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Vuelo hacia Moscú: el día en que la CIA y el Vaticano coincidieron en Rusia

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Un C-17 Globemaster de las Fuerzas Aéreas estadounidenses tocó tierra en el aeropuerto de Vnukovo la mañana del martes 25 de agosto. No llevaba insignias que lo delataran ante los radares aficionados que llevan meses siguiendo cada movimiento militar sobre Europa del Este, pero su ruta —Base Conjunta Andrews, escala en Riga el domingo 23, y finalmente Moscú— acabó por delatarlo. A bordo viajaba John Ratcliffe, director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), en la visita de más alto nivel de un funcionario de la administración Trump a Rusia desde enero. Era, además, la primera vez que un jefe de la CIA pisaba suelo ruso desde noviembre de 2021.


Casi al mismo tiempo, por una puerta muy distinta de la diplomacia internacional, entraba en la ciudad monseñor Paul Richard Gallagher, el canciller de la Santa Sede. Dos hombres, dos instituciones que rara vez comparten titular, convergiendo el mismo día en la misma capital, en el momento más tenso de la guerra de Ucrania desde su inicio.


El vuelo que nadie anunció
 

El viaje de Ratcliffe se mantuvo en secreto hasta que fue imposible ocultarlo: el rastro de un avión de transporte militar estadounidense aterrizando en Vnukovo bastó para que la prensa empezara a hacer preguntas. Dos funcionarios estadounidenses terminaron confirmando lo que Washington no quería anunciar. La Casa Blanca no emitió comunicado alguno; la CIA, tampoco. Fue el Kremlin quien, a través de su portavoz Dmitri Peskov, rompió el silencio: confirmó a The Washington Post que se habían producido "contactos entre servicios de seguridad", pero fue tajante en un punto —Ratcliffe no se reunió con Vladimir Putin, aunque el presidente ruso "fue informado" de las conversaciones.


El propio Donald Trump, preguntado por el viaje, lo describió como algo "semi-rutinario", y expresó su deseo de que sirviera para acercar el fin de la guerra. No es la primera vez que Ratcliffe trata con sus homólogos rusos: mantiene contacto regular con Serguéi Narishkin, jefe del servicio de inteligencia exterior ruso (SVR), desde que asumió el cargo en enero de 2025, y ha sido protagonista de anteriores negociaciones para el intercambio de prisioneros entre ambos países.


El detalle que mejor retrata la delicadeza del momento llegó antes de que el avión despegara siquiera: Washington pidió a Kiev que se abstuviera de atacar Moscú mientras la delegación estadounidense estuviera en la ciudad. Una petición que, por sí sola, dice más sobre la naturaleza de la visita que cualquier comunicado oficial.
 

La otra agenda: la Iglesia entra en Moscú
 

Mientras la CIA operaba en la penumbra, la Santa Sede hacía exactamente lo contrario: publicó su agenda. Gallagher llegó a Moscú el 24 de agosto para una gira de cinco días que representaba, en sí misma, un hecho histórico —el primer viaje de un alto cargo vaticano a Rusia desde la invasión de Ucrania en febrero de 2022, y el primero de Gallagher desde noviembre de 2021.


El itinerario, hecho público por la propia Santa Sede, no dejaba margen para la ambigüedad. El 25 de agosto, coincidiendo casi hora con hora con la llegada de Ratcliffe, Gallagher se reunió con el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, y con el metropolita Antonio de Volokolamsk, la voz de la Iglesia ortodoxa rusa en materia de relaciones exteriores. Al día siguiente le tocó el turno a Yuri Ushakov, asesor de política exterior del propio Putin. La visita se cerraba con un perfil más pastoral que diplomático: misa en la catedral católica de la Inmaculada Concepción, encuentros con sacerdotes y religiosos, y una reunión con los obispos católicos de Rusia, antes de regresar a Roma el 28 de agosto.

 

Ningún medio ni fuente oficial ha establecido un vínculo entre ambas visitas. El Kremlin, de hecho, desmintió que existieran "conversaciones planeadas" con enviados estadounidenses en los términos en que circulaban algunas informaciones. Lo que sí está documentado es el terreno común sobre el que ambas delegaciones pisaban: unas negociaciones de paz estancadas, mediadas por Washington entre Ucrania y Rusia, en las que ninguna de las dos partes se acerca a un acuerdo de fondo, y un Vaticano que lleva tiempo cultivando, con discreción, un papel de mediador en el conflicto.


Analistas citados por Radio Free Europe/Radio Liberty apuntan —como hipótesis, no como hechos confirmados— que Ratcliffe pudo haber viajado para tantear si Moscú sigue dispuesto a negociar, para presionar sobre el apoyo militar ruso a Irán, o para gestionar la situación de ciudadanos estadounidenses detenidos en Rusia. Son lecturas razonadas de expertos en política exterior, no revelaciones: la agenda exacta de la reunión de inteligencia sigue sin hacerse pública, y probablemente nunca lo será del todo. Como resumió uno de esos analistas, los directores de la CIA no suelen viajar a Moscú salvo que tengan algo concreto que pedir.


Lo único incuestionable es la fotografía que deja el 25 de agosto de 2026: un avión militar que aterriza sin avisar y un cortejo eclesiástico que aterriza anunciándose a bordo, coincidiendo en una ciudad que, por unas horas, se convirtió en el punto donde el espionaje y la diplomacia religiosa —dos formas muy distintas de intentar torcer el curso de una guerra— se cruzaron sin que nadie, todavía, pueda decir con certeza si se rozaron.

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