Ocho territorios
La España que los españoles desconocen
Cinco territorios —quizá ocho— sostienen la soberanía española más allá de la península. Algunos no tienen un solo vecino. Uno cambia de bandera cada seis meses. Este es el mapa que no aparece en el parte meteorológico.
Hay una España que no sale en el mapa del tiempo. Cuando el presentador barre con la mano la piel de toro y se detiene, cortés, sobre Baleares y Canarias, quedan fuera del plano cinco pedazos de país que llevan siglos esperando su turno. No lo tendrán. Son demasiado pequeños, demasiado remotos, demasiado incómodos de explicar. Y sin embargo ahí están: con su bandera, su guarnición y, en algún caso, su único habitante censado durante décadas —un faro.
Empecemos por lo que todo el mundo cree conocer. Ceuta y Melilla, las dos ciudades autónomas, son la cara visible de esta geografía extramuros: puertos vivos, mestizos, con iglesias y mezquitas compartiendo horizonte, con fronteras que son a la vez muro y sustento. Ceuta es española desde antes de que existiera España tal como la entendemos —llegó con la corona portuguesa en 1580 y decidió quedarse en 1668—; Melilla fue tomada en 1497, cinco años después de Granada, cuando la Reconquista, terminada en casa, ensayó su prolongación al otro lado del Estrecho. Ambas obtuvieron su estatuto de autonomía en 1995 y ambas viven en un equilibrio permanente: Marruecos las reclama, España las administra sin mucha convicción, y sus 170.000 habitantes hacen lo que hacen todas las ciudades fronterizas del mundo: comerciar, cruzar, convivir.
Pero Ceuta y Melilla son solo el prólogo. Lo verdaderamente desconocido empieza donde se acaba la población civil.
El peñón con la frontera más corta del mundo
A medio camino entre ambas ciudades, pegado a la costa rifeña como una lapa de piedra, se alza el Peñón de Vélez de la Gomera. Es español desde 1564 y fue isla hasta 1934, cuando un temporal —la historia tiene estos caprichos— depositó un tómbolo de arena que lo soldó al continente africano. Desde entonces, España y Marruecos comparten allí la frontera terrestre más corta del planeta: unos ochenta metros de playa, marcados apenas por una cuerda azul tendida sobre la arena. Ochenta metros. Menos que una piscina olímpica. Del lado marroquí, un pueblo de pescadores; del español, un destacamento de regulares que se releva por mar y que convive con las gaviotas en un islote donde antaño hubo presidio, iglesia y cementerio.
![[Img #31088]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/1651_screenshot-2026-09-04-at-14-18-12-penon-de-velez-de-la-gomera-buscar-con-google.png)
Porque esa es otra de las verdades enterradas de estos territorios: fueron cárceles. Durante los siglos XVIII y XIX, los peñones sirvieron de presidio para lo más granado del delito y de la disidencia española. Ser destinado allí —de guarnición o de condena, a veces la diferencia era sutil— se consideraba uno de los peores destinos del imperio.
Alhucemas: la roca frente a la bahía
Más al este, frente a la bahía que dio nombre al desembarco de 1925 —el primero de la historia con apoyo aéreo y blindado, ensayo general de Normandía, dicen algunos historiadores—, emerge el Peñón de Alhucemas: una roca blanca coronada de casas apiñadas, como un pueblo andaluz que hubiera encogido en el lavado y quedado varado a trescientos metros de la costa marroquí. Lo escoltan dos islotes de nombre elemental, Isla de Tierra e Isla de Mar. Español desde 1673, sin un solo vecino civil, habitado por una pequeña guarnición que ve las luces de la ciudad marroquí de Alhucemas cada noche, tan cerca que casi podría leerse la carta de sus restaurantes.
![[Img #31089]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/7892_screenshot-2026-09-04-at-14-20-11-penon-de-alhucemas-buscar-con-google.png)
En 2012, la Isla de Tierra saltó a los titulares cuando decenas de migrantes subsaharianos acamparon en ella creyendo pisar la puerta de Europa. Tenían razón: era España. La crisis diplomática que siguió recordó al país que aquellas rocas olvidadas seguían siendo, a todos los efectos, territorio nacional.
Chafarinas: el archipiélago del silencio
Y luego están las Chafarinas, tres islas frente a la desembocadura del Muluya que España ocupó en 1848 adelantándose —cuenta la tradición— por apenas unas horas a una expedición francesa que navegaba hacia ellas con la misma intención. Congreso, Isabel II y Rey Francisco: los nombres delatan la época. Solo Isabel II está habitada, por una guarnición mínima, y el conjunto es hoy sobre todo un santuario natural: allí anida una de las mayores colonias del mundo de gaviota de Audouin y sobrevive una de las últimas poblaciones de foca monje del Mediterráneo occidental. La soberanía, a veces, tiene forma de refugio animal.
