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Enrique Arias Vega
Martes, 15 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

La mentira como norma de conducta

Los partidos políticos suelen abusar de las mentiras cuando éstas perjudican a sus rivales. Es una práctica común en la que como en cualquier otra hay grados.

 

La palma se la lleva Pedro Sánchez, quien desde el minuto uno de su nominación comenzó a mentir sin rebozo alguno. Algunas de sus contradicciones son de sobra conocidas, por lo que no vale la pena insistir demasiado. Sólo aludiremos a algunas a modo de ejemplo. Dijo aquello de que no podría dormir con Podemos en el Gobierno para al poco introducirlo en el Gabinete. También afirmó, varias veces y rotundamente que jamás pactaría con Bildu para acabar haciéndolo a continuación. Explicó que la amnistía no entraba dentro de la Constitución para desdecirse poco después.

 

Son, como digo, unos pocos ejemplos de mentir en lo que se va a hacer para luego realizar lo contrario. Y eso sin inmutarse. La razón esgrimida es que en su caso se trataba de un cambio de opinión, como si los principios políticos fuesen opinables y maleables y no unas normas de conducta a las que atenerse.

 

Todo esto es, pues, una constante en la actuación de nuestro Presidente de Gobierno, en la que hay más mentiras que verdades en su devenir político. Lo peor, con todo, es que de esas acciones se hacen eco los 22 ministros del Ejecutivo y son aplaudidas frenéticamente por la bancada socialista en el Congreso.

 

Por si no hubiese suficientes pruebas de lo expuesto hasta aquí, tenemos el caso de Ceuta, donde el ataque a la integridad de España acabó convirtiéndose en una misión humanitaria, donde la presunta vuelta a la normalidad está desdicha por la permanencia en la ciudad de unos 10.000 asaltantes, y la sensación subjetiva de inseguridad jaleada por Grande- Marlaska se traduce en agresiones diarias. Para colmo, tenemos el desmentido documental que demuestra que las autoridades fueron avisadas en tiempo y forma de la invasión que se avecinaba.

 

Ni siquiera la comprobación documental, como decimos, hace ruborizarse a los mentirosos ni provoca otra reacción que la dimisión de un cargo menor que sí se hizo eco de lo que ocurría.

 

Está visto, pues, que la mentira no sólo se ha convertido en una norma de conducta del poder político, sino que tampoco tiene funestas consecuencias. De creer las encuestas de Tezanos --que ya es tener fe--, el PSOE seguiría superando al PP en los sondeos, mientras que el resto que las desdicen tampoco es que presenten al socialismo tan hundido como debería estarlo tras las trapacerías de Sánchez. O sea, que la mentira no les causa a sus autores tanto perjuicio como se merecen.

           

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