El misterio de FRB 20180916B
La llamada del abismo: el extraño ciclo de radio que llega desde otra galaxia cada 16 días
A quinientos millones de años luz, una fuente desconocida abre periódicamente una ventana de radio hacia la Tierra. Sabemos dónde está. Sabemos cuándo puede hablar. Sabemos incluso cómo cambia su voz. Lo que todavía ignoramos es qué está hablando.
Hay un lugar en el cielo, en dirección a la constelación de Casiopea, al que los radiotelescopios regresan una y otra vez. A simple vista no hay allí nada especial. Ni una estrella excepcionalmente brillante ni una anomalía que pudiera advertirnos de lo que ocurre. Solo una galaxia espiral situada a aproximadamente quinientos millones de años luz de la Tierra. En uno de sus brazos se encuentra un objeto que nadie ha conseguido identificar directamente y que, cada cierto tiempo, parece despertarse.
Durante unos días emite brevísimos fogonazos de ondas de radio. Después vuelve a callar. Y dieciséis días más tarde, aproximadamente, la ventana vuelve a abrirse.
El objeto tiene un nombre que parece más apropiado para un expediente clasificado que para uno de los mayores misterios de la astronomía moderna: FRB 180916.J0158+65, actualmente denominado FRB 20180916B. No transmite continuamente, no lanza un pulso exactamente cada dieciséis días y tampoco repite una secuencia reconocible. Es algo más extraño. Existe un periodo de aproximadamente 16,34 días durante el cual se repite el ciclo de actividad, y dentro de cada ciclo hay una ventana de unos cinco días en la que pueden aparecer las ráfagas. Después, el silencio. Y luego, otra vez, la posibilidad de que el cielo vuelva a encenderse.
El patrón lleva años resistiéndose a desaparecer. Los radiotelescopios han continuado observándolo y la periodicidad sigue ahí. No parece tratarse de una casualidad estadística ni de una agrupación fortuita de señales. Algo, en aquel remoto sistema, funciona como un reloj.
Pero nadie sabe todavía qué reloj es.
El día en que el ruido empezó a tener ritmo
Los Fast Radio Bursts, o FRB, son uno de los fenómenos más desconcertantes descubiertos por la radioastronomía moderna. Son destellos extremadamente intensos de ondas de radio que pueden durar apenas unas milésimas de segundo. Llegan desde distancias extragalácticas y durante ese instante minúsculo pueden alcanzar luminosidades extraordinarias. Durante años, muchos parecían acontecimientos únicos: aparecían una vez y no volvían a ser escuchados. Después aparecieron los repetidores y quedó claro que, al menos en algunos casos, la fuente sobrevivía al estallido.
FRB 20180916B llevó el problema un paso más allá.
CHIME, el enorme radiotelescopio canadiense que observa sistemáticamente el cielo entre aproximadamente 400 y 800 MHz, comenzó a registrar sus ráfagas en 2018. Cuando los investigadores examinaron 38 pulsos recibidos entre septiembre de 2018 y febrero de 2020 descubrieron algo que hasta entonces no se había observado de aquella manera en un FRB: las ráfagas se agrupaban dentro de un periodo de 16,35 ± 0,15 días. Todas aparecían dentro de una ventana de aproximadamente cinco días y aproximadamente la mitad se concentraban inicialmente en un intervalo de apenas 0,6 días.
No era todavía un faro en el sentido convencional. La fuente no decía «aquí estoy» cada 16 días, a una hora precisa. Las ráfagas individuales seguían siendo impredecibles. Podían producirse varias o ninguna. Pero la probabilidad de que aparecieran estaba modulada por un ciclo extraordinariamente estable.
Era como descubrir una casa abandonada en mitad de una llanura en la que, cada dieciséis noches, durante unas horas, alguien pudiera encender las luces. No sabríamos cuándo exactamente se iluminaría una ventana. Ni cuántas veces. Pero sabríamos cuándo merece la pena mirar.
Eso es aproximadamente lo que ocurre con FRB 20180916B.
Los años posteriores consolidaron el hallazgo. Un estudio de CHIME de 60 ráfagas registradas entre 2018 y 2021 no encontró cambios significativos en el periodo y estableció límites muy estrictos a cualquier posible deriva temporal. Las ráfagas dentro de la ventana parecen, además, producirse de forma esencialmente estocástica: el reloj controla cuándo puede producirse la actividad, pero no determina exactamente cuándo llega cada pulso.
Así nació la pregunta que continúa abierta seis años después: ¿qué fenómeno cósmico puede abrir y cerrar una ventana de emisión cada 16,3 días con semejante estabilidad?
Encontrar la casa no reveló quién vivía dentro
Antes de comprender qué podía producir las ráfagas era necesario averiguar exactamente de dónde procedían. Y eso se consiguió con una precisión extraordinaria.