Los territorios fantasma
Hasta aquí el recuento oficial: cinco territorios. Pero el cronista escrupuloso debe añadir tres notas a pie de página que valen un reportaje cada una.
La isla de Alborán, a mitad de camino entre Almería y Melilla, plana como una mesa y batida por todos los vientos, pertenece administrativamente al municipio de Almería y aloja un pequeño destacamento de la Armada. Su cementerio diminuto, con apenas unas tumbas, es probablemente el camposanto más solitario de España.
![[Img #31090]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/688_screenshot-2026-09-04-at-14-22-34-isla-de-alboran-buscar-con-google.png)
El islote de Perejil, a doscientos metros de la costa marroquí, protagonizó en julio de 2002 el episodio más surrealista de la diplomacia española reciente: gendarmes marroquíes izaron su bandera en la roca deshabitada, España respondió con la operación Romeo-Sierra —comandos desembarcando al alba entre cabras—, y Estados Unidos tuvo que mediar para devolver el peñasco a su estado natural: vacío, ambiguo, sin bandera. Perejil sigue hoy sin soberanía formalizada, monumento involuntario a lo absurdo.
Y en el extremo opuesto del mapa y del espíritu, la isla de los Faisanes: doscientos metros de arboleda en mitad del río Bidasoa, entre Irún y Hendaya, donde en 1659 se firmó la Paz de los Pirineos y se entregó a la infanta María Teresa para su boda con Luis XIV. Desde entonces es el condominio más pequeño del mundo: España la administra del 1 de febrero al 31 de julio; Francia, el resto del año. Dos veces al año, sin ceremonia apenas, un pedazo de Europa cambia de país con la puntualidad de un equinoccio. No se puede visitar. Quizá por eso conserva intacta su condición de metáfora.
Epílogo: el país que cabe en una nota al pie
Sumados todos, estos territorios apenas alcanzarían la superficie de un municipio mediano. Su población militar se cuenta por decenas. Y sin embargo condensan, como pocas geografías, la historia entera del país que los sostiene: la expansión y el repliegue, el presidio y el santuario, la frontera como herida y como costumbre. Son la España que los españoles desconocen, y acaso también la que mejor los explica: pequeña, tozuda, encaramada a una roca, mirando al mar mientras espera el relevo.
Cinco territorios —quizá ocho— sostienen la soberanía española más allá de la península. Algunos no tienen un solo vecino. Uno cambia de bandera cada seis meses. Este es el mapa que no aparece en el parte meteorológico.
Hay una España que no sale en el mapa del tiempo. Cuando el presentador barre con la mano la piel de toro y se detiene, cortés, sobre Baleares y Canarias, quedan fuera del plano cinco pedazos de país que llevan siglos esperando su turno. No lo tendrán. Son demasiado pequeños, demasiado remotos, demasiado incómodos de explicar. Y sin embargo ahí están: con su bandera, su guarnición y, en algún caso, su único habitante censado durante décadas —un faro.
Empecemos por lo que todo el mundo cree conocer. Ceuta y Melilla, las dos ciudades autónomas, son la cara visible de esta geografía extramuros: puertos vivos, mestizos, con iglesias y mezquitas compartiendo horizonte, con fronteras que son a la vez muro y sustento. Ceuta es española desde antes de que existiera España tal como la entendemos —llegó con la corona portuguesa en 1580 y decidió quedarse en 1668—; Melilla fue tomada en 1497, cinco años después de Granada, cuando la Reconquista, terminada en casa, ensayó su prolongación al otro lado del Estrecho. Ambas obtuvieron su estatuto de autonomía en 1995 y ambas viven en un equilibrio permanente: Marruecos las reclama, España las administra sin mucha convicción, y sus 170.000 habitantes hacen lo que hacen todas las ciudades fronterizas del mundo: comerciar, cruzar, convivir.
Pero Ceuta y Melilla son solo el prólogo. Lo verdaderamente desconocido empieza donde se acaba la población civil.
El peñón con la frontera más corta del mundo
A medio camino entre ambas ciudades, pegado a la costa rifeña como una lapa de piedra, se alza el Peñón de Vélez de la Gomera. Es español desde 1564 y fue isla hasta 1934, cuando un temporal —la historia tiene estos caprichos— depositó un tómbolo de arena que lo soldó al continente africano. Desde entonces, España y Marruecos comparten allí la frontera terrestre más corta del planeta: unos ochenta metros de playa, marcados apenas por una cuerda azul tendida sobre la arena. Ochenta metros. Menos que una piscina olímpica. Del lado marroquí, un pueblo de pescadores; del español, un destacamento de regulares que se releva por mar y que convive con las gaviotas en un islote donde antaño hubo presidio, iglesia y cementerio.
