Pradales y Esteban no serían vascos para la Diáspora
El pasado 8 de septiembre se celebró por parte del Gobierno Vasco el Día de la Diáspora en San Juan de Luz (departamento de Pirineos Atlánticos, Francia). El Día de la Diáspora se viene celebrando desde los tiempos del lendacari Urkullu como forma de realzar la importancia ideológica que para el nacionalismo vasco tiene la llamada “Diáspora vasca”, esto es, la población de origen vasco que emigró desde la época del Imperio español y sobre todo desde el siglo XX, cuando ya había surgido el nacionalismo vasco y mucha emigración de entonces lo fue por motivos ideológicos, la cual se vino a sumar a la que ya había en América desde los tiempos de las colonias, durante los cuales cantidad de vascos españoles iban para allá a eso que se llamaba “hacer las Américas”.
La llamada Diáspora vasca es un artefacto ideológico del nacionalismo vasco con el que quieren demostrar que los vascos no dejan de ser vascos allá donde vayan. Con el resto de españoles que vinieron al País Vasco con las grandes inmigraciones de finales del XIX y sobre todo de mediados del XX practican el procedimiento contrario: abducirlos para la causa y que dejen de ser españoles y pasen a ser solo vascos, verbigracia Pradales y Esteban ensalzan a unos fantasmagóricos ascendientes vascos que irían a pescar ballenas a Terranova (esto lo dijeron de manera literal en el primer Aberri Eguna al que asistía Pradales como lendacari). Pero cuando se trata de vascos, estos no deben de perder su condición primigenia allá donde vayan. Así es como se las gastan estos espabilados de la política, como si los demás nos chupáramos el dedo.
Y de ese concepto de “Diáspora vasca” se valen también para demostrar que los vascos, tanto los de procedencia española como los de procedencia francesa, cuando van a América y se encuentran en un contexto en el que no hay separación fronteriza, ni idiomas español y francés que se superpongan al eusquera, ni políticas diferenciadas en dos Estados, pues se juntan espontáneamente franceses con españoles porque por encima de esa condición accidental está la condición esencial de que son sobre todo vascos. Aunque sigan hablando todos español y aunque los vascos procedentes de la parte francesa se tengan que pasar al español porque si no no se entenderían con nadie por allí.
Pero esa es la idea nacionalista que se quiere reforzar con el tema de la Diáspora, que se ha materializado en la fundación de las Euskal Etxeak (Casas Vascas) por todos los países donde hay emigración vasca. Unas Euskal Etxeak que forman una red financiada por el Gobierno Vasco y con la que se crean sinergias ideológicas para demostrar que lo vasco pervive allá donde vaya, aunque esté a muchas millas náuticas de su solar originario.
La idea de una esencia de lo vasco que se mantiene está claro que tiene una seña de identidad desde el principio basada en los apellidos. Al vasco de la Diáspora vasca se le reconoce sobre todo de la misma manera que lo hacía Sabino Arana en tiempos del origen del nacionalismo: por sus apellidos eusquéricos. Para esta gente el hecho de que, como hemos visto en un capítulo anterior de “El balle del ziruelo”, el hecho de que aquí haya habido Garcías y Lópeces y Gómeces desde el principio de los tiempos no cuenta. Vascos son solo los que tienen apellidos eusquéricos. De modo que Pradales y Esteban a duras penas formarían parte de la Diáspora vasca en cualquier lugar del mundo donde estuvieran. Tendrían que demostrar que toda su vida han estado al servicio de una causa que en origen no fue la suya, pero que como vivían en el País Vasco pues se vieron impregnados de esa influencia y la han adoptado como propia hasta el punto de llegar a ser uno lendacari y el otro presidente del PNV, ahí es nada.