El 19 de junio de 2019 varios radiotelescopios de la European VLBI Network observaron simultáneamente la fuente durante unas cinco horas. Detectaron cuatro ráfagas de menos de dos milisegundos. Combinando telescopios separados por miles de kilómetros mediante interferometría de muy larga base fue posible localizar el origen de las emisiones con una precisión inaccesible para un único radiotelescopio.
La señal conducía hasta una galaxia espiral masiva con desplazamiento al rojo z = 0,0337, catalogada como SDSS J015800.28+654253.0. Es una galaxia relativamente próxima en términos cosmológicos, situada en torno a quinientos millones de años luz de nosotros. El FRB se encontraba en uno de sus brazos, cerca de una región de formación estelar.
El descubrimiento debería haber simplificado el misterio. En realidad lo complicó. El primer gran FRB repetidor localizado, FRB 20121102A, procedía de una pequeña galaxia enana y estaba asociado a un entorno magnético extraordinariamente extremo y a una fuente persistente de radio. FRB 20180916B aparecía en un escenario completamente diferente: una gran galaxia espiral, sin una fuente persistente de radio comparable y sin aquella enorme rotación de Faraday inicial. Era la demostración de que los FRB repetidores podían vivir en ambientes muy distintos.
La astronomía había encontrado la dirección exacta de la llamada. Seguía sin encontrar al que llamaba.
Una región de apenas kilómetros
La siguiente sorpresa llegó al observar las ráfagas a escalas temporales cada vez menores. Utilizando datos de la European VLBI Network a 1,7 GHz, un equipo dirigido por Kenzie Nimmo consiguió examinar algunos pulsos con una resolución temporal de hasta un microsegundo. Dentro de aquellas ráfagas que ya parecían increíblemente breves aparecieron estructuras todavía menores. Algunos componentes tenían anchuras de apenas tres o cuatro microsegundos. Las señales estaban además fuertemente polarizadas linealmente, por encima del 80 %, y mostraban características compatibles con un origen en un ambiente magnético extremo.
Tres microsegundos son tres millonésimas de segundo.
La duración de una variación física establece un límite al tamaño de la región que puede producirla, porque ninguna información puede viajar más rápido que la luz. Una estructura de unos pocos microsegundos apunta por tanto hacia una región extraordinariamente pequeña, de la escala de kilómetros, justamente el territorio de los objetos compactos: estrellas de neutrones y sus magnetosferas. Eso acercó inevitablemente las sospechas hacia los magnetares, estrellas de neutrones dotadas de campos magnéticos descomunales.
Y existe una poderosa razón independiente para sospechar de ellos. El 28 de abril de 2020, el magnetar de nuestra propia galaxia SGR 1935+2154 produjo una intensísima ráfaga de radio de características similares a las de un FRB, acompañada por emisión de alta energía. Fue la primera demostración observacional de que un magnetar puede producir al menos determinados fenómenos FRB.
Desde entonces, «magnetar» se ha convertido en una de las palabras esenciales del misterio. Pero decir que FRB 20180916B puede contener una estrella de neutrones fuertemente magnetizada no resuelve el problema principal. Porque los magnetares conocidos no suelen levantarse por la mañana, consultar un calendario y organizar su actividad en ciclos de 16 días.
El color del silencio
Entonces apareció una anomalía todavía más sugerente.
Los astrónomos comenzaron a observar FRB 20180916B con instrumentos capaces de escuchar frecuencias muy diferentes. LOFAR consiguió detectar emisiones extremadamente bajas, entre aproximadamente 110 y 188 MHz. Otros telescopios escucharon la fuente alrededor de 600 MHz, 1,4 GHz e incluso a varios gigahercios. Y cuando todos aquellos datos se colocaron sobre el mismo calendario ocurrió algo desconcertante.
La ventana de actividad no era la misma para todas las frecuencias.
Las emisiones de frecuencia más alta tendían a aparecer antes dentro del ciclo. Las frecuencias más bajas llegaban después. Las observaciones publicadas en Nature en 2021 mostraron que la actividad era claramente «cromática»: el momento en que la fuente parecía encenderse dependía de la frecuencia con la que se la escuchaba.
Esto altera profundamente la imagen del supuesto reloj de dieciséis días. No existe simplemente una puerta que se abre y se cierra. Parece existir una puerta diferente dependiendo del color radioeléctrico con el que se observe.
Los análisis posteriores han confirmado esa característica. Un estudio publicado en Astronomy & Astrophysics en marzo de 2026, utilizando un conjunto mucho mayor de observaciones, encontró de nuevo que para FRB 20180916B la actividad comienza antes a frecuencias altas y la ventana se hace más estrecha conforme aumenta la frecuencia; a frecuencias bajas, por el contrario, se ensancha.
Imagine un faro cuyo haz azul pasara primero ante nosotros, cuyo haz verde apareciera después y cuyo haz rojo tardara varios días más, sin que nadie hubiera conseguido descubrir todavía qué clase de mecanismo está haciendo girar el conjunto. La comparación no es físicamente exacta, pero transmite el problema esencial. El periodo de 16 días no es simplemente temporal: tiene geometría y tiene frecuencia.