![[Img #31088]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/1651_screenshot-2026-09-04-at-14-18-12-penon-de-velez-de-la-gomera-buscar-con-google.png)
Porque esa es otra de las verdades enterradas de estos territorios: fueron cárceles. Durante los siglos XVIII y XIX, los peñones sirvieron de presidio para lo más granado del delito y de la disidencia española. Ser destinado allí —de guarnición o de condena, a veces la diferencia era sutil— se consideraba uno de los peores destinos del imperio.
Alhucemas: la roca frente a la bahía
Más al este, frente a la bahía que dio nombre al desembarco de 1925 —el primero de la historia con apoyo aéreo y blindado, ensayo general de Normandía, dicen algunos historiadores—, emerge el Peñón de Alhucemas: una roca blanca coronada de casas apiñadas, como un pueblo andaluz que hubiera encogido en el lavado y quedado varado a trescientos metros de la costa marroquí. Lo escoltan dos islotes de nombre elemental, Isla de Tierra e Isla de Mar. Español desde 1673, sin un solo vecino civil, habitado por una pequeña guarnición que ve las luces de la ciudad marroquí de Alhucemas cada noche, tan cerca que casi podría leerse la carta de sus restaurantes.
![[Img #31089]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/7892_screenshot-2026-09-04-at-14-20-11-penon-de-alhucemas-buscar-con-google.png)
En 2012, la Isla de Tierra saltó a los titulares cuando decenas de migrantes subsaharianos acamparon en ella creyendo pisar la puerta de Europa. Tenían razón: era España. La crisis diplomática que siguió recordó al país que aquellas rocas olvidadas seguían siendo, a todos los efectos, territorio nacional.
Chafarinas: el archipiélago del silencio
Y luego están las Chafarinas, tres islas frente a la desembocadura del Muluya que España ocupó en 1848 adelantándose —cuenta la tradición— por apenas unas horas a una expedición francesa que navegaba hacia ellas con la misma intención. Congreso, Isabel II y Rey Francisco: los nombres delatan la época. Solo Isabel II está habitada, por una guarnición mínima, y el conjunto es hoy sobre todo un santuario natural: allí anida una de las mayores colonias del mundo de gaviota de Audouin y sobrevive una de las últimas poblaciones de foca monje del Mediterráneo occidental. La soberanía, a veces, tiene forma de refugio animal.
Los territorios fantasma
Hasta aquí el recuento oficial: cinco territorios. Pero el cronista escrupuloso debe añadir tres notas a pie de página que valen un reportaje cada una.
La isla de Alborán, a mitad de camino entre Almería y Melilla, plana como una mesa y batida por todos los vientos, pertenece administrativamente al municipio de Almería y aloja un pequeño destacamento de la Armada. Su cementerio diminuto, con apenas unas tumbas, es probablemente el camposanto más solitario de España.
![[Img #31090]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/688_screenshot-2026-09-04-at-14-22-34-isla-de-alboran-buscar-con-google.png)
El islote de Perejil, a doscientos metros de la costa marroquí, protagonizó en julio de 2002 el episodio más surrealista de la diplomacia española reciente: gendarmes marroquíes izaron su bandera en la roca deshabitada, España respondió con la operación Romeo-Sierra —comandos desembarcando al alba entre cabras—, y Estados Unidos tuvo que mediar para devolver el peñasco a su estado natural: vacío, ambiguo, sin bandera. Perejil sigue hoy sin soberanía formalizada, monumento involuntario a lo absurdo.
Y en el extremo opuesto del mapa y del espíritu, la isla de los Faisanes: doscientos metros de arboleda en mitad del río Bidasoa, entre Irún y Hendaya, donde en 1659 se firmó la Paz de los Pirineos y se entregó a la infanta María Teresa para su boda con Luis XIV. Desde entonces es el condominio más pequeño del mundo: España la administra del 1 de febrero al 31 de julio; Francia, el resto del año. Dos veces al año, sin ceremonia apenas, un pedazo de Europa cambia de país con la puntualidad de un equinoccio. No se puede visitar. Quizá por eso conserva intacta su condición de metáfora.
Epílogo: el país que cabe en una nota al pie
Sumados todos, estos territorios apenas alcanzarían la superficie de un municipio mediano. Su población militar se cuenta por decenas. Y sin embargo condensan, como pocas geografías, la historia entera del país que los sostiene: la expansión y el repliegue, el presidio y el santuario, la frontera como herida y como costumbre. Son la España que los españoles desconocen, y acaso también la que mejor los explica: pequeña, tozuda, encaramada a una roca, mirando al mar mientras espera el relevo.





















