Creatividad Climática
Como ya se va difuminando el furor del eclipse, es hora de poner otra vez los pies en el suelo y volver a fijar la atención en los problemas terrenales que han quedado eclipsados durante unos días. Es de agradecer el empeño y la creatividad que desarrollan nuestros servicios informativos para mantenernos alerta y que no decaiga nuestra preocupación por el calentamiento global y el cambio climático. Debe evitarse a toda costa que caigamos en la tentación de pensar que no es para tanto, que el clima no cambia tan aprisa como quieren hacernos creer y que todos los veranos ocurre más o menos lo mismo. Y, para evitarlo, es imprescindible convencernos de que cada verano es excepcional, crítico y mucho peor que el anterior, porque vamos acercándonos al apocalipsis final. Para ello, un método muy eficaz es introducir cambios en las informaciones meteorológicas, empezando por la parte gráfica, porque una imagen vale más que mil palabras.
En 2017 (Figura 1, izquierda), los mapas meteorológicos que nos mostraban en la televisión, mantenían el mismo estilo casi bucólico que han tenido durante décadas, desde que apareció la televisión en color. Es decir, las temperaturas aparecían en dígitos sobre un fondo cuyo color variaba del verde al anaranjado, mientras que el mar se representaba con su tradicional color azul.
![[Img #30992]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/08_2026/1764_0001.jpg)
Cinco años más tarde (Figura 1, centro), para rangos de temperatura similares, se modificó el esquema de colores, que pasó a adoptar tonos flamígeros, variando entre el amarillo y el fucsia, estando el verde totalmente ausente, aunque el mar aún mantenía su color azul. Para la temporada de verano 2026 (Figura 1, derecha), los diseñadores gráficos nos ofrecen una nueva paleta cromática que oscila entre el amarillo y un negro tenebroso, dónde el color verde sigue ausente y además también ha desaparecido el azul del mar, que ha sido sustituido por tonos amarillos o rojizos, como si fuese el caldo de una sopa de cocido con chorizo. Es evidente que los mares cerrados, como es el caso del Mediterráneo, tienen temperaturas más elevadas y eso no debe sorprender. Si todo el planeta se está calentando poco a poco, es normal que el mar también lo haga y esta situación no es anómala ni crítica, sobre todo si se compara con lo ocurrido en épocas anteriores. Hace unos cinco millones y medio de años, durante el periodo denominado Messiniense, cuando no existían emisiones antrópicas de CO2, el estrecho de Gibraltar se cerró por causas tectónicas, impidiendo la comunicación con el Atlántico. Ese cierre produjo un drástico aumento de la temperatura, de la evaporación y de la salinidad, hasta la casi completa desecación del Mediterráneo. Las minas de sal de Realmonte, actualmente en explotación en Sicilia, son testigos de aquel episodio.
Volviendo a los mapas meteorológicos, la Figura 1 muestra cómo para rangos de temperaturas similares (los valores de temperatura representados en los tres casos son del mismo orden), los mapas actuales tienen un aspecto mucho más intimidatorio, cada vez más cerca del infierno climático. Es como si se pretendiese modificar el lento e inexorable cambio climático que la Tierra está experimentando con un acelerado cambio cromático, enviándonos desde las pantallas de televisión un subliminal mensaje atemorizador. Pero además de esta evolución colorimétrica, en paralelo, el lenguaje ha ido cambiando en el mismo sentido, incorporando términos y calificativos cada vez más inquietantes y apocalípticos.
Las tradicionales palabras españolas utilizadas para denominar a los calores estivales, canícula o bochorno, han sido abandonadas y sustituidas por nuevos vocablos como ola de calor o como noches tropicales. Nunca he terminado de comprender por qué se usa este término para inducir temor a noches cálidas, cuando millones de personas están encantadas de pasar sus vacaciones en el trópico, ya sea en el Caribe, en las Maldivas o en el sudeste asiático. Incluso, hay algunos medios que han dado un paso más, y burlando el sistema de coordenadas de la geometría planetaria, como si los paralelos pudiesen desplazarse hacia los polos, hablan a veces de noches ecuatoriales.
Las tradicionales tormentas otoñales, especialmente fuertes en el área mediterránea, que eran conocidas como gotas frías, han pasado a llamarse DANAs (Depresión Atmosférica en Niveles Altos). Las características borrascas y galernas del Cantábrico, se llaman ahora ciclogénesis explosivas (es difícil encontrar una expresión más intimidatoria). Incluso se ha empezado a ponerles nombre, como a los huracanes del Caribe, para que sea más evidente el proceso tropicalización climática.