Cualquier explicación debe dar cuenta de ambas cosas.
¿Una estrella que gira una vez cada dieciséis días?
Una posibilidad resulta tan extraordinaria que durante años habría parecido casi absurda: que el periodo de 16,3 días no sea una órbita ni una precesión, sino la propia rotación de una estrella de neutrones extraordinariamente lenta.
Las estrellas de neutrones ordinarias pueden girar muchas veces por segundo. Algunos púlsares completan cientos de rotaciones cada segundo. Plantear una estrella de neutrones que tardase más de dos semanas en dar una sola vuelta significaría entrar en un régimen completamente diferente.
Sin embargo, conforme han aparecido nuevos datos, esa opción no ha desaparecido.
Un análisis publicado en 2025 estudió el ángulo de posición de la polarización de las ráfagas a lo largo de la ventana activa. La polarización funciona como una especie de huella geométrica del campo magnético y permite comprobar qué debería ocurrir si la fuente está rotando, precesando o moviéndose dentro de un sistema binario. Los investigadores encontraron variaciones asociadas a la fase del ciclo y concluyeron que los datos descartaban las distintas versiones de los modelos de precesión que habían examinado. El modelo de rotación ultralenta era parcialmente compatible con las observaciones, aunque los propios autores advirtieron de que no estaba demostrado.
Es un resultado importante porque una de las explicaciones más intuitivas del ciclo había sido precisamente la precesión: imaginar una estrella de neutrones inclinada cuyo eje magnético apuntara periódicamente hacia la Tierra. Algo parecido al movimiento de una peonza.
Pero el cielo parece empeñado en no ofrecer una solución tan sencilla.
La hipótesis de la compañera invisible
Existe otra explicación tentadora: que FRB 20180916B forme parte de un sistema binario. En ese escenario, la estrella de neutrones podría estar orbitando alrededor de otra estrella cada 16,3 días. Durante parte de la órbita, el viento, el plasma o el campo magnético de la compañera impedirían que las ondas de radio alcanzasen la Tierra. En otra parte de la órbita, el camino quedaría despejado.
De pronto todo parecería encajar. Dieciséis días sería simplemente un periodo orbital.
Pero los datos volvieron a resistirse. Si una estrella de neutrones atravesara periódicamente el denso viento de una compañera masiva, cabría esperar variaciones relacionadas con la fase orbital en propiedades como la medida de dispersión o el ensanchamiento de las señales por el plasma. El seguimiento de CHIME no encontró las variaciones que algunos de estos modelos binarios simples pronosticaban, lo que debilitó especialmente las versiones que implicaban una compañera masiva con un potente viento estelar.
Eso no elimina todos los posibles sistemas binarios. Los modelos pueden ser mucho más complejos y diferentes configuraciones producen efectos distintos. De hecho, el estudio de polarización de 2025 destacó una intrigante semejanza entre el comportamiento de FRB 20180916B y Her X-1, un famoso sistema binario de rayos X.
Por tanto, la compañera invisible continúa figurando entre los sospechosos.
Pero todavía nadie la ha visto.
El medio que rodea a la fuente también está cambiando
La señal contiene además información sobre todo aquello que atraviesa durante su viaje.
Cuando una onda de radio polarizada atraviesa plasma magnetizado, su plano de polarización gira. El fenómeno se conoce como rotación de Faraday y permite obtener la llamada Rotation Measure o RM. Es, en cierto modo, una radiografía del material magnetizado situado entre la fuente y nosotros.
Durante los primeros años de observación, la RM de FRB 20180916B permaneció relativamente estable alrededor de −115 radianes por metro cuadrado. Después comenzó una evolución pronunciada. Los estudios de CHIME, uGMRT y otros instrumentos han mostrado que aquel entorno magnético está cambiando con el tiempo. Observaciones posteriores registraron valores mucho menos negativos y una evolución compleja que no puede atribuirse simplemente a la periodicidad de dieciséis días.
Eso significa que alrededor de la fuente existe un ambiente magnetoiónico dinámico.
Un trabajo de 2026 ha llegado incluso a buscar episodios rápidos, semejantes a «fulguraciones» de RM, en varios FRB repetidores. Para FRB 20180916B aparecen candidatos marginales, aunque los autores insisten en que son detecciones de una sola época y no pueden considerarse confirmadas. El resultado es sugerente, no definitivo.
Otro preprint publicado este reciente mes de julio de 2026 ha intentado utilizar simultáneamente la dispersión, la rotación y el scattering para estimar a qué distancia de la fuente se encuentra el plasma magnetizado. El trabajo concluye que FRB 20180916B continúa resistiéndose a una clasificación sencilla: algunas escalas podrían ser compatibles con sistemas binarios y otras con entornos similares a remanentes de supernova, mientras que diferentes efectos de propagación podrían estar originándose en regiones físicamente distintas. Al tratarse de un trabajo reciente y todavía en forma de prepublicación, sus resultados deberán ser sometidos al contraste habitual, pero muestran hasta qué punto el problema sigue abierto en 2026.
