantenernos apesebrados es el que los mandos eligen para llevarlo a primera plana, manteniendo a un tiempo convenientemente oculta toda esa pléyade de profesionales que opinan de forma distinta, o que directamente niegan la mayor. También estos ofrecen sus datos, no de menor calidad que los de sus elegidos colegas, pero al poder establecido no le interesa esa parte del relato, con lo que, ante la imposibilidad fáctica de acallar al disidente, optan por engordar al favorito de la clase, encantado este de la vida al ver su nombre en los rotativos de mayor tirada. ¿Quién le hace ascos a una entrevista en prime time y al sueldo soñado? La tan traída y llevada condición humana se abre paso a codazos entre los catedráticos y demás patulea intelectual, estableciendo sin decirlo un socavón clasista entre la «élite» y la «chusma» científica. Los colocados a dedo en el primer escalafón recibirán la lustrosa escarapela de «reputados expertos», mientras los relegados al segundo serán tiznados con la chirriante etiqueta de «peligrosos negacionistas ultras». Así de burdo y así de eficaz. A partir de entonces, la sola mención de su distintivo hará innecesarias explicaciones adicionales.

 

Lo dicho: cuando en «ciencia» se hable de «consenso», pensemos lo peor, y pongámonos en guardia. Y supongo que para ello no hay mejor antídoto que la búsqueda de la información autónoma.

 

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