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Martes, 04 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

Apuntes sobre cómo el globalsocialismo ha destruido a Occidente (V): Del cuerpo sin alma al alma sin cuerpo

[Img #30954]Occidente se enfrenta hoy a una ruptura sin precedentes: ha dejado de entender qué es el ser humano. No se trata de un simple debate moral o ideológico, sino de una crisis antropológica total, en la que el cuerpo, el alma, la identidad y el límite han sido disueltos en un nuevo magma tecnológico, emocional y subjetivista. El resultado es una paradoja radical: por un lado, cuerpos sin alma —materiales, manipulables, rentables—; por otro, almas sin cuerpo —identidades flotantes, autopercepciones ilimitadas, yoes sin carne.

 

La antropología clásica, que entendía al ser humano como una unidad de cuerpo y espíritu, como un sujeto encarnado, dotado de dignidad por el mero hecho de existir, ha sido reemplazada por una visión fragmentaria, voluntarista y tecnificada del hombre. Hoy no se nace: se elige. No se recibe un cuerpo: se diseña. No se es: se autopercibe.

 

El gran escándalo del pensamiento contemporáneo es el límite. Todo lo que lo recuerde —el sexo biológico, la muerte, la herencia cultural, la familia, el envejecimiento— es visto como una opresión. El cuerpo ya no es templo ni misterio: es un obstáculo. Por eso se quiere modificar, reprogramar, transitar. El ideal del yo contemporáneo es el de un ser sin raíces, sin género, sin edad, sin vínculos. Un yo puramente emocional, autorreferencial, sin deberes ni fronteras.

 

La ideología de género no es solo una teoría sobre la identidad sexual. Es el laboratorio donde se ensaya el borrado de toda materialidad significativa. Se parte de una premisa: que el cuerpo no tiene valor en sí mismo. Solo lo tiene la conciencia que lo habita y que puede redefinirlo como quiera. El sexo biológico, la maternidad, incluso las diferencias entre hombre y mujer se convierten en construcciones arbitrarias que deben ser superadas.

 

Esto no es liberación. Es disolución. El cuerpo, reducido a “material bruto”, queda a merced del mercado, del quirófano, de la ideología o del algoritmo. Mary Harrington, en su reciente Feminism Against Progress (2023), lo explica con crudeza: en nombre del progreso, hemos destruido el cuerpo femenino y lo hemos reemplazado por una idea: la idea de que ser mujer es un sentimiento, no una realidad encarnada. Pero sin cuerpos, no hay derechos reales. Solo simulacros.

 

Este desprecio por el cuerpo culmina en el transhumanismo, la ideología tecnocientífica que sueña con trascender la carne, eliminar el dolor, derrotar la muerte y construir un ser humano mejorado mediante la biotecnología, la inteligencia artificial o la edición genética. Es el gran proyecto de Silicon Valley, pero también la tentación ancestral del hombre: “seréis como dioses”.

 

Charles Taylor, en La era secular (2007), advirtió que la modernidad ha reemplazado el horizonte trascendente por una fe ciega en la capacidad humana de rediseñarse a sí misma. La ciencia se convierte así en una nueva teología, pero sin alma. Lo humano ya no es sagrado, es actualizable. Y lo que no puede actualizarse —los ancianos, los débiles, los bebés no queridos, los cuerpos enfermos— se vuelve un estorbo que pueden acceder a la muerte.

 

El filósofo italiano Augusto Del Noce vio con lucidez que esta mutación antropológica llevaría, tarde o temprano, al nihilismo tecnocrático. Cuando el alma desaparece, no queda el cuerpo, sino la máquina. Y eso es exactamente lo que empieza a vislumbrarse: una sociedad donde los seres humanos son gestionados por inteligencias artificiales como flujos de datos, donde las emociones son moduladas por apps, donde el sufrimiento se trata con eutanasia y la identidad con hormonas.

 

El ser humano no es un proyecto personal ni un algoritmo evolutivo. Es un misterio encarnado. Tiene cuerpo, tiene alma, tiene límites. Y es precisamente en esos límites donde florecen la libertad, la responsabilidad, el amor, el sacrificio, la trascendencia. Borrar esos límites no es ampliar la libertad: es aniquilar al sujeto.

 

Una sociedad que no reconoce la diferencia sexual, que convierte la maternidad en una función alquilable, que banaliza el aborto, que promueve la eutanasia como solución al dolor, que fomenta la hormonación de adolescentes como si fuera cosmética, no está avanzando. Está colapsando. Está dejando de ser humana.

 

No se trata de negar los sufrimientos reales ni de impedir los avances médicos. Se trata de ponerlos al servicio de una visión elevada y no degradada del ser humano. De recordar que el cuerpo no es un campo de batalla, ni un juguete ideológico, ni un objeto de mercado. Es un don sagrado, un territorio de significado, un lenguaje que nos une a todos.

 

Frente a la cultura de la autopercepción ilimitada, es necesario volver a afirmar una antropología del límite, de la encarnación, de la dignidad. El ser humano no es lo que siente ni lo que dice ser: es lo que es. Y es en el reconocimiento de ese ser donde empieza la verdadera libertad.

 

Una civilización que niega el cuerpo y disuelve el alma está preparando su desaparición. Pero aún estamos a tiempo de resistir. De cuidar. De proteger. De afirmar que el hombre es más que sus deseos, y que toda verdadera cultura comienza en un sí al cuerpo y al alma como unidad inseparable.

 

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