La demostración más evidente de que es el apellido el que proporciona la condición de vasco para la Diáspora la tenemos en una obra descomunal escrita y publicada en Argentina, pero con ayuda del Gobierno Vasco, que se titula “Los vascos en la Argentina”. El libro es de unas proporciones físicas que lo asemejan a aquellos cartularios que había en los monasterios, apoyados en repisas inclinadas dispuestos para ser leídos pero no para ser manipulados en el aire, a riesgo de dejar deslomado al lector que lo intentara. Mide 32 centímetros de alto por 24 de ancho y su grosor es de 7 centímetros. Tiene 1110 páginas, sin contar el índice final y es cosa de ir leyéndolo poco a poco por ver las perlas que contiene.
El libro incluye, según se dice en la “Introducción técnica”, más de 10.000 apellidos vascos, que vienen a ser un número similar al del primer nomenclátor de apellidos vascos publicado en 2005 por Euskaltzaindia, donde no se recogían muchos de los apellidos aquí presentes. Lo de Euscalchaindia es que no tiene nombre, puesto que si de recoger los apellidos vascos se trataba, cómo no tuvieron en cuenta esta obra editada cinco años antes que ese Nomenclator, en abril de 2000, con la profundidad y enjundia que tiene a la hora de recoger los apellidos de toda la emigración vasca a la Argentina, país que cuenta con más Euskal Etxeak que todos los demás países del mundo. Concretamente en este país hay 87 de estos centros, que en el total mundial reúnen 196. En esa emigración vasca a la Argentina se recoge la historia viva de los apellidos vascos, sobre todo a partir de la independencia de Argentina en 1810.
Este libro se las trae por muchas razones que iremos desglosando en otro momento. Baste un par de cuestiones previas para entrar en materia. La primera la de lo que aquí se considera como “vasco”. En la “Introducción técnica” que ya hemos citado antes, y que está firmada por Mauricio Goyenechea, secretario de la Fundación Vasco Argentina “Juan de Garay”, bajo cuyos auspicios se elabora este corpus fundamental, se dice que “A los efectos del trabajo se consideran «vascos» a todas las personas nacidas en Euskalherria (País Vasco Español, Navarra y País Vasco Francés) y sus descendientes.” Pero luego lo que se comprueba es que solo se consideran los apellidos eusquéricos. No hay García, ni Gómez, ni Rodríguez, ni González, ni nada que se le parezca. Y eso que también se dice en esa Introducción (con una sintaxis un tanto deficiente, como se verá, todo hay que decirlo) que “Las familias vascas de apellido castellano, francés u occitano son tan vascas como las que tienen apellidos en lengua vasca. Los patronímicos castellanos como López, Pérez, etc. son, según una perspectiva etimológica acuñados por el caso de proveniencia del vasco expresado por la terminación en zeta, creemos inverosímil la explicación que lo hace derivar del latín, habida cuenta que los patronímicos castellanos no se forman sobre la terminación ez sino sobre zeta, como lo prueba las terminaciones az, ez, iz, oz y z (Díaz, Fernández, Muñiz, Muñoz y Sanz). Aún en vasco actual se puede decir menditik mendiz (de monte en monte, con la terminación zeta de proveniencia). Los vascos llamaron a sus reyes siempre con su nombre y patronímico: Sancho Garcés y García Sánchez, costumbre que adoptaron los castellanos y lo esparcieron por toda la península”.
Pues bien, a pesar de esta diatriba en favor de las terminaciones en zeta de los López y los Pérez, que se consideran de origen vasco, si buscamos esos apellidos en este libro, lo que encontraremos es lo siguiente. Para el caso de López aparecen una serie de casos pero siempre acompañándose López de otro apellido eusquérico: López Arechavala, López de Armentia, Lopez de Briñas, Lopez de Heredia, Lopez de Maturana, López Mendizabal, Lopez de Mendoza, Lopez de Opacúa, Lopez de Oprena y Lopez Zavaleta. Nunca aparece López solo, ni tampoco aparece siempre con tilde, en unos casos se la quitan y en otros no.
