Civilización Aquiry
El láser atraviesa la selva y revela una desconocida antigua civilización amazónica: hasta 30.000 construcciones y tres millones de habitantes
Una investigación publicada en Nature identifica cientos de estructuras ocultas bajo la vegetación y calcula que la civilización Aquiry pudo extenderse por 183.000 kilómetros cuadrados. Los autores estiman que entre los años 100 y 300 de nuestra era vivieron allí entre 1,25 y 3 millones de personas
Durante siglos, una parte considerable de la historia de América permaneció literalmente enterrada bajo la selva. Ahora, los pulsos de millones de haces láser lanzados desde aviones están atravesando la cubierta vegetal de la Amazonia y revelando bajo los árboles un paisaje construido por seres humanos: recintos cuadrados y circulares, enormes zanjas, terraplenes, caminos y centros monumentales que dibujan la huella de sociedades mucho más numerosas y organizadas de lo que durante décadas se había supuesto.
Una nueva investigación publicada en Nature sostiene que sólo en el sudoeste de la Amazonia podrían existir entre 24.000 y 30.000 obras de tierra precolombinas, una cantidad comparable a la que investigaciones anteriores habían calculado para toda la cuenca amazónica. Y la consecuencia demográfica resulta todavía más impresionante: los autores estiman que, en el momento de máximo desarrollo, aproximadamente entre los años 100 y 300 después de Cristo, la denominada civilización Aquiry pudo reunir entre 1,25 y tres millones de habitantes.
El estudio está dirigido por Martti Pärssinen y reúne a investigadores de universidades e instituciones de Finlandia y Brasil, además de especialistas indígenas. El equipo utilizó tecnología LiDAR, un sistema de escaneo láser aerotransportado capaz de registrar el terreno situado bajo la vegetación. Durante una campaña realizada en 2024 recorrieron 4.430 kilómetros de vuelo y examinaron aproximadamente 4.497 kilómetros cuadrados en los estados brasileños de Acre y Amazonas. Encontraron 432 estructuras, de las cuales únicamente 36 eran conocidas anteriormente: es decir, 396 habían permanecido invisibles bajo el bosque.
La dimensión del descubrimiento se entiende al comparar el LiDAR con las imágenes convencionales. En determinadas zonas donde las fotografías de satélite habían permitido localizar 30 estructuras, el escáner láser encontró 156. Es decir, cinco veces más. A partir de las distintas densidades observadas, de la superficie escaneada y de los datos arqueológicos anteriores, los autores calculan que toda la región estudiada podría albergar alrededor de 24.000 estructuras en la estimación más conservadora y acercarse a las 30.000 si se tienen en cuenta las zonas que el propio láser no consiguió penetrar correctamente.
No se trata simplemente de pequeños asentamientos dispersos. Los geoglifos de la cultura Aquiry fueron construidos aproximadamente entre 600 antes de Cristo y 850 después de Cristo y presentan dimensiones que habitualmente oscilan entre 0,35 y 14 hectáreas, aunque el mayor conocido alcanza casi 50. Algunas zanjas poseen entre nueve y trece metros de anchura y llegan a alcanzar cinco metros de profundidad. Hay estructuras aisladas, otras conectadas mediante caminos y complejos formados por hasta ocho recintos.
Las imágenes topográficas incluidas en la investigación resultan particularmente llamativas. Allí donde desde el aire sólo se observaría una cubierta aparentemente continua de árboles, los modelos digitales del terreno muestran cuadrados concéntricos, círculos perfectos, polígonos, terraplenes y grandes recintos geométricos. No parecen haber sido fortalezas. Los investigadores interpretan muchos de ellos como centros públicos, ceremoniales y políticos a los que acudían comunidades dispersas para celebrar reuniones y actividades colectivas. Su construcción habría exigido una considerable fuerza de trabajo, organización administrativa, división de tareas y conocimientos de geometría.
El trabajo altera también el mapa de esta sociedad. Las investigaciones anteriores situaban el territorio de la civilización Aquiry en unos 60.000 kilómetros cuadrados. Los nuevos datos permiten elevar esa superficie hasta aproximadamente 183.000 kilómetros cuadrados, es decir, triplicarla. Los límites occidental, septentrional y meridional parecen relativamente bien definidos, aunque los propios investigadores reconocen que el extremo sudoriental continúa siendo incierto por la escasez de investigaciones arqueológicas en Rondônia.
La estimación de población requiere más cautela, porque el LiDAR puede mostrar construcciones pero no contar habitantes. Los investigadores calculan que aproximadamente dos tercios de las 24.000-30.000 estructuras corresponderían al periodo Aquiry. Sus modelos indican que entre un 25% y un 60% pudieron estar simultáneamente en funcionamiento durante el máximo demográfico situado entre los siglos I y III. Utilizando una estimación de unos 300 individuos vinculados a cada centro, obtienen una población de entre 1,25 y tres millones de habitantes.
