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Viernes, 14 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

La extraña luz de los vivos: el misterioso resplandor que emite la vida

Todos los organismos vivos estudiados emiten continuamente una luz extraordinariamente débil que nuestros ojos no pueden percibir. Nuevas cámaras capaces de detectar fotones individuales han conseguido fotografiar ese resplandor, observar cómo cambia ante una herida o una enfermedad y comprobar que disminuye drásticamente después de la muerte. La gran pregunta sigue abierta: ¿estamos contemplando simplemente el residuo luminoso del metabolismo o una forma de comunicación biológica que la ciencia todavía no comprende?

 

[Img #30988]Dentro de una habitación completamente oscura, cuatro ratones permanecen inmóviles bajo los objetivos de unas cámaras extraordinariamente sensibles. No hay lámparas. No hay sustancias fluorescentes. No se les ha inyectado ningún marcador. Los animales no pertenecen a ninguna especie bioluminiscente y, a simple vista, no hay nada que ver. Pero cuando los investigadores prolongan la exposición y dejan que los sensores acumulen fotón tras fotón aparece sobre la pantalla algo desconcertante: las siluetas de los ratones están rodeadas por un tenue resplandor. Los animales están emitiendo luz.

 

No es una metáfora.

 

En 2025, un equipo encabezado por Vahid Salari y Daniel Oblak, físico cuántico de la Universidad de Calgary, publicó en The Journal of Physical Chemistry Letters uno de los experimentos más espectaculares realizados hasta ahora sobre la denominada emisión ultradébil de fotones —Ultraweak Photon Emission, UPE—. Utilizando cámaras capaces de registrar prácticamente fotones individuales, los científicos fotografiaron durante exposiciones de una hora a los animales vivos y volvieron a fotografiarlos después de su muerte. El resultado mostró una diferencia inequívoca: la emisión luminosa descendía de forma generalizada cuando cesaba la vida.

 

El fenómeno era conocido desde hacía décadas, pero la espectacular mejora de las tecnologías de detección está permitiendo observarlo con una precisión desconocida. Tanto es así que Nature acaba de dedicarle un amplio reportaje en el que plantea dos posibilidades de enorme alcance: que esa luz pueda convertirse algún día en una herramienta para diagnosticar enfermedades y que, en el escenario mucho más especulativo que actualmente se investiga, pueda desempeñar algún papel en la transmisión de información entre células.

 

La ciencia sabe ya algo extraordinario: la materia viva brilla. Lo que todavía no sabe es hasta dónde llega el significado de ese resplandor.

 

Estamos brillando ahora mismo

 

No hacen falta luciérnagas, medusas o criaturas abisales. Prácticamente todos los sistemas vivos examinados —bacterias, hongos, plantas, animales y seres humanos— producen espontáneamente fotones. La intensidad habitual es diminuta, aproximadamente entre decenas y miles de fotones por centímetro cuadrado y segundo, distribuidos en un amplio intervalo espectral que puede extenderse aproximadamente desde el ultravioleta hasta el infrarrojo cercano. No tiene nada que ver con la bioluminiscencia visible de determinados animales: es muchísimo más débil.

 

Tampoco estamos hablando simplemente del calor corporal. Un cuerpo caliente emite radiación infrarroja y por eso puede ser observado mediante una cámara térmica. La emisión ultradébil de fotones constituye un fenómeno diferente, asociado fundamentalmente a las reacciones bioquímicas que se producen en las células. Las moléculas alcanzan determinados estados energéticos excitados durante procesos metabólicos y, al regresar a estados de menor energía, parte de esa energía puede escapar en forma de fotones.

 

Los seres humanos también lo hacemos.

 

En 2009, Masaki Kobayashi y sus colaboradores introdujeron a cinco hombres jóvenes en una habitación completamente oscura y los fotografiaron con una cámara CCD criogénica enfriada hasta unos 120 grados bajo cero. Cada voluntario permanecía veinte minutos desnudo ante la cámara. El experimento se repetía cada tres horas, desde las diez de la mañana hasta las diez de la noche, durante tres días. Cuando los investigadores reconstruyeron las imágenes apareció literalmente el contorno luminoso de los cuerpos.

 

La luz era unas mil veces demasiado débil para que pudiera verla el ojo humano.

 

Pero había algo todavía más interesante: no brillamos siempre igual.

