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Sábado, 15 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

El mundo perdido de las 75.000 lenguas

Una investigación publicada en Science reconstruye por primera vez la evolución de la diversidad lingüística durante los últimos 12.000 años y llega a una conclusión extraordinaria: hace apenas unos milenios pudieron hablarse simultáneamente decenas de miles de lenguas. Después llegó una gigantesca extinción cultural. Estados, imperios, migraciones y conquistas fueron reduciendo aquella babel hasta las aproximadamente 7.500 lenguas que sobreviven en la actualidad. Y el estudio plantea una consecuencia aún más profunda: quizá sepamos mucho menos de lo que creemos sobre todas las formas posibles del lenguaje humano

 

[Img #30997]Imaginemos por un momento que pudiéramos regresar dos mil años atrás y comenzar un viaje alrededor del mundo.

 

No encontraríamos las grandes autopistas lingüísticas que hoy permiten atravesar continentes enteros utilizando unas pocas lenguas. No existirían cientos de millones de personas hablando inglés, español, árabe, mandarín, hindi o francés. El mapa sonoro del planeta estaría extraordinariamente fragmentado. Pueblos relativamente pequeños poseerían sus propias palabras, sonidos, gramáticas, relatos y maneras de clasificar el mundo. Una lengua podría escucharse en un valle y desaparecer al cruzar una cordillera. Otra pertenecería a algunos centenares de cazadores, agricultores o pescadores. Más allá surgiría otra. Y después otra. Miles y miles. Posiblemente decenas de miles.

 

Una investigación publicada en Science acaba de sugerir que ese mundo existió realmente. El trabajo, dirigido por Damián E. Blasi y realizado junto a Marcus J. Hamilton, Russell D. Gray y Claire L. Bowern, reconstruye mediante modelos estadísticos, datos etnográficos y estimaciones paleodemográficas la evolución de la diversidad lingüística mundial desde comienzos del Holoceno, hace aproximadamente 12.000 años, hasta la actualidad. Su conclusión rompe con una intuición bastante extendida: el momento de máxima diversidad lingüística humana no habría ocurrido en las remotas sociedades paleolíticas, sino muchísimo después, aproximadamente entre hace 3.000 y 1.000 años.

 

En aquel breve periodo de la historia pudo producirse lo que los propios investigadores denominan una «edad de oro» de las lenguas. Los distintos modelos colocan el máximo en decenas de miles de idiomas; algunos escenarios explorados en torno al estudio oscilan aproximadamente entre 20.000 y 75.000 lenguas simultáneamente vivas, frente a las alrededor de 7.500 que existen en nuestros días.

 

Después comenzó el derrumbe. 

 

Y nunca se detuvo.

 

Una biblioteca que ardió sin libros

 

Cuando desaparece una lengua no desaparece simplemente una forma distinta de decir «árbol», «madre», «muerte» o «Dios».

 

Desaparece una determinada organización de la experiencia humana. Las lenguas codifican sistemas de parentesco, clasificaciones de animales y plantas, distinciones espaciales, maneras de contar, tradiciones religiosas, relatos sobre los antepasados, conocimientos ecológicos y formas particulares de estructurar la realidad. El estudio recuerda precisamente que las lenguas suelen transmitirse junto con prácticas religiosas, instituciones sociales, sistemas de parentesco y otras formas de conocimiento cultural. La desaparición lingüística que reconstruyen sus autores implicaría, por tanto, una extinción cultural mucho más amplia de la que podemos observar en el registro histórico. La metáfora de una biblioteca perdida resulta incluso insuficiente.

 

Las bibliotecas dejan cenizas, fragmentos, citas en otros libros. Una lengua exclusivamente oral puede desaparecer sin dejar prácticamente nada. Muere su último hablante, transcurren unas generaciones y todo un sistema construido durante quizá siglos o milenios se vuelve irrecuperable.

 

De ahí la enorme dificultad de responder a una pregunta aparentemente elemental: ¿cuántas lenguas ha hablado la humanidad?

 

La escritura sólo apareció hace aproximadamente 6.000 años y durante buena parte de la historia fue utilizada por una fracción mínima de las sociedades humanas. Por eso no existe ningún catálogo antiguo que permita contar las lenguas del planeta. Incluso después de aparecer la escritura, la documentación continúa siendo extraordinariamente fragmentaria. La inmensa mayoría de las lenguas que existieron antes de los grandes registros históricos simplemente no dejaron textos.

 

Blasi y sus compañeros tuvieron que buscar otro camino.

