El mundo que fue
Gracias por hacerme feliz: adiós a Katsushi Murakami, el hombre que puso a Mazinger Z en nuestras manos
El padre del mítico Chogokin Mazinger Z ha muerto a los 83 años. Con él desaparece uno de los grandes nombres de aquella cultura popular japonesa que convirtió los sábados por la tarde de toda una generación en un territorio donde todo era todavía posible
Mazinger Z era un sábado por la tarde. Era un sofá marrón de escay, una televisión enorme y un salón en penumbra. Era un Bony y un trozo de pan con jamón york. Era Koji Kabuto gritando órdenes desde el Pilder, el estruendo de los puños cohete, Afrodita A lanzando sus pechos-misil y el Doctor Infierno preparando una nueva bestia mecánica. Mazinger Z era la certeza, maravillosa y absoluta, de que durante media hora nada malo podía ocurrirnos. Mazinger Z era nuestro defensor y nuestra infancia.
Katsushi Murakami, uno de los hombres que hicieron posible aquel prodigio, ha muerto a los 83 años. Falleció el pasado 20 de julio y su muerte fue comunicada públicamente el 6 de agosto por Tamashii Natioins, perteneciente a Bandai Spririts. Había nacido en 1942 y llevaba décadas convertido en una figura legendaria de la industria japonesa del juguete y del diseño de robots. En Japón lo conocían como uno de los padres del Chogokin, aquellos robots metálicos, pesados, fríos al tacto, casi indestructibles, que permitieron por primera vez a los niños sacar a los héroes de la televisión y tenerlos físicamente entre sus manos.
Conviene precisar la historia, porque estos días algunos titulares han simplificado su biografía presentándolo como «el diseñador de Mazinger Z». El creador del personaje fue Gō Nagai. Murakami hizo otra cosa que quizá resulte menos visible, pero que fue decisiva: convirtió a Mazinger Z en un objeto real. Tomó aquel gigantesco robot de televisión y concibió a partir de él el primer gran juguete de la línea Chogokin. Quiso que el niño que lo sostuviera sintiera peso. Metal. Máquina. Quiso que aquello que en la pantalla parecía acero pareciera también acero cuando llegara a nuestras manos.
La idea era extraordinariamente sencilla y extraordinariamente nueva. Murakami trabajaba en Popy, empresa vinculada a Bandai, cuando decidió aplicar al mundo de los robots infantiles algunos de los principios que estaban haciendo populares a los coches de juguete metálicos: precisión en los detalles, sensación de solidez, mecanismos móviles y, sobre todo, peso. El desarrollo del primer Chogokin Mazinger Z llevó más de seis meses. Murakami insistió una y otra vez en el rostro, en las proporciones, en el mecanismo que permitía lanzar los puños. No quería fabricar simplemente un juguete inspirado en una serie de televisión. Quería que el niño mirara aquella figura y reconociera inmediatamente al robot que acababa de ver en la pantalla. El modelo llegó a las tiendas japonesas en febrero de 1974 y fue un éxito enorme.
Sin saberlo, Murakami estaba inventando una parte importante de nuestra memoria.
Porque cuatro años después, el 4 de marzo de 1978, Mazinger Z apareció en Televisión Española y algo cambió en las casas de España. Al cabo de pocas semanas quedó instalado en las tardes de los sábados, antes del Telediario, y millones de niños descubrieron una clase de héroe que jamás habían visto. No era un vaquero. No era un caballero. No era un superhéroe norteamericano. Era una mole de metal de dieciocho metros pilotada desde la cabeza por un jovencito llamado Koji Kabuto que se enfrentaba cada semana a criaturas imposibles enviadas por el Doctor Infierno. TVE terminaría emitiendo únicamente 32 episodios de los 92 originales, pero fueron suficientes. Sobradamente suficientes.
Los niños de entonces no sabíamos que aquello se llamaba anime. Tampoco sabíamos qué era un mecha. No conocíamos a Gō Nagai ni a Katsushi Murakami. No sabíamos nada de Toei, de Popy ni de Bandai. No necesitábamos saberlo. Sabíamos cosas mucho más importantes.