Como no podía ser de otra manera, el estrés climático con el que se está atosigando a la población ha terminado por afectar a la salud. Además de trastornos psicológicos (ya hay psicólogos especialistas en ansiedad climática), en los veranos actuales ha hecho acto de presencia un peligro del cual no se había oído hablar hasta hace poco, los traicioneros golpes de calor. Siempre hemos creído que la estación más peligrosa del año y la que llevaba asociada una mayor mortandad era el invierno. La gente muy mayor, al llegar la primavera y haber superado el invierno, suspiraba aliviada, encontrándose con fuerzas para sobrevivir un año más. Pero ahora esa tendencia se ha invertido y es el verano el que inspira más temor, al haber superado al invierno en número de defunciones. Y todo como consecuencia del cambio climático.
Durante el pasado verano de 2025, la mortalidad atribuida al calor en España ha sido de 3.832 fallecimientos, lo cual supone un aumento del 87,6 % respecto de 2024, un dato lo suficientemente dramático para expresar claramente la gravedad de la situación. La metodología que se aplica para calcular las muertes debidas al calor utiliza los datos diarios de defunciones por todas las causas y en todo el territorio nacional, considerando además las temperaturas registradas por provincias y los datos demográficos por edad en cada territorio. Teniendo en cuenta estos datos, se comparan las muertes esperables con las que realmente se han producido, estimando el exceso de mortalidad atribuible al calor. Es decir, que la estimación se realiza mediante un método estadístico, no mediante un contaje real caso por caso, con todas las limitaciones que ello implica. Si consideramos que tan sólo en un año la mortalidad por causas climáticas casi se ha duplicado (a pesar de que no ha existido un brusco aumento de temperatura, ver Figura 2), debe concluirse que la resistencia de los españoles al calor se ha debilitado de forma tan brusca como preocupante. O, por el contrario, ¿sería descabellado pensar que la metodología de cálculo tiene tendencia a la exageración con efectos intimidatorios, como ocurre con frecuencia con las informaciones y profecías relacionadas con temas climáticos?
El carácter alarmista de las estadísticas sobre fallecimientos debidos al calor encaja perfectamente en la dinámica en la que están inmersas las informaciones climáticas, cuyo tono catastrofista no ha dejado de aumentar año tras año. En pocos años, se ha pasado de estar conviviendo con el cambio climático a sufrir una crisis climática, que evolucionó rápidamente hacia una emergencia climática. Esta última expresión es ya de uso habitual en documentos oficiales de gobiernos y organismos internacionales. Uno de los personajes que más ha contribuido a esta evolución del lenguaje, gracias a su inventiva o a la de sus asesores, ha sido Antonio Guterres, secretario general de la ONU, quien ha afirmado en sus comunicados que el planeta tiene fiebre, que estamos evolucionando hacia un infierno climático, o incluso que se está produciendo una carnicería climática y estamos próximos a alcanzar una ebullición global.
Afortunadamente, inasequible al alarmismo injustificado, la naturaleza sigue sus propios ritmos cósmicos, establecidos desde el principio de los tiempos.
En clara contradicción con la inmensa mayoría de noticias que nos llegan desde los medios de comunicación, este verano de 2026 no está batiendo récords de temperatura. No debe olvidarse que el cambio climático es un proceso que afecta a la totalidad del planeta y que, por lo tanto, para estudiar la evolución del calentamiento global es necesario prestar atención a datos globales. La gráfica de la Figura 2 muestra la evolución de la temperatura global en los niveles inferiores de la atmósfera mediante medidas registradas desde satélite. Como puede observarse, con las ligeras oscilaciones habituales, la temperatura se va elevando lentamente, a un ritmo muy moderado de 0,16º C por década, sin que sea apreciable la supuesta aceleración inducida por las crecientes emisiones de CO2 antrópico. De hecho, la temperatura registrada el pasado mes de Julio ha sido inferior a la de años anteriores. ![[Img #30991]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/08_2026/2277_02.jpg)
Sin embargo, a pesar de esta evidencia, los mensajes alarmantes no han cejado en su empeño. En el plano doméstico, este mismo verano de 2026, en nuestros periódicos se han acuñado dos nuevos términos muy refrescantes: nuestra península ha pasado a denominarse horno ibérico y las olas de calor se han acentuado hasta convertirse en reventones térmicos. Siento verdadera curiosidad por conocer las nuevas palabras y las tonalidades en los mapas que nos traerá la temporada prêt-à-chauffer del verano de 2027. Porque cada vez está más difícil, se van agotando tanto la paleta de colores como los epítetos del diccionario.
Enrique Ortega Gironés, geólogo.