Los autores intentan comprobar ese cálculo utilizando también asentamientos posteriores de la misma región. Las llamadas aldeas de montículos presentan viviendas colectivas o malocas cuya capacidad permite obtener igualmente cifras cercanas a las 300 personas por comunidad. Existe, no obstante, un escenario mucho más conservador: si aquellos grandes montículos hubieran acogido sólo a familias individuales, las estimaciones descenderían aproximadamente hasta 315.000-760.000 habitantes después de corregir la invisibilidad producida por la vegetación. Los investigadores consideran esa interpretación poco probable, pero su existencia muestra que las cifras de población deben entenderse como estimaciones arqueológicas, no como un censo.
La conclusión va más allá de la demografía. Durante buena parte del siglo XX estuvo muy extendida la visión de una Amazonia precolombina ocupada por pequeños grupos incapaces de sostener poblaciones importantes debido a la pobreza de los suelos tropicales. Los nuevos trabajos están desmontando progresivamente esa imagen. En el territorio Aquiry aparecen evidencias de cultivo de maíz, calabaza, mandioca, batata, chile, judías y cacahuetes, además del aprovechamiento de nueces de Brasil y diversas palmeras. Los investigadores consideran que estas sociedades transformaron activamente el paisaje mediante agricultura, gestión forestal y posiblemente quemas periódicas controladas.
Eso significa que parte de la Amazonia que hoy percibimos como naturaleza esencialmente virgen puede contener una huella humana de más de dos mil años. Según los investigadores, la concentración de estructuras y espacios abiertos llegó a ser suficiente como para hablar de «urbanismo forestal» o «urbanismo de baja densidad»: no ciudades compactas al modo romano o mesopotámico, sino redes extensas de comunidades, centros ceremoniales, áreas agrícolas y territorios gestionados dentro del bosque.
La investigación llega incluso a una consecuencia de alcance global. Si estudios LiDAR realizados en otras partes de la cuenca amazónica encuentran densidades semejantes, habría que revisar al alza las estimaciones de población precolombina de la Amazonia y reconsiderar hasta qué punto siglos de actividad humana influyeron sobre los suelos, la distribución de especies vegetales, la biodiversidad y la estructura actual del bosque. Los autores apuntan que esa revisión podría alcanzar incluso determinados modelos utilizados para reconstruir la evolución del clima.
En otras palabras, el descubrimiento no consiste en haber encontrado de repente una ciudad perdida escondida bajo los árboles. Es quizá algo científicamente más profundo: empieza a emerger un paisaje entero que habíamos confundido con naturaleza intacta. Bajo la selva amazónica aparecen las cicatrices geométricas de comunidades capaces de modificar enormes extensiones de territorio, levantar miles de construcciones monumentales y mantener una población que, si las estimaciones de Nature se confirman, pudo contarse por millones.
Una investigación publicada en Nature identifica cientos de estructuras ocultas bajo la vegetación y calcula que la civilización Aquiry pudo extenderse por 183.000 kilómetros cuadrados. Los autores estiman que entre los años 100 y 300 de nuestra era vivieron allí entre 1,25 y 3 millones de personas
Durante siglos, una parte considerable de la historia de América permaneció literalmente enterrada bajo la selva. Ahora, los pulsos de millones de haces láser lanzados desde aviones están atravesando la cubierta vegetal de la Amazonia y revelando bajo los árboles un paisaje construido por seres humanos: recintos cuadrados y circulares, enormes zanjas, terraplenes, caminos y centros monumentales que dibujan la huella de sociedades mucho más numerosas y organizadas de lo que durante décadas se había supuesto.
Una nueva investigación publicada en Nature sostiene que sólo en el sudoeste de la Amazonia podrían existir entre 24.000 y 30.000 obras de tierra precolombinas, una cantidad comparable a la que investigaciones anteriores habían calculado para toda la cuenca amazónica. Y la consecuencia demográfica resulta todavía más impresionante: los autores estiman que, en el momento de máximo desarrollo, aproximadamente entre los años 100 y 300 después de Cristo, la denominada civilización Aquiry pudo reunir entre 1,25 y tres millones de habitantes.
El estudio está dirigido por Martti Pärssinen y reúne a investigadores de universidades e instituciones de Finlandia y Brasil, además de especialistas indígenas. El equipo utilizó tecnología LiDAR, un sistema de escaneo láser aerotransportado capaz de registrar el terreno situado bajo la vegetación. Durante una campaña realizada en 2024 recorrieron 4.430 kilómetros de vuelo y examinaron aproximadamente 4.497 kilómetros cuadrados en los estados brasileños de Acre y Amazonas. Encontraron 432 estructuras, de las cuales únicamente 36 eran conocidas anteriormente: es decir, 396 habían permanecido invisibles bajo el bosque.
La dimensión del descubrimiento se entiende al comparar el LiDAR con las imágenes convencionales. En determinadas zonas donde las fotografías de satélite habían permitido localizar 30 estructuras, el escáner láser encontró 156. Es decir, cinco veces más. A partir de las distintas densidades observadas, de la superficie escaneada y de los datos arqueológicos anteriores, los autores calculan que toda la región estudiada podría albergar alrededor de 24.000 estructuras en la estimación más conservadora y acercarse a las 30.000 si se tienen en cuenta las zonas que el propio láser no consiguió penetrar correctamente.
