Causalidad, calentamiento global e incendios
Uno de los principios esenciales en los que se basa la filosofía, la lógica, y por lo tanto también la ciencia, es el principio de causalidad. Es decir, la relación causa-efecto, que puede definirse como la conexión lógica y temporal entre un factor determinante (causa), que provoca un efecto derivado de esa misma causa. La causalidad, pues, es la relación que permite comprender los fenómenos como hechos interconectados y no como procesos aislados.
Para que el principio de causalidad sea aplicable, deben cumplirse ciertas condiciones imprescindibles, como son (entre otras) las siguientes: (a) la causa siempre debe preceder al efecto; (b) el efecto depende de la causa, es decir, que, sin la causa, el efecto no se produce; y (c) la relación entre causa y efecto no es reversible, es decir, que el efecto no puede generar la causa.
De acuerdo con la tesis oficial que emana desde la ONU, apoyándose en el Panel Internacional para el Cambio Climático (IPCC según su sigla en inglés), la causa principal que produce el calentamiento que está experimentando el planeta es el aumento de CO2 en la atmósfera, como consecuencia de las emisiones antrópicas. Para reforzar la credibilidad de esa tesis, se insta a la población a que hagan caso de la ciencia, invocando un supuesto consenso que en realidad no existe. Porque son miles los científicos en todo el mundo, entre ellos muchos geólogos, que, abogando precisamente al principio de causalidad, niegan que exista una relación causa–efecto entre el aumento de CO2 atmosférico y el calentamiento a escala planetaria. Y esa negación se basa, precisamente, en los tres principios enunciados anteriormente:
a) Los datos obtenidos en los sondeos de los hielos glaciares, que comprenden un intervalo de varios cientos de miles de años, demuestran que, en muchos momentos de la historia geológica del Planeta, la temperatura aumenta primero, y el aumento del CO2 se produce más tarde. Por lo tanto, la supuesta causa no siempre precede al efecto.
b) Existen evidencias, a diferentes escalas temporales (desde lo que ocurrió hace cientos de millones de años, hasta lo acaecido hace tan sólo algunas décadas) de que, durante algunos periodos, la temperatura ha aumentado al mismo tiempo que el CO2 disminuye, y viceversa. Es decir, que se produjo el efecto sin que la supuesta causa estuviese presente.
c) Así mismo, las mismas evidencias mencionadas en el punto a), indican que la temperatura precedió al aumento del CO2, es decir que el efecto generó la supuesta causa.
Entonces, si desde las épocas más remotas de nuestro planeta, el CO2 atmosférico no ha sido el factor determinante para controlar la evolución climática, difícilmente pueden serlo ahora como consecuencia de las emisiones antrópicas, que suponen tan sólo un ínfimo porcentaje del CO2 atmosférico total.
Debe aclararse que los científicos que disienten del origen antrópico del cambio climático, a los que se suele despachar despectivamente con el calificativo de negacionistas, no defienden la ausencia de un calentamiento. Por el contrario, reconocen que está teniendo lugar un innegable aumento de temperatura, pero que es totalmente independiente del CO2 antrópico, y que forma parte de ciclos naturales vinculados a factores cósmicos, esencialmente la radiación que nos llega del Sol. Y que, aquí sí, puede demostrarse la existencia de relaciones de causalidad entre las variaciones de la radiación solar y los ciclos climáticos acaecidos durante el último millón de años.
Uno de los argumentos más utilizados para desautorizar los razonamientos supuestamente negacionistas (ya que la existencia de ciclos climáticos es incuestionable), es aseverar que el calentamiento actual se está produciendo a velocidades anómalas, acelerándose como consecuencia de las emisiones antrópicas de CO2. Sin embargo, esta afirmación tampoco cumple el principio de causalidad, como la propia naturaleza se encarga de demostrarnos.
