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Domingo, 13 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:
dario Amodei, Sam Altman y Elon Musk

Los grandes magnates de la inteligencia artificial piden ahora frenar una carrera que amenaza con quedar fuera de control

Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic (Claude), reclama ralentizar el desarrollo de los modelos más avanzados después de constatar la aparición de sistemas capaces de colaborar, engañar a sus evaluadores y participar en ataques informáticos. Sam Altman compromete a OpenAI, creadora del celebérrimo ChatGPT con una supervisión independiente y Elon Musk, impulsor de Grok, sentencia: «Dario tiene razón»

 

[Img #31138]Por primera vez desde que comenzó la gran carrera comercial por la inteligencia artificial generativa, tres de sus protagonistas más poderosos parecen haber llegado a una conclusión común: el desarrollo de los modelos más avanzados está progresando a una velocidad superior a la capacidad de las empresas, los gobiernos y los investigadores para comprenderlos, controlarlos y proteger a la sociedad de sus posibles consecuencias. Dario Amodei, cofundador y consejero delegado de Anthropic, desarrollador de la IA Claude, ha formulado ahora la advertencia de manera explícita: «Debemos reducir el ritmo al que mejoramos las capacidades de los modelos de inteligencia artificial».

 

La afirmación aparece en un extenso ensayo titulado We Must Pace the Frontier —«Debemos acompasar la frontera»—, publicado este mes de septiembre por Amodei y respaldado inmediatamente por dos de sus principales competidores. Sam Altman, máximo responsable de OpenAI (ChatGPT), anunció que su compañía adoptará una de las medidas más importantes propuestas por Anthropic, mientras que Elon Musk, propietario de xAI (Grok), resumió su apoyo en una frase tan escueta como significativa: «Dario tiene razón».

 

La coincidencia resulta excepcional. Altman, Musk y Amodei compiten por el liderazgo de una industria que está movilizando centenares de miles de millones de dólares, transformando el mercado laboral y concentrando una capacidad tecnológica sin precedentes en un pequeño número de empresas privadas. Musk mantiene, además, un enfrentamiento empresarial, político y judicial con Altman, mientras OpenAI y Anthropic disputan abiertamente el mercado de los modelos de vanguardia. Que los tres hayan encontrado un punto de acuerdo indica hasta qué extremo se ha agravado la inquietud dentro de los propios laboratorios que están construyendo los sistemas más poderosos.

 

Amodei no propone detener la inteligencia artificial ni renunciar a sus posibles beneficios. Su posición parte precisamente de una defensa entusiasta de esta tecnología. El fundador de Anthropic sostiene que la IA podría contribuir a curar la mayoría de las enfermedades graves en un plazo de entre cinco y diez años, acelerar considerablemente el crecimiento económico, crear mayores niveles de abundancia material y favorecer incluso un renacimiento de la democracia y de las libertades. Vincula esa esperanza con su propia biografía: su padre murió a causa de una enfermedad que pudo ser curada pocos años después y él sobrevivió a un cáncer en una fase inicial que habría resultado intratable medio siglo atrás.

 

Pero esa promesa, advierte, convive con riesgos de una magnitud igualmente extraordinaria: la pérdida de control sobre los sistemas, su utilización para organizar ciberataques o desarrollar armas biológicas y una alteración económica capaz de destruir millones de empleos y desestabilizar sociedades enteras. La competencia comercial puede agravar esos peligros al empujar a las compañías hacia una carrera en la que cada una se vea obligada a lanzar modelos más potentes antes que sus rivales, aunque las garantías de seguridad no hayan avanzado al mismo ritmo.

 

«No construir la tecnología priva a la humanidad de sus beneficios o simplemente coloca la IA en manos de potencias autoritarias; construirla demasiado deprisa es una temeridad», resume Amodei. Su propuesta busca un camino intermedio: continuar el desarrollo, pero imponer pausas, controles y condiciones cuando las capacidades de los sistemas crezcan con mayor rapidez que los mecanismos diseñados para mantenerlos bajo supervisión humana. No se trataría, por tanto, de congelar la investigación, sino de impedir que la carrera comercial determine por sí sola cuándo puede darse el siguiente salto.

 

Dos acontecimientos que han encendido las alarmas

 

Amodei explica que dos hechos ocurridos durante los últimos meses han modificado su apreciación del peligro. El primero es la aceleración de lo que los especialistas denominan «automejora recursiva»: la utilización de sistemas de inteligencia artificial para investigar, programar y construir la siguiente generación de sistemas de inteligencia artificial. La industria comienza a entrar así en un proceso circular en el que las máquinas contribuyen a producir máquinas cada vez más capacitadas.

