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Arturo Aldecoa Ruiz
Jueves, 27 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

La segunda trampa de Tucídides

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La trampa de Tucídides es un concepto de política internacional que describe el peligro de guerra general que surge cuando una potencia emergente (Esparta en sus días)  amenaza con desplazar a una potencia dominante establecida (entonces, Atenas).

 

En aquellos tiempos toda Grecia acabó en una larga guerra que destruyó el poder de Atenas y consolidó temporalmente a Esparta como árbitro de su mundo. Toda la Hélade quedó arrasada.

 

Hoy se recuerda este concepto al hablar de la rivalidad de Estados Unidos y China, por el riesgo latente de conflicto entre ambas potencias.

 

Pero Tucídides, nos advirtió además en su Historia de la guerra del Peloponeso de otra trampa que podría llevar a nuestras sociedades modernas al desastre: el uso irresponsable de la discordia civil como arma política. Un discurso incendiario que, al igual que el "fuego griego" bizantino, una vez desatada es imposible de apagar.

 

Por ello, en este siglo XXI en el que tantos pirómanos  políticos incendian la convivencia en sus países para ganar poder  o consolidar el que ya tienen, conviene escuchar la advertencia de Tucídides sobre el origen de la guerra en Córcira (Corfú), un conflicto local que al final arrastró poco a poco a toda Grecia al desastre:

 

"En aquellos días, las pasiones estaban tan inflamadas que una solución moderada iba a resultar imposible.

 

Sin control, las facciones dieron rienda suelta a la ira y al odio, poderosas motivaciones en el preludio de una guerra fratricida. Las ejecuciones políticas degeneraron en simples asesinatos; se mataba por venganza personal o por dinero; la maldad y el sacrilegio fueron moneda común. Estos horrores dieron la oportunidad de predecir las terribles consecuencias del conflicto civil en tiempos de guerra.

 

Las atrocidades iniciales sólo fueron las primeras entre muchas; los ciudadanos en tiempos de paz no habían tenido pretextos ni deseos de cometerlas, pero cada facción perpetró multitud de hechos terribles, tal como sucede y seguirá sucediendo mientras la naturaleza humana siga siendo la misma.

 

En época de paz y prosperidad, las naciones y las gentes se comportan de forma razonable porque el bienestar material y la seguridad que separan la civilización de la barbarie no se han marchitado, ni sus gentes se han visto reducidas a la brutalidad. No obstante, la guerra, que arranca a la gente de la satisfacción fácil de las necesidades diarias, es una maestra violenta que hace encajar su disposición a las circunstancias.

 

En esos días, la pertenencia y la lealtad a los partidos acabaron por verse como las virtudes más altas; con ello no sólo se consiguió ensombrecer a las demás virtudes, sino justificar el abandono de los frenos que supone la moral tradicional.

 

El fanatismo y la traición al enemigo fueron considerados igualmente admirables: rechazar cualquiera de éstas era deteriorar la unidad del partido por miedo al enemigo. Los juramentos perdieron sentido y se convirtieron en medios de engaño.

 

El estado de terror se originó como consecuencia de la ambición y el deseo de poder que emergen comúnmente una vez ha estallado la guerra de facciones.

 

Mientras tanto, los líderes adoptaban hermosas consignas: en un caso, "igualdad política" y, en otro, "el gobierno de los mejores"- y recurrían a cualquier artimaña a su alcance, incluso eliminar a los que no pertenecían a ningún partido, bien porque no les apoyaban en la lucha o porque su mera supervivencia era blanco de envidias y causa de escándalo.

 

Un nuevo tipo de maldad se extendió de la mano de la revolución. Por lo general, se impusieron los individuos más ignorantes, porque, conscientes de su debilidad, se lanzaron a actuar con audacia. Los más inteligentes en cambio, pensaron que no había necesidad de tomar medida activa alguna sobre aquello que se podía obtener con la razón.

 

Sin embargo, nada volvió a ser igual porque en aquellos días había estallado en Córcira la guerra civil."

 

Es preocupante que algunas cosas que relata Tucídides sucedan hoy en nuestras sociedades democráticas occidentales, y todo porque el germen de la discordia es alentado y cultivado por algunos. 

 

Está es la segunda trampa de Tucídides: no sólo el enfrentamiento de grandes potencias puede dañar nuestras sociedades y civilización, sino que también el uso de la discordia civil como arma política puede ser la chispa que arrastre a las sociedades civilizadas a la barbarie.

 

La próxima vez que vaya a votar, pregúntese el lector qué grado de respeto guardan los candidatos hacia sus adversarios, y descarte aquellos que usan la discordia como discurso.

 

(*) Arturo Aldecoa Ruiz. Apoderado en las Juntas Generales de Bizkaia 1999-2019

 

 

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