 

La emisión era menor por la mañana, aumentaba durante el día y alcanzaba su máximo aproximadamente a las cuatro de la tarde. El rostro producía más fotones que el resto del cuerpo y las mejillas y la zona próxima a la boca destacaban particularmente. La distribución luminosa tampoco coincidía con la temperatura superficial registrada mediante termografía, lo que confirmó que los investigadores no estaban fotografiando simplemente calor. Aquella pequeña muestra sugería además que la emisión seguía un ritmo circadiano relacionado con nuestro metabolismo.

 

Dicho de otra manera: el cuerpo humano posee también un ritmo luminoso.

 

¿De dónde sale esa luz?

 

La explicación mejor establecida conduce a uno de los motores fundamentales de la vida: el oxígeno.

 

Nuestras células utilizan oxígeno para extraer energía de los nutrientes. En esos procesos aparecen también las llamadas especies reactivas de oxígeno, o ROS, moléculas químicamente muy activas que participan en numerosas funciones celulares pero que, cuando se producen en exceso, pueden provocar estrés oxidativo y dañar grasas, proteínas y ADN.

 

Durante esas reacciones pueden originarse moléculas en estados electrónicos excitados. La oxidación de lípidos, por ejemplo, puede generar carbonilos excitados; otras reacciones pueden producir oxígeno singlete. Cuando esos estados energéticos desaparecen, una diminuta fracción de la energía puede liberarse en forma de luz. Esa cascada explica buena parte de la emisión ultradébil observada experimentalmente.

 

Por eso la intensidad de los fotones puede proporcionar información sobre lo que está ocurriendo dentro de un tejido. Si aumenta el metabolismo, cambia el estado oxidativo o se produce una lesión, también puede modificarse la emisión.

 

La luz se convierte así en una especie de huella óptica del funcionamiento celular.

 

Y aquí empieza la parte más interesante.

 

Una hoja herida comienza a brillar

 

Los investigadores de Calgary no estudiaron solamente ratones. También colocaron plantas delante de sus cámaras.

 

Cuando lesionaron las hojas, las áreas dañadas comenzaron a emitir muchos más fotones que las zonas intactas. Cambiar la temperatura produjo igualmente modificaciones en la señal, y la aplicación de diferentes sustancias químicas alteró el patrón luminoso. La emisión podía seguirse durante horas, dibujando sobre la hoja una especie de mapa invisible del estrés biológico.

 

La imagen es extraordinariamente sugerente. Para nuestros ojos, una planta herida continúa siendo simplemente una hoja verde con un pequeño corte. Para una cámara capaz de contar fotones, alrededor de la herida aparece una actividad luminosa intensa que delata la respuesta molecular del organismo.

 

Esto tiene aplicaciones evidentes. Si distintas formas de estrés producen diferentes perfiles de emisión, algún día podrían desarrollarse sistemas capaces de detectar precozmente enfermedades vegetales, deshidratación, contaminación, infecciones o daños en los cultivos sin necesidad de destruir muestras ni aplicar marcadores químicos. La agricultura podría, literalmente, observar el estrés de una planta antes de que éste resulte evidente a simple vista. El estudio de Salari y sus compañeros plantea precisamente la UPE como método no invasivo y sin etiquetas para analizar vitalidad y estrés.

 

Pero los ratones plantearon una cuestión todavía más perturbadora.

 

Qué ocurre con la luz cuando llega la muerte

 

Los cuatro animales fueron fotografiados vivos y nuevamente después de morir. La emisión disminuyó claramente en todo el cuerpo. Las imágenes permitieron contemplar algo que hasta hace muy poco resultaba técnicamente casi imposible: la diferencia óptica entre un organismo vivo y el mismo organismo muerto.

 

Conviene introducir aquí una precisión importante. La luz no se apaga como una bombilla en el instante de la muerte. Investigaciones posteriores del National Research Council de Canadá han observado que algunos tejidos y órganos pueden continuar produciendo una emisión residual durante cierto tiempo: cerebro, ojos e hígado, por ejemplo, conservaron una actividad detectable hasta alrededor de una hora después de la muerte. La interpretación más sencilla es que los procesos celulares no cesan simultáneamente en todo el organismo; existe un progresivo apagamiento metabólico y químico.