En cuanto a Pérez, también aparece siempre acompañado de un apellido eusquérico. Aparece así: Perez Angiano, Perez Arrospide, Perez Ciaurriz, Perez de Albeniz, Perez de Arenaza, Perez de Ciriza, Perez de Larraya, Perez de Mezquia, Perez de Obanos y Perez de San Roman. Casi siempre sin tilde.
Esta es la tónica general del libro. Apellidos castellanos o no eusquéricos los menos posibles y siempre acompañados de eusquéricos, a pesar de decirnos en la introducción que todos son vascos.
Pero veamos antes de terminar una joyita histórica que contiene este libro, cuando explica la Guerra Civil en España por la cual muchos vascos emigraron allá. Dice: “Luego del alzamiento militar del 18 de julio de 1936 y al no poder apoderarse de Madrid, comenzó la ofensiva franquista contra los vascos entre agosto de 1936 y octubre de 1937, que tuvo como punto culminante el bombardeo de Guernica, Durango y otros pueblos vascos. Los vascos fueron derrotados, muchos dirigentes políticos, militares y sociales republicanos y el clero antifranquista se expatriaron” (página 15).
De modo que “los vascos fueron derrotados” o “la ofensiva franquista contra los vascos”, como si no hubiera vascos en el ejército de Franco y entre los mandos y entre los principales alzados. Como si Álava y Navarra no se hubieran sumado al golpe de Estado desde el principio. Recordemos además detalles significativos como que el himno de la Falange, el “Cara al sol”, fue obra de Juan Tellería Arrizabalaga, natural de Cegama, Guipúzcoa. Y recordemos sobre todo que las tropas que llevaron el peso de la toma de las provincias vascas de Vizcaya y de Guipúzcoa fueron integradas y organizadas por los carlistas navarros, que entraron en San Sebastián al mando del Coronel Beorlegui.
Son cosas básicas de la historia pero que en este libro se las pasan por el arco del triunfo, como lo hace todo el nacionalismo vasco, claro, apoyado fervorosamente por las izquierdas españolas y con subvención generosa del Gobierno Vasco.
El pasado 8 de septiembre se celebró por parte del Gobierno Vasco el Día de la Diáspora en San Juan de Luz (departamento de Pirineos Atlánticos, Francia). El Día de la Diáspora se viene celebrando desde los tiempos del lendacari Urkullu como forma de realzar la importancia ideológica que para el nacionalismo vasco tiene la llamada “Diáspora vasca”, esto es, la población de origen vasco que emigró desde la época del Imperio español y sobre todo desde el siglo XX, cuando ya había surgido el nacionalismo vasco y mucha emigración de entonces lo fue por motivos ideológicos, la cual se vino a sumar a la que ya había en América desde los tiempos de las colonias, durante los cuales cantidad de vascos españoles iban para allá a eso que se llamaba “hacer las Américas”.
La llamada Diáspora vasca es un artefacto ideológico del nacionalismo vasco con el que quieren demostrar que los vascos no dejan de ser vascos allá donde vayan. Con el resto de españoles que vinieron al País Vasco con las grandes inmigraciones de finales del XIX y sobre todo de mediados del XX practican el procedimiento contrario: abducirlos para la causa y que dejen de ser españoles y pasen a ser solo vascos, verbigracia Pradales y Esteban ensalzan a unos fantasmagóricos ascendientes vascos que irían a pescar ballenas a Terranova (esto lo dijeron de manera literal en el primer Aberri Eguna al que asistía Pradales como lendacari). Pero cuando se trata de vascos, estos no deben de perder su condición primigenia allá donde vayan. Así es como se las gastan estos espabilados de la política, como si los demás nos chupáramos el dedo.
Y de ese concepto de “Diáspora vasca” se valen también para demostrar que los vascos, tanto los de procedencia española como los de procedencia francesa, cuando van a América y se encuentran en un contexto en el que no hay separación fronteriza, ni idiomas español y francés que se superpongan al eusquera, ni políticas diferenciadas en dos Estados, pues se juntan espontáneamente franceses con españoles porque por encima de esa condición accidental está la condición esencial de que son sobre todo vascos. Aunque sigan hablando todos español y aunque los vascos procedentes de la parte francesa se tengan que pasar al español porque si no no se entenderían con nadie por allí.
