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Lunes, 24 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:
Estudio del Danube Institute

El 45% de las tramas de terrorismo islamista detectadas en Europa durante la última década implicaron a inmigrantes de primera generación

Un estudio del Danube Institute contabiliza 100 complots vinculados a 137 inmigrantes entre 2015 y 2025, con 279 muertos y 1.192 heridos. Alemania concentra casi la mitad de los casos y el fenómeno volvió a dispararse en 2024, cinco años después de la desaparición territorial del califato del Estado Islámico

 

[Img #31028]Durante la noche del 23 de agosto de 2024, mientras miles de personas celebraban el 650 aniversario de la ciudad alemana de Solingen en un acto bautizado como Festival de la Diversidad, un ciudadano sirio de 26 años llamado Issa al-Hasan comenzó a apuñalar indiscriminadamente a quienes encontraba a su paso. Mató a tres personas e hirió a otras ocho. Según la investigación posterior, al-Hasan había mantenido contacto a través de Telegram con un miembro del Estado Islámico el día anterior al atentado y varios testigos le escucharon gritar «Allahu Akbar». ISIS reivindicó después la matanza. Había, además, un dato particularmente incómodo: la solicitud de asilo del terrorista había sido rechazada en 2023, pero las autoridades alemanas no consiguieron expulsarlo y permaneció en el país.

 

El atentado de Solingen constituye para el criminólogo británico Simon Cottee mucho más que otro episodio de terrorismo islamista. Es la representación casi perfecta de un fenómeno que, según sostiene, Europa lleva una década contemplando sin querer nombrarlo: la participación extraordinariamente elevada de inmigrantes musulmanes de primera generación en la violencia yihadista. Su investigación, publicada en mayo de 2026 por el Danube Institute bajo el título Europe's Jihadi Migrants: Mapping Migrant Involvement in Jihadi Terrorism in Europe (2015-2025), analiza diez años de atentados y proyectos terroristas, incluidos aquellos abortados por los servicios de seguridad, y alcanza una conclusión difícil de ignorar: de las 221 tramas yihadistas registradas en Europa entre mayo de 2015 y mayo de 2025, exactamente 100 —el 45%— implicaron al menos a un inmigrante de primera generación. En ellas participaron 137 individuos.

 

No se trata exclusivamente de atentados consumados. Cottee utiliza deliberadamente la categoría más amplia de plot, es decir, proyecto, conspiración o trama terrorista suficientemente desarrollada como para poder identificarse como tal. De esos 100 planes relacionados con inmigrantes, 51 llegaron a ejecutarse y 49 fueron frustrados por las autoridades. Entre los 121 planes yihadistas que no implicaban inmigrantes de primera generación, únicamente 44 llegaron a ponerse en marcha y 77 fueron abortados. Dicho de otra manera: el 51% de las tramas relacionadas con inmigrantes desembocaron en un ataque frente al 36% de las restantes. El autor interpreta esa diferencia como indicio de que las conspiraciones en las que participan inmigrantes han tenido una probabilidad mayor de superar la fase de preparación.

 

279 muertos y 1.192 heridos

 

La diferencia resulta todavía más llamativa cuando se analizan las víctimas. Los atentados consumados incluidos en el grupo relacionado con inmigrantes causaron 279 muertos y 1.192 heridos durante la década estudiada. Los atentados sin participación de inmigrantes de primera generación provocaron 107 fallecidos y 1.449 heridos. Existe, sin embargo, una importante concentración estadística que el propio Cottee reconoce: los atentados de París de noviembre de 2015 y el atropello masivo de Niza de julio de 2016 suman por sí solos 216 de los 279 muertos del primer grupo. Por tanto, los datos muestran una mayor mortalidad acumulada, pero sería incorrecto interpretar esa diferencia como si todos los atentados cometidos por inmigrantes fueran individualmente mucho más letales.