Sabíamos que Mazinger estaba fabricado con una aleación casi indestructible. Sabíamos que el Pilder tenía que acoplarse exactamente en su cabeza. Sabíamos que, cuando Koji gritaba «¡Puños fuera!», había llegado el momento de ajustar cuentas. Sabíamos que Afrodita A tenía unos métodos de combate que hoy provocarían interminables debates televisivos, pero que entonces nos parecían absolutamente normales. Sabíamos que el Barón Ashura era mitad hombre y mitad mujer y aquello tampoco requería seminarios universitarios. Era simplemente el Barón Ashura. Sabíamos que el Doctor Infierno era malo porque quería conquistar el mundo y que Mazinger era bueno porque estaba allí para impedírselo.
El universo podía ser muy sencillo cuando tienes diez años.
Y quizá eso sea lo verdaderamente emocionante cuando muere alguien como Katsushi Murakami. No lamentamos únicamente la desaparición de un extraordinario diseñador industrial. Lamentamos también que se cierre otra puerta de acceso a un mundo que existió y ya no existe. Cada vez van quedando menos personas capaces de devolvernos, con su mera existencia, a aquellos salones de finales de los setenta, a aquellas tardes interminables, a aquellos televisores de tubo que necesitaban unos segundos para encenderse y cuyo mando a distancia éramos nosotros mismos porque alguien tenía que levantarse para cambiar de un canal a otro. Solo había dos.
Mazinger Z llegó a una España que era muy distinta. Una España en la que había una televisión —o dos, si se tenía suerte—, en la que un programa podía reunir delante de la pantalla a millones de personas y en la que un niño sabía que si se perdía el episodio del sábado probablemente no volvería a verlo jamás. No existía el vídeo doméstico. No existía Internet. No existían las plataformas. No había posibilidad de detener la imagen, retroceder quince segundos o recuperar el capítulo perdido.
Por eso esperábamos. Y esperar hacía que las cosas fueran importantes.
Durante toda la semana sabíamos que llegaría el sábado. Después vendría la comida. Después una larga película que solía interesarnos más bin poco. Y después, por fin, aquella música. A veces bastaban unas pocas notas para que desapareciera el mundo real y empezara otro mucho mejor.
La influencia de Murakami fue muchísimo más lejos. Después del éxito del Chogokin Mazinger Z participó en la concepción y el diseño de algunos de los robots y héroes más importantes de la cultura popular japonesa: Yūsha Raideen, Daitetsujin 17, Leopardon —el gigantesco robot del insólito Spider-Man japonés—, Battle Fever Robo, God Sigma, Gold Lightan, Golion —que Occidente conocería como parte esencial de Voltron—, además de numerosos personajes y máquinas de las sagas Super Sentai y Metal Hero. También trabajó en Uchū Keiji Gavan y posteriormente en personajes como Kamen Rider Black. Su manera de imaginar máquinas que pudieran transformarse, combinarse y convertirse después en juguetes funcionales influyó profundamente en varias décadas de entretenimiento japonés.
Pero todo eso pertenece a las enciclopedias. Nosotros tenemos otra biografía de Katsushi Murakami. Está guardada en algún cajón de la memoria. Tiene olor a merienda. Tiene la textura pegajosa del chocolate en los dedos. Tiene una madre entrando en el salón y diciendo que bajáramos el volumen. Tiene cromos, álbumes, juguetes, tebeos, recreos y dibujos hechos con bolígrafo Bic en las últimas páginas de los cuadernos del colegio. Tiene un sofá marrón de escay. Y tiene un televisor enorme en una esquina del salón.
Quizá esa sea una de las extrañas injusticias del tiempo. Pasamos media vida queriendo ser mayores y la otra media intentando recordar exactamente cómo era aquello que dejamos atrás. Entonces no sabíamos que éramos felices. Nadie lo sabe mientras está sucediendo. Creíamos simplemente que estábamos viendo dibujos animados. Pero no. Estábamos construyendo recuerdos.
