La trama del 11-S reconstruida a partir del informe de la Comisión de Investigación
Tenemos algunos aviones
![[Img #31121]](https://latribunadelpaisvasco.com/upload/images/09_2026/1153_10-093852.jpg)
Prólogo. Portland, Maine, 5.45 de la mañana
Hace frío en el aparcamiento del aeropuerto de Portland, esa clase de frío limpio de septiembre en Nueva Inglaterra que anuncia el otoño sin acabar de traerlo. Dos hombres devuelven un coche de alquiler. Uno es bajo, delgado, de mirada dura, con un bigote fino y el pelo muy corto; se llama Mohamed Atta, tiene treinta y tres años y una licenciatura en planificación urbana por la Universidad de Hamburgo. El otro, Abdul Aziz al Omari, es más joven y sonríe con más facilidad. Han pasado la noche en un hotel de la ciudad haciendo cosas ordinarias: han sacado dinero de un cajero, han comido pizza, han comprado algo en una tienda de conveniencia. Nadie sabe por qué eligieron Portland. La Comisión que investigará durante veinte meses todo lo ocurrido tampoco lo averiguará nunca.
A las 5.45, Atta y Omari facturan en el mostrador de US Airways para el vuelo 5930, un turbohélice que sale a las seis hacia Boston. Una máquina llamada CAPPS —un sistema informático de prescreening diseñado para detectar pasajeros sospechosos— selecciona a Atta. La única consecuencia de esa selección es que su maleta facturada no subirá al avión hasta que se confirme que él está a bordo. Es la lógica de una época en la que el peligro consiste en que alguien ponga una bomba en un avión y no viaje en él. Nadie ha imaginado todavía al hombre que quiere viajar junto al explosivo.
A las 6.45 aterrizan en Logan. Tienen una hora para recorrer la terminal y presentarse en la puerta del vuelo 11 de American Airlines con destino a Los Ángeles. En otra terminal del mismo aeropuerto, un joven emiratí de veintitrés años llamado Marwan al Shehhi, con el que Atta compartió piso durante años en Alemania, factura para el vuelo 175 de United. La empleada de United recordará después que dos de los compañeros de Shehhi no entendían las preguntas de seguridad rutinarias y que tuvo que repetírselas despacio, hasta que dieron las respuestas tranquilizadoras de siempre.
A las ocho de la mañana del martes 11 de septiembre de 2001, diecinueve hombres están sentados en cuatro aviones transcontinentales cargados con hasta 43.000 litros de queroseno cada uno. Han atravesado todos los controles que el sistema de seguridad aérea de Estados Unidos tenía entonces para impedir un secuestro. Ninguno de ellos ha pilotado jamás un avión de línea.
Para entender cómo han llegado hasta ahí hay que retroceder tres años y medio, hasta un fax enviado a Londres...
Prólogo. Portland, Maine, 5.45 de la mañana
Hace frío en el aparcamiento del aeropuerto de Portland, esa clase de frío limpio de septiembre en Nueva Inglaterra que anuncia el otoño sin acabar de traerlo. Dos hombres devuelven un coche de alquiler. Uno es bajo, delgado, de mirada dura, con un bigote fino y el pelo muy corto; se llama Mohamed Atta, tiene treinta y tres años y una licenciatura en planificación urbana por la Universidad de Hamburgo. El otro, Abdul Aziz al Omari, es más joven y sonríe con más facilidad. Han pasado la noche en un hotel de la ciudad haciendo cosas ordinarias: han sacado dinero de un cajero, han comido pizza, han comprado algo en una tienda de conveniencia. Nadie sabe por qué eligieron Portland. La Comisión que investigará durante veinte meses todo lo ocurrido tampoco lo averiguará nunca.
A las 5.45, Atta y Omari facturan en el mostrador de US Airways para el vuelo 5930, un turbohélice que sale a las seis hacia Boston. Una máquina llamada CAPPS —un sistema informático de prescreening diseñado para detectar pasajeros sospechosos— selecciona a Atta. La única consecuencia de esa selección es que su maleta facturada no subirá al avión hasta que se confirme que él está a bordo. Es la lógica de una época en la que el peligro consiste en que alguien ponga una bomba en un avión y no viaje en él. Nadie ha imaginado todavía al hombre que quiere viajar junto al explosivo.
A las 6.45 aterrizan en Logan. Tienen una hora para recorrer la terminal y presentarse en la puerta del vuelo 11 de American Airlines con destino a Los Ángeles. En otra terminal del mismo aeropuerto, un joven emiratí de veintitrés años llamado Marwan al Shehhi, con el que Atta compartió piso durante años en Alemania, factura para el vuelo 175 de United. La empleada de United recordará después que dos de los compañeros de Shehhi no entendían las preguntas de seguridad rutinarias y que tuvo que repetírselas despacio, hasta que dieron las respuestas tranquilizadoras de siempre.
A las ocho de la mañana del martes 11 de septiembre de 2001, diecinueve hombres están sentados en cuatro aviones transcontinentales cargados con hasta 43.000 litros de queroseno cada uno. Han atravesado todos los controles que el sistema de seguridad aérea de Estados Unidos tenía entonces para impedir un secuestro. Ninguno de ellos ha pilotado jamás un avión de línea.
Para entender cómo han llegado hasta ahí hay que retroceder tres años y medio, hasta un fax enviado a Londres...



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