Pero esa es la idea nacionalista que se quiere reforzar con el tema de la Diáspora, que se ha materializado en la fundación de las Euskal Etxeak (Casas Vascas) por todos los países donde hay emigración vasca. Unas Euskal Etxeak que forman una red financiada por el Gobierno Vasco y con la que se crean sinergias ideológicas para demostrar que lo vasco pervive allá donde vaya, aunque esté a muchas millas náuticas de su solar originario.
La idea de una esencia de lo vasco que se mantiene está claro que tiene una seña de identidad desde el principio basada en los apellidos. Al vasco de la Diáspora vasca se le reconoce sobre todo de la misma manera que lo hacía Sabino Arana en tiempos del origen del nacionalismo: por sus apellidos eusquéricos. Para esta gente el hecho de que, como hemos visto en un capítulo anterior de “El balle del ziruelo”, el hecho de que aquí haya habido Garcías y Lópeces y Gómeces desde el principio de los tiempos no cuenta. Vascos son solo los que tienen apellidos eusquéricos. De modo que Pradales y Esteban a duras penas formarían parte de la Diáspora vasca en cualquier lugar del mundo donde estuvieran. Tendrían que demostrar que toda su vida han estado al servicio de una causa que en origen no fue la suya, pero que como vivían en el País Vasco pues se vieron impregnados de esa influencia y la han adoptado como propia hasta el punto de llegar a ser uno lendacari y el otro presidente del PNV, ahí es nada.
La demostración más evidente de que es el apellido el que proporciona la condición de vasco para la Diáspora la tenemos en una obra descomunal escrita y publicada en Argentina, pero con ayuda del Gobierno Vasco, que se titula “Los vascos en la Argentina”. El libro es de unas proporciones físicas que lo asemejan a aquellos cartularios que había en los monasterios, apoyados en repisas inclinadas dispuestos para ser leídos pero no para ser manipulados en el aire, a riesgo de dejar deslomado al lector que lo intentara. Mide 32 centímetros de alto por 24 de ancho y su grosor es de 7 centímetros. Tiene 1110 páginas, sin contar el índice final y es cosa de ir leyéndolo poco a poco por ver las perlas que contiene.
El libro incluye, según se dice en la “Introducción técnica”, más de 10.000 apellidos vascos, que vienen a ser un número similar al del primer nomenclátor de apellidos vascos publicado en 2005 por Euskaltzaindia, donde no se recogían muchos de los apellidos aquí presentes. Lo de Euscalchaindia es que no tiene nombre, puesto que si de recoger los apellidos vascos se trataba, cómo no tuvieron en cuenta esta obra editada cinco años antes que ese Nomenclator, en abril de 2000, con la profundidad y enjundia que tiene a la hora de recoger los apellidos de toda la emigración vasca a la Argentina, país que cuenta con más Euskal Etxeak que todos los demás países del mundo. Concretamente en este país hay 87 de estos centros, que en el total mundial reúnen 196. En esa emigración vasca a la Argentina se recoge la historia viva de los apellidos vascos, sobre todo a partir de la independencia de Argentina en 1810.