No se trata simplemente de pequeños asentamientos dispersos. Los geoglifos de la cultura Aquiry fueron construidos aproximadamente entre 600 antes de Cristo y 850 después de Cristo y presentan dimensiones que habitualmente oscilan entre 0,35 y 14 hectáreas, aunque el mayor conocido alcanza casi 50. Algunas zanjas poseen entre nueve y trece metros de anchura y llegan a alcanzar cinco metros de profundidad. Hay estructuras aisladas, otras conectadas mediante caminos y complejos formados por hasta ocho recintos.
Las imágenes topográficas incluidas en la investigación resultan particularmente llamativas. Allí donde desde el aire sólo se observaría una cubierta aparentemente continua de árboles, los modelos digitales del terreno muestran cuadrados concéntricos, círculos perfectos, polígonos, terraplenes y grandes recintos geométricos. No parecen haber sido fortalezas. Los investigadores interpretan muchos de ellos como centros públicos, ceremoniales y políticos a los que acudían comunidades dispersas para celebrar reuniones y actividades colectivas. Su construcción habría exigido una considerable fuerza de trabajo, organización administrativa, división de tareas y conocimientos de geometría.
El trabajo altera también el mapa de esta sociedad. Las investigaciones anteriores situaban el territorio de la civilización Aquiry en unos 60.000 kilómetros cuadrados. Los nuevos datos permiten elevar esa superficie hasta aproximadamente 183.000 kilómetros cuadrados, es decir, triplicarla. Los límites occidental, septentrional y meridional parecen relativamente bien definidos, aunque los propios investigadores reconocen que el extremo sudoriental continúa siendo incierto por la escasez de investigaciones arqueológicas en Rondônia.
La estimación de población requiere más cautela, porque el LiDAR puede mostrar construcciones pero no contar habitantes. Los investigadores calculan que aproximadamente dos tercios de las 24.000-30.000 estructuras corresponderían al periodo Aquiry. Sus modelos indican que entre un 25% y un 60% pudieron estar simultáneamente en funcionamiento durante el máximo demográfico situado entre los siglos I y III. Utilizando una estimación de unos 300 individuos vinculados a cada centro, obtienen una población de entre 1,25 y tres millones de habitantes.
Los autores intentan comprobar ese cálculo utilizando también asentamientos posteriores de la misma región. Las llamadas aldeas de montículos presentan viviendas colectivas o malocas cuya capacidad permite obtener igualmente cifras cercanas a las 300 personas por comunidad. Existe, no obstante, un escenario mucho más conservador: si aquellos grandes montículos hubieran acogido sólo a familias individuales, las estimaciones descenderían aproximadamente hasta 315.000-760.000 habitantes después de corregir la invisibilidad producida por la vegetación. Los investigadores consideran esa interpretación poco probable, pero su existencia muestra que las cifras de población deben entenderse como estimaciones arqueológicas, no como un censo.
La conclusión va más allá de la demografía. Durante buena parte del siglo XX estuvo muy extendida la visión de una Amazonia precolombina ocupada por pequeños grupos incapaces de sostener poblaciones importantes debido a la pobreza de los suelos tropicales. Los nuevos trabajos están desmontando progresivamente esa imagen. En el territorio Aquiry aparecen evidencias de cultivo de maíz, calabaza, mandioca, batata, chile, judías y cacahuetes, además del aprovechamiento de nueces de Brasil y diversas palmeras. Los investigadores consideran que estas sociedades transformaron activamente el paisaje mediante agricultura, gestión forestal y posiblemente quemas periódicas controladas.
Eso significa que parte de la Amazonia que hoy percibimos como naturaleza esencialmente virgen puede contener una huella humana de más de dos mil años. Según los investigadores, la concentración de estructuras y espacios abiertos llegó a ser suficiente como para hablar de «urbanismo forestal» o «urbanismo de baja densidad»: no ciudades compactas al modo romano o mesopotámico, sino redes extensas de comunidades, centros ceremoniales, áreas agrícolas y territorios gestionados dentro del bosque.
La investigación llega incluso a una consecuencia de alcance global. Si estudios LiDAR realizados en otras partes de la cuenca amazónica encuentran densidades semejantes, habría que revisar al alza las estimaciones de población precolombina de la Amazonia y reconsiderar hasta qué punto siglos de actividad humana influyeron sobre los suelos, la distribución de especies vegetales, la biodiversidad y la estructura actual del bosque. Los autores apuntan que esa revisión podría alcanzar incluso determinados modelos utilizados para reconstruir la evolución del clima.
En otras palabras, el descubrimiento no consiste en haber encontrado de repente una ciudad perdida escondida bajo los árboles. Es quizá algo científicamente más profundo: empieza a emerger un paisaje entero que habíamos confundido con naturaleza intacta. Bajo la selva amazónica aparecen las cicatrices geométricas de comunidades capaces de modificar enormes extensiones de territorio, levantar miles de construcciones monumentales y mantener una población que, si las estimaciones de Nature se confirman, pudo contarse por millones.