Han pasado casi cincuenta años desde aquellas tardes españolas de 1978. Los niños que mirábamos hipnotizados cómo Mazinger emergía de la piscina del Instituto de Investigaciones Fotónicas tenemos ahora canas, hijos mayores, nietos, trabajos terminados o a punto de terminar, personas queridas que ya no están y una desconcertante cantidad de vida acumulada a nuestras espaldas. El mundo que conocimos ha desaparecido casi por completo. Y, sin embargo, basta escuchar unas notas. Basta ver aquella silueta negra y azul. Basta oír «¡Puños fuera!». Y durante unos segundos ocurre el milagro.
No tenemos sesenta años. Tenemos nueve. Nuestra madre está en la cocina. Nuestro padre todavía está vivo. El verano dura tres meses. Los domingos son eternos. El futuro no da miedo porque el futuro todavía no ha sucedido.
Y Mazinger Z siempre gana.
Por eso la muerte de Katsushi Murakami duele de una manera difícil de explicar a quien no estuvo allí. Porque algunas personas no forman parte de nuestra vida porque las hayamos conocido, sino porque ayudaron a construir el escenario en el que fuimos felices.
Murakami probablemente jamás supo que, a diez mil kilómetros de Japón, unos niños españoles esperaban impacientes cada sábado para ver aparecer a aquel gigantesco robot. Probablemente nunca pudo imaginar aquellos salones, aquellas meriendas, aquellos televisores y aquellos ojos abiertos de par en par. Pero estuvo allí. Sin saberlo, estuvo allí.
Mazinger Z era un sábado por la tarde, un sofá marrón de escay y una tele enorme. Era un Bony, un vaso de leche y pan con chocolate. Era Koji Kabuto acoplándose. Era Afrodita A gritando «¡Pechos fuera!». Era el Doctor Infierno. Era el Barón Ashura. Eran los puños cohete. Era la absoluta seguridad infantil de que el bien acabaría venciendo al mal antes de que llegara la hora de la cena.
Mazinger Z era mi infancia.
Gracias, señor Murakami.
Gracias por hacerme feliz.
El padre del mítico Chogokin Mazinger Z ha muerto a los 83 años. Con él desaparece uno de los grandes nombres de aquella cultura popular japonesa que convirtió los sábados por la tarde de toda una generación en un territorio donde todo era todavía posible
Mazinger Z era un sábado por la tarde. Era un sofá marrón de escay, una televisión enorme y un salón en penumbra. Era un Bony y un trozo de pan con jamón york. Era Koji Kabuto gritando órdenes desde el Pilder, el estruendo de los puños cohete, Afrodita A lanzando sus pechos-misil y el Doctor Infierno preparando una nueva bestia mecánica. Mazinger Z era la certeza, maravillosa y absoluta, de que durante media hora nada malo podía ocurrirnos. Mazinger Z era nuestro defensor y nuestra infancia.
Katsushi Murakami, uno de los hombres que hicieron posible aquel prodigio, ha muerto a los 83 años. Falleció el pasado 20 de julio y su muerte fue comunicada públicamente el 6 de agosto por Tamashii Natioins, perteneciente a Bandai Spririts. Había nacido en 1942 y llevaba décadas convertido en una figura legendaria de la industria japonesa del juguete y del diseño de robots. En Japón lo conocían como uno de los padres del Chogokin, aquellos robots metálicos, pesados, fríos al tacto, casi indestructibles, que permitieron por primera vez a los niños sacar a los héroes de la televisión y tenerlos físicamente entre sus manos.
Conviene precisar la historia, porque estos días algunos titulares han simplificado su biografía presentándolo como «el diseñador de Mazinger Z». El creador del personaje fue Gō Nagai. Murakami hizo otra cosa que quizá resulte menos visible, pero que fue decisiva: convirtió a Mazinger Z en un objeto real. Tomó aquel gigantesco robot de televisión y concibió a partir de él el primer gran juguete de la línea Chogokin. Quiso que el niño que lo sostuviera sintiera peso. Metal. Máquina. Quiso que aquello que en la pantalla parecía acero pareciera también acero cuando llegara a nuestras manos.