 

Contar las lenguas que nadie escribió

 

El método comienza con 171 sociedades contemporáneas o históricamente documentadas de cazadores-recolectores y pescadores cuyos modos tradicionales de subsistencia y movilidad no habían sido profundamente transformados por el contacto con poblaciones productoras de alimentos. Esos grupos permitieron a los investigadores estimar aproximadamente qué tamaño podían haber tenido las comunidades etnolingüísticas humanas antes de la expansión de la agricultura.

 

Después incorporaron otro dato decisivo: ¿cuántos seres humanos había en la Tierra hace 12.000 años?

 

Las reconstrucciones utilizadas por el equipo sitúan la población mundial de comienzos del Holoceno aproximadamente entre 4,4 y siete millones de personas. Combinando esa población con las dimensiones probables de las comunidades etnolingüísticas, y suponiendo que los distintos grupos correspondían aproximadamente a lenguas diferentes, el modelo produjo una primera sorpresa.

 

Hace 12.000 años probablemente se hablaban entre unas 4.500 y 6.200 lenguas, aunque el intervalo más amplio compatible con las distintas estimaciones va aproximadamente de 3.300 a 7.800.

 

Es decir: antes de la agricultura probablemente había menos lenguas que ahora.

 

Esto contradice una imagen bastante intuitiva del pasado según la cual pequeñas bandas humanas aisladas habrían generado una diversidad lingüística máxima, posteriormente destruida de manera progresiva conforme agricultores, conquistadores y Estados fueron absorbiéndolas.

 

No parece haber ocurrido exactamente así.

 

«El mundo inmediatamente anterior a la agricultura probablemente no era excepcionalmente rico en lenguas», resume Russell Gray, director del Departamento de Evolución Lingüística y Cultural del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva. Según la reconstrucción realizada por el equipo, la diversidad lingüística comenzó entonces a crecer durante miles de años paralelamente al aumento de la población humana.

 

Y aquí comienza la paradoja.

 

La agricultura multiplicó las voces

 

La revolución neolítica transformó nuestra especie.

 

La domesticación de plantas y animales permitió generar más alimentos en territorios determinados. Surgieron comunidades sedentarias. Crecieron los asentamientos. Aumentó de manera espectacular la población humana y aparecieron sociedades progresivamente más complejas.

 

Podría parecer que ese proceso debería haber uniformizado inmediatamente el lenguaje. Si una comunidad agrícola podía contener muchas más personas que una pequeña banda de cazadores-recolectores, cabría esperar menos idiomas.

 

Pero ocurrió simultáneamente otro fenómeno.

 

Había muchísima más gente.

 

Los investigadores tuvieron por ello que modelizar dos fuerzas que actuaban en direcciones contrarias: por una parte, el número medio de hablantes que podía compartir una lengua aumentaba; por otra, la población mundial crecía enormemente. El equipo generó miles de trayectorias posibles que conectaban la situación de comienzos del Holoceno con el mundo lingüístico actual, introduciendo diferentes hipótesis demográficas.

 

Y casi todas dibujaban la misma montaña.

 

Durante miles de años, el número de lenguas subía. Subía. Y seguía subiendo. Hasta alcanzar su cima extraordinariamente tarde.

 

La mayor diversidad parece haberse producido aproximadamente entre hace 3.000 y 1.000 años. Muchos modelos implican un incremento cercano a diez veces el número estimado al comienzo del Holoceno. Dependiendo de los supuestos introducidos, las estimaciones pueden situarse en las decenas de miles de idiomas y algunos análisis derivados del trabajo establecen aproximadamente un intervalo de 20.000 a 75.000.

 

Claire Bowern, lingüista de Yale y coautora del trabajo, reconoce que precisamente ése fue uno de los resultados más inesperados: el máximo no aparece en algún remoto Paleolítico, sino en una época caracterizada ya por la aparición y expansión de grandes Estados e imperios. Es una extraordinaria coincidencia histórica. Porque las mismas fuerzas que contemplaron el apogeo de aquella Babel terminarían destruyéndola.

 

Llegaron los imperios

 

Hace aproximadamente dos mil años, el mundo albergaba grandes estructuras políticas capaces de extender su influencia sobre territorios cada vez mayores. Estados e imperios incorporaban pueblos diferentes, abrían rutas comerciales, desplazaban ejércitos y funcionarios, difundían religiones, tecnologías, instituciones y lenguas de prestigio.

 

El estudio no afirma que pueda identificarse matemáticamente a Roma, Persia, China o cualquier otro imperio concreto como responsable de una determinada cantidad de extinciones lingüísticas. El modelo es global y demasiado grueso para establecer semejante causalidad. Pero la cronología obtenida resulta reveladora: la caída de la diversidad lingüística comienza mucho antes de la expansión colonial europea de los últimos cinco siglos y coincide con el desarrollo de grandes Estados multinacionales y poblaciones expansivas.