 

La vinculación con el autodenominado Estado Islámico domina abrumadoramente la muestra. Alrededor del 80% de las tramas relacionadas con inmigrantes estaban asociadas a ISIS y el 76% fueron organizadas por individuos que actuaban solos. La tendencia se hace todavía más pronunciada cuando se observan exclusivamente los ataques que llegaron a ejecutarse: el 96% de ellos fueron obra de un atacante solitario. El yihadismo de esta última década aparece así menos asociado a grandes células clandestinas estructuradas que al individuo dispuesto a coger un cuchillo, utilizar un vehículo, conseguir un arma o construir un artefacto explosivo y atacar por su cuenta.

 

Los civiles constituyen, además, el objetivo preferido. Un 68% de los proyectos terroristas analizados estaban dirigidos contra población no combatiente y apenas un 9% contra policías o militares. El ataque con armas individuales —fundamentalmente cuchillos y armas de fuego— representa el 45% de las tramas; los explosivos, el 30%, y los atropellos mediante vehículos, el 10%.

 

Cottee llama asimismo la atención sobre la naturaleza ideológica de algunos objetivos. El ataque de Zaniar Matapour contra la celebración del Orgullo LGBT de Oslo en 2022 dejó dos muertos y más de veinte heridos; dos años antes, Khairi Saadallah había asesinado en Reading a tres hombres homosexuales. Otros terroristas escogieron específicamente a mujeres: Abderrahman Bouanane, partidario de ISIS, declaró después de asesinar a dos personas y herir a otras seis en Turku que se encontraba «en guerra contra las mujeres». A partir del 7 de octubre de 2023, según el estudio, se aprecia además especialmente en Alemania un creciente interés por objetivos judíos o relacionados con Israel. Cottee interpreta estos ataques como una manifestación de la hostilidad yihadista hacia algunos de los valores —libertad sexual, igualdad entre hombres y mujeres, secularización o pluralismo religioso— que forman parte de las sociedades europeas contemporáneas.

 

Alemania, epicentro del problema

 

El mapa geográfico presenta pocas dudas. Las 100 tramas vinculadas a inmigrantes se distribuyeron por doce países europeos, pero Alemania destaca con enorme diferencia y concentra cerca de la mitad. Francia aparece en segundo lugar, con 21, y Reino Unido en tercero, con diez. El gráfico del estudio sitúa después a Austria, Países Bajos, Noruega y Bélgica, mientras España se encuentra entre los países con una presencia muy reducida de casos dentro de esta categoría concreta.

 

Cottee relaciona directamente la excepcional posición alemana con la política migratoria puesta en marcha durante la crisis de refugiados de 2015. Aquel año se presentaron aproximadamente 1,26 millones de primeras solicitudes de asilo en la Unión Europea y Alemania recibió cerca de un millón de solicitantes. El autor considera improbable que exista alguna razón ideológica por la que el movimiento yihadista sienta una hostilidad específica hacia Alemania y sostiene que la explicación más sencilla de su sobrerrepresentación es el enorme volumen de inmigración que recibió el país. En el extremo contrario coloca a Hungría, que cerró sus fronteras durante aquella crisis y ha registrado una actividad yihadista muy reducida. Esto último constituye una interpretación causal del autor, no una demostración experimental: el estudio constata la correlación entre ambos fenómenos y Cottee extrae de ella una conclusión política.

 

La evolución temporal también resulta significativa. Tras la gran crisis migratoria de 2015, las tramas relacionadas con inmigrantes se dispararon hasta 14 en 2016 y alcanzaron su máximo con 18 en 2017. Posteriormente descendieron, pero no desaparecieron. Y en 2024 volvieron a producirse 14 planes terroristas, un repunte que Cottee considera especialmente preocupante porque se produjo cinco años después de que ISIS perdiera en Baghouz su último territorio en Siria. El califato desapareció como realidad geográfica en 2019, pero su capacidad para proporcionar un lenguaje ideológico, una identidad y una justificación para la violencia continúa funcionando.

 

Este segundo pico de 2024 es una de las razones por las que el investigador discute la idea de que el problema creado durante los años de mayor actividad del Estado Islámico estuviera destinado a extinguirse con el paso del tiempo. Para Cottee, ISIS ha dejado parcialmente de ser la promesa de un Estado islámico real al que viajar para convertirse en una identidad de rebelión contra la sociedad europea, susceptible de ser adoptada por individuos aislados que jamás han pisado Siria ni han recibido entrenamiento militar de una organización terrorista.