Cada nueva observación añade una pieza. Y, desconcertantemente, la imagen completa continúa sin aparecer.
El magnetar que no termina de explicar el reloj
La hipótesis dominante sigue colocando en el centro del escenario a una estrella de neutrones, probablemente un magnetar. La microestructura de apenas microsegundos, la elevada polarización y la comprobación independiente de que los magnetares pueden producir fenómenos FRB constituyen argumentos poderosos. Pero «magnetar» no es una explicación completa. Es el posible protagonista, no necesariamente el argumento.
Para resolver FRB 20180916B hay que explicar por qué ese objeto produce ráfagas; por qué la probabilidad de producirlas está modulada por 16,34 días; por qué las distintas frecuencias tienen ventanas desplazadas; por qué esas ventanas tienen anchuras diferentes; por qué el entorno magnético evoluciona durante años; por qué las ráfagas individuales poseen microestructuras de apenas unas millonésimas de segundo y por qué las propiedades observadas no encajan limpiamente con algunos de los modelos orbitales o de precesión más sencillos.
El problema ya no consiste en inventar un mecanismo capaz de explicar una característica. Consiste en encontrar uno capaz de explicarlas todas simultáneamente. Y ese mecanismo todavía no existe de forma consensuada.
¿Y si alguien estuviera transmitiendo?
Es inevitable que una historia así termine rozando una pregunta que pertenece tanto a la cultura popular como a la ciencia: ¿podría tratarse de una señal artificial?
La respuesta científicamente correcta, con los datos disponibles en agosto de 2026, es inequívoca: no existe ninguna evidencia de que FRB 20180916B sea una transmisión producida por una civilización extraterrestre.
No se ha encontrado un mensaje, una modulación informativa, una secuencia matemática deliberada ni una portadora estrecha de las características que suelen buscarse como tecnofirmas. Las ráfagas presentan dispersión, polarización, estructura espectrotemporal y comportamiento general compatibles con fenómenos astrofísicos extremos; además, la detección de ráfagas similares a FRB procedentes del magnetar galáctico SGR 1935+2154 demuestra que la naturaleza dispone de mecanismos capaces de generar señales de esta familia.
Pero negar la existencia de pruebas de artificialidad no reduce el misterio.
En cierto sentido lo aumenta.
Porque si nadie está accionando el interruptor, entonces existe en aquella galaxia una máquina natural —una combinación de gravedad, magnetismo, plasma, rotación y quizá movimiento orbital— capaz de organizar emisiones extraordinariamente energéticas siguiendo un ciclo que podemos anticipar desde la Tierra.
No sabemos qué máquina es.
Una cita con algo que no vemos
Hay algo profundamente extraño en poder abrir un calendario y señalar aproximadamente cuándo un objeto situado a quinientos millones de años luz volverá a encontrarse en una fase favorable para lanzar hacia nosotros ráfagas de radio, sin saber qué objeto es exactamente.
La luz que recibimos ahora comenzó su viaje por el universo cuando en la Tierra todavía no existían seres humanos, ni mamíferos modernos, ni siquiera el paisaje biológico que reconocemos hoy. Cruzó durante cientos de millones de años el espacio intergaláctico, atravesó campos magnéticos y plasma, llegó a la Vía Láctea y terminó chocando contra antenas construidas por una especie que solo lleva unas pocas décadas disponiendo de instrumentos capaces de reconocerla.
Durante unas millonésimas de segundo, aquella fuente remota deja una marca en nuestros receptores.
Después desaparece.
Los astrónomos esperan.
La Tierra continúa girando. Pasan las horas. Pasan los días. La fuente permanece aparentemente muerta.
Hasta que se aproxima de nuevo el momento previsto.
Han pasado aproximadamente dieciséis días.
Y en algún punto invisible de una galaxia situada a quinientos millones de años luz, el mecanismo vuelve a ponerse en marcha.
Quizá sea una estrella de neutrones que gira con una lentitud monstruosa. Quizá una estrella muerta atrapada en una danza orbital con una compañera que todavía no hemos identificado. Quizá un magnetar envuelto en plasma cuyos campos magnéticos abren periódicamente un corredor hacia nosotros. Quizá el modelo correcto todavía no haya sido formulado.
Lo único que sabemos con certeza es que el ciclo existe.
Desde 2018 seguimos escuchándolo.
Sabemos en qué galaxia se encuentra. Sabemos aproximadamente en qué región de esa galaxia. Sabemos cuándo aumenta la probabilidad de que emita. Hemos medido la polarización de su radiación, la dispersión provocada por los electrones que atraviesa, el magnetismo del medio que la rodea y estructuras internas que duran apenas tres millonésimas de segundo. Los instrumentos han diseccionado prácticamente todo aquello que puede diseccionarse sin viajar hasta allí.
