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Jueves, 03 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

Un periódico miserable: "Gara" y la fabricación periodística de la xenofobia

El diario próximo a Bildu y al Gobierno de Pedro Sánchez presenta como una irrupción xenófoba las concentraciones celebradas en apoyo de Ceuta y convierte una movilización ciudadana en una amenaza política. La portada no se limita a informar: selecciona al culpable, dicta el significado de la fotografía y desplaza el foco desde la crisis fronteriza hasta quienes denuncian sus consecuencias



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La fotografía ocupa casi toda la portada. Varios centenares de personas se concentran ante el Ayuntamiento de Bilbao. Hay hombres y mujeres, numerosos asistentes de edad avanzada, algunos jóvenes, carteles y muchas banderas españolas. No se ven disturbios, cargas policiales ni enfrentamientos. Tampoco pancartas contra una raza, una religión o una nacionalidad. La escena retrata, al menos en ese instante, una manifestación pacífica de apoyo a Ceuta. Pero el gran titular que Gara sitúa bajo la imagen no describe lo que el lector contempla. Le ordena cómo debe contemplarlo: «La xenofobia también se envalentona en las plazas de Euskal Herria».


La portada de Gara del 3 de septiembre constituye un ejemplo especialmente revelador de cómo puede construirse un marco ideológico mediante unas pocas palabras. El periódico no afirma que se produjeran comportamientos xenófobos en alguna de las concentraciones, que participaran grupos extremistas o que determinados asistentes profirieran consignas inadmisibles. Todo eso podría investigarse, atribuirse y someterse a contraste. El diario da un salto mucho mayor: sustituye a los manifestantes por una abstracción moralmente condenada y convierte a «la xenofobia» en el verdadero sujeto de la noticia. Quienes salieron a las calles dejan de ser ciudadanos con motivaciones distintas. Se transforman en la expresión visible de una patología política.


No es una diferencia menor. Informar de la presencia de grupos ultras supone identificar a esos grupos, documentar sus símbolos, reproducir sus mensajes y delimitar su peso dentro de una movilización más amplia. Calificar toda la protesta como xenófoba elimina esas obligaciones. La etiqueta precede a la prueba y la condena sustituye a la descripción. Bajo el marco utilizado por los nuevos mejores amigos del tirano Pedro Sánchez dejan de existir la solidaridad con una ciudad sometida a una presión extraordinaria, la preocupación por la seguridad, la defensa de la integridad territorial, el rechazo a la utilización de seres humanos como instrumento de presión y la crítica a la respuesta del Gobierno. Solo queda una multitud moralmente sospechosa que, según el verbo escogido por Gara, se ha «envalentonado».


El verbo que convierte ciudadanos en amenaza
 

"Envalentonarse" es el término central de la operación. No significa simplemente salir, reunirse o protestar. Describe a alguien que cobra una audacia impropia, generalmente al sentirse protegido o impune. Sugiere que la xenofobia permanecía contenida y que ahora, favorecida por una determinada coyuntura, se atreve a ocupar el espacio público. La palabra incorpora por sí sola una pequeña narración: había una fuerza oscura agazapada; esa fuerza ha perdido el miedo; las plazas vascas comienzan a caer bajo su presencia.


El adverbio «también» amplía el relato. La supuesta amenaza no se limitaría a Ceuta ni al resto de España, sino que habría alcanzado finalmente las calles de «Euskal Herria». Así, el periódico introduce el episodio en uno de sus marcos históricos más reconocibles: una corriente reaccionaria procedente del ámbito español penetra en un espacio vasco que se presenta como política y moralmente distinto. Las banderas nacionales dejan de ser el símbolo constitucional de quienes respaldan a una ciudad española y pasan a funcionar visualmente como la prueba de esa irrupción exterior.