 

Quiénes son los 137 individuos

 

El estudio no encuentra un perfil único, aunque sí varios rasgos estadísticos muy definidos. El 97% de los 137 implicados son hombres, generalmente situados entre los veinte y los treinta y tantos años. El terrorista más joven tenía 14 años y el mayor, 62. Procedían de más de veinte lugares diferentes. Siria ocupa claramente el primer puesto, con 31 individuos —aproximadamente un 23% del total—, seguida de Irak con 17 y Marruecos con 13. El gráfico elaborado por Cottee incluye después Chechenia y Túnez, con 12 casos cada uno; Argelia, con diez; Tayikistán, con ocho; Afganistán, con siete; Somalia, con cinco, y Kosovo, con cuatro.

 

Un 23% tenía antecedentes por delitos comunes. Un 12% presentaba algún problema documentado de salud mental, aunque Cottee advierte de que probablemente sea una cifra inferior a la real debido a que las informaciones policiales y periodísticas no siempre proporcionan datos clínicos. El investigador decidió incluir 17 casos en los que coexistían radicalización y problemas psiquiátricos porque considera que una circunstancia no excluye necesariamente a la otra: una persona puede padecer un trastorno mental y, simultáneamente, asumir una ideología extremista que dé forma y dirección a su violencia.

 

La delimitación utilizada en la investigación merece especial atención. Cottee no llama «inmigrante» a cualquiera que tenga ascendencia extranjera. Para formar parte de esta categoría, el individuo debe haber nacido fuera de Europa y haber pasado en un país no europeo una parte sustancial de sus años formativos, especialmente su infancia. Esta definición incluye desde solicitantes de asilo recién llegados hasta residentes que llevaban años en Europa. Por ejemplo, incorpora a Mohamed Lahouaiej-Bouhlel, autor de la matanza de Niza, porque llegó desde Túnez a Francia con 20 años, y a Zaniar Matapour, que llegó a Noruega a los doce. Por el contrario, excluye expresamente a los terroristas de Barcelona y Cambrils de 2017 nacidos en Marruecos pero trasladados a España cuando eran bebés, así como a otros individuos llegados a Europa durante su infancia temprana.

 

Esta precisión es fundamental: el 45% no significa que el 45% de las tramas fueran cometidas por refugiados, solicitantes de asilo o inmigrantes ilegales recién llegados. La categoría de Cottee es considerablemente más amplia y abarca inmigración de primera generación, incluso cuando el individuo llevaba una década residiendo legalmente en Europa. 

 

Sólo una minoría llegó a Europa enviada por ISIS

 

Otra conclusión rompe con una explicación igualmente simplista. Los datos no muestran que la mayoría de estos terroristas fueran comandos enviados clandestinamente a Europa aprovechando las rutas migratorias. Eso ocurrió, y existen casos extraordinariamente graves, pero afectó a una minoría.

 

Aproximadamente un 9% llegó a Europa con la finalidad expresa de cometer un atentado. Entre ellos se encontraban dos de los terroristas que participaron en los ataques de París de noviembre de 2015: eran iraquíes y se hicieron pasar por refugiados sirios utilizando documentación falsificada para introducirse en Europa. El episodio demostró que ISIS había detectado y utilizado la vulnerabilidad de las rutas migratorias. Sin embargo, el dato decisivo es otro: alrededor del 79% fueron lo que Cottee denomina self-starters, individuos que desarrollaron su vinculación ideológica con ISIS después de encontrarse ya en Europa. Un 10% adicional corresponde a situaciones híbridas: personas no enviadas específicamente para atentar, pero que ya habían tenido algún grado de vinculación con el movimiento yihadista.

 

Esto convierte el debate sobre inmigración y terrorismo en algo bastante más complejo que el simple control policial de las fronteras. Si casi ocho de cada diez implicados no llegaron convertidos en comandos operativos, la amenaza no consiste únicamente en detectar terroristas infiltrados entre refugiados, sino también en comprender por qué una pequeña minoría de inmigrantes ya instalada en Europa termina incorporándose al universo ideológico yihadista.