Este libro se las trae por muchas razones que iremos desglosando en otro momento. Baste un par de cuestiones previas para entrar en materia. La primera la de lo que aquí se considera como “vasco”. En la “Introducción técnica” que ya hemos citado antes, y que está firmada por Mauricio Goyenechea, secretario de la Fundación Vasco Argentina “Juan de Garay”, bajo cuyos auspicios se elabora este corpus fundamental, se dice que “A los efectos del trabajo se consideran «vascos» a todas las personas nacidas en Euskalherria (País Vasco Español, Navarra y País Vasco Francés) y sus descendientes.” Pero luego lo que se comprueba es que solo se consideran los apellidos eusquéricos. No hay García, ni Gómez, ni Rodríguez, ni González, ni nada que se le parezca. Y eso que también se dice en esa Introducción (con una sintaxis un tanto deficiente, como se verá, todo hay que decirlo) que “Las familias vascas de apellido castellano, francés u occitano son tan vascas como las que tienen apellidos en lengua vasca. Los patronímicos castellanos como López, Pérez, etc. son, según una perspectiva etimológica acuñados por el caso de proveniencia del vasco expresado por la terminación en zeta, creemos inverosímil la explicación que lo hace derivar del latín, habida cuenta que los patronímicos castellanos no se forman sobre la terminación ez sino sobre zeta, como lo prueba las terminaciones az, ez, iz, oz y z (Díaz, Fernández, Muñiz, Muñoz y Sanz). Aún en vasco actual se puede decir menditik mendiz (de monte en monte, con la terminación zeta de proveniencia). Los vascos llamaron a sus reyes siempre con su nombre y patronímico: Sancho Garcés y García Sánchez, costumbre que adoptaron los castellanos y lo esparcieron por toda la península”.
Pues bien, a pesar de esta diatriba en favor de las terminaciones en zeta de los López y los Pérez, que se consideran de origen vasco, si buscamos esos apellidos en este libro, lo que encontraremos es lo siguiente. Para el caso de López aparecen una serie de casos pero siempre acompañándose López de otro apellido eusquérico: López Arechavala, López de Armentia, Lopez de Briñas, Lopez de Heredia, Lopez de Maturana, López Mendizabal, Lopez de Mendoza, Lopez de Opacúa, Lopez de Oprena y Lopez Zavaleta. Nunca aparece López solo, ni tampoco aparece siempre con tilde, en unos casos se la quitan y en otros no.
En cuanto a Pérez, también aparece siempre acompañado de un apellido eusquérico. Aparece así: Perez Angiano, Perez Arrospide, Perez Ciaurriz, Perez de Albeniz, Perez de Arenaza, Perez de Ciriza, Perez de Larraya, Perez de Mezquia, Perez de Obanos y Perez de San Roman. Casi siempre sin tilde.
Esta es la tónica general del libro. Apellidos castellanos o no eusquéricos los menos posibles y siempre acompañados de eusquéricos, a pesar de decirnos en la introducción que todos son vascos.
Pero veamos antes de terminar una joyita histórica que contiene este libro, cuando explica la Guerra Civil en España por la cual muchos vascos emigraron allá. Dice: “Luego del alzamiento militar del 18 de julio de 1936 y al no poder apoderarse de Madrid, comenzó la ofensiva franquista contra los vascos entre agosto de 1936 y octubre de 1937, que tuvo como punto culminante el bombardeo de Guernica, Durango y otros pueblos vascos. Los vascos fueron derrotados, muchos dirigentes políticos, militares y sociales republicanos y el clero antifranquista se expatriaron” (página 15).
De modo que “los vascos fueron derrotados” o “la ofensiva franquista contra los vascos”, como si no hubiera vascos en el ejército de Franco y entre los mandos y entre los principales alzados. Como si Álava y Navarra no se hubieran sumado al golpe de Estado desde el principio. Recordemos además detalles significativos como que el himno de la Falange, el “Cara al sol”, fue obra de Juan Tellería Arrizabalaga, natural de Cegama, Guipúzcoa. Y recordemos sobre todo que las tropas que llevaron el peso de la toma de las provincias vascas de Vizcaya y de Guipúzcoa fueron integradas y organizadas por los carlistas navarros, que entraron en San Sebastián al mando del Coronel Beorlegui.
Son cosas básicas de la historia pero que en este libro se las pasan por el arco del triunfo, como lo hace todo el nacionalismo vasco, claro, apoyado fervorosamente por las izquierdas españolas y con subvención generosa del Gobierno Vasco.




