(Artículo parcialmente inspirado en el Capítulo 14 del libro “Cambios Climáticos”)
Como ya se va difuminando el furor del eclipse, es hora de poner otra vez los pies en el suelo y volver a fijar la atención en los problemas terrenales que han quedado eclipsados durante unos días. Es de agradecer el empeño y la creatividad que desarrollan nuestros servicios informativos para mantenernos alerta y que no decaiga nuestra preocupación por el calentamiento global y el cambio climático. Debe evitarse a toda costa que caigamos en la tentación de pensar que no es para tanto, que el clima no cambia tan aprisa como quieren hacernos creer y que todos los veranos ocurre más o menos lo mismo. Y, para evitarlo, es imprescindible convencernos de que cada verano es excepcional, crítico y mucho peor que el anterior, porque vamos acercándonos al apocalipsis final. Para ello, un método muy eficaz es introducir cambios en las informaciones meteorológicas, empezando por la parte gráfica, porque una imagen vale más que mil palabras.
En 2017 (Figura 1, izquierda), los mapas meteorológicos que nos mostraban en la televisión, mantenían el mismo estilo casi bucólico que han tenido durante décadas, desde que apareció la televisión en color. Es decir, las temperaturas aparecían en dígitos sobre un fondo cuyo color variaba del verde al anaranjado, mientras que el mar se representaba con su tradicional color azul.
![[Img #30992]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/08_2026/1764_0001.jpg)
Cinco años más tarde (Figura 1, centro), para rangos de temperatura similares, se modificó el esquema de colores, que pasó a adoptar tonos flamígeros, variando entre el amarillo y el fucsia, estando el verde totalmente ausente, aunque el mar aún mantenía su color azul. Para la temporada de verano 2026 (Figura 1, derecha), los diseñadores gráficos nos ofrecen una nueva paleta cromática que oscila entre el amarillo y un negro tenebroso, dónde el color verde sigue ausente y además también ha desaparecido el azul del mar, que ha sido sustituido por tonos amarillos o rojizos, como si fuese el caldo de una sopa de cocido con chorizo. Es evidente que los mares cerrados, como es el caso del Mediterráneo, tienen temperaturas más elevadas y eso no debe sorprender. Si todo el planeta se está calentando poco a poco, es normal que el mar también lo haga y esta situación no es anómala ni crítica, sobre todo si se compara con lo ocurrido en épocas anteriores. Hace unos cinco millones y medio de años, durante el periodo denominado Messiniense, cuando no existían emisiones antrópicas de CO2, el estrecho de Gibraltar se cerró por causas tectónicas, impidiendo la comunicación con el Atlántico. Ese cierre produjo un drástico aumento de la temperatura, de la evaporación y de la salinidad, hasta la casi completa desecación del Mediterráneo. Las minas de sal de Realmonte, actualmente en explotación en Sicilia, son testigos de aquel episodio.
Volviendo a los mapas meteorológicos, la Figura 1 muestra cómo para rangos de temperaturas similares (los valores de temperatura representados en los tres casos son del mismo orden), los mapas actuales tienen un aspecto mucho más intimidatorio, cada vez más cerca del infierno climático. Es como si se pretendiese modificar el lento e inexorable cambio climático que la Tierra está experimentando con un acelerado cambio cromático, enviándonos desde las pantallas de televisión un subliminal mensaje atemorizador. Pero además de esta evolución colorimétrica, en paralelo, el lenguaje ha ido cambiando en el mismo sentido, incorporando términos y calificativos cada vez más inquietantes y apocalípticos.
Las tradicionales palabras españolas utilizadas para denominar a los calores estivales, canícula o bochorno, han sido abandonadas y sustituidas por nuevos vocablos como ola de calor o como noches tropicales. Nunca he terminado de comprender por qué se usa este término para inducir temor a noches cálidas, cuando millones de personas están encantadas de pasar sus vacaciones en el trópico, ya sea en el Caribe, en las Maldivas o en el sudeste asiático. Incluso, hay algunos medios que han dado un paso más, y burlando el sistema de coordenadas de la geometría planetaria, como si los paralelos pudiesen desplazarse hacia los polos, hablan a veces de noches ecuatoriales.
Las tradicionales tormentas otoñales, especialmente fuertes en el área mediterránea, que eran conocidas como gotas frías, han pasado a llamarse DANAs (Depresión Atmosférica en Niveles Altos). Las características borrascas y galernas del Cantábrico, se llaman ahora ciclogénesis explosivas (es difícil encontrar una expresión más intimidatoria). Incluso se ha empezado a ponerles nombre, como a los huracanes del Caribe, para que sea más evidente el proceso tropicalización climática.