 

El tiempo transcurrido desde la llegada es revelador. Algo más de la mitad, el 51%, avanzó hacia la violencia durante sus primeros cinco años en Europa. El 28% lo hizo en los dos primeros años y el 48% de todos los terroristas estudiados había llegado al continente entre 2014 y 2016, precisamente durante el periodo de mayor flujo migratorio. Para el 15%, el investigador no pudo establecer con suficiente precisión cuándo se había producido la llegada.

 

El debate sobre la radicalización: ¿importada o fabricada en Europa?

 

Aquí aparece una de las principales disputas académicas que atraviesan el informe. Una corriente importante de los estudios sobre terrorismo europeo sostiene que el yihadismo es fundamentalmente un fenómeno homegrown: individuos que se radicalizan en Europa como consecuencia de una combinación de alienación, fracaso de integración, discriminación, conflictos identitarios, política exterior occidental o propaganda extremista.

 

Cottee considera incompleta esa interpretación. Que alguien se radicalice después de llegar a Berlín, París o Londres, sostiene, no demuestra que llegue a Europa como una «página en blanco». La socialización, la visión religiosa, la relación con la autoridad, la concepción de hombres y mujeres o la percepción del mundo occidental también pueden haberse construido durante la infancia y adolescencia en el país de origen. El proceso, por tanto, debería estudiarse como una interacción entre el bagaje que trae el inmigrante y las circunstancias que encuentra en Europa, en lugar de atribuir automáticamente toda radicalización posterior a un fracaso de la sociedad receptora. El propio Cottee admite que en este campo existen todavía muy pocos estudios individuales suficientemente profundos como para establecer una explicación general.

 

Hay además casos en los que una decisión administrativa parece haber actuado como detonante inmediato. Mohammed Daleel, autor del atentado suicida de Ansbach de julio de 2016, había recibido apenas diez días antes la comunicación de que sería deportado a Bulgaria. Pero la situación inversa también aparece en la base de datos: el 47% de los 137 implicados había obtenido asilo o disponía de algún tipo de permiso de residencia. Para Cottee, esto demuestra que la concesión de protección legal no constituye por sí misma ninguna garantía frente a la posterior radicalización.

 

Una discusión académica mucho menos cerrada de lo que suele parecer

 

El informe tampoco surge en el vacío. Cottee revisa investigaciones anteriores que han producido resultados diferentes, en gran medida porque cada una mide categorías distintas. Robin Simcox estudió el periodo 2014-2017 y encontró 44 solicitantes de asilo implicados en 32 planes islamistas, consumados o frustrados, responsables de 182 muertos y 814 heridos. Calculó que los solicitantes de asilo participaban en el 16% de las tramas islamistas estudiadas y advirtió expresamente de que ISIS estaba utilizando las rutas de refugiados para introducir operativos en Europa.

 

Por el contrario, Thomas Renard y Méryl Demuynck analizaron el periodo 2014-2024 y llegaron a una conclusión bastante diferente. Identificaron 55 individuos vinculados a 43 ataques yihadistas en la Unión Europea, excluyendo Reino Unido y contabilizando únicamente atentados consumados. Algo más de la mitad de los autores habían nacido en Europa o llevaban más de cinco años residiendo en ella; 13 eran inmigrantes irregulares y once de estos últimos tenían una orden de expulsión en vigor. Renard y Demuynck concluyeron que el terrorismo europeo seguía siendo fundamentalmente un fenómeno interno y que la relación entre inmigración y terrorismo no parecía haberse agravado con el tiempo.

 

Otro investigador, Erik Hacker, estudió 105 ataques yihadistas cometidos entre 2014 y 2022 por 133 autores y encontró que 31 —un 23,31%— eran solicitantes de asilo. En Alemania la proporción alcanzaba, según su investigación, el 60%. Petter Nesser, cuya extensa base de datos constituye una de las principales fuentes empleadas por Cottee, había localizado por su parte solicitantes de asilo en 40 tramas europeas.