Es indiscutible que nuestropPlaneta se está calentando. Desde la perspectiva temporal de unos cientos de años, viene haciéndolo desde mediados del siglo XIX, cuando terminó la Pequeña Edad de Hielo. Pero desde una perspectiva temporal más amplia, la Tierra se está calentando (con altibajos y oscilaciones, como la que está ocurriendo actualmente) desde que terminó la última glaciación hace unos 20.000 años. Como es lógico, al aumentar la temperatura el agua se dilata, el hielo se funde, los glaciares retroceden y el nivel del mar aumenta. De acuerdo con el principio de causalidad, se puede afirmar que la elevación del nivel tiene como causa principal el aumento de temperatura. Por lo tanto, si se produjese una aceleración en el calentamiento, debería tener como consecuencia inmediata un aumento en la velocidad de ascenso del nivel del mar.
Pero esa aceleración no se está produciendo. Las medidas de la red mundial de mareógrafos indican que la velocidad actual de ascenso actual es tres veces más lenta que la que se registraba hace unos cuantos miles de años. Y, el promedio mundial de los últimos años es del orden de 3 mm/año, idéntico al que se estaba produciendo a principios del siglo XX, cuando las emisiones antrópicas y el porcentaje de CO2 en la atmósfera eran muy inferiores los actuales. A pesar de estas evidencias (todas las predicciones de catastróficos ascensos del nivel de mar, anunciando que ciudades enteras iban a ser engullidas por las aguas, han fallado estrepitosamente), el cambio climático se ha convertido en el comodín al que sistemáticamente se recurre para esconder la falta de previsión o las deficiencias de gestión ante catástrofes naturales. Así ocurrió con las terribles inundaciones de Valencia en 2024, que costaron más de dos centenares de vidas. Y, también, así ocurre un verano tras otro con los incendios, cuya relación con el cambio climático tampoco cumple el principio de causalidad.
Los datos de la NASA, gracias a las observaciones desde satélite, indican una tendencia muy regresiva de la superficie total quemada por incendios en todo el planeta a partir de finales del siglo XX (ver Figura 1).
![[Img #30951]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/08_2026/9012_01.jpg)
![[Img #30952]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/08_2026/9063_02.jpg)
Una tendencia similar se refleja a nivel global en los meses ya transcurridos de 2026, aunque el comportamiento de Europa (y especialmente el de España) se aleja significativamente de la tendencia mundial. En la figura 2 se ha representado conjuntamente la evolución de la superficie quemada (izquierda) y la gráfica acumulada (derecha) para el total mundial (arriba), Europa (centro) y España (inferior), de acuerdo con la información publicada por el Sistema Global de Información de Incendios (GWIS, según su sigla en inglés). En cada gráfica, la zona gris representa el intervalo de valores máximos y mínimos registrados durante el periodo 2012-2025, la línea azul representa el valor promedio para ese mismo periodo y la línea roja los valores correspondientes a 2026. Mientras que en la gráfica superior los valores de zonas quemadas se sitúan por debajo de los valores mínimos, en Europa se ajustan bastante bien a los valores promedio, mientras que en España los valores crecen anómalamente a partir de julio, acercándose a los valores máximos. Debe mencionarse que, sin las enormes superficies quemadas durante el mes de julio en España (y también en Francia), los valores europeos se situarían bastante más por debajo del promedio.
Si la causa principal de los incendios fuese realmente el calentamiento global, al tratarse de un problema de magnitud planetaria, debería detectarse a escala también global, y sin embargo no es así. Si el cambio climático afecta por igual a todo el Planeta y España es mucho más vulnerable ante el fuego, sólo puede deberse a factores diferenciales que afecten sólo a nuestro territorio. No debe olvidarse que el principio de causalidad tiene un enunciado adicional que no ha sido mencionado al inicio de este artículo, el principio de multiplicidad. Es decir, que una causa puede generar varios efectos y un efecto puede tener múltiples causas. Aplicando este principio al caso que nos ocupa, si el aumento de zonas quemadas puede deberse a varios factores además el cambio climático (piromanía, política de gestión de masas forestales, cambios de usos del suelo, falta de medios de extinción, despoblación de zonas rurales, cambios de usos y costumbres de la población, etc.) y en España existe un crecimiento anómalo de incendios, la causa debe buscarse en las diferencias que existen entre la gestión de nuestro territorio y el resto del mundo, y no en el cambio climático que afecta a todos por igual.
