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Apuntes sobre cómo el globalsocialismo ha destruido a Occidente (II): la belleza desterrada

[Img #30939]Hubo un tiempo en que la belleza era un ideal y no un capricho. Estaba en las catedrales, en la música, en los rostros, en el habla, en las flores que el campesino ofrecía a su Virgen. Era una forma de orden, de verdad y también de consuelo. No se entendía la vida sin la belleza, porque sin ella no se podía vivir con plenitud. La belleza educaba, formaba, curaba. Era una promesa de sentido.

 

Hoy, en cambio, se la mira con sospecha. Se la arrincona, se la caricaturiza, se la banaliza. Se ha convertido en algo sospechoso, reaccionario, elitista. Facha. Como si la belleza, al igual que la verdad, hubiera cometido el pecado imperdonable de aspirar a ser objetiva.

 

La posmodernidad ha roto deliberadamente los vínculos entre belleza y verdad, entre belleza y bondad. Ha decretado que todo es subjetivo, que no hay cánones, que todo vale. Pero tras esa aparente liberación estética se esconde un gesto de destrucción. Lo dejó entrever con claridad Roger Scruton en su documental Why Beauty Matters (2009): vivimos en un mundo donde la fealdad es una forma de rebelión, y donde el arte moderno ha sustituido la contemplación por la provocación.

 

El arte contemporáneo, lejos de aspirar a lo sublime, se complace en lo informe, lo grotesco, lo obsceno o lo nihilista. Jean Clair, exdirector del Museo Picasso y crítico feroz de la posmodernidad artística, lo llama la industria de la transgresión. En su obra La responsabilidad del artista (1977), denuncia cómo el sistema artístico ha sustituido la belleza por el impacto. En este marco, cuanto más escandaloso es el gesto, más aplaudido es por el mercado y la crítica idiota y cínica.

 

La belleza es rechazada porque impone límites. Y nuestros tiempos odian los límites. La estética tradicional —proporción, armonía, equilibrio, contenido simbólico— ha sido arrasada por un individualismo que confunde libertad con deformación. En lugar de enseñar a mirar, se enseña a escupir. En lugar de crear obras, se generan gestos vacíos. En lugar de arte, hay mercancía ideológica.

 

Arquitectura del desprecio

 

Quizá no haya mejor símbolo de esta destrucción que la arquitectura. Las ciudades de Occidente están llenas de edificios que parecen cubos de hormigón caídos del cielo, sin rostro, sin alma, sin belleza. Hospitales que parecen prisiones, iglesias que parecen centros comerciales, casas que parecen cajas de zapatos. Parques atiborrados de cemento. Como si todo hubiera sido diseñado para recordarnos que nada importa.

 

Hablamos de una arquitectura del desprecio. En ella no hay acogida, ni trascendencia, ni diálogo con el entorno. Solo una fría repetición funcionalista que convierte el espacio en un escenario de desarraigo. Construimos como si no fuéramos a vivir en esos lugares, como si la ciudad no fuera un hogar, sino un trámite, reflexiona Roger Scruton.

 

Las plazas ya no son lugares de encuentro, sino superficies vacías repletas de conglomerado. Las casas ya no son refugios, sino productos inmobiliarios. Y las iglesias ya no elevan la mirada al cielo, sino que la aplastan bajo techos bajos y sin cruz. Como si la fe, la comunidad y la memoria no tuvieran derecho a ocupar espacio.

 

La fealdad no se detiene en el arte ni en los edificios. También ha colonizado la moda, el lenguaje, las costumbres. Basta salir a la calle en cualquier gran ciudad occidental durante los meses de verano. La vulgaridad se ha vuelto norma. La elegancia, ridículo. La feminidad, una provocación ideológica. La moda contemporánea parece diseñada para borrar las formas, ocultar la belleza natural (especialmente de la mujer), destruir la diferencia. No embellece, sino que oculta. No celebra el cuerpo, lo disfraza.

 

En el lenguaje ocurre otro tanto. El habla pública ha perdido ritmo, gracia, precisión. Se repiten eslóganes, consignas, clichés. Se abusa de términos técnicos, burocráticos o ideológicos. Se ha perdido la conciencia del lenguaje como música del pensamiento. Lo denunció Byung-Chul Han en La sociedad de la transparencia (2012). La belleza del lenguaje está en peligro porque el discurso ha sido colonizado por la información. Decimos sin pensar. Mostramos sin decir. Emitimos sin comunicar. Parloteamos.

 

Han insiste: vivimos en la era de la positividad vacía, donde todo debe expresarse de manera directa, sin metáfora, sin ambigüedad, sin profundidad. La belleza, en cambio, necesita silencio, espera, contemplación. Es lo contrario al zapeo, al tuit, al eslogan.

 

¿Por qué esta guerra contra la belleza? Porque la belleza nos recuerda lo que no queremos ver: que hay algo por encima de nosotros. Que hay formas mejores de vivir. Que la armonía existe. Que la proporción importa. Que el alma necesita orden, no solo libertad. Que lo sublime aún puede conmovernos.

 

La fealdad es cómoda porque no exige nada. Pero la belleza interpela. Es un llamamiento. Una aspiración. Una promesa. Por eso la modernidad que renuncia al sentido renuncia también a la belleza. Prefiere lo fácil, lo rápido, lo chocante. Prefiere el ruido a la armonía, la consigna a la metáfora, la pose a la forma. Es sufiente ver cinco minutos la televisión pública española al servicio de Pedro Sánchez, para entener esto que decimos.

 

Y, sin embargo, sin belleza no hay cultura que sobreviva. Porque la belleza es la forma visible del amor, y una civilización que ha desterrado la belleza está, en el fondo, desterrando su capacidad de amar lo que merece ser amado.

 

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