 

La dinámica resulta fácil de comprender.

 

Una comunidad pequeña entra en la órbita de otra más poderosa. La lengua dominante se convierte en la del comercio, la administración, el ejército, la religión o el ascenso social. Durante algún tiempo ambas pueden convivir. Los adultos conservan la lengua heredada mientras aprenden la dominante. Sus hijos crecen bilingües. Los nietos comienzan a utilizar principalmente el idioma de mayor utilidad social. Y un día alguien pronuncia la última frase en la lengua de sus antepasados.

 

No suele haber un instante solemne.

 

Simplemente deja de hablarse.

 

El modelo sugiere que ese proceso se repitió innumerables veces a lo largo de los últimos dos milenios. Los idiomas vinculados a poblaciones en expansión tuvieron muchas más probabilidades de sobrevivir. Los pertenecientes a comunidades absorbidas, desplazadas o demográficamente reducidas fueron desapareciendo.

 

El colonialismo europeo aceleró posteriormente esa pérdida a escala gigantesca, pero, según esta investigación, no inauguró el fenómeno. Cuando las potencias europeas comenzaron su expansión mundial, la gran contracción lingüística llevaba ya muchos siglos en marcha.

 

Los supervivientes no representan a los muertos

 

Pero el estudio contiene una consecuencia todavía más desconcertante.

 

Los aproximadamente 7.500 idiomas que hablamos actualmente podrían ofrecernos una imagen sesgada de lo que es capaz de hacer el lenguaje humano.

 

Pensemos en una extinción biológica. Si una catástrofe eliminara el 90 % de las especies animales y dentro de un millón de años alguien intentara reconstruir la diversidad de la vida observando únicamente a los supervivientes, podría extraer conclusiones profundamente equivocadas. Determinados rasgos parecerían universales simplemente porque las criaturas que no los poseían desaparecieron.

 

Algo parecido podría haber sucedido con las lenguas.

 

Los lingüistas comparan idiomas para buscar regularidades. Si una estructura gramatical aparece repetidamente en distintas familias lingüísticas, podemos preguntarnos si resulta cognitivamente más natural, más sencilla de aprender o más eficiente para comunicarnos. Pero existe otra posibilidad.

 

Quizá esa característica sea frecuente simplemente porque pertenecía a pueblos que tuvieron éxito demográfico, territorial o político. «Una característica lingüística puede ser común no porque sea intrínsecamente superior, sino porque fue transportada por poblaciones que se expandieron», explica Damián Blasi. Los idiomas actuales serían así los supervivientes de lo que los autores denominan un enorme y selectivo cuello de botella histórico.

 

Esto cambia la pregunta.

 

Ya no basta con preguntarnos por qué las lenguas actuales son como son.

 

También debemos preguntarnos qué lenguas desaparecieron para que las actuales parezcan normales.

 

Gramáticas que quizá ya no podemos imaginar

 

Aquí la investigación roza un territorio intelectualmente fascinante.

 

Los idiomas humanos actuales ya presentan una variedad extraordinaria. Hay lenguas tonales en las que cambios de tono transforman el significado de una palabra; idiomas que utilizan chasquidos consonánticos; sistemas gramaticales con numerosas categorías nominales; lenguas con complejas distinciones espaciales o evidenciales y otras que resuelven las mismas funciones mediante procedimientos completamente diferentes.

 

Todo eso procede únicamente de las lenguas supervivientes.

 

¿Qué ocurría entre las decenas de miles que pudieron desaparecer?

 

La investigadora Chiara Barbieri, genetista especializada en diversidad lingüística de la Universidad de Cagliari y ajena al estudio, planteaba precisamente esta pregunta al comentar los resultados: si incluso los pocos miles de idiomas actuales presentan una diversidad enorme, ¿pudieron existir rasgos lingüísticos que hoy ni siquiera sabemos imaginar?

 

No tenemos manera de responder.

 

Ése es precisamente el problema.

 

Podrían haber existido sistemas fonéticos desaparecidos, arquitecturas gramaticales hoy desconocidas, maneras diferentes de organizar el tiempo, el espacio, el parentesco o la evidencia, sin que haya sobrevivido una sola grabación, transcripción o descripción.

 

Una parte considerable del «espacio posible» del lenguaje humano podría haberse extinguido antes de que naciera la lingüística moderna.

 

Y si las lenguas interactúan con sistemas culturales más amplios, la pérdida no habría sido únicamente gramatical. Religiones, cosmologías, taxonomías naturales, relatos, técnicas y estructuras sociales pudieron desaparecer con ellas. Los autores plantean expresamente que el mismo cuello de botella histórico que afectó a los idiomas pudo extenderse a muchas otras dimensiones de la cultura humana.