Ante esta situación, mientras los expertos y técnicos de nuestro país reclaman la necesidad de un pacto de Estado contra los incendios, el gobierno responde con una oferta mucho más específica y restringida: un pacto de Estado contra el cambio climático. Es decir, focalizando toda la atención en el calentamiento global y dejando de lado los otros parámetros que pueden explicar las significativas diferencias con las tendencias observadas con el resto del mundo. Para apoyar esta postura, se insiste a la ciudadanía en que debemos escuchar a la ciencia. Y, efectivamente, sin duda, eso es lo que hay que hacer. Pero escuchar a toda la ciencia, y no sólo a una parte, por mayoritaria que sea, porque como se ha mencionado anteriormente, el consenso científico sobre el cambio climático no existe. Y, además, en el mundo de la ciencia, las verdades nunca se han establecido por criterios democráticos, sino por pruebas y evidencias que demuestren su conformidad con el comportamiento de la naturaleza, y no al revés.
El pasado mes de mayo, el IPCC se vio obligado a reconocer que su escenario de proyección climática RCP 8.5 era exagerado y no se ajustaba a la realidad, aunque curiosamente este renuncio no ha tenido prácticamente ninguna repercusión mediática y ha pasado desapercibido para la opinión pública. Debe recordarse que esta es la previsión con la que se ha atemorizado a la población durante años sobre la catástrofe climática que nos espera para el próximo siglo si no se reducen las emisiones de CO2. Y, además, ha servido de base para inspirar las políticas climáticas de muchos países (incluyendo los cambios introducidos en la política de gestión forestal), entre ellos España y la Unión Europea. Pero la naturaleza es muy tozuda y no quiere adaptar su comportamiento a esos modelos informatizados de previsión climática que asignan al CO2 un papel primordial, que, como ha demostrado la experiencia durante las dos últimas décadas, fallan más que una escopeta de feria.
Enrique Ortega Gironés, geólogo y coautor del libro “Cambios Climáticos”
Uno de los principios esenciales en los que se basa la filosofía, la lógica, y por lo tanto también la ciencia, es el principio de causalidad. Es decir, la relación causa-efecto, que puede definirse como la conexión lógica y temporal entre un factor determinante (causa), que provoca un efecto derivado de esa misma causa. La causalidad, pues, es la relación que permite comprender los fenómenos como hechos interconectados y no como procesos aislados.
Para que el principio de causalidad sea aplicable, deben cumplirse ciertas condiciones imprescindibles, como son (entre otras) las siguientes: (a) la causa siempre debe preceder al efecto; (b) el efecto depende de la causa, es decir, que, sin la causa, el efecto no se produce; y (c) la relación entre causa y efecto no es reversible, es decir, que el efecto no puede generar la causa.
De acuerdo con la tesis oficial que emana desde la ONU, apoyándose en el Panel Internacional para el Cambio Climático (IPCC según su sigla en inglés), la causa principal que produce el calentamiento que está experimentando el planeta es el aumento de CO2 en la atmósfera, como consecuencia de las emisiones antrópicas. Para reforzar la credibilidad de esa tesis, se insta a la población a que hagan caso de la ciencia, invocando un supuesto consenso que en realidad no existe. Porque son miles los científicos en todo el mundo, entre ellos muchos geólogos, que, abogando precisamente al principio de causalidad, niegan que exista una relación causa–efecto entre el aumento de CO2 atmosférico y el calentamiento a escala planetaria. Y esa negación se basa, precisamente, en los tres principios enunciados anteriormente:
a) Los datos obtenidos en los sondeos de los hielos glaciares, que comprenden un intervalo de varios cientos de miles de años, demuestran que, en muchos momentos de la historia geológica del Planeta, la temperatura aumenta primero, y el aumento del CO2 se produce más tarde. Por lo tanto, la supuesta causa no siempre precede al efecto.
b) Existen evidencias, a diferentes escalas temporales (desde lo que ocurrió hace cientos de millones de años, hasta lo acaecido hace tan sólo algunas décadas) de que, durante algunos periodos, la temperatura ha aumentado al mismo tiempo que el CO2 disminuye, y viceversa. Es decir, que se produjo el efecto sin que la supuesta causa estuviese presente.
c) Así mismo, las mismas evidencias mencionadas en el punto a), indican que la temperatura precedió al aumento del CO2, es decir que el efecto generó la supuesta causa.
