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Jueves, 06 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

Apuntes sobre cómo el globalsocialismo ha destruido a Occidente (VII): Cómo las élites occidentales están desmantelando su propia civilización

[Img #30960]Europa, cuna del pensamiento clásico, del derecho, del arte, de la ciencia moderna, del cristianismo y de las libertades civiles, se tambalea. No por una guerra nuclear, ni por una invasión extranjera, ni por una catástrofe climática. Europa está muriendo por algo mucho más banal: por decisión propia. Está en marcha una lenta y meticulosa demolición de todo lo que sostuvo la civilización europea durante siglos. Y lo más inquietante es que esa demolición no viene de fuera, sino de dentro.

 

Europa no se defiende. No cree en sí misma. No se reproduce. No educa. No exige. No predica. Solo duda. Solo se disculpa. Solo se disuelve.

 

En La extraña muerte de Europa (2017), Douglas Murray traza un diagnóstico tan devastador como preciso: Europa está comprometida en un proyecto de sustitución cultural que no ha sido votado ni debatido, y lo está llevando a cabo con una mezcla de culpa, miedo y fatiga. Las fronteras están abiertas no por generosidad, sino por desesperación moral. Se ha convencido a sí misma de que no tiene derecho a existir como algo distinto, definido, heredado.

 

Esta crisis no es solo demográfica, aunque lo es: las tasas de natalidad en la mayoría de los países europeos son inferiores al umbral de reemplazo desde hace décadas. Tampoco es solo económica, aunque las burbujas de deuda, el envejecimiento poblacional, la caída de la clase media y el colapso del Estado del bienestar la anticipan. Es, ante todo, una crisis espiritual. Europa, tras décadas de socialdemocracia demoledora, no sabe quién es. No sabe por qué vive. No sabe por qué debería continuar.

 

La religión ha sido sustituida por un laicismo vacío. La cultura, por entretenimiento. La educación, por adoctrinamiento. La historia, por culpa. Y las élites políticas e intelectuales globalsocialistas han liderado este proceso con entusiasmo suicida.

 

Michel Onfray, en su libro Décadence (2017), lo expresa con su habitual crudeza cuando señala que Europa ya no tiene mitos fundadores. Solo relatos de decadencia. Ha cambiado la figura del héroe por la del mártir, del creador por la víctima, de la promesa por el arrepentimiento. Este cambio no es anecdótico: es estratégico. Cuando una civilización renuncia a sus símbolos, está firmando su acta de defunción.

 

Las ciudades europeas están llenas de iglesias vacías, de monumentos que ya nadie entiende, de museos que nadie visita. Pero al mismo tiempo, se construyen centros culturales islámicos con fondos públicos, se protegen prácticas contrarias a los derechos humanos en nombre de la diversidad, y se censura la crítica en nombre del respeto.

 

No es una conspiración: es el resultado de décadas de autoodio izquierdista e institucionalizado. Como si el único horizonte posible fuera el desarraigo permanente, la fragmentación social, la neutralización de toda identidad firme.

 

Europa no ha acogido inmigración: ha promovido una sustitución civilizatoria sin integración. Ha importado masas sin exigir asimilación. Ha confundido hospitalidad con sumisión. Ha predicado la tolerancia, pero ha renunciado a sus principios. Y cuando han surgido conflictos, ha culpado a los autóctonos.

 

Alain Finkielkraut lo advirtió: el multiculturalismo no es convivencia de culturas. Es la negación de la cultura como herencia. Es vivir sin pasado común, sin lengua compartida, sin símbolos reconocibles. No hay mosaico. Solo confusión. No hay pluralidad. Solo tribalismo. Y mientras se multiplican los barrios donde rigen leyes paralelas, donde la policía no entra, donde las escuelas no enseñan en la lengua nacional, donde las mujeres pierden sus derechos más elementales, las élites siguen hablando de integración, de diversidad, de apertura. Como si nombrar el problema fuera más grave que sufrirlo.

 

Todo esto no sería tan grave si Europa mostrara señales de resistencia. Pero lo más alarmante es la docilidad con la que acepta su desaparición. Ha interiorizado la idea de que su existencia fue un error histórico. Que su cristianismo fue opresión. Que su colonialismo invalida su legado. Que su ciencia es racista. Que su familia es patriarcal. Que su lengua es discriminatoria. Que su arte es elitista. Que su literatura es tóxica. Es el resultado es una civilización que ha dejado de defenderse porque ha dejado de amarse.

 

Y aquí radica la diferencia fundamental con otras culturas: ninguna otra renuncia a su identidad con tanta facilidad. Ninguna otra permite que se la critique desde dentro y desde fuera sin réplica. Ninguna otra duda tanto de su derecho a existir.

 

¿Puede Europa salvarse? Sí, pero no por inercia. Solo si decide resistir. Solo si recupera el orgullo de su herencia. Solo si vuelve a enseñar su historia como una epopeya con luces y sombras, pero digna de ser conocida. Solo si vuelve a creer que el cristianismo no fue una superstición, sino el alma de su arte, su música, su derecho, su compasión.

 

Salvarse significa volver a tener hijos, no por biología, sino por esperanza. Significa formar familias estables, hablar con belleza, leer con profundidad, gobernar con verdad, amar con fidelidad. Significa recordar que Europa no es solo un lugar, sino una idea: la idea de que el hombre es libre porque es hijo de un Dios que lo ha creado libre.

 

Y esa idea, si se apaga, no podrá ser reemplazada por ninguna técnica, ningún derecho ni ningún algoritmo. Porque cuando Europa desaparezca —si desaparece—, no dejará un vacío, sino una nostalgia insoportable.

 

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