 

La historia la escribieron también las lenguas vencedoras

 

Hay otra razón por la que aquella edad de oro ha permanecido invisible.

 

Los documentos históricos fueron producidos fundamentalmente por las sociedades que estaban expandiéndose.

 

Las lenguas de grandes civilizaciones dejaron inscripciones, leyes, literatura, archivos administrativos, lápidas, textos religiosos y documentos comerciales. Las de innumerables comunidades pequeñas no dejaron nada o sus registros no sobrevivieron.

 

Por eso contemplamos el pasado mediante una especie de filtro.

 

Vemos extraordinariamente bien determinadas culturas precisamente porque triunfaron. Y vemos muy mal a quienes desaparecieron.

 

El Instituto Max Planck subraya que ésta puede ser una de las razones por las que el enorme máximo lingüístico sugerido por los modelos prácticamente no había formado parte de nuestra imagen convencional del mundo antiguo: los testimonios conservados proceden sobre todo de las sociedades cuyas lenguas acabarían imponiéndose.

 

Podemos conocer el nombre de emperadores, generales y dinastías mientras ignoramos por completo cómo se llamaban a sí mismos miles de pueblos que vivieron simultáneamente con ellos.

 

Mucho menos sabemos cómo hablaban.

 

Pero no es un censo de la Torre de Babel

 

La espectacularidad de las cifras exige una precaución fundamental.

 

Nadie ha contado 75.000 lenguas antiguas.

 

No existe evidencia documental que permita afirmar que en un año determinado se hablaran exactamente 41.327, 52.000 o 75.000 idiomas. Lo que han construido Blasi y sus colaboradores es un modelo destinado a establecer trayectorias plausibles de diversidad lingüística a partir de información demográfica y etnográfica incompleta.

 

Los propios investigadores enfatizan esta limitación.

 

El cálculo depende de supuestos sobre el tamaño de las antiguas comunidades etnolingüísticas, sobre la relación entre población y número de idiomas y sobre la manera en que esos parámetros evolucionaron. Las historias regionales pudieron ser extremadamente distintas. Guerras, epidemias, catástrofes ambientales y migraciones concretas pueden provocar derrumbes abruptos que un modelo planetario de esta naturaleza no puede reconstruir individualmente.

 

Por eso quizá sea más importante la forma de la curva que una cifra concreta.

 

Y esa forma aparece repetidamente.

 

Pocas lenguas relativas al comienzo del Holoceno. Crecimiento durante miles de años. Un máximo sorprendentemente reciente. Y después una contracción brutal.

 

La investigación cuestiona así dos explicaciones demasiado sencillas: ni la humanidad comenzó el Holoceno poseyendo ya su máxima diversidad lingüística, ni la gran extinción de idiomas parece ser exclusivamente un fenómeno iniciado por el colonialismo moderno.

 

La historia es bastante más larga.

 

La Babel que nunca conoceremos

 

Quedan hoy aproximadamente 7.500 lenguas habladas o signadas en el planeta. Parecen muchísimas.

 

Después de este estudio pueden parecernos muy pocas.

 

Si los modelos se aproximan siquiera razonablemente a lo ocurrido, nosotros vivimos después de una de las mayores extinciones culturales de la historia de nuestra especie. No sucedió en un único desastre. No hubo un incendio universal ni una fecha que pudiera escribirse en los libros.

 

Ocurrió lentamente.

 

Una conquista aquí.

 

Una epidemia allá.

 

Una migración.

 

Una nueva religión.

 

Una ruta comercial.

 

Un Estado que crecía.

 

Una población que desaparecía.

 

Unos padres que todavía hablaban la lengua de sus abuelos.

 

Unos hijos que ya preferían otra.

 

Hasta que miles, quizá decenas de miles, dejaron de escucharse para siempre.

 

El mundo actual continúa siendo extraordinariamente diverso, pero puede representar sólo el residuo de una diversidad anterior incomparablemente mayor. Las lenguas que conocemos no son necesariamente las mejores, las más naturales ni las únicas soluciones que encontró el cerebro humano para convertir pensamientos en sonidos.

 

Son, sobre todo, las que sobrevivieron.

 

Y ahí reside la idea más perturbadora de esta investigación.

 

Durante miles de años, seres humanos exactamente como nosotros pudieron mirar las estrellas, enamorarse, temer a la muerte, rezar a sus dioses, discutir con sus hijos, contar historias alrededor del fuego y preguntarse qué significaba estar vivos utilizando decenas de miles de formas diferentes de convertir el mundo en palabras.

 

No conservamos la inmensa mayoría.

 

Nunca sabremos cómo sonaban.

 

Y quizá nunca lleguemos a saber qué cosas podían decir que nosotros ya no sabemos decir.

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