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Martes, 15 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:

El islamoizquierdismo europeo explicado para dummies

Las elecciones suecas muestran cómo la alianza entre la izquierda socialdemócrata y una parte creciente del electorado musulmán puede decidir gobiernos, pese a las profundas contradicciones culturales que presuntamente separan a ambos mundos

 

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Dos días antes de las elecciones legislativas suecas, durante el último debate entre los dirigentes de los partidos, Jimmie Åkesson pronunció una frase que cayó sobre la campaña como una provocación cuidadosamente calculada. El líder de los Demócratas de Suecia (soberanistas conservadores) aseguró que aquel podía ser el primer proceso electoral de la historia del país cuyo resultado fuera decidido por la inmigración musulmana. Sus adversarios lo acusaron inmediatamente de estigmatizar a una minoría religiosa y de dividir a los ciudadanos entre suecos auténticos y suecos sospechosos. Sin embargo, cuando se abrieron las urnas en la noche del domingo 13 de septiembre, la diferencia entre los dos grandes bloques resultó tan pequeña y la concentración del voto inmigrante en la izquierda fue tan elevada que la afirmación de Åkesson dejó de parecer una simple estridencia electoral para convertirse en una certeza irrebatible.

 

A falta todavía del recuento definitivo, el bloque de centroizquierda encabezado por la socialdemócrata Magdalena Andersson obtenía 176 de los 349 escaños del Riksdag, frente a los 173 de la coalición gubernamental dirigida por el primer ministro conservador Ulf Kristersson. Apenas 28.800 votos separaban provisionalmente a ambos espacios. Los Demócratas de Suecia, que durante la última legislatura habían sostenido al Gobierno desde fuera del Consejo de Ministros, descendían hasta aproximadamente el 17,6% y sufrían su primer retroceso desde que entraron en el Parlamento en 2010.

 

Pero el dato verdaderamente revelador aparecía al observar el mapa electoral. En Rinkeby, uno de los barrios de Estocolmo con mayor proporción de población inmigrante musulmana, el 94% de los votos fue a parar al bloque de centroizquierda. La encuesta a pie de urna de la televisión pública SVT mostró que el 70% de los electores de origen extraeuropeo había apoyado a la oposición. Los socialdemócratas y el Partido de la Izquierda reunieron por sí solos el 59% de los sufragios emitidos dentro de ese grupo, mientras que los cuatro partidos que sostenían al Gobierno apenas alcanzaron el 27%.

 

Una encuesta de Novus realizada antes de las elecciones ofrecía un resultado todavía más rotundo: el 85% de los entrevistados que se identificaban como musulmanes tenía intención de votar a los socialdemócratas, a la izquierda o a los verdes. Si se añadía el Partido del Centro, integrado también en el bloque opositor, el porcentaje rozaba el 86%. La televisión sueca había documentado, además, campañas para fomentar la participación desarrolladas por mezquitas de Gotemburgo, Malmö, Helsingborg y Uppsala, junto con mensajes de comunicadores musulmanes que pedían el voto contra los Demócratas de Suecia y los restantes partidos gubernamentales más conservadores. 

 

No existe una estadística oficial que permita conocer la religión de quienes depositaron cada papeleta. “Origen extraeuropeo” y “musulmán” tampoco son categorías equivalentes, y la reducida submuestra de musulmanes consultada por Novus obliga a manejar sus porcentajes con prudencia. Por tanto, no puede demostrarse que “los musulmanes decidieron las elecciones” como si se tratara de un hecho contenido en las actas del escrutinio. Sí puede sostenerse que, dada la extraordinaria concentración de ese voto en el centroizquierda y la mínima distancia entre los bloques, la movilización musulmana pudo proporcionar a Andersson el margen necesario para vencer.

 

Suecia no ha inventado nada. Únicamente acaba de ofrecer la representación más nítida de una transformación política que avanza desde hace años por Europa, alentada por las élites globalistas, la izquierda socialista y la extrema-izquierda antisistema.

 

Qué es el islamoizquierdismo

 

El término procede del francés islamo-gauchisme y suele atribuirse al politólogo e historiador de las ideas Pierre-André Taguieff, quien lo utilizó en 2002 para describir la convergencia entre determinados movimientos de la izquierda radical y organizaciones islamistas, inicialmente alrededor del antisionismo, la causa palestina, el tercermundismo y la oposición a Estados Unidos y a Occidente. Desde entonces, la expresión ha adquirido significados diferentes y se ha convertido en una de las palabras más polémicas del debate político francés.

