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Miércoles, 12 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:
Una crónica desde la planta 46 del edificio Intempo de Benidorm, una de las torres residenciales más alta de Europa

La noche en que me creí Tom Wolfe o el gran eclipse visto por los amos del universo

[Img #30985]Tom Wolfe tenía Nueva York. Yo tengo Beniyork.


Él tenía Park Avenue, la Quinta, los áticos de la alta sociedad donde los millonarios daban cócteles para los Panteras Negras. Yo tengo la avenida del Mediterráneo, la playa de Poniente y un ascensor que sube cuarenta y siete plantas en cuarenta y siete segundos (one second, one floor, canturrean los vecinos) en el rascacielos residencial más alto de Europa, un doble edificio dorado con un diamante incrustado entre las dos torres, como si un joyero gigante se hubiera cansado a mitad de faena.

 

Wolfe tenía a la jet set. Yo tengo algo mejor: compañeros de edificio de más de veinte nacionalidades subiendo esta tarde a la cima de Intempo para ver cómo la Luna se come el Sol sobre el Mediterráneo. Así que esta noche, con perdón del maestro y sin pedir permiso a nadie, me lo creo. Me creo Tom Wolfe. Total, ¿quién va a impedírmelo a ciento noventa y ochos metros de altura?


::::: EL ASCENSOR :::::
 

Habría que darle un Pulitzer al ascensor de Intempo. En la (larga) espera para subir a la cima he censado: un ucraniano en albornoz con copa de cava; multitud de franceses despistados; dos chicas italianas vestidas de Prada-playa, todo beige técnico; un matrimonio italiano con camisetas a juego que dicen Totality Tour 2026; japoneses sonrientes de los que no faltan en ningún sarao, un señor de Pamplona en polo Fred Perry que nos ha informado a todos los presentes que sube "porque mi cuñado tiene un piso, y el cuñado de uno es importante"; una familia polaca con un telescopio embalado como un violonchelo. Wolfe habría necesitado tres fiestas de Manhattan para reunir un reparto similar. Beniyork lo despacha en un ascensor.
 

Y arriba, en el mirador de la planta 46, junto a la piscina climatizada más alta de Europa, un gimnasio, una sala de masajes y un "bar de zumos", se abre al abismo una terraza espectacular desde la que se contempla la ciudad a vista de dron. La gente va llegando, los guardias de seguridad, que vigilan el escenario a través de cámaras y pantallas y órdenes a distancia, se esperan lo peor, así me lo han dicho. Pero ellos, con uniforme azul marino, walkie en el hombro y la expresión de hombres y mujeres que han visto de todo en un gigantesco edificio de lujo en agosto, hoy, por primera vez, miran hacia arriba igual que los demás.


—Aforo controlado —repite uno, ruso, ocho años en la Costa Blanca—. Aforo controlado, señora. La Luna no necesita identificador de acceso; usted, sí.


::::: 19:48 :::::

 

¡OH, OH, OH, OH, OH, OH, OH, OH, OH, OH! Primer contacto. Un nimio, pero nítido mordisco negro, abajo, a la derecha del disco. Nadie lo ve a ojo desnudo —el sol todavía quema como un flexo de interrogatorio— pero todos lo ven por las gafas homologadas, y la terraza entera se convierte en un cuadro absurdo, abracadabrante y hermoso: alrededor de 200 personas con cartoncitos negros en la cara, orientadas al oeste como girasoles alocados, mientras las paredes doradas de la azotea de Intempo reverberan por el calor acumulado a lo largo del día, por el calor que sigue haciendo y por el calor que nos damos ya unos a otros.


Las vestimentas del personal merecen un detallado inventario notarial: una familia asiática que luce Zara con orgullo llegado desde el lejano Pacífico, bikinis de vértigo con pareo de lamé, trajes de fiesta, camisas hawaianas sobre bermudas cargo, camisetas de tirillas con los más variados lemas, un hiyab, dos chilabas indias, una especie de esmoquin —¡un esmoquin!, un jubilado de Düsseldorf que declara: "para el Sol hay que vestirse, es una autoridad"—, calcetines con sandalias en tres idiomas, y muchas cervezas, botellines de agua, hamacas, sillas de playa y toallas y pañuelos extendidas en el suelo. Los niños, con sus gafas para el eclipse ya destrozadas y mojadas y sudadas, lloran, protestan, se quejan y convierten su presencia en la auténtica banda sonora de la gran terraza. Entra una cuadrilla de jóvenes con camisetas en las que puede leerse "Enjoy the view".