 

Las discrepancias no significan necesariamente que una investigación sea correcta y las demás falsas. Una cuenta únicamente atentados realizados; otra incorpora proyectos frustrados. Una estudia solicitantes de asilo; otra inmigrantes de primera generación; otra incluye retornados del Estado Islámico. Una excluye Reino Unido. Cambiar el universo analizado modifica considerablemente el resultado. Precisamente una de las aportaciones del nuevo informe es incorporar tanto atentados como conspiraciones abortadas, porque los servicios de inteligencia impiden una proporción muy elevada de la actividad terrorista antes de que llegue a convertirse en noticia.

 

Una base de datos construida con criterios restrictivos

 

Cottee construyó tres bases de datos específicas para esta investigación y utilizó como punto de partida el Jihadi Plots in Europe Dataset desarrollado durante casi veinte años por Petter Nesser en el Norwegian Defence Research Establishment. Ese registro contiene 273 planes yihadistas bien documentados entre 1994 y 2024. Cottee lo cruzó con investigaciones anteriores, documentación especializada de CTC Sentinel, informes anuales de Europol y múltiples fuentes periodísticas para cada caso.

 

El investigador afirma haber preferido pecar por defecto antes que inflar las cifras. Excluyó delitos consistentes únicamente en propaganda o glorificación del terrorismo, pertenencia a organizaciones terroristas cuando no existía un plan de atentado en Europa, combatientes extranjeros que regresaron al continente pero no prepararon ataques, delitos de odio, proyectos demasiado vagos y episodios violentos perpetrados por inmigrantes cuando no existían pruebas suficientes de motivación yihadista. Incluso algunos ataques que exteriormente podían parecer terrorismo fueron descartados cuando la investigación estableció motivos personales o puramente criminales.

 

Eso no convierte el trabajo en una estadística oficial ni elimina sus limitaciones. Se trata de un informe elaborado por un investigador para un think tank, basado fundamentalmente en fuentes abiertas y bases de datos académicas, no de un censo policial único elaborado con criterios homogéneos por todas las autoridades europeas. El propio Cottee reconoce dificultades para determinar, por ejemplo, las fechas exactas de llegada de algunos individuos. Además, su categoría «inmigrante de primera generación» no coincide exactamente con categorías administrativas como «extranjero», «refugiado», «solicitante de asilo» o «inmigrante irregular». Estas precauciones son necesarias para interpretar correctamente el 45%, pero no hacen desaparecer ese porcentaje.

 

La «cuarta ola» del yihadismo europeo

 

La tesis central de Cottee va más allá de la estadística. El investigador propone que Europa se encuentra ante lo que denomina una «cuarta ola» del yihadismo. Las primeras generaciones fueron los combatientes de Afganistán de los años ochenta; posteriormente aparecieron los expatriados de Oriente Próximo que se integraron en las redes de Al Qaeda; y después llegó el terrorismo homegrown, protagonizado por musulmanes nacidos y educados en Occidente e inspirados por el yihadismo global sin necesidad de pertenecer formalmente a una organización.

 

La cuarta ola estaría formada por inmigrantes de primera generación procedentes fundamentalmente de Oriente Próximo, el norte de África y distintas regiones de mayoría musulmana que se instalan en Europa y terminan abrazando el yihadismo. No son necesariamente terroristas cuando atraviesan la frontera y, como demuestran los datos, en la mayoría de los casos no lo son. Pero tampoco encajan en el concepto clásico de terrorismo «autóctono», porque su formación cultural se produjo en buena medida fuera de Europa. Cottee sitúa en el centro de esta generación al individuo desarraigado, resentido, socialmente desplazado y receptivo a una doctrina que no interpreta la sociedad occidental simplemente como una sociedad que le ha tratado mal, sino como una civilización moralmente ilegítima.

