Los gigantes perdidos de Asia: dos huesos hallados en Taiwán revelan el sorprendente tamaño de los denisovanos
Una investigación identifica como denisovanos un enorme fémur y una tibia recuperados frente a Taiwán. Uno de aquellos humanos arcaicos pudo alcanzar cerca de 1,90 metros y 91 kilos. Los científicos plantean además una posibilidad fascinante: que algunos rasgos de sus piernas estén relacionados con una intensa movilidad o incluso con antiguos cruces con Homo sapiens
![[Img #30987]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/08_2026/2826_denis.jpg)
Hace aproximadamente 45.000 años, cuando nuestra especie comenzaba a extenderse por los confines de Asia oriental, otro tipo de ser humano recorría aquellas tierras. Tenía un cerebro grande, mandíbulas poderosas, dientes enormes y, según acaba de revelar una investigación científica, un cuerpo que podía alcanzar dimensiones sorprendentes. Uno de aquellos individuos pudo medir cerca de 1,90 metros y pesar unos 91 kilos. Otro rondaría 1,80 metros y los 83 kilos. No eran Homo sapiens. Eran denisovanos.
Dos huesos extraídos del fondo marino frente a Taiwán están comenzando a poner cuerpo a uno de los grandes fantasmas de la evolución humana. Hasta ahora sabíamos que los denisovanos existieron, que ocuparon enormes territorios de Asia y que se cruzaron con nuestros antepasados. Sabíamos incluso que una parte de su ADN continúa viviendo en determinadas poblaciones humanas actuales. Pero había algo mucho más difícil de imaginar: ¿qué aspecto tenían realmente cuando caminaban sobre la Tierra?
Una investigación dirigida por Yousuke Kaifu y Chun-Hsiang Chang ofrece ahora una respuesta parcial y extraordinariamente sugestiva. El trabajo, difundido el 8 de agosto de 2026 en bioRxiv y todavía pendiente de revisión por pares, analiza dos fósiles conocidos como Penghu 2 y Penghu 3: la parte superior de un fémur derecho y una tibia derecha recuperados del canal submarino de Penghu, en el estrecho de Taiwán.
Los resultados indican que ambos pertenecieron a denisovanos y que sus dimensiones se encuentran entre las mayores conocidas en huesos de las piernas de cualquier representante del género Homo durante el Pleistoceno. Los propios investigadores destacan que estos fósiles permiten añadir ahora un nuevo rasgo a la descripción física de los denisovanos: un gran tamaño corporal.
Dos huesos en el fondo del mar
La historia comienza en un lugar insólito para buscar antepasados humanos: bajo las aguas.
Durante las edades glaciales, enormes cantidades de agua quedaron atrapadas en los casquetes polares y el nivel del océano descendió. Buena parte de lo que actualmente constituye el estrecho de Taiwán era entonces tierra firme, un territorio habitado por grandes mamíferos y también por grupos humanos. Cuando el mar regresó, aquel paisaje desapareció bajo las aguas.
Durante décadas, pescadores y dragas han recuperado del canal de Penghu huesos fosilizados procedentes de aquellos mundos sumergidos.
Entre una gran colección de fósiles donada al Museo Nacional de Ciencias Naturales de Taiwán, los investigadores identificaron en 2010 dos restos especialmente extraños. Uno era un enorme fragmento de fémur. El otro, una tibia excepcionalmente robusta. Desde 2012, los científicos fueron sometiéndolos cuidadosamente a análisis morfológicos, tomografías, estudios isotópicos, dataciones y análisis moleculares intentando averiguar quiénes habían sido sus propietarios.
La respuesta permanecía escondida dentro de los propios huesos.
La firma molecular de un humano desaparecido
El ADN antiguo se degrada con extraordinaria facilidad, especialmente en ambientes cálidos y húmedos. Los científicos recurrieron por ello a otra herramienta que está revolucionando la paleoantropología: la paleoproteómica, el análisis de proteínas conservadas en fósiles de decenas o centenares de miles de años.