Wolfe llamaba a esto statusphere: leer una sociedad entera por lo que lleva puesto. En Beniyork la statusphere es que no hay statusphere. El esmoquin, el bikini y la chancla comparten barandilla. Es lo más parecido a la democracia que he visto nunca. Yo, de hecho, no entendí lo que era el multiculturalismo hasta que me bañé en la piscina tipo playa de Intempo un día de un lejano mes de agosto.

 

::::: 20:15 :::::

 

Y entonces la luna empieza a hacer eso que hace muy muy de vez en cuando. Es decir, eso que no hace nunca. Baja el gas del mundo. Los dorados todavía calientes y neo art-deco de Intempo se vuelven cobre viejo, luego bronce de museo, luego color de fotografía de los setenta. La playa de Poniente, allá abajo, se llena de puntitos inmóviles: miles de personas de pie en la arena, quietas, mirando al mismo sitio, y desde la planta 47 (otro mirador, este con pequeños jacuzzis en los que servidor no metería un pie ni aun jugándome un Pulitzer siempre sobrevalorado) parecen limaduras de hierro obedeciendo a un imán astral. El Puig Campana se recorta violeta contra el poniente. Hasta las gaviotas se callan, y una gaviota de Benidorm callada es un acontecimiento geológico digno de mención en un National Geographic.


La temperatura cae levemente. Según mi smartwatch Samsung, pasa de 35 grados a 34 grados en un periquete. Y, lo juro por todos los dioses a los que se rinde pleitesía en Beniyork, que una señora, me dicen que es de Cracovia, visera de leopardo, cadenón brillante y quemaduras de primer grado, se pone una rebeca —¡una rebeca en Benidorm en agosto!— y ese gesto, más que cualquier efeméride astronómica, certifica que estamos ante lo extraordinario.


::::: 20:44 :::::

 

Máximo. El Sol es una uña. Una pestaña incandescente flotando sobre la línea amoratada de las sierras, y la terraza entera contiene el aire. Solo se oye —esto es literal— el zumbido de alguna máquina tan desconocida como olvidada. Un pequeñajo solloza en holandés. El ucraniano del albornoz levanta la copa. Los jóvenes entrechocan sus botellines de cerveza y todo el mundo comienza a hacer fotografías a todo lo que se mueve. Y ahí, en esa penumbra de plata sucia, con el mundo iluminado como una nevera abierta, entiendo por fin lo que he venido a hacer aquí. Wolfe subía a los áticos de Nueva York para contar cómo los poderosos jugaban a ser pueblo. Yo he subido a la cima de Beniyork y de Europa para descubrir lo contrario: aquí el pueblo — más de veinte nacionalidades de pueblo, con sus chanclas, albornoces, rebecas y su cuñado con piso— juega a sentirse dueño del universo. Y durante un minuto, con el Sol apagado sobre el Mediterráneo, lo es.


::::: 20:55 :::::
 

El Sol se hunde, todavía mordido, detrás de las montañas. Los ascensores, esos ataúdes multiculturales a segundo por piso, empiezan a tragar gente hacia la noche, hacia las terrazas, hacia las calles, hacia el Poniente iluminado. El atasco de mirones esperando los elevadores para regresar a la calle es de los que se recordarán durante mucho tiempo en Intempo. 


Bajo con los nuevos amos del universo. En la planta baja, frente a los buzones también dorados y junto a una pantalla de televisión que también retransmite el eclipse ya en diferido, me cruzo con mi reflejo en el gran espejo dorado del vestíbulo y compruebo, con cierto alivio, que sigo siendo yo: ni traje blanco, ni sombrero Panamá, ni Park Avenue, ni Manhattan. Solo un periodista cansado, avejentado y con las gafas del gran eclipse todavía en la mano. Pero durante una hora, en la cima del universo, con el griterío de decena de críos como banda sonora y la Luna tapando el Sol, me creí Tom Wolfe.


Y lo mejor de todo es que él, grande entre los grandes, esta noche, habría querido creerse de Beniyork y asistir a la visión del gran eclipse desde las alturas del no menos gran Intempo. 

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