Entonces, si desde las épocas más remotas de nuestro planeta, el CO2 atmosférico no ha sido el factor determinante para controlar la evolución climática, difícilmente pueden serlo ahora como consecuencia de las emisiones antrópicas, que suponen tan sólo un ínfimo porcentaje del CO2 atmosférico total.
Debe aclararse que los científicos que disienten del origen antrópico del cambio climático, a los que se suele despachar despectivamente con el calificativo de negacionistas, no defienden la ausencia de un calentamiento. Por el contrario, reconocen que está teniendo lugar un innegable aumento de temperatura, pero que es totalmente independiente del CO2 antrópico, y que forma parte de ciclos naturales vinculados a factores cósmicos, esencialmente la radiación que nos llega del Sol. Y que, aquí sí, puede demostrarse la existencia de relaciones de causalidad entre las variaciones de la radiación solar y los ciclos climáticos acaecidos durante el último millón de años.
Uno de los argumentos más utilizados para desautorizar los razonamientos supuestamente negacionistas (ya que la existencia de ciclos climáticos es incuestionable), es aseverar que el calentamiento actual se está produciendo a velocidades anómalas, acelerándose como consecuencia de las emisiones antrópicas de CO2. Sin embargo, esta afirmación tampoco cumple el principio de causalidad, como la propia naturaleza se encarga de demostrarnos.
Es indiscutible que nuestropPlaneta se está calentando. Desde la perspectiva temporal de unos cientos de años, viene haciéndolo desde mediados del siglo XIX, cuando terminó la Pequeña Edad de Hielo. Pero desde una perspectiva temporal más amplia, la Tierra se está calentando (con altibajos y oscilaciones, como la que está ocurriendo actualmente) desde que terminó la última glaciación hace unos 20.000 años. Como es lógico, al aumentar la temperatura el agua se dilata, el hielo se funde, los glaciares retroceden y el nivel del mar aumenta. De acuerdo con el principio de causalidad, se puede afirmar que la elevación del nivel tiene como causa principal el aumento de temperatura. Por lo tanto, si se produjese una aceleración en el calentamiento, debería tener como consecuencia inmediata un aumento en la velocidad de ascenso del nivel del mar.
Pero esa aceleración no se está produciendo. Las medidas de la red mundial de mareógrafos indican que la velocidad actual de ascenso actual es tres veces más lenta que la que se registraba hace unos cuantos miles de años. Y, el promedio mundial de los últimos años es del orden de 3 mm/año, idéntico al que se estaba produciendo a principios del siglo XX, cuando las emisiones antrópicas y el porcentaje de CO2 en la atmósfera eran muy inferiores los actuales. A pesar de estas evidencias (todas las predicciones de catastróficos ascensos del nivel de mar, anunciando que ciudades enteras iban a ser engullidas por las aguas, han fallado estrepitosamente), el cambio climático se ha convertido en el comodín al que sistemáticamente se recurre para esconder la falta de previsión o las deficiencias de gestión ante catástrofes naturales. Así ocurrió con las terribles inundaciones de Valencia en 2024, que costaron más de dos centenares de vidas. Y, también, así ocurre un verano tras otro con los incendios, cuya relación con el cambio climático tampoco cumple el principio de causalidad.
Los datos de la NASA, gracias a las observaciones desde satélite, indican una tendencia muy regresiva de la superficie total quemada por incendios en todo el planeta a partir de finales del siglo XX (ver Figura 1).