Y allí apareció la pista decisiva.
Los investigadores encontraron en Penghu 2 y Penghu 3 una variante de aminoácido del colágeno tipo I —COL1A2 R996K— característica de los denisovanos. Esa variante aparece en denisovanos identificados molecularmente, mientras que los neandertales y prácticamente todos los humanos modernos presentan la forma ancestral en esa posición.
Después reconstruyeron árboles filogenéticos a partir de quince proteínas. El resultado volvió a señalar en la misma dirección: los dos misteriosos huesos de Taiwán se agrupaban con otros fósiles denisovanos, incluido Denisova 3, el individuo hallado en la famosa cueva de Denisova, en Siberia, cuyo genoma nuclear ha podido ser secuenciado con gran calidad. Los autores consideran que tanto la variante específica encontrada como el conjunto del análisis filogenético respaldan la atribución de Penghu 2 y Penghu 3 al linaje denisovano.
Pero la sorpresa verdadera apareció cuando reconstruyeron sus dimensiones.
Un hombre de 1,90 metros hace 45.000 años
Penghu 2 debió poseer un fémur de aproximadamente 49 centímetros. Es uno de los mayores fémures conocidos entre las poblaciones humanas del Pleistoceno. Penghu 3 resulta todavía más impresionante. Aunque la tibia está incompleta, los investigadores calculan que originalmente podía alcanzar aproximadamente 43 centímetros, situándose también entre las mayores tibias conocidas del género Homo de aquel periodo.
A partir de esas dimensiones, los científicos estiman que el individuo de Penghu 2 pudo medir alrededor de 1,80 metros y pesar unos 83 kilos, mientras que el propietario de Penghu 3 habría alcanzado aproximadamente 1,90 metros y 91 kilos. No existen datos biomoleculares que permitan determinar su sexo con seguridad, aunque los autores consideran que semejante tamaño hace probable que fueran varones.
Las cifras resultan aún más llamativas cuando se comparan con otros humanos arcaicos de Asia oriental. Los Homo erectus de Zhoukoudian, en China, eran aproximadamente 20 o 30 centímetros más bajos y entre 20 y 30 kilos más ligeros que estos individuos de Penghu. Los denisovanos taiwaneses se aproximaban, por el contrario, a los individuos humanos más grandes conocidos en África y Europa durante el Pleistoceno.
No estamos, naturalmente, ante "gigantes" en el sentido legendario del término. Pero sí ante hombres excepcionalmente grandes para su tiempo y su entorno, integrantes de una humanidad desaparecida cuyo aspecto físico comienza sólo ahora a emerger de la oscuridad.
Y uno de ellos vivió sorprendentemente cerca de nosotros en el tiempo.
Las dataciones realizadas sobre Penghu 3 y otros fósiles de la fauna asociada apuntan a aproximadamente 45.000-43.000 años antes del presente, una época en la que Homo sapiens ya estaba penetrando en Asia oriental.
Dos humanidades pudieron encontrarse allí.
Cazadores enormes y consumidores de carne
¿Por qué eran tan grandes?
La primera explicación sería el clima. Los cuerpos voluminosos conservan mejor el calor y algunas poblaciones humanas del Pleistoceno desarrollaron anatomías robustas en ambientes fríos. Sin embargo, los investigadores consideran que eso no basta para explicar las extraordinarias dimensiones de los denisovanos de Penghu.
Hay otra pista.
Los análisis isotópicos realizados anteriormente sobre Penghu 3 indican que aquel individuo dependía intensamente del consumo de carne. Y otros estudios sobre denisovanos de la meseta tibetana indican que aquellos grupos explotaban una sorprendente variedad de animales, incluyendo caprinos, grandes herbívoros y carnívoros.
Los autores plantean así una hipótesis inquietante: quizá aquel enorme tamaño corporal estuviera relacionado con una determinada estrategia de caza. Un cuerpo extraordinariamente poderoso pudo representar una ventaja para grupos que utilizaban tecnologías diferentes de las que posteriormente emplearían los Homo sapiens. Los humanos modernos terminarían expandiéndose mucho más allá de los territorios denisovanos ayudados por innovaciones cada vez más sofisticadas, entre ellas embarcaciones y anzuelos.
