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Patxi Iribarri
Sábado, 12 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

El croissant inexistente y el fin de Occidente

He viajado a Bayona. A la Bayona francesa. Setenta kilómetros separan mi caserío de aquella elegante localidad gala, pero puedo asegurarles que, después de lo que he visto, la distancia entre ambos lugares debe medirse ya en siglos. Salí de casa temprano, con la txapela colocada como corresponde, Kemen despidiéndome en la puerta y esa confianza ingenua que todavía conservamos algunos europeos en que Francia continúa siendo Francia. Regresé unas horas después convertido en testigo directo del hundimiento de Occidente.

 

Sucedió a las nueve de la mañana, en una cafetería del centro de la ciudad. Entré con la intención de tomar un café acompañado de un croissant, una petición que, hasta hace poco, no habría requerido explicaciones, negociaciones diplomáticas ni conocimientos especializados. En Francia, pedir un croissant a la hora del desayuno debería ser tan natural como solicitar una tortilla de patata en España, una cerveza en Alemania o una subvención en el País Vasco.

 

Pero no había croissants.

 

En un primer momento pensé que se habían terminado. Eso habría sido preocupante, aunque comprensible. Un grupo de madrugadores, una excursión de jubilados o una familia especialmente hambrienta podían haber acabado con las existencias. Habría sido un simple accidente logístico, un fallo de previsión o una consecuencia inesperada de la popularidad del producto.

 

Pero la verdad era mucho peor.

 

No es que los croissants se hubieran acabado. Es que aquella cafetería no los vendía. No los comercializaba. Había decidido, de manera consciente y presumiblemente voluntaria, abrir sus puertas cada mañana en el centro de una ciudad francesa y prescindir del croissant.

 

Eran las nueve de la mañana.

 

En Francia.

 

Esto ya no es un problema de abastecimiento

 

Comprenderán ustedes la diferencia. Si los croissants se hubieran agotado, todavía habría esperanza. Bastaría con amasar más, levantarse antes o contratar a otro panadero. Los grandes problemas de la humanidad suelen tener soluciones sencillas hasta que interviene una comisión de expertos.

 

Pero aquí no faltaba el producto. Faltaba la voluntad de ofrecerlo.

 

La cafetería disponía de otros bollos. Había variedad, alternativas y, seguramente, alguna creación novedosa con un nombre más largo que la lista de ministros de un Gobierno de coalición. La oferta repostera era suficiente para satisfacer a cualquier persona dispuesta a desayunar lo que le pusieran delante. Lo único que no podía encontrarse era aquello que durante generaciones había simbolizado el desayuno francés.

 

Occidente resumido en un mostrador.

 

No estamos, por tanto, ante una crisis de existencias. Estamos ante algo mucho más profundo: la renuncia deliberada a una parte de la propia identidad. Una cafetería francesa que se queda sin croissants ha calculado mal sus pedidos. Una cafetería francesa que no vende croissants ha tomado una decisión filosófica.

 

Y las decisiones filosóficas, cuando entran en una cocina, suelen terminar mal.

 

Las civilizaciones se sostienen sobre determinados pilares. Roma tuvo el Derecho; Grecia, la filosofía; España, la tortilla de patata; y Francia, el croissant. Se podrá discutir si este nació realmente en territorio francés o si sus orígenes deben buscarse en Viena. Eso carece ya de importancia. También el tomate llegó de América y nadie se atrevería a negar su nacionalidad española cuando aparece sobre una rebanada de pan con aceite.

 

Francia convirtió el croissant en una institución. Durante generaciones, los franceses podían cambiar de Constitución, proclamar una república, restaurar un imperio, perder una guerra, ganar otra, cortar la cebeza a un rey o incendiar París, pero a la mañana siguiente encontraban un croissant junto a la taza de café. Aquella continuidad otorgaba sentido a la Historia. Los gobiernos caían, las dinastías desaparecían y los intelectuales cambiaban de ideología, pero la mantequilla permanecía.

 

Hasta ahora.