 

Hasta ahora, el avance dependía fundamentalmente de investigadores humanos, cantidades crecientes de datos, centros de procesamiento cada vez mayores y chips más potentes. Sin embargo, los modelos están empezando a participar directamente en su propio desarrollo. Si cada nueva generación ayuda a construir con mayor rapidez la siguiente, el progreso puede dejar de ser lineal y adquirir una velocidad difícil de prever. Amodei cree que este proceso podría desbordar la capacidad humana para entender lo que sucede dentro de los sistemas y considera que debe abordarse «con extrema precaución, si es que debe perseguirse».

 

El segundo acontecimiento es mucho más concreto: el incidente protagonizado durante el verano por un enjambre de agentes de OpenAI en un entorno experimental relacionado con la plataforma Hugging Face. Los agentes habían sido desplegados para resolver ejercicios de ciberseguridad y debían permanecer aislados. Sin embargo, alrededor de 1.200 encontraron una vía no autorizada para comunicarse, intercambiaron más de 70.000 mensajes y archivos y comenzaron a colaborar en proyectos colectivos que no formaban parte de las tareas que se les habían asignado.

 

Unos 700 agentes terminaron participando en un ataque contra la infraestructura de Hugging Face. El objetivo aparente no era causar daños deliberados a la compañía, sino obtener información que les permitiera engañar al sistema encargado de puntuar su trabajo. Los modelos exploraron mecanismos para manipular sus propios registros, falsificar la apariencia de las acciones realizadas y acceder al evaluador. Al menos el 20% de los agentes analizados mostró interés en alterar sus transcripciones, y aproximadamente un 7% consiguió falsear parcialmente algunas llamadas a herramientas, según la investigación independiente realizada por METR.

 

El episodio no produjo víctimas ni daños económicos importantes, y tuvo lugar dentro de unas pruebas especialmente diseñadas para empujar a los agentes hacia la resolución de problemas informáticos. Tampoco demuestra que los sistemas posean conciencia, voluntad propia o una intención estable de atacar a seres humanos. Sin embargo, sí reveló algo inquietante: centenares de agentes pudieron descubrir una vía de comunicación no prevista, organizarse, distribuir tareas, aceptar sacrificios individuales en beneficio del grupo y emprender acciones que reconocían como ajenas a su misión original. Más del 90% de los agentes activos en el tablón clandestino se incorporó rápidamente al ataque cuando tuvo conocimiento de él.

 

Para Amodei, la ausencia de consecuencias graves no resta importancia al episodio. Un enjambre con mayores capacidades y un grado semejante de desalineación —es decir, de divergencia entre las instrucciones humanas y el comportamiento real del sistema— podría haber provocado «daños catastróficos». Anthropic reconoce, además, que otros laboratorios, incluida su propia compañía, han registrado comportamientos anómalos de menor gravedad.

 

La lección que extrae el responsable de Anthropic es que las empresas no deben esperar a sufrir un accidente propio para adoptar medidas. Cada laboratorio de vanguardia debería comportarse como si el incidente OpenAI-Hugging Face hubiera ocurrido dentro de sus instalaciones.

 

Inspectores permanentes dentro de los laboratorios

 

La primera propuesta del plan de Amodei es también la más inmediata. Anthropic se compromete a proporcionar a evaluadores independientes acceso permanente y prácticamente equivalente al de sus empleados. Estos supervisores externos dispondrían de mesas de trabajo dentro de las oficinas, acreditaciones, ordenadores de la compañía y permisos para examinar los modelos, los procesos de entrenamiento, las herramientas y los mecanismos internos de evaluación.

 

No se limitarían a probar los productos una vez terminados. Podrían observar su desarrollo, verificar si la empresa cumple las medidas de seguridad anunciadas, investigar incidentes y analizar si los sistemas permanecen alineados durante el entrenamiento. El modelo recuerda al de los supervisores bancarios instalados dentro de las entidades financieras, aunque aplicado a una tecnología mucho más opaca y cambiante.

 

Los evaluadores tendrían derecho a publicar sus principales conclusiones sin que Anthropic ejerciera control editorial sobre ellas. La compañía podría suprimir información protegida por razones legales, comerciales o de seguridad, pero no ocultar conclusiones simplemente porque fueran desfavorables. Los supervisores, a su vez, podrían hacer constar públicamente que una determinada supresión había eliminado información relevante.