Y todavía permanece abierta la pregunta más elemental de todas: ¿qué hay al otro lado?
A quinientos millones de años luz, una fuente desconocida abre periódicamente una ventana de radio hacia la Tierra. Sabemos dónde está. Sabemos cuándo puede hablar. Sabemos incluso cómo cambia su voz. Lo que todavía ignoramos es qué está hablando.
Hay un lugar en el cielo, en dirección a la constelación de Casiopea, al que los radiotelescopios regresan una y otra vez. A simple vista no hay allí nada especial. Ni una estrella excepcionalmente brillante ni una anomalía que pudiera advertirnos de lo que ocurre. Solo una galaxia espiral situada a aproximadamente quinientos millones de años luz de la Tierra. En uno de sus brazos se encuentra un objeto que nadie ha conseguido identificar directamente y que, cada cierto tiempo, parece despertarse.
Durante unos días emite brevísimos fogonazos de ondas de radio. Después vuelve a callar. Y dieciséis días más tarde, aproximadamente, la ventana vuelve a abrirse.
El objeto tiene un nombre que parece más apropiado para un expediente clasificado que para uno de los mayores misterios de la astronomía moderna: FRB 180916.J0158+65, actualmente denominado FRB 20180916B. No transmite continuamente, no lanza un pulso exactamente cada dieciséis días y tampoco repite una secuencia reconocible. Es algo más extraño. Existe un periodo de aproximadamente 16,34 días durante el cual se repite el ciclo de actividad, y dentro de cada ciclo hay una ventana de unos cinco días en la que pueden aparecer las ráfagas. Después, el silencio. Y luego, otra vez, la posibilidad de que el cielo vuelva a encenderse.
El patrón lleva años resistiéndose a desaparecer. Los radiotelescopios han continuado observándolo y la periodicidad sigue ahí. No parece tratarse de una casualidad estadística ni de una agrupación fortuita de señales. Algo, en aquel remoto sistema, funciona como un reloj.
Pero nadie sabe todavía qué reloj es.
El día en que el ruido empezó a tener ritmo
Los Fast Radio Bursts, o FRB, son uno de los fenómenos más desconcertantes descubiertos por la radioastronomía moderna. Son destellos extremadamente intensos de ondas de radio que pueden durar apenas unas milésimas de segundo. Llegan desde distancias extragalácticas y durante ese instante minúsculo pueden alcanzar luminosidades extraordinarias. Durante años, muchos parecían acontecimientos únicos: aparecían una vez y no volvían a ser escuchados. Después aparecieron los repetidores y quedó claro que, al menos en algunos casos, la fuente sobrevivía al estallido.
FRB 20180916B llevó el problema un paso más allá.
CHIME, el enorme radiotelescopio canadiense que observa sistemáticamente el cielo entre aproximadamente 400 y 800 MHz, comenzó a registrar sus ráfagas en 2018. Cuando los investigadores examinaron 38 pulsos recibidos entre septiembre de 2018 y febrero de 2020 descubrieron algo que hasta entonces no se había observado de aquella manera en un FRB: las ráfagas se agrupaban dentro de un periodo de 16,35 ± 0,15 días. Todas aparecían dentro de una ventana de aproximadamente cinco días y aproximadamente la mitad se concentraban inicialmente en un intervalo de apenas 0,6 días.
No era todavía un faro en el sentido convencional. La fuente no decía «aquí estoy» cada 16 días, a una hora precisa. Las ráfagas individuales seguían siendo impredecibles. Podían producirse varias o ninguna. Pero la probabilidad de que aparecieran estaba modulada por un ciclo extraordinariamente estable.
Era como descubrir una casa abandonada en mitad de una llanura en la que, cada dieciséis noches, durante unas horas, alguien pudiera encender las luces. No sabríamos cuándo exactamente se iluminaría una ventana. Ni cuántas veces. Pero sabríamos cuándo merece la pena mirar.
Eso es aproximadamente lo que ocurre con FRB 20180916B.
Los años posteriores consolidaron el hallazgo. Un estudio de CHIME de 60 ráfagas registradas entre 2018 y 2021 no encontró cambios significativos en el periodo y estableció límites muy estrictos a cualquier posible deriva temporal. Las ráfagas dentro de la ventana parecen, además, producirse de forma esencialmente estocástica: el reloj controla cuándo puede producirse la actividad, pero no determina exactamente cuándo llega cada pulso.
Así nació la pregunta que continúa abierta seis años después: ¿qué fenómeno cósmico puede abrir y cerrar una ventana de emisión cada 16,3 días con semejante estabilidad?
Encontrar la casa no reveló quién vivía dentro
Antes de comprender qué podía producir las ráfagas era necesario averiguar exactamente de dónde procedían. Y eso se consiguió con una precisión extraordinaria.
El 19 de junio de 2019 varios radiotelescopios de la European VLBI Network observaron simultáneamente la fuente durante unas cinco horas. Detectaron cuatro ráfagas de menos de dos milisegundos. Combinando telescopios separados por miles de kilómetros mediante interferometría de muy larga base fue posible localizar el origen de las emisiones con una precisión inaccesible para un único radiotelescopio.
