Cobardía
Llevamos décadas callando y callando, fingiendo que somos “modernos” y hemos absorbido todas las innovaciones que las ideologías feminista y woke nos imponen; y tanto los que las difunden por determinados intereses como quienes las aceptan sin oponerse a nada –una gran mayoría por vergüenza a parecer distintos–, en realidad siguen comportándose en muchos aspectos de la vida como siempre. Por ejemplo, algunos siguiendo a la ideología de su partido, defienden no comerciar con la mujer, discriminación positiva a su favor, etc., etc., y luego acosan o pagan favores sexuales –puestos de trabajo y cosas por el estilo– y además lo cargan al erario publico; antes por lo menos pagaban a sus “queridas” de su bolsillo. El ser humano no cambia a pesar de las ideologías que dicen seguir y, por otra parte, si el infierno no existe, todo está permitido… si no te pilla la ley o eres amigo de algún poderoso que te indulte. Así que la hipocresía se intensifica. Nunca como ahora se puede aplicar ese dicho de “el rey está desnudo”; todo el mundo lo ve, pero finge no verlo.
Naturalmente esto tiene que ver también con la falta de libertad que padecemos. Quién lo diría, con nuestros maravillosos valores occidentales procedentes de la revolución francesa, aquellos de “libertad”, “fraternidad”, etc. Pero una de las principales formas de acobardar a la gente, y que se autocensure, es el lenguaje. Por ejemplo, si a alguien le llaman “fascista” por expresar tímidamente algún juicio contrario al pensamiento “políticamente correcto”, esta persona se encoje y calla angustiada, en vez de plantar cara y contestar “siempre que no me llames comunista lo puedo aguantar; y así pronto dejaría de utilizarse como arma arrojadiza. O si a alguien se le ocurre criticar ciertos “tipos” de vida por ser perjudiciales para uno mismo y la sociedad en su conjunto se le puede acusar de “delito de odio”– la censura llega incluso a los sentimientos– con el consiguiente miedo al castigo. Esta represión de los sentimientos ni siquiera había sucedido en los regímenes soviéticos. Así que, callados, no vaya a ser que de lo que hablamos deduzcan imputaciones de odio. A esto podemos llamarlo totalitarismo “suave”. Totalitarismo que no se nota, pero que cada vez es mas fuerte porque callamos y callamos.
Otro ejemplo de que las personas no cambian tanto como parece es que mujeres que se consideran muy modernas y reivindicativas de la igualdad en todo, gustos, aficiones, habilidades etc., siguen con los mismos gustos que tenían las despectivamente llamadas “marujas” en otros tiempos; es decir son las principales consumidoras de la prensa del corazón, los cotilleos y las vidas de famosos; ocupaciones frívolas o relajantes. Mientras los hombres prefieren el seguimiento de los acontecimientos deportivos. Por otra parte, en la práctica del deporte las cifras son del 66,2 % para los hombres y 59,5% para las mujeres. Pero si miramos qué tipo de deportes practican unos y otras, los hombres prefieren deportes de equipo y disciplinas de alta intensidad mientras que las mujeres prefieren deportes individuales como gimnasia y natación, o sea los que te mantienen el tipo y la forma, finalidad la mayoría de las veces estética. Y luego hay que oír: “la brecha de género se reduce notablemente”. Sí, hay que fingir con esto de las “brechas” para que no te llamen retrogrado o anticuado.
Sería interesante saber cuáles de nuestros hábitos superficiales han cambiado, y cuántos de nuestros sentimientos y comportamientos esenciales –aquellos que afectan a la naturaleza de hombres y mujeres– han cambiado o los han hecho cambiar y cómo de destructivos han sido estos cambios. En España no hay estudios, no interesa. La propaganda ha sido intensa y quienes han educado a las nuevas generaciones se han callado, muchas veces por cobardía, por “el qué dirán”. Se ha desprotegido a la mujer e incluso se ha propiciado su desnaturalización, especialmente con estos nuevos hábitos. Y sabemos que la naturaleza se “cobra” su precio a la larga.
¿Vamos a seguir callados?