La idea era extraordinariamente sencilla y extraordinariamente nueva. Murakami trabajaba en Popy, empresa vinculada a Bandai, cuando decidió aplicar al mundo de los robots infantiles algunos de los principios que estaban haciendo populares a los coches de juguete metálicos: precisión en los detalles, sensación de solidez, mecanismos móviles y, sobre todo, peso. El desarrollo del primer Chogokin Mazinger Z llevó más de seis meses. Murakami insistió una y otra vez en el rostro, en las proporciones, en el mecanismo que permitía lanzar los puños. No quería fabricar simplemente un juguete inspirado en una serie de televisión. Quería que el niño mirara aquella figura y reconociera inmediatamente al robot que acababa de ver en la pantalla. El modelo llegó a las tiendas japonesas en febrero de 1974 y fue un éxito enorme.
Sin saberlo, Murakami estaba inventando una parte importante de nuestra memoria.
Porque cuatro años después, el 4 de marzo de 1978, Mazinger Z apareció en Televisión Española y algo cambió en las casas de España. Al cabo de pocas semanas quedó instalado en las tardes de los sábados, antes del Telediario, y millones de niños descubrieron una clase de héroe que jamás habían visto. No era un vaquero. No era un caballero. No era un superhéroe norteamericano. Era una mole de metal de dieciocho metros pilotada desde la cabeza por un jovencito llamado Koji Kabuto que se enfrentaba cada semana a criaturas imposibles enviadas por el Doctor Infierno. TVE terminaría emitiendo únicamente 32 episodios de los 92 originales, pero fueron suficientes. Sobradamente suficientes.
Los niños de entonces no sabíamos que aquello se llamaba anime. Tampoco sabíamos qué era un mecha. No conocíamos a Gō Nagai ni a Katsushi Murakami. No sabíamos nada de Toei, de Popy ni de Bandai. No necesitábamos saberlo. Sabíamos cosas mucho más importantes.
Sabíamos que Mazinger estaba fabricado con una aleación casi indestructible. Sabíamos que el Pilder tenía que acoplarse exactamente en su cabeza. Sabíamos que, cuando Koji gritaba «¡Puños fuera!», había llegado el momento de ajustar cuentas. Sabíamos que Afrodita A tenía unos métodos de combate que hoy provocarían interminables debates televisivos, pero que entonces nos parecían absolutamente normales. Sabíamos que el Barón Ashura era mitad hombre y mitad mujer y aquello tampoco requería seminarios universitarios. Era simplemente el Barón Ashura. Sabíamos que el Doctor Infierno era malo porque quería conquistar el mundo y que Mazinger era bueno porque estaba allí para impedírselo.
El universo podía ser muy sencillo cuando tienes diez años.
Y quizá eso sea lo verdaderamente emocionante cuando muere alguien como Katsushi Murakami. No lamentamos únicamente la desaparición de un extraordinario diseñador industrial. Lamentamos también que se cierre otra puerta de acceso a un mundo que existió y ya no existe. Cada vez van quedando menos personas capaces de devolvernos, con su mera existencia, a aquellos salones de finales de los setenta, a aquellas tardes interminables, a aquellos televisores de tubo que necesitaban unos segundos para encenderse y cuyo mando a distancia éramos nosotros mismos porque alguien tenía que levantarse para cambiar de un canal a otro. Solo había dos.
Mazinger Z llegó a una España que era muy distinta. Una España en la que había una televisión —o dos, si se tenía suerte—, en la que un programa podía reunir delante de la pantalla a millones de personas y en la que un niño sabía que si se perdía el episodio del sábado probablemente no volvería a verlo jamás. No existía el vídeo doméstico. No existía Internet. No existían las plataformas. No había posibilidad de detener la imagen, retroceder quince segundos o recuperar el capítulo perdido.
Por eso esperábamos. Y esperar hacía que las cosas fueran importantes.