La señal conducía hasta una galaxia espiral masiva con desplazamiento al rojo z = 0,0337, catalogada como SDSS J015800.28+654253.0. Es una galaxia relativamente próxima en términos cosmológicos, situada en torno a quinientos millones de años luz de nosotros. El FRB se encontraba en uno de sus brazos, cerca de una región de formación estelar.
El descubrimiento debería haber simplificado el misterio. En realidad lo complicó. El primer gran FRB repetidor localizado, FRB 20121102A, procedía de una pequeña galaxia enana y estaba asociado a un entorno magnético extraordinariamente extremo y a una fuente persistente de radio. FRB 20180916B aparecía en un escenario completamente diferente: una gran galaxia espiral, sin una fuente persistente de radio comparable y sin aquella enorme rotación de Faraday inicial. Era la demostración de que los FRB repetidores podían vivir en ambientes muy distintos.
La astronomía había encontrado la dirección exacta de la llamada. Seguía sin encontrar al que llamaba.
Una región de apenas kilómetros
La siguiente sorpresa llegó al observar las ráfagas a escalas temporales cada vez menores. Utilizando datos de la European VLBI Network a 1,7 GHz, un equipo dirigido por Kenzie Nimmo consiguió examinar algunos pulsos con una resolución temporal de hasta un microsegundo. Dentro de aquellas ráfagas que ya parecían increíblemente breves aparecieron estructuras todavía menores. Algunos componentes tenían anchuras de apenas tres o cuatro microsegundos. Las señales estaban además fuertemente polarizadas linealmente, por encima del 80 %, y mostraban características compatibles con un origen en un ambiente magnético extremo.
Tres microsegundos son tres millonésimas de segundo.
La duración de una variación física establece un límite al tamaño de la región que puede producirla, porque ninguna información puede viajar más rápido que la luz. Una estructura de unos pocos microsegundos apunta por tanto hacia una región extraordinariamente pequeña, de la escala de kilómetros, justamente el territorio de los objetos compactos: estrellas de neutrones y sus magnetosferas. Eso acercó inevitablemente las sospechas hacia los magnetares, estrellas de neutrones dotadas de campos magnéticos descomunales.
Y existe una poderosa razón independiente para sospechar de ellos. El 28 de abril de 2020, el magnetar de nuestra propia galaxia SGR 1935+2154 produjo una intensísima ráfaga de radio de características similares a las de un FRB, acompañada por emisión de alta energía. Fue la primera demostración observacional de que un magnetar puede producir al menos determinados fenómenos FRB.
Desde entonces, «magnetar» se ha convertido en una de las palabras esenciales del misterio. Pero decir que FRB 20180916B puede contener una estrella de neutrones fuertemente magnetizada no resuelve el problema principal. Porque los magnetares conocidos no suelen levantarse por la mañana, consultar un calendario y organizar su actividad en ciclos de 16 días.
El color del silencio
Entonces apareció una anomalía todavía más sugerente.
Los astrónomos comenzaron a observar FRB 20180916B con instrumentos capaces de escuchar frecuencias muy diferentes. LOFAR consiguió detectar emisiones extremadamente bajas, entre aproximadamente 110 y 188 MHz. Otros telescopios escucharon la fuente alrededor de 600 MHz, 1,4 GHz e incluso a varios gigahercios. Y cuando todos aquellos datos se colocaron sobre el mismo calendario ocurrió algo desconcertante.
La ventana de actividad no era la misma para todas las frecuencias.
Las emisiones de frecuencia más alta tendían a aparecer antes dentro del ciclo. Las frecuencias más bajas llegaban después. Las observaciones publicadas en Nature en 2021 mostraron que la actividad era claramente «cromática»: el momento en que la fuente parecía encenderse dependía de la frecuencia con la que se la escuchaba.
Esto altera profundamente la imagen del supuesto reloj de dieciséis días. No existe simplemente una puerta que se abre y se cierra. Parece existir una puerta diferente dependiendo del color radioeléctrico con el que se observe.
Los análisis posteriores han confirmado esa característica. Un estudio publicado en Astronomy & Astrophysics en marzo de 2026, utilizando un conjunto mucho mayor de observaciones, encontró de nuevo que para FRB 20180916B la actividad comienza antes a frecuencias altas y la ventana se hace más estrecha conforme aumenta la frecuencia; a frecuencias bajas, por el contrario, se ensancha.
Imagine un faro cuyo haz azul pasara primero ante nosotros, cuyo haz verde apareciera después y cuyo haz rojo tardara varios días más, sin que nadie hubiera conseguido descubrir todavía qué clase de mecanismo está haciendo girar el conjunto. La comparación no es físicamente exacta, pero transmite el problema esencial. El periodo de 16 días no es simplemente temporal: tiene geometría y tiene frecuencia.