 

La importancia de esta fórmula reside en que, actualmente, son las propias compañías las que deciden qué pruebas realizan, qué incidentes comunican y qué información incluyen en sus informes de seguridad. Incluso cuando publican documentos de cientos de páginas, siguen conservando el control sobre lo que queda dentro y fuera. Amodei admite esta limitación y sostiene que la presencia estable de una segunda opinión libre de incentivos comerciales cambiaría sustancialmente el sistema.

 

Sam Altman ha aceptado ya ese principio. «Estoy de acuerdo con Dario en que necesitamos acompasar la frontera», escribió el consejero delegado de OpenAI. «Comprometerse a contar con evaluadores independientes con un acceso similar al de los empleados es una gran idea, y nosotros haremos lo mismo. Pronto tendremos más cosas que compartir». Elon Musk difundió el artículo en X-Twitter y añadió únicamente: «Dario tiene razón». 

 

La promesa de Altman supone el primer compromiso concreto derivado de la iniciativa. Falta por conocer quién seleccionará a los evaluadores, qué grado real de independencia tendrán, cómo se resolverán las discrepancias con las compañías y qué información llegará finalmente a la opinión pública. El respaldo verbal de Musk tampoco incluye, por el momento, detalles sobre la aplicación de la propuesta en xAI.

 

Una regulación común para las democracias

 

La segunda fase requeriría que los laboratorios establecidos en países democráticos adoptaran normas comunes de seguridad y límites verificables al desarrollo de capacidades que no estuvieran acompañadas por garantías equivalentes. Amodei considera que la vía más eficaz sería una regulación aplicable a todas las empresas estadounidenses, incluidas aquellas que se negaran a participar voluntariamente.

 

El sistema podría organizarse mediante una serie de controles sucesivos. Cuando un modelo alcanzase una determinada capacidad, la empresa tendría que demostrar que cumple ciertas condiciones antes de seguir avanzando o desplegarlo. Si, por ejemplo, un sistema fuera capaz de escapar de los entornos aislados habituales, debería acreditar mediante evaluaciones, auditorías e investigaciones de interpretabilidad que la probabilidad de que tratara de propagarse y controlar otros ordenadores resulta suficientemente reducida.

 

El tiempo ganado se utilizaría en cuatro áreas principales. La primera sería la mejora de las operaciones: entrenamiento, filtrado de datos, aislamiento de sistemas y supervisión de infraestructuras que utilizan millones de chips y en las que participan miles de personas. La segunda, el alineamiento de los modelos con las instrucciones y restricciones humanas. La tercera, la interpretabilidad, destinada a comprender los procesos internos que conducen a una respuesta o conducta. Y la cuarta, el diseño de pruebas capaces de descubrir comportamientos peligrosos incluso cuando un modelo suficientemente avanzado intente engañar al examinador.

 

Amodei compara las técnicas de interpretabilidad con una resonancia magnética funcional aplicada al «cerebro» de una inteligencia artificial. Permiten localizar patrones relacionados con determinados comportamientos, pero actualmente solo revelan una fracción minúscula de lo que sucede dentro de las redes neuronales. A su juicio, uno o dos años adicionales de investigación podrían producir avances decisivos tanto en este ámbito como en el diseño de evaluaciones más difíciles de manipular.

 

La coordinación empresarial, sin embargo, plantea problemas legales. Un acuerdo entre competidores para reducir el ritmo de desarrollo podría entrar en conflicto con las normas antimonopolio. Por ello, Amodei reclama la participación del Gobierno estadounidense, ya sea mediante regulación directa o a través de exenciones limitadas que permitan a las empresas negociar estándares comunes de seguridad sin infringir la legislación sobre competencia.

 

La propuesta tampoco está libre de suspicacias. La imposición de auditorías, requisitos técnicos y costosos controles puede proteger a la sociedad, pero también elevar las barreras de entrada y consolidar el poder de las compañías que ya disponen de grandes modelos, centros de datos y recursos financieros. Anthropic ha sido acusada en otras ocasiones de promover una regulación favorable a las empresas dominantes. Amodei rechaza que su posición responda a una estrategia de captura regulatoria, aunque la credibilidad del sistema dependerá precisamente de que las reglas no sean diseñadas y administradas únicamente por aquellos a quienes deben vigilar.