No sabemos todavía cómo cazaban aquellos hombres ni qué armas llevaban cuando recorrían las llanuras que hoy están sepultadas bajo el estrecho de Taiwán. Pero sus huesos sugieren individuos altos, pesados, fuertes y extraordinariamente móviles.
El extraño detalle de un fémur
Sin embargo, existe otro elemento de la investigación quizá todavía más intrigante.
El fémur Penghu 2 conserva una estructura conocida como pilastra femoral, una marcada proyección ósea situada en la parte posterior del hueso. El problema es que esa característica resulta insólita en un humano arcaico. Es, en cambio, característica de numerosos cazadores-recolectores Homo sapiens del Paleolítico superior.
¿Por qué un denisovano poseía un rasgo anatómico semejante?
Los científicos ofrecen varias posibilidades. Tal vez aquellos denisovanos desarrollaron independientemente esa característica como consecuencia de una vida de enorme movilidad terrestre. Quizá recorrían largas distancias y sometían sus piernas a esfuerzos similares a los de los cazadores-recolectores humanos modernos.
Pero existe otra explicación.
Pudo haber intercambio genético.
Los autores consideran posible —aunque insisten en que por ahora sólo es una hipótesis— que algunos de esos rasgos fueran adquiridos mediante flujo genético procedente de los primeros Homo sapiens. La posibilidad resulta especialmente interesante porque existen pruebas genómicas indiscutibles de antiguos cruces entre denisovanos y humanos modernos en Asia, y Penghu 3 coincide cronológicamente con la llegada de nuestra especie a aquella región. Para confirmar esta explicación sería necesario disponer de información genómica directa de estos fósiles.
La imagen que comienza a dibujarse resulta fascinante. En algún momento próximo a los 45.000 años atrás, las llanuras hoy hundidas frente a Taiwán pudieron ser recorridas por grandes denisovanos mientras grupos de nuestra propia especie avanzaban por Asia. Quizá se observaron. Quizá compitieron por los mismos territorios. Quizá intercambiaron conocimientos. Y sabemos, gracias a la genética, que en otros lugares sus poblaciones llegaron a mezclarse.
El rostro del fantasma
Los denisovanos constituyen una de las grandes paradojas de la paleoantropología. Fueron descubiertos inicialmente no por un esqueleto completo ni por un espectacular cráneo, sino mediante el ADN obtenido de restos diminutos encontrados en Siberia. Desde entonces han aparecido fósiles atribuidos a ellos en lugares tan alejados como la meseta tibetana, China y Taiwán.
Sabemos que su linaje se separó del de los neandertales hace más de medio millón de años. Sabemos que poseían cerebros grandes, mandíbulas robustas y dientes de enormes dimensiones. Sabemos también que dejaron descendencia genética en nuestra propia especie. Pero prácticamente ignorábamos la arquitectura de sus cuerpos porque faltaban huesos postcraneales suficientemente identificados. Precisamente ese vacío es el que Penghu 2 y Penghu 3 comienzan a llenar.
La investigación debe contemplarse todavía con la cautela correspondiente a un preprint que no ha superado la revisión por pares, y algunas de sus interpretaciones —especialmente las relacionadas con las estrategias de caza o el posible origen sapiens de determinados rasgos anatómicos— son hipótesis que necesitarán nuevas pruebas.
Pero los huesos están ahí.
Un fémur y una tibia recuperados de un paisaje desaparecido bajo el mar revelan que, cuando nuestra especie llegó al extremo oriental de Asia, pudo encontrarse frente a una humanidad distinta: hombres arcaicos de enorme constitución física, algunos cercanos al metro noventa, consumidores habituales de carne y capaces de sobrevivir en ambientes difíciles.
Durante miles de años desaparecieron sin dejar aparentemente más que huesos dispersos.
No del todo.