Como no podía ser de otra manera, el estrés climático con el que se está atosigando a la población ha terminado por afectar a la salud. Además de trastornos psicológicos (ya hay psicólogos especialistas en ansiedad climática), en los veranos actuales ha hecho acto de presencia un peligro del cual no se había oído hablar hasta hace poco, los traicioneros golpes de calor. Siempre hemos creído que la estación más peligrosa del año y la que llevaba asociada una mayor mortandad era el invierno. La gente muy mayor, al llegar la primavera y haber superado el invierno, suspiraba aliviada, encontrándose con fuerzas para sobrevivir un año más. Pero ahora esa tendencia se ha invertido y es el verano el que inspira más temor, al haber superado al invierno en número de defunciones. Y todo como consecuencia del cambio climático.
Durante el pasado verano de 2025, la mortalidad atribuida al calor en España ha sido de 3.832 fallecimientos, lo cual supone un aumento del 87,6 % respecto de 2024, un dato lo suficientemente dramático para expresar claramente la gravedad de la situación. La metodología que se aplica para calcular las muertes debidas al calor utiliza los datos diarios de defunciones por todas las causas y en todo el territorio nacional, considerando además las temperaturas registradas por provincias y los datos demográficos por edad en cada territorio. Teniendo en cuenta estos datos, se comparan las muertes esperables con las que realmente se han producido, estimando el exceso de mortalidad atribuible al calor. Es decir, que la estimación se realiza mediante un método estadístico, no mediante un contaje real caso por caso, con todas las limitaciones que ello implica. Si consideramos que tan sólo en un año la mortalidad por causas climáticas casi se ha duplicado (a pesar de que no ha existido un brusco aumento de temperatura, ver Figura 2), debe concluirse que la resistencia de los españoles al calor se ha debilitado de forma tan brusca como preocupante. O, por el contrario, ¿sería descabellado pensar que la metodología de cálculo tiene tendencia a la exageración con efectos intimidatorios, como ocurre con frecuencia con las informaciones y profecías relacionadas con temas climáticos?
El carácter alarmista de las estadísticas sobre fallecimientos debidos al calor encaja perfectamente en la dinámica en la que están inmersas las informaciones climáticas, cuyo tono catastrofista no ha dejado de aumentar año tras año. En pocos años, se ha pasado de estar conviviendo con el cambio climático a sufrir una crisis climática, que evolucionó rápidamente hacia una emergencia climática. Esta última expresión es ya de uso habitual en documentos oficiales de gobiernos y organismos internacionales. Uno de los personajes que más ha contribuido a esta evolución del lenguaje, gracias a su inventiva o a la de sus asesores, ha sido Antonio Guterres, secretario general de la ONU, quien ha afirmado en sus comunicados que el planeta tiene fiebre, que estamos evolucionando hacia un infierno climático, o incluso que se está produciendo una carnicería climática y estamos próximos a alcanzar una ebullición global.
Afortunadamente, inasequible al alarmismo injustificado, la naturaleza sigue sus propios ritmos cósmicos, establecidos desde el principio de los tiempos.
En clara contradicción con la inmensa mayoría de noticias que nos llegan desde los medios de comunicación, este verano de 2026 no está batiendo récords de temperatura. No debe olvidarse que el cambio climático es un proceso que afecta a la totalidad del planeta y que, por lo tanto, para estudiar la evolución del calentamiento global es necesario prestar atención a datos globales. La gráfica de la Figura 2 muestra la evolución de la temperatura global en los niveles inferiores de la atmósfera mediante medidas registradas desde satélite. Como puede observarse, con las ligeras oscilaciones habituales, la temperatura se va elevando lentamente, a un ritmo muy moderado de 0,16º C por década, sin que sea apreciable la supuesta aceleración inducida por las crecientes emisiones de CO2 antrópico. De hecho, la temperatura registrada el pasado mes de Julio ha sido inferior a la de años anteriores. ![[Img #30991]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/08_2026/2277_02.jpg)
Sin embargo, a pesar de esta evidencia, los mensajes alarmantes no han cejado en su empeño. En el plano doméstico, este mismo verano de 2026, en nuestros periódicos se han acuñado dos nuevos términos muy refrescantes: nuestra península ha pasado a denominarse horno ibérico y las olas de calor se han acentuado hasta convertirse en reventones térmicos. Siento verdadera curiosidad por conocer las nuevas palabras y las tonalidades en los mapas que nos traerá la temporada prêt-à-chauffer del verano de 2027. Porque cada vez está más difícil, se van agotando tanto la paleta de colores como los epítetos del diccionario.
Enrique Ortega Gironés, geólogo.
(Artículo parcialmente inspirado en el Capítulo 14 del libro “Cambios Climáticos”)



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