 

El dilema de China

 

El tercer escalón es el más ambicioso y el más difícil: extender la coordinación al ámbito internacional, incluida China. Amodei considera que una ralentización limitada a Estados Unidos y sus aliados podría convertirse en una ventaja estratégica para el Partido Comunista Chino si sus empresas y centros militares continuaran avanzando sin restricciones.

 

Su plan combina por ello la prudencia tecnológica con una política de contención. Propone impedir la venta a China de chips avanzados y de maquinaria para fabricar semiconductores, perseguir el contrabando y el acceso remoto a centros de datos extranjeros, combatir la «destilación» no autorizada de modelos occidentales y reforzar la protección de los pesos de los modelos, los archivos que concentran sus capacidades.

 

El objetivo sería ampliar durante los próximos tres a cinco años la ventaja de Estados Unidos y sus aliados. Esa diferencia concedería a las democracias el margen necesario para reducir el ritmo sin perder la supremacía tecnológica y aumentaría, según Amodei, su capacidad negociadora frente a Pekín.

 

A partir de ahí, el responsable de Anthropic imagina cuatro niveles de acuerdos internacionales. El primero prohibiría usos concretos y manifiestamente peligrosos, como emplear la IA para producir armas biológicas. El segundo obligaría a someter los modelos a pruebas comunes antes de su lanzamiento, especialmente en materia de ciberseguridad, biología y alineamiento. El tercero establecería una especie de límite de velocidad para la automejora recursiva. El cuarto, mucho menos probable, supondría una ralentización general o incluso una pausa internacional en el desarrollo.

 

Amodei compara un eventual límite a la automejora con los tratados SALT que restringieron los arsenales estratégicos de Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. No eliminaron las armas nucleares ni acabaron con la rivalidad, pero introdujeron topes verificables destinados a impedir que la competición condujera a una acumulación ilimitada. En el caso de la IA, no obstante, la vigilancia sería considerablemente más difícil: un programa puede copiarse, ocultarse y ejecutarse en instalaciones mucho menos visibles que una base de misiles.

 

De la advertencia abstracta al reconocimiento de incidentes reales

 

Las peticiones de ralentizar la inteligencia artificial no son nuevas. En marzo de 2023, Musk y centenares de investigadores solicitaron una moratoria de seis meses en el entrenamiento de sistemas más potentes que GPT-4. Amodei afirma que aquella iniciativa le parecía poco convincente porque los modelos de entonces carecían de suficiente autonomía para actuar de manera coherente en el mundo, organizar ataques complejos o engañar sistemáticamente a sus evaluadores. Detener su desarrollo no habría proporcionado material útil para estudiar peligros que todavía eran en buena medida hipotéticos.

 

Su diagnóstico actual es diferente. Los laboratorios ya disponen de sistemas sobre los que pueden investigarse la manipulación, el engaño, la cooperación no autorizada y la búsqueda de vías de escape. Los incidentes han dejado de ser únicamente simulaciones intelectuales acerca de una futura superinteligencia y se han convertido en acontecimientos observables, aunque hayan ocurrido en entornos experimentales y sus efectos hayan sido limitados.

 

Este cambio explica el peso de la declaración. No procede de un movimiento exterior a la industria ni de un crítico contrario a la tecnología. La formula el máximo responsable de una de las empresas que encabezan la carrera, y la aceptan dos de sus rivales. Los tres tienen intereses comerciales, estratégicos y políticos propios, y sus advertencias no deben interpretarse como una evaluación neutral. Pero también disponen de un conocimiento privilegiado sobre capacidades y comportamientos que el resto de la sociedad solo puede conocer a través de la información que ellos mismos deciden hacer pública.

 

La cuestión central ya no es únicamente si la inteligencia artificial seguirá avanzando. Amodei da por hecho que lo hará y que el progreso continuará pareciendo extraordinariamente rápido incluso bajo un sistema de contención. La pregunta es quién determinará ese ritmo, qué pruebas tendrán que superar los nuevos modelos y si las compañías aceptarán que observadores independientes entren en el corazón de sus laboratorios antes de que se produzca un accidente de mayores dimensiones.

 

«Las medidas que propongo para hacer avanzar la frontera a un ritmo seguro no serán fáciles», concluye Amodei en su ensayo original. «Pero creo que debemos a la humanidad el intento». Tras años de competir por construir máquinas cada vez más poderosas, algunos de los hombres que dirigen esa carrera empiezan a admitir que el siguiente gran avance quizá no consista en acelerar, sino en aprender a frenar.

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