Llevamos décadas callando y callando, fingiendo que somos “modernos” y hemos absorbido todas las innovaciones que las ideologías feminista y woke nos imponen; y tanto los que las difunden por determinados intereses como quienes las aceptan sin oponerse a nada –una gran mayoría por vergüenza a parecer distintos–, en realidad siguen comportándose en muchos aspectos de la vida como siempre. Por ejemplo, algunos siguiendo a la ideología de su partido, defienden no comerciar con la mujer, discriminación positiva a su favor, etc., etc., y luego acosan o pagan favores sexuales –puestos de trabajo y cosas por el estilo– y además lo cargan al erario publico; antes por lo menos pagaban a sus “queridas” de su bolsillo. El ser humano no cambia a pesar de las ideologías que dicen seguir y, por otra parte, si el infierno no existe, todo está permitido… si no te pilla la ley o eres amigo de algún poderoso que te indulte. Así que la hipocresía se intensifica. Nunca como ahora se puede aplicar ese dicho de “el rey está desnudo”; todo el mundo lo ve, pero finge no verlo.
Naturalmente esto tiene que ver también con la falta de libertad que padecemos. Quién lo diría, con nuestros maravillosos valores occidentales procedentes de la revolución francesa, aquellos de “libertad”, “fraternidad”, etc. Pero una de las principales formas de acobardar a la gente, y que se autocensure, es el lenguaje. Por ejemplo, si a alguien le llaman “fascista” por expresar tímidamente algún juicio contrario al pensamiento “políticamente correcto”, esta persona se encoje y calla angustiada, en vez de plantar cara y contestar “siempre que no me llames comunista lo puedo aguantar; y así pronto dejaría de utilizarse como arma arrojadiza. O si a alguien se le ocurre criticar ciertos “tipos” de vida por ser perjudiciales para uno mismo y la sociedad en su conjunto se le puede acusar de “delito de odio”– la censura llega incluso a los sentimientos– con el consiguiente miedo al castigo. Esta represión de los sentimientos ni siquiera había sucedido en los regímenes soviéticos. Así que, callados, no vaya a ser que de lo que hablamos deduzcan imputaciones de odio. A esto podemos llamarlo totalitarismo “suave”. Totalitarismo que no se nota, pero que cada vez es mas fuerte porque callamos y callamos.
Otro ejemplo de que las personas no cambian tanto como parece es que mujeres que se consideran muy modernas y reivindicativas de la igualdad en todo, gustos, aficiones, habilidades etc., siguen con los mismos gustos que tenían las despectivamente llamadas “marujas” en otros tiempos; es decir son las principales consumidoras de la prensa del corazón, los cotilleos y las vidas de famosos; ocupaciones frívolas o relajantes. Mientras los hombres prefieren el seguimiento de los acontecimientos deportivos. Por otra parte, en la práctica del deporte las cifras son del 66,2 % para los hombres y 59,5% para las mujeres. Pero si miramos qué tipo de deportes practican unos y otras, los hombres prefieren deportes de equipo y disciplinas de alta intensidad mientras que las mujeres prefieren deportes individuales como gimnasia y natación, o sea los que te mantienen el tipo y la forma, finalidad la mayoría de las veces estética. Y luego hay que oír: “la brecha de género se reduce notablemente”. Sí, hay que fingir con esto de las “brechas” para que no te llamen retrogrado o anticuado.
Sería interesante saber cuáles de nuestros hábitos superficiales han cambiado, y cuántos de nuestros sentimientos y comportamientos esenciales –aquellos que afectan a la naturaleza de hombres y mujeres– han cambiado o los han hecho cambiar y cómo de destructivos han sido estos cambios. En España no hay estudios, no interesa. La propaganda ha sido intensa y quienes han educado a las nuevas generaciones se han callado, muchas veces por cobardía, por “el qué dirán”. Se ha desprotegido a la mujer e incluso se ha propiciado su desnaturalización, especialmente con estos nuevos hábitos. Y sabemos que la naturaleza se “cobra” su precio a la larga.
¿Vamos a seguir callados?



