La elección de «Euskal Herria» tampoco es neutra dentro de esta arquitectura. Las concentraciones fueron convocadas en Bilbao, San Sebastián, Vitoria, Guecho, Pamplona y otras localidades con diferentes coberturas institucionales y políticas. Gara las reúne en una comunidad nacional propia e inventada y presenta la exhibición de símbolos españoles como una anomalía que llega desde fuera, aunque quienes los portan sean vecinos de esas mismas ciudades. El titular contiene, por tanto, dos descalificaciones superpuestas: los asistentes serían xenófobos por protestar contra una entrada irregular masiva y «españolistas» por hacerlo con la bandera de su país.


La crónica publicada en Naiz, plataforma digital vinculada a Gara, desarrolla sin disimulo ese mismo esquema. Su titular afirma que «el españolismo sale a las plazas de Euskal Herria “Por Ceuta” y el antifascismo responde». El texto describe las convocatorias como «una nueva maniobra para desgastar al Gobierno Sánchez» y como una «intentona de socializar mensajes de corte ultra», mientras atribuye a las contramanifestaciones la misión de «neutralizar» esa operación. No existe entre ambos campos una simetría narrativa: unos salen a propagar una amenaza; los otros reaccionan para contenerla. Unos son definidos por las categorías «derecha», «ultraderecha», «caverna» y «xenofobia»; los otros aparecen bajo las denominaciones legitimadoras de «antifascistas» y «antirracistas».


Lo que la portada no cuenta
 

Todo medio jerarquiza. Ningún periódico puede incluir en una portada la totalidad de los hechos y toda selección expresa una mirada subjetiva. El problema aparece cuando esa selección no ordena la realidad, sino que la reemplaza. En la primera página de Gara, la causa material de las movilizaciones casi desaparece. No hay una referencia equivalente a la magnitud de la entrada irregular, al colapso de los servicios de Ceuta, a la inquietud de sus habitantes, al control de la frontera, a la responsabilidad del Estado o a las sospechas sobre la actuación de Marruecos. El acontecimiento que desencadena la protesta queda subordinado al diagnóstico ideológico sobre quienes protestan.


Es una inversión del foco de enorme eficacia política. La cuestión deja de ser qué ocurrió en Ceuta, cómo pudo suceder, quién debía impedirlo y qué responsabilidades corresponden a Madrid o a Rabat. La cuestión pasa a ser por qué una parte de la sociedad española ha reaccionado de una manera que el periódico proetarra considera xenófoba. La movilización ya no es una consecuencia de la crisis, sino un peligro más grave que la propia crisis. Y el ciudadano inquieto por la pérdida de control fronterizo deja de ser un interlocutor democrático para convertirse en objeto de vigilancia moral. Si ETA existiera, estos ciudadanos pasarían a ser objetivos de sus crimenes nacionalsocialistas. 


Esta sustitución también borra una distinción esencial entre inmigración e inmigración ilegal. Defender el derecho de un Estado a controlar sus fronteras, exigir que las entradas se produzcan conforme a la ley o reclamar la devolución de quienes carecen de título para permanecer en el país no equivale, por sí mismo, a hostilidad contra los extranjeros. La xenofobia consiste en rechazo, odio o aversión hacia personas por su condición extranjera o por su origen. Si cualquier oposición a una entrada irregular masiva queda subsumida en esa palabra, el debate democrático sobre fronteras, capacidad de acogida, seguridad, integración y soberanía se vuelve prácticamente imposible.


En ese terreno semántico, además, la condición de las personas que cruzaron la frontera queda formulada de una manera peculiar. Para una determinada izquierda, hablar de «ilegales» supone deshumanizar a los inmigrantes; pero hablar de «entrada ilegal» o «situación administrativa irregular» no niega la dignidad de nadie: describe la relación de un hecho o de una persona con el ordenamiento jurídico. La dignidad humana de los migrantes y el derecho del Estado a impedir una entrada no autorizada no son principios incompatibles. Una sociedad democrática puede sostener los dos al mismo tiempo. El marco elegido por Gara hace que el segundo parezca necesariamente una negación del primero.