Una pequeña parte de aquellos denisovanos continúa todavía hoy dentro de nosotros.
Una investigación identifica como denisovanos un enorme fémur y una tibia recuperados frente a Taiwán. Uno de aquellos humanos arcaicos pudo alcanzar cerca de 1,90 metros y 91 kilos. Los científicos plantean además una posibilidad fascinante: que algunos rasgos de sus piernas estén relacionados con una intensa movilidad o incluso con antiguos cruces con Homo sapiens
![[Img #30987]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/08_2026/2826_denis.jpg)
Hace aproximadamente 45.000 años, cuando nuestra especie comenzaba a extenderse por los confines de Asia oriental, otro tipo de ser humano recorría aquellas tierras. Tenía un cerebro grande, mandíbulas poderosas, dientes enormes y, según acaba de revelar una investigación científica, un cuerpo que podía alcanzar dimensiones sorprendentes. Uno de aquellos individuos pudo medir cerca de 1,90 metros y pesar unos 91 kilos. Otro rondaría 1,80 metros y los 83 kilos. No eran Homo sapiens. Eran denisovanos.
Dos huesos extraídos del fondo marino frente a Taiwán están comenzando a poner cuerpo a uno de los grandes fantasmas de la evolución humana. Hasta ahora sabíamos que los denisovanos existieron, que ocuparon enormes territorios de Asia y que se cruzaron con nuestros antepasados. Sabíamos incluso que una parte de su ADN continúa viviendo en determinadas poblaciones humanas actuales. Pero había algo mucho más difícil de imaginar: ¿qué aspecto tenían realmente cuando caminaban sobre la Tierra?
Una investigación dirigida por Yousuke Kaifu y Chun-Hsiang Chang ofrece ahora una respuesta parcial y extraordinariamente sugestiva. El trabajo, difundido el 8 de agosto de 2026 en bioRxiv y todavía pendiente de revisión por pares, analiza dos fósiles conocidos como Penghu 2 y Penghu 3: la parte superior de un fémur derecho y una tibia derecha recuperados del canal submarino de Penghu, en el estrecho de Taiwán.
Los resultados indican que ambos pertenecieron a denisovanos y que sus dimensiones se encuentran entre las mayores conocidas en huesos de las piernas de cualquier representante del género Homo durante el Pleistoceno. Los propios investigadores destacan que estos fósiles permiten añadir ahora un nuevo rasgo a la descripción física de los denisovanos: un gran tamaño corporal.
Dos huesos en el fondo del mar
La historia comienza en un lugar insólito para buscar antepasados humanos: bajo las aguas.
Durante las edades glaciales, enormes cantidades de agua quedaron atrapadas en los casquetes polares y el nivel del océano descendió. Buena parte de lo que actualmente constituye el estrecho de Taiwán era entonces tierra firme, un territorio habitado por grandes mamíferos y también por grupos humanos. Cuando el mar regresó, aquel paisaje desapareció bajo las aguas.
Durante décadas, pescadores y dragas han recuperado del canal de Penghu huesos fosilizados procedentes de aquellos mundos sumergidos.
Entre una gran colección de fósiles donada al Museo Nacional de Ciencias Naturales de Taiwán, los investigadores identificaron en 2010 dos restos especialmente extraños. Uno era un enorme fragmento de fémur. El otro, una tibia excepcionalmente robusta. Desde 2012, los científicos fueron sometiéndolos cuidadosamente a análisis morfológicos, tomografías, estudios isotópicos, dataciones y análisis moleculares intentando averiguar quiénes habían sido sus propietarios.
La respuesta permanecía escondida dentro de los propios huesos.
La firma molecular de un humano desaparecido
El ADN antiguo se degrada con extraordinaria facilidad, especialmente en ambientes cálidos y húmedos. Los científicos recurrieron por ello a otra herramienta que está revolucionando la paleoantropología: la paleoproteómica, el análisis de proteínas conservadas en fósiles de decenas o centenares de miles de años.
Y allí apareció la pista decisiva.
