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Sábado, 15 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

Apuntes sobre cómo el globalsocialismo ha destruido a Occidente (IX): la cancelación como sacramento posmoderno

Del debate a la hoguera: cómo la era del victimismo ha reinventado el castigo moral

 

[Img #31000]El mundo digital prometía libertad. Iba a democratizar la expresión, amplificar las voces silenciadas, descentralizar el poder del discurso. Pero en poco más de una década, ese espacio abierto se ha convertido en una plaza pública de ajusticiamiento simbólico, donde el disenso no se responde con argumentos, sino con linchamientos. Ha nacido una nueva liturgia: la cancelación.

 

No se trata ya de crítica, ni siquiera de censura clásica. Se trata de aniquilar simbólicamente a quien se desvía del dogma socialdemócrata generalmente aceptado. De eliminar su presencia, su influencia, su pasado. No se le debate: se le borra. No se le corrige: se le destruye. Y cuanto más ejemplar sea el castigo, más pura se considera la causa.

 

El nuevo rito moral

 

La cancelación es el sacramento laico de nuestra época. Una especie de bautismo al revés: no para entrar en la comunidad, sino para ser expulsado. Tiene sus etapas rituales: una ofensa real o inventada, una denuncia viral, una cascada de indignación colectiva, la retirada de apoyo institucional, la desaparición del infractor.

 

La lógica es puramente religiosa: hay pecado, hay culpable, hay penitencia, hay excomunión. Pero sin redención. El nuevo moralismo digital manejado por la izquierda sociopolítica no cree en el perdón, sino en la purga. No busca corregir al desviado, sino exhibirlo en la picota. Como escribió el periodista Matt Taibbi, la cultura de la cancelación ha reemplazado el debate por una forma digital de lapidación.

 

En muchos casos, no hay pruebas. Solo capturas descontextualizadas, rumores, emociones colectivas. Un tuit de hace diez años, una frase mal interpretada, una asociación incómoda: eso basta. El sujeto cancelado no importa. Lo que importa es la función sacrificial que cumple: recordar al resto que hay fronteras que no pueden cruzarse.

 

El tribunal sin rostro

 

Quienes ejercen la cancelación no son jueces identificables. Son multitudes anónimas, perfiles sin rostro, algoritmos que penalizan, departamentos de comunicación que despiden sin juicio previo. Es el totalitarismo sin tirano del que advertía Hannah Arendt: una estructura sin rostro que actúa sin control, pero con eficacia devastadora.

 

En línea con las críticas de Mark Lilla, no hay peor forma de intolerancia que la ejercida en nombre de la inclusión. Porque nadie se atreve a oponerse sin ser tachado de cómplice del mal. Y así, el silencio se impone. No por miedo a la verdad, sino por terror a la etiqueta.

 

Hoy, en muchas universidades, redacciones y empresas, la gente calla por supervivencia. No se debate. Se finge adhesión. Se elude el matiz. El pensamiento se convierte en teatro. La libertad de expresión —ese pilar fundacional de Occidente— sobrevive solo en papeles firmados, no en las conversaciones reales.

 

La pureza como tótem

 

Lo más inquietante de esta liturgia es que se ejerce en nombre del bien. No se cancela para oprimir, sino para proteger. No se silencia por odio, sino por sensibilidad. Pero bajo esa piel de compasión late el viejo motor del totalitarismo: la obsesión por la pureza.

 

En su libro La tentación de la inocencia, Pascal Bruckner explica cómo las sociedades modernas buscan desesperadamente una posición moral que las libere de toda culpa. Y como eso es imposible, proyectan su culpa sobre otros. Cancelar se convierte así en una forma de exorcismo: se elimina al impuro para preservar la imagen de virtud colectiva.

 

Pero cuando la pureza se convierte en meta social, toda diferencia se vuelve sospechosa. La ironía, la tradición, el desacuerdo, la fe, el humor: todo puede ser interpretado como una agresión simbólica. La cultura se vacía. El arte se autocensura. El pensamiento se vuelve previsible. La conversación se marchita.

 

La cultura de la cancelación no rompe solo carreras o reputaciones. Rompe los vínculos de confianza en la sociedad. La conversación libre, la disensión legítima, la corrección amistosa, la autoridad moral del maestro: todo se erosiona cuando el castigo es inmediato, irreversible y sin derecho a réplica.

 

En este nuevo orden simbólico, el disidente no puede defenderse. Porque cualquier intento de explicación es interpretado como reafirmación de la culpa. El único camino es la humillación pública. La genuflexión. El retiro. La desaparición.

 

Pero una cultura que castiga el error sin permitir la corrección está condenada a la rigidez, al miedo, al estancamiento.

 

La única salida posible es la más antigua: la palabra. El argumento. El encuentro. La confianza en que la verdad no necesita protección, sino libertad. Recuperar el valor del desacuerdo. El derecho a ser impopular. A equivocarse. A matizar. A crecer.

 

Esto exige valentía. Pero también estructura: espacios que no se plieguen al chantaje emocional, líderes que no cedan a las turbas, educadores que enseñen a pensar, no a denunciar. Medios de comunicación valientes que abran sus puertas a la palabra en libertad.

 

Porque si todo puede ser motivo de cancelación, nadie está a salvo. Y una civilización que vive en estado de pánico moral no puede producir ni belleza, ni verdad, ni comunidad.

 

Y sin eso, lo que queda no es justicia: es la ruina absoluta. Como la que vivimos.

 

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