Viernes, 07 de Agosto de 2026

Actualizada Viernes, 07 de Agosto de 2026 a las 22:13:54 horas

Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Continuar...

La Tribuna del País Vasco
Viernes, 07 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

El día en que los ovnis dejaron de dar risa

Durante más de setenta años, buena parte de los grandes medios de comunicación occidentales cometieron con el fenómeno ovni uno de esos errores que el periodismo raramente reconoce: decidieron cuál debía ser la conclusión antes de investigar los hechos.

 

No todos lo hicieron siempre, por supuesto. Hubo periodistas valientes, científicos curiosos y publicaciones que se atrevieron a acercarse al asunto sin prejuicios. Pero la actitud dominante fue otra. Durante décadas, hablar seriamente de objetos volantes no identificados equivalía a entrar en un territorio periodísticamente contaminado. El simple hecho de interesarse por el fenómeno podía convertir a un científico en sospechoso, a un militar en extravagante y a un periodista en candidato al descrédito.

 

La cuestión no era demostrar que los ovnis fueran naves extraterrestres. Jamás debió serlo. La verdadera cuestión era mucho más sencilla: existían testimonios, observaciones, documentos, imágenes, registros de radar y declaraciones de pilotos y militares que describían fenómenos para los que, en determinados casos, no existía una explicación satisfactoria. Eso era suficiente para investigar.

 

Pero durante demasiado tiempo no se investigó. Se ridiculizó.

 

Y eso constituye una carencia histórica del periodismo.

 

Ahora, por fortuna, algo está cambiando.

 

B una publicación como Time publique en su sección de Ciencia un extenso reportaje titulado «Estados Unidos finalmente se toma en serio a los extraterrestres» tiene una importancia que va mucho más allá del contenido concreto del artículo. Significa que una de las grandes cabeceras del periodismo estadounidense considera ya intelectualmente legítimo formular una pregunta que hasta hace muy poco hubiera provocado sonrisas condescendientes en muchas redacciones.

 

No significa que Time haya demostrado la existencia de visitantes extraterrestres. Tampoco significa que todos los objetos observados en los cielos tengan un origen extraordinario. Significa algo bastante más saludable: que la pregunta puede hacerse.

 

Y eso ya es un enorme avance.

 

Durante décadas, la cultura mediática creó alrededor de los ovnis un mecanismo casi perfecto de autocensura. No hacía falta prohibir nada. Bastaba con convertir el tema en motivo de burla. Bastaba con asociarlo sistemáticamente con marcianos verdes, conspiraciones disparatadas y personajes excéntricos. Bastaba con hacer comprender a cualquier científico, piloto, funcionario o periodista que acercarse demasiado al asunto podía tener consecuencias para su reputación profesional.

 

El estigma funcionó mejor que cualquier censura administrativa.

 

Y tuvo consecuencias.

 

Numerosos testigos callaron. Algunos pilotos evitaron informar de observaciones extrañas. Científicos capaces de estudiar el fenómeno prefirieron mantenerse alejados. Periodistas que podían haber investigado determinados episodios decidieron que el asunto no merecía arriesgar una carrera profesional.

 

Durante años se produjo así una paradoja extraordinaria: los grandes medios aseguraban que no había pruebas suficientes para investigar seriamente el fenómeno mientras contribuían a crear las condiciones que impedían precisamente investigarlo seriamente.

 

El círculo se cerraba sobre sí mismo.

 

Algo comenzó a romperse en 2017, cuando The New York Times reveló la existencia de un programa del Pentágono dedicado a investigar estos fenómenos. Después llegaron los vídeos militares, los testimonios de pilotos de combate, los informes de inteligencia, las audiencias en el Congreso estadounidense, la creación de organismos específicos y la decisión de la NASA de abordar científicamente el problema de los llamados UAP.

 

El vocabulario también cambió. Los «platillos volantes» se convirtieron en «fenómenos anómalos no identificados». El término podrá parecer burocrático, pero tuvo una consecuencia decisiva: permitió empezar a hablar del asunto sin que apareciera inmediatamente la carcajada.

 

Ahora Time da otro paso.

 

Y debemos celebrarlo.

 

No porque sepamos cuál será la respuesta final. Precisamente porque no la sabemos.

 

Puede que una inmensa mayoría de los avistamientos ovni termine explicándose mediante globos, drones, satélites, errores instrumentales, fenómenos atmosféricos, prototipos militares o simples interpretaciones equivocadas. Es probable que así suceda. Pero basta con que permanezca un pequeño porcentaje de casos verdaderamente inexplicados para que exista una obligación científica y periodística de estudiarlos.

 

La ciencia no avanza rechazando preguntas incómodas. Avanza formulándolas. Y el periodismo debería hacer exactamente lo mismo.

 

Existe, además, una enseñanza que trasciende ampliamente el asunto de los ovnis. Los medios de comunicación deben desconfiar profundamente de los consensos que se sostienen mediante el ridículo. Cuando una sociedad necesita burlarse de quienes formulan determinadas preguntas en lugar de responderlas, probablemente algo está fallando.

 

La historia de la ciencia está llena de ideas que primero parecieron absurdas. También está llena, naturalmente, de ideas absurdas que siguieron siendo absurdas. La única manera razonable de distinguir unas de otras es investigar.

 

Nunca censurar.

 

Nunca estigmatizar.

 

Nunca convertir la reputación en una herramienta para impedir que alguien mire donde supuestamente no debe mirar.

 

Por eso el reportaje de Time merece ser recibido como una buena noticia, independientemente de lo que cada uno piense sobre la naturaleza última del fenómeno ovni.

 

Quizá dentro de veinte años descubramos que detrás de todo esto había explicaciones mucho más convencionales de lo que algunos imaginaban. Quizá descubramos tecnologías desconocidas. Quizá fenómenos naturales que todavía no comprendemos. Quizá algo mucho más extraordinario.

 

Hoy no lo sabemos.

 

Y esa frase —«no lo sabemos»— debería haber bastado siempre.

 

Durante demasiadas décadas no bastó. Ahora, finalmente, los grandes medios parecen empezar a comprenderlo.

 

Bienvenidos al lugar donde algunos llevamos años esperando.

Portada

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.