Apuntes sobre cómo el globalsocialismo ha destruido a Occidente (XIII) / Coronas de barro: la rendición de las monarquías europeas al progresismo global
Al actuar como influencers progresistas, los reyes europeos pierden su función integradora
![[Img #31085]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/2300_screenshot-2026-09-03-at-13-37-24-felipe-vi-casa-real-buscar-con-google.png)
Las monarquías europeas sobrevivieron al siglo XX porque supieron mantenerse simbólicas, discretas y, en cierta forma, conservadoras. Su fuerza residía en no hacer política. En representar la unidad nacional por encima de partidos, ideologías o gobiernos pasajeros.
Pero en las últimas décadas, esa reserva simbólica ha sido traicionada. La ideología globalsocialista ha penetrado profundamente en las casas reales, especialmente en la española y en la británica, convirtiéndolas en portavoces de agendas contrarias a los valores que supuestamente debían custodiar.
La Agenda 2030, el wokismo, la inmigración descontrolada, el ecologismo dogmático, la deconstrucción de las identidades nacionales… han encontrado en muchos reyes, reinas y príncipes europeos no opositores, sino aliados entusiastas. Ya no basta con inaugurar hospitales o representar a la nación: hoy pontifican sobre derechos sexuales, celebran el Ramadán en castillos cristianos, y se alinean con el fanatismo verde y antinatalista. Mientras callan como muertos cuando hay que defender a su país.
El Rey Carlos III, como cabeza de la Iglesia Anglicana, ha antepuesto en sus discursos el islam al cristianismo. Su hijo Harry y Meghan, su esposa, han convertido la Casa de Sussex en una oficina woke. La Reina Máxima de Holanda actúa como emisaria de la ONU para implementar la Agenda 2030. El Rey de España, Felipe VI, el cobarde que huye como las ratas a la hora de defender a Ceuta, ha elogiado recientemente los pactos migratorios y el modelo energético impuestos por organismos globalistas, incluso repitiendo narrativas islamistas al hablar de Oriente Medio.
La monarquía, ese último símbolo de estabilidad, ha sido así absorbida por el globalsocialismo. Y lo ha hecho por miedo, por ingenuidad, o por oportunismo, sin entender que su existencia misma es incompatible con ese proyecto igualitario, horizontal, y antipatriótico que promueve el nuevo orden mundial.
Al actuar como influencers progresistas, los reyes pierden su función integradora, su conexión con el alma del pueblo. El desprecio creciente de los jóvenes hacia la monarquía —como muestran las encuestas en Reino Unido, Países Bajos o España— es proporcional a su traición al espíritu tradicional que les dio sentido.
Si la monarquía actúa como un títere de la ideología dominante, entonces deja de ser símbolo y se convierte en instrumento. Y como instrumento, será sustituible. Su destino final será la irrelevancia o la abolición. Porque nadie necesita una aristocracia que juega a ser activista. Ni una corona que se arrastra ante el poder real: el de las élites globales que promueven el desarraigo, la sumisión y la ruptura con la historia.
Todos los capítulos de esta serie
Al actuar como influencers progresistas, los reyes europeos pierden su función integradora
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Las monarquías europeas sobrevivieron al siglo XX porque supieron mantenerse simbólicas, discretas y, en cierta forma, conservadoras. Su fuerza residía en no hacer política. En representar la unidad nacional por encima de partidos, ideologías o gobiernos pasajeros.
Pero en las últimas décadas, esa reserva simbólica ha sido traicionada. La ideología globalsocialista ha penetrado profundamente en las casas reales, especialmente en la española y en la británica, convirtiéndolas en portavoces de agendas contrarias a los valores que supuestamente debían custodiar.
La Agenda 2030, el wokismo, la inmigración descontrolada, el ecologismo dogmático, la deconstrucción de las identidades nacionales… han encontrado en muchos reyes, reinas y príncipes europeos no opositores, sino aliados entusiastas. Ya no basta con inaugurar hospitales o representar a la nación: hoy pontifican sobre derechos sexuales, celebran el Ramadán en castillos cristianos, y se alinean con el fanatismo verde y antinatalista. Mientras callan como muertos cuando hay que defender a su país.
El Rey Carlos III, como cabeza de la Iglesia Anglicana, ha antepuesto en sus discursos el islam al cristianismo. Su hijo Harry y Meghan, su esposa, han convertido la Casa de Sussex en una oficina woke. La Reina Máxima de Holanda actúa como emisaria de la ONU para implementar la Agenda 2030. El Rey de España, Felipe VI, el cobarde que huye como las ratas a la hora de defender a Ceuta, ha elogiado recientemente los pactos migratorios y el modelo energético impuestos por organismos globalistas, incluso repitiendo narrativas islamistas al hablar de Oriente Medio.
La monarquía, ese último símbolo de estabilidad, ha sido así absorbida por el globalsocialismo. Y lo ha hecho por miedo, por ingenuidad, o por oportunismo, sin entender que su existencia misma es incompatible con ese proyecto igualitario, horizontal, y antipatriótico que promueve el nuevo orden mundial.
Al actuar como influencers progresistas, los reyes pierden su función integradora, su conexión con el alma del pueblo. El desprecio creciente de los jóvenes hacia la monarquía —como muestran las encuestas en Reino Unido, Países Bajos o España— es proporcional a su traición al espíritu tradicional que les dio sentido.
Si la monarquía actúa como un títere de la ideología dominante, entonces deja de ser símbolo y se convierte en instrumento. Y como instrumento, será sustituible. Su destino final será la irrelevancia o la abolición. Porque nadie necesita una aristocracia que juega a ser activista. Ni una corona que se arrastra ante el poder real: el de las élites globales que promueven el desarraigo, la sumisión y la ruptura con la historia.
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