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Martes, 18 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:
Muere a los 83 años

Juan Tamariz: se ha ido el hombre que hacía posible lo imposible

Muere a los 83 años el gran maestro español de la magia, genio de la cartomagia y dueño de unas manos capaces de hacernos creer, durante unos minutos, que las leyes del mundo podían suspenderse

 

[Img #31010]Se ha ido Juan Tamariz y con él se ha marchado también una parte de nuestra infancia.

 

Una parte de aquellas tardes en las que la televisión todavía era un acontecimiento familiar; de aquellos años en los que bastaban una baraja de cartas, una mesa cubierta de fieltro y un hombre con las mangas remangadas para abrir una puerta hacia lo imposible. No hacían falta pantallas gigantes, efectos digitales, drones ni artificios tecnológicos. Bastaban diez dedos, cincuenta y dos cartas y un talento descomunal.

 

Y las manos volando.

 

Juan Tamariz ha muerto este martes en Madrid a los 83 años. Su hija Ana, también ilusionista, ha confirmado la noticia y ha despedido a su padre recordando el amor que entregó a su familia y, durante toda una vida, a la magia.

 

Pero resulta difícil escribir que Juan Tamariz ha muerto. Porque algunos personajes terminan instalándose en un territorio de la memoria donde parece imposible que puedan morir.

 

Tamariz estaba allí.

 

Estaba en aquella televisión de nuestra niñez, cuando España entera podía estar mirando prácticamente lo mismo al mismo tiempo. Estaba con su melena imposible, sus gafas, aquella sonrisa entre pícara y conspiradora y la sensación permanente de que sabía algo que nosotros ignorábamos. Estaba la baraja. Estaban las monedas. Estaba la chistera. Y estaba aquel violín invisible con el que celebraba sus victorias contra la lógica.

 

Ni-na-ni-na-ni-na-ni-na...

 

No necesitaba explicar que acababa de suceder algo extraordinario. Lo sabíamos.

 

Porque Tamariz hacía magia.

 

Magia de verdad.

 

La del tapete de fieltro. La de las mangas remangadas. La de una moneda que estaba allí y de pronto ya no estaba. La de una carta perdida entre otras cincuenta que aparecía exactamente donde no podía aparecer. La de mirar fijamente las manos del mago convencido de que esta vez descubriríamos el secreto.

 

Y no descubrirlo nunca.

 

Ese fracaso era precisamente nuestra felicidad.

 

El Newton de la magia

 

Para el gran público fue un personaje extraordinariamente popular de la televisión española. Para los magos fue algo bastante más importante: un maestro de maestros.

 

Tamariz alcanzó en 1973 el primer premio mundial de Cartomagia y durante décadas construyó un prestigio internacional mucho mayor de lo que quizá percibía el espectador que simplemente se reía con él delante del televisor. Estudió a los grandes, desarrolló una profunda teoría del ilusionismo y terminó convirtiéndose él mismo en referencia para varias generaciones de profesionales. Su influencia desbordó ampliamente las fronteras españolas.

 

Por eso llamarlo el Newton de la Magia quizá no sea una exageración poética.

 

Newton estudió las leyes que gobernaban el mundo visible.

 

Tamariz dedicó su vida a descubrir cómo suspenderlas durante unos segundos.

 

Pero su grandeza no estaba solamente en la destreza técnica. Había grandes manipuladores antes que él y los habrá después. Lo extraordinario de Tamariz era otra cosa: comprendió que el verdadero truco no ocurría entre sus dedos.

 

Ocurría dentro de nuestra cabeza.

 

El mago podía hacer desaparecer una moneda. Tamariz conseguía algo mucho más difícil: hacer desaparecer nuestra incredulidad.

 

Durante unos minutos volvíamos a aceptar aquello que todos los niños saben y casi todos los adultos terminan olvidando: que quizá el mundo esconda todavía lugares donde las reglas normales no funcionan.

 

Y eso vale bastante más que encontrar una carta.

