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Domingo, 23 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

Apuntes sobre cómo el globalsocialismo ha destruido a Occidente (XI): La sexualidad desfigurada

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La sexualidad ha sido siempre más que un instinto: ha sido lenguaje, rito, misterio, vínculo. En Occidente, la tradición cristiana y la filosofía clásica coincidían en algo esencial: el amor carnal no era solo placer ni reproducción, sino entrega personal. El cuerpo decía “soy tuyo”, y en ese gesto se afirmaba la dignidad de la persona y del vínculo.

 

Hoy, esa visión está en ruinas. No porque haya caído el tabú, sino porque el tabú ha sido sustituido por el vacío. El deseo ya no es camino hacia el otro: es proyecto de identidad, experiencia estética, mercancía. El amor se convierte en consumo, la relación en contrato, el cuerpo en objeto personalizable.

 

En los años 60, la revolución sexual se presentó como liberación frente a siglos de represión. Y sí, rompió cadenas injustas. Pero también rompió formas simbólicas que daban sentido. Al desligar el sexo del compromiso, del fruto, de la diferencia entre hombre y mujer, abrió una caja de Pandora cultural que hoy apenas comprendemos.

 

La filósofa Mary Eberstadt, en Adam and Eve After the Pill, lo resume con crudeza: liberamos el deseo pensando que liberaríamos al hombre. Pero no calculamos el precio: soledad, familias rotas, generaciones sin padre, cuerpos vacíos de significado. No es moralismo: es diagnóstico sociológico.

 

Del eros al algoritmo

 

Hoy, la sexualidad se define en términos de identidad mutable. El “soy lo que deseo” se ha convertido en la bandera de una generación. Pero en esa frase hay una trampa: si somos lo que deseamos, y el deseo cambia constantemente, ¿qué somos?

 

Las aplicaciones de citas y las redes sociales han convertido el eros en un catálogo. El otro no es misterio, sino perfil. No es promesa, sino opción. Todo se negocia, todo se filtra, todo se descarta. El sexo se vuelve inmediato, pero no íntimo. La relación, rápida, pero no profunda.

 

Sherry Turkle, psicóloga del MIT, lo advirtió: hemos creado tecnologías que nos acercan en la superficie, pero nos alejan en la profundidad. Estamos solos juntos. El amor se fragmenta en píxeles, el deseo en estímulos, el cuerpo en imagen.

 

El borrado de la diferencia

 

La ideología contemporánea no solo ha separado sexo y compromiso. Ha difuminado la diferencia sexual misma. Hombre y mujer ya no son realidades biológicas, sino identidades autoasignadas. El cuerpo se percibe como moldeable a voluntad. El deseo se vuelve política. La biología, opresión.

 

Este fenómeno, más allá de debates éticos, refleja algo profundo: la negación del límite. El rechazo a aceptar que hay algo recibido, no elegido. Y cuando el amor deja de ser encuentro con otro y se convierte en proyecto del yo, deja de ser amor. Porque amar es reconocer que no soy todo si no es junto al otro.

 

Hacia una sexualidad encarnada

 

No se trata de volver a censuras ni moralismos. Se trata de recuperar el sentido. De entender que la sexualidad humana es lenguaje de entrega, no de consumo. Que el cuerpo no es herramienta ni disfraz, sino parte esencial de quienes somos. Que el deseo no es identidad, sino impulso hacia el otro.

 

Una cultura que trivializa el sexo trivializa al hombre. Una civilización que borra la diferencia sexual borra la historia, la familia, la vida. Y una sociedad que convierte el amor en contrato pronto descubre que no sabe amar.

 

El reto no es prohibir ni controlar, sino sanar. Reconstruir una sexualidad encarnada, fecunda, libre de mercado y de ideología. Volver a decir con el cuerpo lo que el alma desea: “soy tuyo”. Y descubrir que, quizás, ahí empieza de nuevo la humanidad.

 

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