 


La desproporción del planteamiento indecente de Gara se aprecia en la misma composición gráfica. La portada no muestra, no puede hacerlo, a un grupo extremista, una pancarta inequívocamente racista o el momento de una agresión. Muestra a centenares de personas reunidas pacíficamente en Bilbao, con abundancia de canas y banderas españolas. Sobre esa imagen relativamente ordinaria se impone el titular más grave. La fotografía aporta volumen y emoción; las palabras suministran la culpabilidad. El lector recibe así una asociación visual inmediata entre la bandera de España y la xenofobia, aunque la escena seleccionada no demuestre el vínculo.


Los medios con una identidad ideológica definida no constituyen una anomalía democrática. La Tribuna del País Vasco también la tiene. Gara tiene derecho a defender el independentismo, criticar las políticas fronterizas, apoyar la libre circulación o interpretar la crisis desde la perspectiva humanitaria. También posee el derecho —y, si dispone de pruebas, la obligación— de investigar a organizaciones racistas y denunciar sus actuaciones. La pluralidad informativa incluye publicaciones militantes y periódicos de partido, siempre que el lector pueda distinguir los hechos de las conclusiones.


El problema surge cuando una cabecera presenta la conclusión como si fuera el hecho. «Cientos de personas se concentran en apoyo de Ceuta; grupos ultras protagonizan incidentes en algunos actos» sería una formulación discutible en su jerarquía, pero verificable. «La xenofobia se envalentona» es un veredicto. No identifica cuántos asistentes expresaron rechazo a los extranjeros, qué mensajes concretos permiten atribuírselo ni qué proporción representaban dentro del conjunto. Convierte una categoría política disputada en la sustancia objetiva de la noticia.


Este procedimiento tiene consecuencias que van más allá de una portada. Cuando todo cuestionamiento de una política migratoria es presentado como racismo, se reduce el espacio del debate razonable y se entrega esa cuestión a los extremos. Los ciudadanos que perciben problemas reales —presión sobre los servicios, inseguridad, incapacidad de acogida o pérdida de control estatal— comprueban que una parte de la prensa no discute sus argumentos, sino que sospecha de sus motivos. El resultado no suele ser la desaparición del malestar. Suele ser su radicalización y el descrédito de los intermediarios que se niegan a reconocerlo.


Hay además una contradicción política difícil de soslayar. El nacionalismo vasco radical ha defendido durante décadas el derecho de una comunidad a preservar su identidad, decidir su organización política y establecer una relación soberana con el territorio. Sin embargo, cuando ciudadanos españoles apelan a la soberanía estatal, a la continuidad territorial o al control de una frontera, esos conceptos dejan de ser derechos colectivos y pasan a interpretarse como indicios de exclusión. La frontera reivindicada por el nacionalismo propio sería emancipadora; la frontera defendida por España sería reaccionaria. El criterio no parece depender del principio invocado, sino del sujeto que lo invoca.

 

La bandera completa esa asimetría. En otros contextos, Gara considera natural que una movilización vasca exhiba ikurriñas, enseñas proetarras, símbolos independentistas y consignas nacionales. Nadie esperaría que una protesta abertzale ocultase su identidad para no incomodar a quienes discrepan de ella. En la información sobre Ceuta, en cambio, la presencia de rojigualdas, el himno nacional y los gritos de «Viva España» se ofrece como parte del catálogo acusatorio. No se documenta únicamente que estaban allí; se los presenta como señales que corroboran el carácter "amenazador" de la concentración.


Toda portada periodística elige una mirada, pero no toda mirada necesita deformar aquello que contempla. Las de Gara, sí. Centenares de personas ocupan pacíficamente una plaza para expresar que Ceuta no está sola. Sobre ellas, un periódico miserable coloca una acusación colectiva que ninguna pancarta visible sostiene. La imagen documenta una concentración; el titular fabrica un culpable. ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Pedir tiros en la nuca y coches bomba para los "xenófobos"? De eso, Gara sabe mucho también.

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