Cualquier explicación debe dar cuenta de ambas cosas.
¿Una estrella que gira una vez cada dieciséis días?
Una posibilidad resulta tan extraordinaria que durante años habría parecido casi absurda: que el periodo de 16,3 días no sea una órbita ni una precesión, sino la propia rotación de una estrella de neutrones extraordinariamente lenta.
Las estrellas de neutrones ordinarias pueden girar muchas veces por segundo. Algunos púlsares completan cientos de rotaciones cada segundo. Plantear una estrella de neutrones que tardase más de dos semanas en dar una sola vuelta significaría entrar en un régimen completamente diferente.
Sin embargo, conforme han aparecido nuevos datos, esa opción no ha desaparecido.
Un análisis publicado en 2025 estudió el ángulo de posición de la polarización de las ráfagas a lo largo de la ventana activa. La polarización funciona como una especie de huella geométrica del campo magnético y permite comprobar qué debería ocurrir si la fuente está rotando, precesando o moviéndose dentro de un sistema binario. Los investigadores encontraron variaciones asociadas a la fase del ciclo y concluyeron que los datos descartaban las distintas versiones de los modelos de precesión que habían examinado. El modelo de rotación ultralenta era parcialmente compatible con las observaciones, aunque los propios autores advirtieron de que no estaba demostrado.
Es un resultado importante porque una de las explicaciones más intuitivas del ciclo había sido precisamente la precesión: imaginar una estrella de neutrones inclinada cuyo eje magnético apuntara periódicamente hacia la Tierra. Algo parecido al movimiento de una peonza.
Pero el cielo parece empeñado en no ofrecer una solución tan sencilla.
La hipótesis de la compañera invisible
Existe otra explicación tentadora: que FRB 20180916B forme parte de un sistema binario. En ese escenario, la estrella de neutrones podría estar orbitando alrededor de otra estrella cada 16,3 días. Durante parte de la órbita, el viento, el plasma o el campo magnético de la compañera impedirían que las ondas de radio alcanzasen la Tierra. En otra parte de la órbita, el camino quedaría despejado.
De pronto todo parecería encajar. Dieciséis días sería simplemente un periodo orbital.
Pero los datos volvieron a resistirse. Si una estrella de neutrones atravesara periódicamente el denso viento de una compañera masiva, cabría esperar variaciones relacionadas con la fase orbital en propiedades como la medida de dispersión o el ensanchamiento de las señales por el plasma. El seguimiento de CHIME no encontró las variaciones que algunos de estos modelos binarios simples pronosticaban, lo que debilitó especialmente las versiones que implicaban una compañera masiva con un potente viento estelar.
Eso no elimina todos los posibles sistemas binarios. Los modelos pueden ser mucho más complejos y diferentes configuraciones producen efectos distintos. De hecho, el estudio de polarización de 2025 destacó una intrigante semejanza entre el comportamiento de FRB 20180916B y Her X-1, un famoso sistema binario de rayos X.
Por tanto, la compañera invisible continúa figurando entre los sospechosos.
Pero todavía nadie la ha visto.
El medio que rodea a la fuente también está cambiando
La señal contiene además información sobre todo aquello que atraviesa durante su viaje.
Cuando una onda de radio polarizada atraviesa plasma magnetizado, su plano de polarización gira. El fenómeno se conoce como rotación de Faraday y permite obtener la llamada Rotation Measure o RM. Es, en cierto modo, una radiografía del material magnetizado situado entre la fuente y nosotros.
Durante los primeros años de observación, la RM de FRB 20180916B permaneció relativamente estable alrededor de −115 radianes por metro cuadrado. Después comenzó una evolución pronunciada. Los estudios de CHIME, uGMRT y otros instrumentos han mostrado que aquel entorno magnético está cambiando con el tiempo. Observaciones posteriores registraron valores mucho menos negativos y una evolución compleja que no puede atribuirse simplemente a la periodicidad de dieciséis días.
Eso significa que alrededor de la fuente existe un ambiente magnetoiónico dinámico.
Un trabajo de 2026 ha llegado incluso a buscar episodios rápidos, semejantes a «fulguraciones» de RM, en varios FRB repetidores. Para FRB 20180916B aparecen candidatos marginales, aunque los autores insisten en que son detecciones de una sola época y no pueden considerarse confirmadas. El resultado es sugerente, no definitivo.
Otro preprint publicado este reciente mes de julio de 2026 ha intentado utilizar simultáneamente la dispersión, la rotación y el scattering para estimar a qué distancia de la fuente se encuentra el plasma magnetizado. El trabajo concluye que FRB 20180916B continúa resistiéndose a una clasificación sencilla: algunas escalas podrían ser compatibles con sistemas binarios y otras con entornos similares a remanentes de supernova, mientras que diferentes efectos de propagación podrían estar originándose en regiones físicamente distintas. Al tratarse de un trabajo reciente y todavía en forma de prepublicación, sus resultados deberán ser sometidos al contraste habitual, pero muestran hasta qué punto el problema sigue abierto en 2026.