Durante toda la semana sabíamos que llegaría el sábado. Después vendría la comida. Después una larga película que solía interesarnos más bin poco. Y después, por fin, aquella música. A veces bastaban unas pocas notas para que desapareciera el mundo real y empezara otro mucho mejor.
La influencia de Murakami fue muchísimo más lejos. Después del éxito del Chogokin Mazinger Z participó en la concepción y el diseño de algunos de los robots y héroes más importantes de la cultura popular japonesa: Yūsha Raideen, Daitetsujin 17, Leopardon —el gigantesco robot del insólito Spider-Man japonés—, Battle Fever Robo, God Sigma, Gold Lightan, Golion —que Occidente conocería como parte esencial de Voltron—, además de numerosos personajes y máquinas de las sagas Super Sentai y Metal Hero. También trabajó en Uchū Keiji Gavan y posteriormente en personajes como Kamen Rider Black. Su manera de imaginar máquinas que pudieran transformarse, combinarse y convertirse después en juguetes funcionales influyó profundamente en varias décadas de entretenimiento japonés.
Pero todo eso pertenece a las enciclopedias. Nosotros tenemos otra biografía de Katsushi Murakami. Está guardada en algún cajón de la memoria. Tiene olor a merienda. Tiene la textura pegajosa del chocolate en los dedos. Tiene una madre entrando en el salón y diciendo que bajáramos el volumen. Tiene cromos, álbumes, juguetes, tebeos, recreos y dibujos hechos con bolígrafo Bic en las últimas páginas de los cuadernos del colegio. Tiene un sofá marrón de escay. Y tiene un televisor enorme en una esquina del salón.
Quizá esa sea una de las extrañas injusticias del tiempo. Pasamos media vida queriendo ser mayores y la otra media intentando recordar exactamente cómo era aquello que dejamos atrás. Entonces no sabíamos que éramos felices. Nadie lo sabe mientras está sucediendo. Creíamos simplemente que estábamos viendo dibujos animados. Pero no. Estábamos construyendo recuerdos.
Han pasado casi cincuenta años desde aquellas tardes españolas de 1978. Los niños que mirábamos hipnotizados cómo Mazinger emergía de la piscina del Instituto de Investigaciones Fotónicas tenemos ahora canas, hijos mayores, nietos, trabajos terminados o a punto de terminar, personas queridas que ya no están y una desconcertante cantidad de vida acumulada a nuestras espaldas. El mundo que conocimos ha desaparecido casi por completo. Y, sin embargo, basta escuchar unas notas. Basta ver aquella silueta negra y azul. Basta oír «¡Puños fuera!». Y durante unos segundos ocurre el milagro.
No tenemos sesenta años. Tenemos nueve. Nuestra madre está en la cocina. Nuestro padre todavía está vivo. El verano dura tres meses. Los domingos son eternos. El futuro no da miedo porque el futuro todavía no ha sucedido.
Y Mazinger Z siempre gana.
Por eso la muerte de Katsushi Murakami duele de una manera difícil de explicar a quien no estuvo allí. Porque algunas personas no forman parte de nuestra vida porque las hayamos conocido, sino porque ayudaron a construir el escenario en el que fuimos felices.
Murakami probablemente jamás supo que, a diez mil kilómetros de Japón, unos niños españoles esperaban impacientes cada sábado para ver aparecer a aquel gigantesco robot. Probablemente nunca pudo imaginar aquellos salones, aquellas meriendas, aquellos televisores y aquellos ojos abiertos de par en par. Pero estuvo allí. Sin saberlo, estuvo allí.
Mazinger Z era un sábado por la tarde, un sofá marrón de escay y una tele enorme. Era un Bony, un vaso de leche y pan con chocolate. Era Koji Kabuto acoplándose. Era Afrodita A gritando «¡Pechos fuera!». Era el Doctor Infierno. Era el Barón Ashura. Eran los puños cohete. Era la absoluta seguridad infantil de que el bien acabaría venciendo al mal antes de que llegara la hora de la cena.
Mazinger Z era mi infancia.
Gracias, señor Murakami.
Gracias por hacerme feliz.

