 

«Chantatachán»

 

Su llegada a la televisión terminó de convertirlo en un personaje familiar para millones de españoles. Participó en programas como Un, dos, tres... responda otra vez y protagonizó espacios dedicados a la magia, llevando hasta los hogares un arte que hasta entonces parecía pertenecer a teatros, cabarets y pequeños círculos de iniciados.

 

Tamariz hizo algo extraordinario: convirtió la magia en cultura popular sin vulgarizarla.

 

Podía hacer reír a un niño y, al mismo tiempo, dejar desconcertado a un mago profesional sentado entre el público.

 

Aquella era quizás su gran paradoja.

 

Parecía un hombre que improvisaba constantemente, una especie de profesor chiflado que había perdido el control de su propio número, cuando detrás de aquel aparente caos existían años de estudio, técnica, psicología, ensayo y pensamiento sobre la naturaleza misma del engaño mágico.

 

Las cartas nunca estaban donde nosotros pensábamos.

 

Y probablemente Tamariz tampoco.

 

Mientras mirábamos su mano derecha, él llevaba ya varios segundos viviendo en nuestra cabeza.

 

Cuando todavía creíamos

 

Ahora resulta inevitable que su muerte nos devuelva hacia atrás.

 

Porque despedir a Tamariz significa también despedirse un poco de quienes éramos cuando lo vimos por primera vez.

 

Éramos más pequeños.

 

El mundo parecía más grande.

 

Las tardes duraban muchísimo más.

 

La televisión pesaba cincuenta kilos.

 

Había solo dos canales.

 

Las cartas eran objetos misteriosos que guardaban los adultos en algún cajón del salón.

 

Y todavía pensábamos que, quizá, si observábamos muy atentamente las manos de aquel hombre de pelo largo, descubriríamos cómo lo hacía.

 

Nunca lo descubrimos. Menos mal. Porque Tamariz protegió para nosotros uno de los últimos territorios donde la explicación no era necesaria.

 

En una época obsesionada con explicarlo todo, medirlo todo, grabarlo todo y desmontarlo todo, aquella magia parece hoy todavía más valiosa. No preguntaba qué algoritmo había detrás. No necesitaba inteligencia artificial. No había píxeles capaces de esconder el engaño.

 

Había unas manos.

 

Una baraja.

 

Un espectador.

 

Y un pacto secreto entre ambos.

 

«Voy a engañarte», parecía decirnos Tamariz.

 

Y nosotros contestábamos encantados:

 

«Hazlo».

 

El último truco

 

Hoy sabemos que detrás de aquel personaje televisivo había uno de los grandes pensadores de la magia contemporánea. Sus libros, sus técnicas y sus ideas seguirán estudiándose y sus discípulos continuarán haciendo aparecer cartas imposibles sobre tapetes verdes en ciudades que él quizá nunca llegó a visitar. Su legado profesional queda asegurado precisamente porque Tamariz no fue sólo un intérprete, sino también un creador y un maestro cuya influencia internacional marcó profundamente la cartomagia moderna.

 

Pero quienes fuimos niños delante de aquella televisión guardaremos otro legado.

 

Mucho más sencillo.

 

Recordaremos una sonrisa.

 

Unas gafas.

 

Una mirada traviesa.

 

Una carta elegida al azar.

 

Unas manos moviéndose demasiado deprisa.

 

Y ese instante maravilloso en el que algo sucedía donde era absolutamente imposible que sucediera.

 

Quizá eso fuera Juan Tamariz.

 

El hombre que dedicó su vida a demostrarnos que lo imposible podía durar unos segundos.

 

Hoy se ha ido el genio.

 

El Maestro.

 

El Newton de la Magia.

 

El hombre del tapete de fieltro, las monedas, la baraja y las mangas remangadas.

 

Se ha ido Juan Tamariz.

 

Y con él se marcha también un pedazo de aquellas tardes lejanas en las que todavía teníamos edad suficiente para mirar atentamente una baraja y creer que dentro podía esconderse un milagro.

 

Que lo reciban con violines en el cielo.

 

Seguro que, cuando San Pedro le pregunte por la carta que había elegido, Tamariz sonreirá, mirará hacia otro lado y la sacará de detrás de una nube.

 

Chantatachán.

 

Descanse en paz, Maestro.

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