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Domingo, 02 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

Apuntes sobre cómo el globalsocialismo ha destruido a Occidente (III): La memoria como campo de batalla

[Img #30944]Vivimos rodeados de ruinas invisibles. No son piedras ni columnas, sino fechas borradas, estatuas retiradas, nombres tachados. No crujen al pisarlas, pero pesan. Son los fragmentos de una historia desmembrada por la ideología, manipulada por el resentimiento y usada como ariete en una guerra cultural que no cesa. En los últimos años, la memoria —esa delicada balaustrada de madera labrada que conecta el pasado con el presente— ha dejado de ser un espacio común para convertirse en campo de batalla, tribunal ideológico, ejercicio de censura.

 

El Occidente contemporáneo, incapaz de celebrar su herencia, se ha convertido en un revisionista compulsivo. Donde hubo leyenda, pone crimen. Donde hubo hazaña, señala abuso. Donde hubo civilización, denuncia opresión. Y lo hace con la violencia de quien no busca comprender, sino castigar y ajustar cuentas.

 

La memoria no es el recuerdo exacto del pasado. Es su interpretación viva. Pero cuando esa interpretación está infectada de ideología, deja de ser recuerdo y se convierte en herida perpetua. Una sociedad que instrumentaliza su historia no puede mirar al futuro, porque no tiene un pasado que honrar, solo una culpa que expiar.

 

Lo advertía Ernst Nolte, uno de los grandes historiadores y filósofos del siglo XX, al hablar del “uso político del pasado” en Europa. Según él, la obsesión con el nazismo como único mal absoluto ha creado una cultura de la culpa sin redención, donde otros totalitarismos —como el comunismo— quedan relativizados o incluso blanqueados. Esa asimetría no solo falsea la historia: paraliza el pensamiento. Transforma el recuerdo en doctrina.

 

En muchos países europeos, y especialmente en la actual España socialista, esta deriva ha cristalizado en leyes de memoria que imponen una visión única y totalitaria del pasado. Quien se aparta del relato oficial, quien recuerda otros crímenes o matiza las sombras, es tachado de revisionista, de fascista o de hereje. La historia deja de ser un espacio de debate para convertirse en un catecismo civil.

 

Estatuas caídas, naciones vencidas

 

No hay símbolo más claro de esta guerra que la iconoclasia contemporánea. Las estatuas caen, una tras otra, bajo la acusación de representar un pasado racista, colonial o machista. Colón, Churchill, Cervantes, San Junípero Serra, Isabel la Católica. Los nombres cambian en las calles. Las conmemoraciones se eliminan o se sustituyen. Los próceres se cancelan, pero no así cuando éstos se enmarcan en el ámbito “progresista”.

 

Pero ¿qué queda cuando todos los símbolos han sido eliminados? Queda el vacío. Y ese vacío no lo ocupa la verdad, sino el resentimiento. Como advirtió Alain Finkielkraut, el antirracismo ha sustituido a la historia. La identidad se construye ya no sobre lo que hicimos, sino sobre lo que debemos expiar.

 

La memoria ha sido reducida a trauma. Ya no se celebra, se denuncia. Ya no se honra, se politiza. Ya no se enseña, se reescribe. Esto no es pedagogía, es terapia de grupo mal dirigida.

 

Frente a esta dictadura del presente que somete el pasado a su antojo, algunos pensadores han reclamado el derecho a una memoria libre. Pierre Nora insistía en que la memoria debía ser diversa, plural, incluso contradictoria. Una nación sin memoria compartida es una nación que no puede amar lo que fue ni proteger lo que es, escribió en uno de sus trabajos más célebres.

 

La paradoja es que, en nombre de la diversidad, se ha reducido la historia a un único relato: el de la culpa occidental. Se exaltan otras culturas, incluso aquellas auténticamente bárbaras que niegan derechos humanos fundamentales, mientras se castiga la memoria europea. Se aplica una lupa moral al pasado de Europa, pero se evita juzgar con el mismo criterio a imperios islámicos, regímenes comunistas o civilizaciones esclavistas no occidentales.

 

Este doble rasero no es casual. Forma parte de un programa más amplio: el de la desactivación simbólica de Occidente. Una civilización que renuncia a contar su historia como epopeya, y la sustituye por una autoinculpación perpetua, está preparando su final.

 

Recordar sin destruir

 

La memoria no es solo un espejo del pasado. Es también una guía para el presente. Y por eso es tan peligrosa. Porque recordar exige elegir. Qué se honra. Qué se perdona. Qué se aprende. Y qué no se repite.

 

Una civilización madura recuerda con complejidad, no con resentimiento. Reconoce sus sombras, pero no borra su luz. Honra a sus padres sin convertirlos en santos, y los critica sin convertirlos en monstruos. Una civilización inmadura, en cambio, actúa como un adolescente airado: quiere demoler todo lo que le precede, convencido de que así encontrará su verdad.

 

El drama es que la verdad no nace del olvido. Nace de la fidelidad. Y sin fidelidad a la memoria —con sus glorias y sus miserias—, Occidente no será más que un territorio de ruinas sin relato. Un lugar donde las estatuas han sido retiradas, pero las heridas, como tatuajes recientes, siguen abiertas.

 

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