![[Img #30951]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/08_2026/9012_01.jpg)
![[Img #30952]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/08_2026/9063_02.jpg)
Una tendencia similar se refleja a nivel global en los meses ya transcurridos de 2026, aunque el comportamiento de Europa (y especialmente el de España) se aleja significativamente de la tendencia mundial. En la figura 2 se ha representado conjuntamente la evolución de la superficie quemada (izquierda) y la gráfica acumulada (derecha) para el total mundial (arriba), Europa (centro) y España (inferior), de acuerdo con la información publicada por el Sistema Global de Información de Incendios (GWIS, según su sigla en inglés). En cada gráfica, la zona gris representa el intervalo de valores máximos y mínimos registrados durante el periodo 2012-2025, la línea azul representa el valor promedio para ese mismo periodo y la línea roja los valores correspondientes a 2026. Mientras que en la gráfica superior los valores de zonas quemadas se sitúan por debajo de los valores mínimos, en Europa se ajustan bastante bien a los valores promedio, mientras que en España los valores crecen anómalamente a partir de julio, acercándose a los valores máximos. Debe mencionarse que, sin las enormes superficies quemadas durante el mes de julio en España (y también en Francia), los valores europeos se situarían bastante más por debajo del promedio.
Si la causa principal de los incendios fuese realmente el calentamiento global, al tratarse de un problema de magnitud planetaria, debería detectarse a escala también global, y sin embargo no es así. Si el cambio climático afecta por igual a todo el Planeta y España es mucho más vulnerable ante el fuego, sólo puede deberse a factores diferenciales que afecten sólo a nuestro territorio. No debe olvidarse que el principio de causalidad tiene un enunciado adicional que no ha sido mencionado al inicio de este artículo, el principio de multiplicidad. Es decir, que una causa puede generar varios efectos y un efecto puede tener múltiples causas. Aplicando este principio al caso que nos ocupa, si el aumento de zonas quemadas puede deberse a varios factores además el cambio climático (piromanía, política de gestión de masas forestales, cambios de usos del suelo, falta de medios de extinción, despoblación de zonas rurales, cambios de usos y costumbres de la población, etc.) y en España existe un crecimiento anómalo de incendios, la causa debe buscarse en las diferencias que existen entre la gestión de nuestro territorio y el resto del mundo, y no en el cambio climático que afecta a todos por igual.
Ante esta situación, mientras los expertos y técnicos de nuestro país reclaman la necesidad de un pacto de Estado contra los incendios, el gobierno responde con una oferta mucho más específica y restringida: un pacto de Estado contra el cambio climático. Es decir, focalizando toda la atención en el calentamiento global y dejando de lado los otros parámetros que pueden explicar las significativas diferencias con las tendencias observadas con el resto del mundo. Para apoyar esta postura, se insiste a la ciudadanía en que debemos escuchar a la ciencia. Y, efectivamente, sin duda, eso es lo que hay que hacer. Pero escuchar a toda la ciencia, y no sólo a una parte, por mayoritaria que sea, porque como se ha mencionado anteriormente, el consenso científico sobre el cambio climático no existe. Y, además, en el mundo de la ciencia, las verdades nunca se han establecido por criterios democráticos, sino por pruebas y evidencias que demuestren su conformidad con el comportamiento de la naturaleza, y no al revés.
El pasado mes de mayo, el IPCC se vio obligado a reconocer que su escenario de proyección climática RCP 8.5 era exagerado y no se ajustaba a la realidad, aunque curiosamente este renuncio no ha tenido prácticamente ninguna repercusión mediática y ha pasado desapercibido para la opinión pública. Debe recordarse que esta es la previsión con la que se ha atemorizado a la población durante años sobre la catástrofe climática que nos espera para el próximo siglo si no se reducen las emisiones de CO2. Y, además, ha servido de base para inspirar las políticas climáticas de muchos países (incluyendo los cambios introducidos en la política de gestión forestal), entre ellos España y la Unión Europea. Pero la naturaleza es muy tozuda y no quiere adaptar su comportamiento a esos modelos informatizados de previsión climática que asignan al CO2 un papel primordial, que, como ha demostrado la experiencia durante las dos últimas décadas, fallan más que una escopeta de feria.
Enrique Ortega Gironés, geólogo y coautor del libro “Cambios Climáticos”