 

No vayan a pensar ustedes que exagero. La decadencia nunca comienza cuando los ciudadanos descubren que todo ha desaparecido. Empieza cuando todavía lo conservan casi todo y, sin embargo, consideran innecesario mantener aquello que los distinguía. Primero se deja de vender el croissant. Después alguien propone sustituir la baguette por un panecillo multicultural. Finalmente, la Torre Eiffel se transforma en un espacio de usos múltiples dedicado a la sensibilización climática.

 

Cuando se quiera reaccionar, Francia seguirá figurando en los mapas, pero habrá que viajar a Japón para encontrar un desayuno francés.

 

Lo más inquietante no es que exista una cafetería de Bayona que no comercializa croissants. Lo verdaderamente alarmante es que el establecimiento continúa abierto y la ciudad sigue funcionando. Los coches circulan, las personas pasean y las autoridades no han declarado tres días de luto. Nadie ha movilizado al Ejército. El presidente de la República no ha comparecido ante las cámaras. Bruselas tampoco ha convocado una reunión extraordinaria, aunque eso quizá sea una suerte: después de seis meses de deliberaciones acabaría imponiendo que los croissants tuviesen forma de media luna.

 

Así se extinguen las civilizaciones. No siempre caen entre llamas, asedios o invasiones. A veces desaparecen educadamente, mientras sirven café en una taza bonita y ofrecen al cliente un bollo alternativo. La decadencia contemporánea llega bien presentada, dispone de conexión wifi y permite pagar sin contacto.

 

Además, el sustituto puede estar bueno. Ese es precisamente el peligro. Uno prueba el nuevo bollo, descubre que resulta agradable y termina preguntándose para qué necesitaba el croissant. Poco después, cualquier defensa de la receta tradicional comienza a parecer reaccionaria, nostálgica o incluso sospechosa. Entonces aparece un especialista para explicarnos que nunca hubo una verdadera tradición del croissant y que, en realidad, la bollería francesa siempre fue diversa.

 

El proceso se habrá completado.

 

Regresé al caserío profundamente preocupado. Conté lo sucedido y algunos intentaron tranquilizarme. Me dijeron que habría croissants en otras cafeterías, que aquello era un caso aislado y que seguramente podía haber desayunado cualquier otro bollo.

 

Así empezó también la caída de Roma: buscando explicaciones razonables.

 

Yo no sostengo que Francia haya dejado de fabricar croissants. Todavía no. Mi conclusión es más inquietante: ha aparecido una cafetería francesa que considera perfectamente normal no venderlos. Se ha roto, por tanto, el vínculo entre el lugar y aquello que se esperaba encontrar en él. El país conserva el nombre, el monumento y la bandera, pero comienza a desprenderse de sus símbolos cotidianos como quien vacía una casa antes de abandonarla.

 

Por si acaso, he tomado precauciones. Esta mañana he comprado varios cruasanes en la panadería del pueblo y he congelado dos. No servirán para salvar Europa, pero al menos garantizarán que, cuando llegue el colapso definitivo, en este caserío podamos desayunar con dignidad.

 

Porque la situación es bastante peor de lo que pensé al principio. No se habían terminado los croissants. Ni siquiera se habían olvidado de encargarlos. Habían decidido vivir sin ellos.

 

Y cuando Francia decide que puede vivir sin croissants, ya solo queda esperar a que Italia renuncie a la pasta, Alemania deje de vender cerveza y España abra una administración pública sin funcionarios.

 

Entonces sabremos que todo ha terminado.

 

Kemen me mira atentamente. Hasta él sabe que Francia, sin sus croissants rebosantes de mantequilla, no es Francia sino un barril de engrudo multicultural.

 

Nota de la Redacción.— La ausencia de Patxi Iribarri durante los últimos meses se ha debido a una enfermedad que le ha obligado a permanecer en cama. Afortunadamente, Patxi vuelve ahora a estas páginas con su genio afilado, su mirada irreverente y su sentido del humor intactos.

 

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