Cada nueva observación añade una pieza. Y, desconcertantemente, la imagen completa continúa sin aparecer.
El magnetar que no termina de explicar el reloj
La hipótesis dominante sigue colocando en el centro del escenario a una estrella de neutrones, probablemente un magnetar. La microestructura de apenas microsegundos, la elevada polarización y la comprobación independiente de que los magnetares pueden producir fenómenos FRB constituyen argumentos poderosos. Pero «magnetar» no es una explicación completa. Es el posible protagonista, no necesariamente el argumento.
Para resolver FRB 20180916B hay que explicar por qué ese objeto produce ráfagas; por qué la probabilidad de producirlas está modulada por 16,34 días; por qué las distintas frecuencias tienen ventanas desplazadas; por qué esas ventanas tienen anchuras diferentes; por qué el entorno magnético evoluciona durante años; por qué las ráfagas individuales poseen microestructuras de apenas unas millonésimas de segundo y por qué las propiedades observadas no encajan limpiamente con algunos de los modelos orbitales o de precesión más sencillos.
El problema ya no consiste en inventar un mecanismo capaz de explicar una característica. Consiste en encontrar uno capaz de explicarlas todas simultáneamente. Y ese mecanismo todavía no existe de forma consensuada.
¿Y si alguien estuviera transmitiendo?
Es inevitable que una historia así termine rozando una pregunta que pertenece tanto a la cultura popular como a la ciencia: ¿podría tratarse de una señal artificial?
La respuesta científicamente correcta, con los datos disponibles en agosto de 2026, es inequívoca: no existe ninguna evidencia de que FRB 20180916B sea una transmisión producida por una civilización extraterrestre.
No se ha encontrado un mensaje, una modulación informativa, una secuencia matemática deliberada ni una portadora estrecha de las características que suelen buscarse como tecnofirmas. Las ráfagas presentan dispersión, polarización, estructura espectrotemporal y comportamiento general compatibles con fenómenos astrofísicos extremos; además, la detección de ráfagas similares a FRB procedentes del magnetar galáctico SGR 1935+2154 demuestra que la naturaleza dispone de mecanismos capaces de generar señales de esta familia.
Pero negar la existencia de pruebas de artificialidad no reduce el misterio.
En cierto sentido lo aumenta.
Porque si nadie está accionando el interruptor, entonces existe en aquella galaxia una máquina natural —una combinación de gravedad, magnetismo, plasma, rotación y quizá movimiento orbital— capaz de organizar emisiones extraordinariamente energéticas siguiendo un ciclo que podemos anticipar desde la Tierra.
No sabemos qué máquina es.
Una cita con algo que no vemos
Hay algo profundamente extraño en poder abrir un calendario y señalar aproximadamente cuándo un objeto situado a quinientos millones de años luz volverá a encontrarse en una fase favorable para lanzar hacia nosotros ráfagas de radio, sin saber qué objeto es exactamente.
La luz que recibimos ahora comenzó su viaje por el universo cuando en la Tierra todavía no existían seres humanos, ni mamíferos modernos, ni siquiera el paisaje biológico que reconocemos hoy. Cruzó durante cientos de millones de años el espacio intergaláctico, atravesó campos magnéticos y plasma, llegó a la Vía Láctea y terminó chocando contra antenas construidas por una especie que solo lleva unas pocas décadas disponiendo de instrumentos capaces de reconocerla.
Durante unas millonésimas de segundo, aquella fuente remota deja una marca en nuestros receptores.
Después desaparece.
Los astrónomos esperan.
La Tierra continúa girando. Pasan las horas. Pasan los días. La fuente permanece aparentemente muerta.
Hasta que se aproxima de nuevo el momento previsto.
Han pasado aproximadamente dieciséis días.
Y en algún punto invisible de una galaxia situada a quinientos millones de años luz, el mecanismo vuelve a ponerse en marcha.
Quizá sea una estrella de neutrones que gira con una lentitud monstruosa. Quizá una estrella muerta atrapada en una danza orbital con una compañera que todavía no hemos identificado. Quizá un magnetar envuelto en plasma cuyos campos magnéticos abren periódicamente un corredor hacia nosotros. Quizá el modelo correcto todavía no haya sido formulado.
Lo único que sabemos con certeza es que el ciclo existe.
Desde 2018 seguimos escuchándolo.
Sabemos en qué galaxia se encuentra. Sabemos aproximadamente en qué región de esa galaxia. Sabemos cuándo aumenta la probabilidad de que emita. Hemos medido la polarización de su radiación, la dispersión provocada por los electrones que atraviesa, el magnetismo del medio que la rodea y estructuras internas que duran apenas tres millonésimas de segundo. Los instrumentos han diseccionado prácticamente todo aquello que puede diseccionarse sin viajar hasta allí.
Y todavía permanece abierta la pregunta más elemental de todas: ¿qué hay al otro lado?