 

Esta distinción es importante porque afecta a las respuestas políticas. Si el extremismo se atribuye exclusivamente a discriminación, pobreza o deficiencias de integración, la solución consistirá fundamentalmente en aumentar las políticas sociales y combatir la marginación. Cottee sostiene, sin negar que esos factores puedan intervenir, que existe un componente ideológico irreductible que no puede explicarse únicamente mediante las patologías de Occidente. Para respaldar ese argumento recuerda que la propia propaganda del Estado Islámico ha explicado reiteradamente su rechazo a las sociedades occidentales por su secularismo, su libertad religiosa y sexual y su oposición al orden político islámico que el grupo pretende imponer.

 

El coste de seguridad de la inmigración masiva

 

Es aquí donde el informe abandona definitivamente el terreno cómodo. Cottee aclara expresamente que su trabajo no pretende demostrar que la inmigración deba ser eliminada ni cuestionar la obligación humanitaria hacia quien huye de una guerra. También recuerda que la inmensa mayoría de los inmigrantes son personas pacíficas y respetuosas con la ley; algunos, de hecho, han colaborado para impedir atentados.

 

Pero rechaza que esa obviedad pueda utilizarse para evitar el verdadero asunto planteado por los datos. Una política pública puede beneficiar a millones de personas y, simultáneamente, generar determinados costes y riesgos. Su conclusión es que el movimiento migratorio masivo desde países de mayoría musulmana hacia Europa ha tenido entre esos costes un deterioro cuantificable de la seguridad y una mayor exposición al terrorismo yihadista. Según el investigador, negar esa dimensión por miedo a alimentar a la derecha populista o a ser acusado de islamofobia termina dificultando precisamente la elaboración de políticas eficaces.

 

El propio instituto que publica el trabajo no oculta su posición intelectual: el Danube Institute, con sede en Budapest, se define como una institución arraigada en una visión conservadora de la vida cultural, religiosa y social, combinada con liberalismo clásico en economía y una defensa del Estado nacional como elemento central de la democracia. Cottee, por su parte, es criminólogo especializado en terrorismo y extremismo violento, colaborador de The Atlantic, editor colaborador de Studies in Conflict & Terrorism, colaborador habitual de UnHerd y miembro de un grupo asesor independiente del Gobierno británico sobre terrorismo en prisiones y libertad condicional.

 

Su posición política puede discutirse. Sus inferencias pueden ser sometidas a crítica. Lo que resulta más difícil es despachar la investigación simplemente mediante etiquetas. El núcleo estadístico permanece: 100 de las 221 tramas yihadistas europeas registradas durante diez años implicaron a personas nacidas fuera de Europa que habían pasado allí sus años formativos; 51 de esas tramas llegaron a ejecutarse; provocaron 279 muertos y 1.192 heridos; Alemania soportó casi la mitad de los casos; alrededor del 80% estuvieron relacionadas con ISIS y el fenómeno, después de disminuir durante varios años, volvió a aumentar con fuerza en 2024.

 

El dato tampoco permite afirmar que la inmigración produzca automáticamente terrorismo, ni que exista una amenaza atribuible colectivamente a millones de musulmanes que viven pacíficamente en Europa. Eso sería ir mucho más allá de lo que contiene la investigación. Pero tampoco permite sostener con comodidad que inmigración y terrorismo yihadista pertenezcan a universos completamente separados. El estudio de Cottee sostiene precisamente lo contrario: existe un nexo estadístico que debe ser medido, discutido y tenido en cuenta dentro de cualquier evaluación seria de los costes y beneficios de la política migratoria europea.

 

El investigador concluye recordando incluso su propia evolución. En 2015 visitó el campamento de inmigrantes de Calais y escribió entonces desde una posición profundamente favorable a quienes intentaban alcanzar Reino Unido. Años después reconoció que aquella simpatía le había llevado a minimizar demasiado pronto los posibles riesgos. Uno de los jóvenes iraquíes que estuvo en el campamento durante aquella época, Ahmed Hassan, terminó colocando en 2017 una bomba en un tren del metro londinense que hirió a decenas de pasajeros cuando explotó parcialmente. Para Cottee, la lección no consiste en exagerar el peligro ni en convertir a todo inmigrante en sospechoso, sino en abandonar el extremo contrario: negar un fenómeno simplemente porque reconocerlo resulte políticamente incómodo.

 

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