Los investigadores encontraron en Penghu 2 y Penghu 3 una variante de aminoácido del colágeno tipo I —COL1A2 R996K— característica de los denisovanos. Esa variante aparece en denisovanos identificados molecularmente, mientras que los neandertales y prácticamente todos los humanos modernos presentan la forma ancestral en esa posición.
Después reconstruyeron árboles filogenéticos a partir de quince proteínas. El resultado volvió a señalar en la misma dirección: los dos misteriosos huesos de Taiwán se agrupaban con otros fósiles denisovanos, incluido Denisova 3, el individuo hallado en la famosa cueva de Denisova, en Siberia, cuyo genoma nuclear ha podido ser secuenciado con gran calidad. Los autores consideran que tanto la variante específica encontrada como el conjunto del análisis filogenético respaldan la atribución de Penghu 2 y Penghu 3 al linaje denisovano.
Pero la sorpresa verdadera apareció cuando reconstruyeron sus dimensiones.
Un hombre de 1,90 metros hace 45.000 años
Penghu 2 debió poseer un fémur de aproximadamente 49 centímetros. Es uno de los mayores fémures conocidos entre las poblaciones humanas del Pleistoceno. Penghu 3 resulta todavía más impresionante. Aunque la tibia está incompleta, los investigadores calculan que originalmente podía alcanzar aproximadamente 43 centímetros, situándose también entre las mayores tibias conocidas del género Homo de aquel periodo.
A partir de esas dimensiones, los científicos estiman que el individuo de Penghu 2 pudo medir alrededor de 1,80 metros y pesar unos 83 kilos, mientras que el propietario de Penghu 3 habría alcanzado aproximadamente 1,90 metros y 91 kilos. No existen datos biomoleculares que permitan determinar su sexo con seguridad, aunque los autores consideran que semejante tamaño hace probable que fueran varones.
Las cifras resultan aún más llamativas cuando se comparan con otros humanos arcaicos de Asia oriental. Los Homo erectus de Zhoukoudian, en China, eran aproximadamente 20 o 30 centímetros más bajos y entre 20 y 30 kilos más ligeros que estos individuos de Penghu. Los denisovanos taiwaneses se aproximaban, por el contrario, a los individuos humanos más grandes conocidos en África y Europa durante el Pleistoceno.
No estamos, naturalmente, ante "gigantes" en el sentido legendario del término. Pero sí ante hombres excepcionalmente grandes para su tiempo y su entorno, integrantes de una humanidad desaparecida cuyo aspecto físico comienza sólo ahora a emerger de la oscuridad.
Y uno de ellos vivió sorprendentemente cerca de nosotros en el tiempo.
Las dataciones realizadas sobre Penghu 3 y otros fósiles de la fauna asociada apuntan a aproximadamente 45.000-43.000 años antes del presente, una época en la que Homo sapiens ya estaba penetrando en Asia oriental.
Dos humanidades pudieron encontrarse allí.
Cazadores enormes y consumidores de carne
¿Por qué eran tan grandes?
La primera explicación sería el clima. Los cuerpos voluminosos conservan mejor el calor y algunas poblaciones humanas del Pleistoceno desarrollaron anatomías robustas en ambientes fríos. Sin embargo, los investigadores consideran que eso no basta para explicar las extraordinarias dimensiones de los denisovanos de Penghu.
Hay otra pista.
Los análisis isotópicos realizados anteriormente sobre Penghu 3 indican que aquel individuo dependía intensamente del consumo de carne. Y otros estudios sobre denisovanos de la meseta tibetana indican que aquellos grupos explotaban una sorprendente variedad de animales, incluyendo caprinos, grandes herbívoros y carnívoros.
Los autores plantean así una hipótesis inquietante: quizá aquel enorme tamaño corporal estuviera relacionado con una determinada estrategia de caza. Un cuerpo extraordinariamente poderoso pudo representar una ventaja para grupos que utilizaban tecnologías diferentes de las que posteriormente emplearían los Homo sapiens. Los humanos modernos terminarían expandiéndose mucho más allá de los territorios denisovanos ayudados por innovaciones cada vez más sofisticadas, entre ellas embarcaciones y anzuelos.