 

La imagen resulta casi inevitablemente poética, pero el fenómeno es estrictamente bioquímico. Daniel Oblak ha insistido precisamente en ello ante las asociaciones populares con las «auras»: lo que están midiendo sus instrumentos es un fenómeno físico relacionado con procesos celulares, no la demostración de ninguna energía sobrenatural.

 

Y quizá precisamente ahí resida lo más fascinante. No es necesario invocar nada misterioso para encontrarnos ante un hecho profundamente extraño: mientras estamos vivos, millones de procesos químicos microscópicos están lanzando continuamente partículas de luz fuera de nuestro cuerpo.

 

¿Una nueva forma de diagnosticar enfermedades?

 

La medicina constituye uno de los destinos potencialmente más prometedores de esta tecnología. Muchos procesos patológicos alteran el metabolismo y el equilibrio oxidativo de las células. Si esas modificaciones cambian también la cantidad, distribución o longitud de onda de los fotones emitidos, podría ser posible detectar determinadas alteraciones observando simplemente la luz espontánea procedente del organismo.

 

Es todavía una posibilidad experimental, no una herramienta clínica disponible. Pero existen pistas.

 

Se han investigado diferencias de emisión entre tejidos cancerosos y no cancerosos; otros trabajos han estudiado la UPE en relación con diabetes y estrés oxidativo; y en 2024 un equipo detectó emisiones ultradébiles procedentes del hipocampo de ratas y encontró asociaciones entre un modelo experimental de enfermedad de Alzheimer, deterioro de memoria, estrés oxidativo e intensidad de la señal luminosa.

 

La investigación continúa avanzando. En enero de 2026, un grupo italiano publicó las primeras mediciones experimentales específicamente dirigidas a comparar biofotones producidos por cultivos de astrocitos y células de glioblastoma, uno de los tumores cerebrales más agresivos. El objetivo de esta línea de investigación es comprobar si los perfiles lumínicos contienen información suficiente para diferenciar estados celulares y, en el futuro, contribuir a sistemas de diagnóstico óptico.

 

El National Research Council de Canadá trabaja ya con una nueva generación de instrumentos específicamente diseñados para obtener imágenes de estas emisiones. Uno de esos sistemas para estudios in vivo con roedores llegó incluso a comercializarse, mientras los investigadores desarrollan detectores capaces de estudiar directamente conjuntos de células cerebrales.

 

La ventaja sería enorme: observar procesos metabólicos sin radiación ionizante, sin extraer tejido y, potencialmente, sin introducir sustancias externas en el organismo.

 

Pero existe una posibilidad aún más extraordinaria.

 

¿Y si las células utilizan la luz para hablar?

 

Hasta aquí nos encontramos en un terreno relativamente sólido: las células generan fotones y esos fotones están relacionados con procesos metabólicos y oxidativos.

 

La pregunta difícil es otra.

 

¿Son esos fotones solamente humo del motor metabólico o la evolución ha aprendido a utilizarlos?

 

Durante décadas, algunos investigadores han planteado la posibilidad de que la luz ultradébil participe en procesos de señalización celular. La hipótesis continúa siendo controvertida y está lejos de haber sido demostrada como mecanismo general. La revisión publicada en Frontiers in Physiology en 2024 reconoce precisamente esa incógnita fundamental: sabemos que los fotones existen, pero no sabemos todavía si son exclusivamente un subproducto de las reacciones bioquímicas o si poseen también una función biológica.

 

La pregunta resulta especialmente provocadora en el cerebro.

 

Las neuronas se comunican mediante señales eléctricas y químicas. Sin embargo, también producen emisiones ultradébiles asociadas a su metabolismo. Algunos equipos investigan si estructuras neuronales podrían transmitir o canalizar fotones y si éstos podrían desempeñar alguna función informativa. Existen incluso modelos teóricos en los que los axones mielinizados podrían comportarse bajo determinadas condiciones como diminutas guías ópticas, aunque esta idea continúa siendo hipotética y no constituye un mecanismo neuronal establecido.

 

Los investigadores del National Research Council han definido precisamente como uno de sus objetivos averiguar si la luz puede representar una tercera modalidad de comunicación neuronal, junto a las señales eléctricas y químicas conocidas. Por ahora es una pregunta experimental, no una conclusión.

