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Jueves, 27 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

Apuntes sobre cómo el globalsocialismo ha destruido a Occidente (XII): Del arte como búsqueda espiritual a su conversión en mercancía provocadora

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Durante siglos, el arte fue un puente hacia lo trascendente. No era solo estética: era búsqueda de sentido. La catedral gótica, el fresco renacentista, la sinfonía romántica, no pretendían ser originales: pretendían ser verdaderos. El arte, en Occidente, era una forma de oración con formas visibles.

 

Hoy, esa misión está eclipsada. El arte contemporáneo, en gran parte, ha dejado de buscar belleza para buscar impacto. La provocación ha sustituido a la contemplación. El mercado ha sustituido al misterio. Y cuando el arte deja de ser lenguaje de lo eterno, se convierte en mercancía efímera.

 

De lo bello a lo útil

 

El crítico francés Jean Clair, en La responsabilidad del artista, denunció esta mutación: el artista contemporáneo ya no se ve como heredero de una tradición, sino como destructor de todas. La obra ya no sirve a la verdad ni a la comunidad, sino al ego y al mercado. El escándalo es el nuevo canon.

 

Roger Scruton lo resumía así: en el momento en que el arte dejó de preocuparse por la belleza, perdió su justificación. Esta frase, que recoge fielmente su pensamiento en Beauty, no es un lamento conservador, sino una advertencia cultural: cuando una civilización deja de producir belleza, empieza a perder su alma y se contenta con las referencias de los más botarates, miserables y sinvergüenzas. Basta mirar al Ejecutivo de Pedro Sánchez, sus televisiones y sus decisiones culturales.

 

La estética del vacío

 

La fealdad no es casual. Es una declaración. En una época que teme la trascendencia, el arte se hace banal o grotesco para evitar cualquier rastro de sentido. Se glorifica lo roto, lo fragmentado, lo absurdo. No para denunciarlo, sino para celebrarlo. Es la estética de una cultura que ha renunciado a creer en algo más grande que ella misma.

 

El filósofo Byung-Chul Han habla de una “sociedad de la transparencia” donde todo se expone, pero nada se revela. El arte, en ese contexto, deja de ser misterio para convertirse en espectáculo. No hay profundidad, solo superficie. No hay símbolo, solo impacto inmediato.

 

El mercado como oráculo

 

El problema no es solo ideológico, sino económico. El arte contemporáneo ha sido colonizado por el mercado global. Ya no se mide por su capacidad de elevar al espectador, sino por su valor en subasta. La obra se convierte en inversión, en signo de estatus, en objeto de especulación.

 

Como dijo Donald Kuspit: el arte contemporáneo ha pasado de ser una revelación a ser una transacción. En ese cambio, no solo pierde el arte: pierde la sociedad, porque el arte es uno de los pocos lenguajes que nos recuerdan quiénes somos.

 

La salida no está en copiar el pasado ni en rechazar toda vanguardia. Está en volver a creer que el arte tiene una misión espiritual. Que la belleza no es adorno, sino camino. Que el artista no es solo provocador, sino guardián de misterios.

 

Hace falta recuperar el oficio: dibujar, esculpir, componer, no para impresionar a los críticos, sino para decir algo verdadero al alma humana. Hace falta volver a la humildad de quien sirve a algo mayor que su ego.

 

El arte no salvará una civilización por sí solo. Pero ninguna civilización se ha salvado sin arte verdadero. Y cuando lo bello vuelve a brillar, incluso entre las ruinas, es señal de que la vida resiste.

 

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