No sabemos todavía cómo cazaban aquellos hombres ni qué armas llevaban cuando recorrían las llanuras que hoy están sepultadas bajo el estrecho de Taiwán. Pero sus huesos sugieren individuos altos, pesados, fuertes y extraordinariamente móviles.
El extraño detalle de un fémur
Sin embargo, existe otro elemento de la investigación quizá todavía más intrigante.
El fémur Penghu 2 conserva una estructura conocida como pilastra femoral, una marcada proyección ósea situada en la parte posterior del hueso. El problema es que esa característica resulta insólita en un humano arcaico. Es, en cambio, característica de numerosos cazadores-recolectores Homo sapiens del Paleolítico superior.
¿Por qué un denisovano poseía un rasgo anatómico semejante?
Los científicos ofrecen varias posibilidades. Tal vez aquellos denisovanos desarrollaron independientemente esa característica como consecuencia de una vida de enorme movilidad terrestre. Quizá recorrían largas distancias y sometían sus piernas a esfuerzos similares a los de los cazadores-recolectores humanos modernos.
Pero existe otra explicación.
Pudo haber intercambio genético.
Los autores consideran posible —aunque insisten en que por ahora sólo es una hipótesis— que algunos de esos rasgos fueran adquiridos mediante flujo genético procedente de los primeros Homo sapiens. La posibilidad resulta especialmente interesante porque existen pruebas genómicas indiscutibles de antiguos cruces entre denisovanos y humanos modernos en Asia, y Penghu 3 coincide cronológicamente con la llegada de nuestra especie a aquella región. Para confirmar esta explicación sería necesario disponer de información genómica directa de estos fósiles.
La imagen que comienza a dibujarse resulta fascinante. En algún momento próximo a los 45.000 años atrás, las llanuras hoy hundidas frente a Taiwán pudieron ser recorridas por grandes denisovanos mientras grupos de nuestra propia especie avanzaban por Asia. Quizá se observaron. Quizá compitieron por los mismos territorios. Quizá intercambiaron conocimientos. Y sabemos, gracias a la genética, que en otros lugares sus poblaciones llegaron a mezclarse.
El rostro del fantasma
Los denisovanos constituyen una de las grandes paradojas de la paleoantropología. Fueron descubiertos inicialmente no por un esqueleto completo ni por un espectacular cráneo, sino mediante el ADN obtenido de restos diminutos encontrados en Siberia. Desde entonces han aparecido fósiles atribuidos a ellos en lugares tan alejados como la meseta tibetana, China y Taiwán.
Sabemos que su linaje se separó del de los neandertales hace más de medio millón de años. Sabemos que poseían cerebros grandes, mandíbulas robustas y dientes de enormes dimensiones. Sabemos también que dejaron descendencia genética en nuestra propia especie. Pero prácticamente ignorábamos la arquitectura de sus cuerpos porque faltaban huesos postcraneales suficientemente identificados. Precisamente ese vacío es el que Penghu 2 y Penghu 3 comienzan a llenar.
La investigación debe contemplarse todavía con la cautela correspondiente a un preprint que no ha superado la revisión por pares, y algunas de sus interpretaciones —especialmente las relacionadas con las estrategias de caza o el posible origen sapiens de determinados rasgos anatómicos— son hipótesis que necesitarán nuevas pruebas.
Pero los huesos están ahí.
Un fémur y una tibia recuperados de un paisaje desaparecido bajo el mar revelan que, cuando nuestra especie llegó al extremo oriental de Asia, pudo encontrarse frente a una humanidad distinta: hombres arcaicos de enorme constitución física, algunos cercanos al metro noventa, consumidores habituales de carne y capaces de sobrevivir en ambientes difíciles.
Durante miles de años desaparecieron sin dejar aparentemente más que huesos dispersos.
No del todo.
Una pequeña parte de aquellos denisovanos continúa todavía hoy dentro de nosotros.