 

Si algún día se demostrara, las consecuencias serían enormes. Significaría que hemos pasado más de un siglo estudiando la conversación eléctrica y química de nuestras células mientras una comunicación óptica extremadamente tenue se desarrollaba delante de nosotros, invisible porque carecíamos de instrumentos suficientemente sensibles para verla.

 

Un descubrimiento perseguido desde hace un siglo

 

La idea posee además una historia extraña.

 

En la década de 1920, el biólogo ruso Alexander Gurwitsch realizó experimentos con raíces de cebolla y creyó observar que unas podían estimular la división celular de otras sin contacto químico directo. Propuso la existencia de una «radiación mitogenética». Sus resultados despertaron un enorme interés, pero también críticas severas: los experimentos eran difíciles de reproducir, existían factores de confusión y las técnicas de la época apenas permitían detectar señales luminosas tan débiles. El campo terminó desplazándose hacia los márgenes de la investigación biológica.

 

Décadas más tarde, la aparición de tubos fotomultiplicadores, cámaras CCD refrigeradas y finalmente sensores capaces de registrar fotones individuales transformó el panorama. Ya no era necesario inferir la presencia de aquella luz: podía medirse.

 

En 1984, el biofísico alemán Fritz-Albert Popp popularizó el término «biofotón». Popp defendió además ideas mucho más ambiciosas sobre coherencia óptica y regulación biológica que nunca obtuvieron una confirmación experimental suficiente, y el término terminó mezclándose frecuentemente con afirmaciones pseudocientíficas sobre campos energéticos, medicina alternativa y supuestas auras humanas. Por eso numerosos investigadores actuales prefieren la expresión más neutra y descriptiva «emisión ultradébil de fotones».

 

La ironía es considerable. Las exageraciones que durante años rodearon a los biofotones contribuyeron a convertir el campo en territorio sospechoso precisamente mientras el desarrollo tecnológico comenzaba a demostrar que el fenómeno físico fundamental sí era real.

 

No las auras.

 

No una energía espiritual fotografiable.

 

Fotones. Luz real producida por organismos reales.

 

La frontera entre metabolismo y mensaje

 

Eso explica que Nature haya recuperado ahora el asunto. La cuestión ya no consiste en demostrar si los seres vivos emiten fotones. Lo hacen. La cuestión es averiguar qué información contienen esos fotones y si la biología hace algo con ellos. La revista señalaba en julio de 2026 que las dos grandes expectativas actuales son su utilización como posible herramienta diagnóstica y la investigación de un eventual papel en la señalización celular.

 

Para alcanzar cualquiera de esos objetivos quedan obstáculos importantes. La señal es extraordinariamente débil. La luz ambiental puede contaminar las mediciones. También deben separarse cuidadosamente fenómenos como fluorescencia retardada, radiación térmica y otras fuentes ópticas. Los detectores actuales son caros, requieren condiciones rigurosamente controladas y todavía existe una distancia enorme entre demostrar un fenómeno en el laboratorio y convertirlo en una técnica médica fiable. La propia revisión científica del campo insiste en que las cuestiones fundamentales sobre la función biológica de la UPE continúan abiertas.

 

Pero el salto tecnológico ya está cambiando la investigación. La misma física desarrollada para detectar cantidades diminutas de luz en comunicaciones y tecnologías cuánticas está permitiendo ahora mirar hacia los seres vivos con una sensibilidad que nuestros sentidos nunca tuvieron. Daniel Oblak llegó a este campo precisamente desde la física cuántica y las tecnologías de detección de fotones.

 

Y lo que esas cámaras encuentran cuando se apagan todas las luces resulta difícil de olvidar.

 

Una hoja cortada ilumina alrededor de su herida. Un organismo sometido a estrés modifica su resplandor. Un rostro humano emite más fotones por la tarde que por la mañana. Un animal vivo aparece dibujado en la oscuridad por su propia actividad metabólica y, cuando muere, esa silueta luminosa comienza a desvanecerse.

 

Durante toda nuestra vida estamos rodeados de luz.

 

También la producimos.

 

Es tan débil que hemos necesitado construir máquinas capaces de contar fotones para descubrirla. Sabemos ya buena parte de cómo nace: oxígeno, metabolismo, moléculas excitadas, reacciones químicas. Lo que todavía ignoramos es si esa luz constituye simplemente el eco inevitable de estar vivos o si, en algún nivel microscópico que apenas estamos empezando a explorar, la vida ha aprendido también a hablar con ella.

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