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Lunes, 07 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

La Falacia del Crecimiento Cuantitativo Infinito

Vicente Medina Prados. La alianza entre el neomarxismo y el neocapitalismo se sustenta en la adhesión doctrinal al mito del crecimiento económico cuantitativo como fin supremo de la organización social.

 

Bajo este paradigma, la salud de una nación se mide exclusivamente a través de la expansión contable del Producto Interior Bruto (PIB), sin atender a la descomposición de sus factores, a la equidad de la distribución de la riqueza, a la estabilidad de las familias ni al impacto en la cohesión sociocultural.

 

Para mantener tasas positivas de crecimiento cuantitativo del PIB en sociedades occidentales castigadas por la quiebra demográfica, la lógica neocapitalista exige incrementar la masa absoluta de consumidores y productores mediante la importación constante de fuerza de trabajo.

 

La narrativa neomarxista legitima esta necesidad economicista al condenar cualquier intento de planificar demográficamente o limitar el crecimiento del mercado bajo la premisa de la solidaridad global.

 

Esta formulación confunde deliberadamente el crecimiento cuantitativo —obtenido por la simple adición de más unidades de trabajo de bajo coste que consumen recursos escasos y tensionan servicios públicos— con el desarrollo económico cualitativo, que se logra mediante el incremento de la producción por hora trabajada basada en la eficiencia tecnológica, el conocimiento y el bienestar social.

 

El caos migratorio global contemporáneo —caracterizado por la transferencia masiva, continua e ininterrumpida de poblaciones de baja o nula cualificación profesional desde regiones en desarrollo hacia las naciones occidentales— encuentra su motor impulsor en la sinergia entre el neocapitalismo y el neomarxismo.

 

Este fenómeno no constituye una consecuencia inevitable de la globalización, sino el resultado de políticas articuladas desde una doble justificación ideológica.

 

Vivienda y Familia

 

La priorización del crecimiento cuantitativo sustentado en la afluencia de mano de obra mal remunerada destruye las bases materiales que garantizan la estabilidad de la vida humana en las sociedades occidentales.

 

La presión más directa se ejerce sobre el mercado inmobiliario.

 

La llegada de importantes contingentes de población a los grandes centros urbanos genera un incremento masivo en la demanda inelástica de vivienda en alquiler.

 

Al mismo tiempo, en el plano neocapitalista, la vivienda ha dejado de ser concebida como un bien de uso social primario para transformarse en un activo financiero especulativo cotizado por fondos de inversión globales.

 

El resultado de esta doble presión es una brecha inalcanzable entre el coste de la vivienda (que experimenta un crecimiento exponencial) y los salarios reales de las clases trabajadoras y medias (que permanecen estancados o en declive).

 

Impactando en el tejido social:

 

  • Inviabilidad de la Emancipación y Desplome de la Natalidad

 

  • Degradación del Bienestar Social e Infraestructuras

 

Evolución hacia un Modelo basado en el Desarrollo Humano Integral

 

El Magisterio de la Iglesia y el pensamiento económico centrado en la persona proponen la sustitución del crecimiento cuantitativo amoral por el Desarrollo Humano Integral.

 

Este paradigma alternativo exige situar la tecnología, el capital y el mercado al servicio del bienestar de la persona, la familia y las comunidades locales, recuperando la enseñanza de San Juan Pablo II sobre la primacía del trabajo sobre el capital y del ser sobre el tener.

 

El modelo cualitativo de Desarrollo Humano Integral articula tres vectores estratégicos interconectados:

 

  • Reorganización Productiva mediante Automatización e Innovación: En lugar de recurrir a la importación masiva de fuerza de trabajo barata para sostener actividades penosas y de baja productividad, la economía debe incentivar la robotización y la automatización intensiva de todos los sectores primarios y de servicios.

 

Las tareas repetitivas o peligrosas deben ser asumidas por maquinaria y sistemas inteligentes, desplazando la fuerza laboral humana hacia puestos de supervisión, diseño y atención personalizada.

 

  • Productividad Elevada y Remuneración Familiar Digna: La capitalización tecnológica eleva la productividad marginal por trabajador, lo que permite sostener salarios reales significativamente más altos.

 

Dichos salarios deben ser éticamente suficientes —retomando la noción del "salario familiar" expuesta en la DSI— para que un único proveedor de ingresos pueda asegurar el sustento de su hogar, el acceso a una vivienda digna en propiedad y el ahorro sin recurrir a jornadas extenuantes o al endeudamiento perpetuo.

 

  • Difusión Universal de la Propiedad del Capital (Distributismo, como alternativa al Neocapitalismo y al Neomarxismo): La respuesta tanto al estatismo colectivista neomarxista como al oligopolio corporativo neocapitalista radica en la democratización del acceso a la propiedad privada del capital productivo.

 

Siguiendo las directrices de Juan XXIII en Mater et Magistra y Pío XI en Quadragesimo Anno, las leyes e instituciones deben promover que los trabajadores se conviertan en copropietarios de los medios de producción, de sus viviendas y de los bienes de capital, logrando así una auténtica independencia personal que les prevenga de ser reducidos a una masa amorfa.

 

La alianza entre la desconstrucción sociocultural promovida por el neomarxismo y la desregulación financiarizada impulsada por el neocapitalismo ha cristalizado en una tenaza que debilita a la clase trabajadora y a la clase media.

 

El caos migratorio promovido bajo esta confluencia responde a la dinámica dual de abaratar los costes laborales corporativos e incrementar la masa de población dependiente de los subsidios de las burocracias estatales.

 

Esta lógica supedita la estabilidad de las naciones, la formación de las familias y el acceso a bienes básicos como la vivienda al imperativo falaz de un crecimiento cuantitativo ilimitado basado en salarios de precarización.

 

Superando la subordinación de las sociedades al mito del crecimiento cuantitativo continuo e infundido por mano de obra precaria, y transitando hacia un modelo de desarrollo cualitativo, será posible garantizar la cohesión social, la dignidad personal y el bienestar integral de la ciudadanía en el siglo XXI.

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