 

Sus críticos consideran que se trata de una etiqueta imprecisa que pretende descalificar cualquier denuncia de la discriminación contra los musulmanes. Sus defensores afirman que permite identificar una alianza política perfectamente visible que la corrección académica y mediática se resiste a reconocer. Ambas advertencias contienen algo de verdad: el término puede utilizarse para describir una realidad, pero también puede convertirse en un insulto que sustituya al análisis.

 

Explicado de la forma más sencilla posible, el islamoizquierdismo no significa que la izquierda se haya convertido al islam, que todos los musulmanes sean islamistas ni que exista una conspiración centralizada para apoderarse de las instituciones europeas. Significa que determinados sectores de la izquierda y determinados actores políticos o religiosos musulmanes, pese a mantener preesuntamente concepciones incompatibles sobre numerosas cuestiones esenciales, han descubierto que pueden prestarse servicios mutuamente.

 

La izquierda ofrece a los musulmanes y a su ideología antioccidental protección política, legitimidad cultural, representación institucional y oposición a las restricciones migratorias. Las organizaciones musulmanas aportan capacidad de movilización, redes comunitarias y un electorado territorialmente concentrado. No estamos necesariamente ante una identidad ideológica. Estamos, sobre todo, ante una coincidencia de intereses.

 

Una alianza entre contrarios

 

La primera dificultad para comprender el fenómeno es su contradicción interna. La izquierda europea moderna se presenta (falsamente, diríamos algunos) como heredera de la Ilustración, el secularismo, el feminismo, la emancipación sexual, la libertad individual y la crítica de la religión. Una parte considerable del electorado musulmán europeo mantiene, sin embargo, posiciones socialmente liberticidas sobre la familia, la homosexualidad, el aborto, el papel público de la religión, la educación de los hijos o las relaciones entre hombres y mujeres.

 

Si las elecciones se decidieran exclusivamente alrededor de estas cuestiones, cabría esperar que muchos musulmanes conservadores votaran a partidos cristianos, tradicionalistas o de derechas. En la práctica ocurre lo contrario. Los estudios electorales muestran una clara inclinación de los ciudadanos musulmanes hacia las formaciones de izquierda, aunque el comportamiento no sea idéntico en todos los países ni todos los electores actúen como un bloque uniforme. Una investigación comparada publicada en 2025 parte precisamente de ese hecho y estudia el sentimiento de exclusión social y política como uno de los factores que ayudan a explicar ese voto colectivo.

 

La explicación no es especialmente misteriosa. La mayoría de los partidos de la derecha europea defiende una inmigración más limitada, mayores requisitos de integración, controles sobre la financiación exterior de las mezquitas, prohibiciones parciales del velo islámico o medidas más severas contra el islamismo. Cuando la derecha radical crece, el voto a la izquierda se convierte para muchos musulmanes en un mecanismo de defensa, independientemente de las opiniones que puedan mantener sobre las políticas sexuales o familiares progresistas.

 

También intervienen factores sociales. Una parte importante de la inmigración musulmana se concentra en barrios con rentas inferiores a la media, una fuerte presencia de vivienda pública y una mayor dependencia de los servicios del Estado. El voto a favor de los partidos que prometen más gasto social, mejores prestaciones, protección del alquiler y mayores inversiones en los suburbios puede responder a intereses materiales perfectamente convencionales. No hace falta recurrir a ninguna dirección religiosa clandestina para explicar por qué un trabajador precario o una familia numerosa votan al partido que consideran más favorable a sus condiciones de vida.

 

La peculiaridad aparece cuando la relación deja de ser una suma de decisiones individuales y se convierte en una negociación entre organizaciones, asociaciones, dirigentes religiosos, activistas y partidos. Ahí comienza propiamente el islamoizquierdismo.

 

El intercambio

 

La izquierda europea perdió durante las últimas décadas una parte sustancial de su antiguo electorado industrial. Los trabajadores de las periferias urbanas, de las pequeñas localidades y de los sectores castigados por la globalización comenzaron a votar a los partidos que prometían proteger las fronteras, recuperar soberanía económica y detener la transformación cultural de sus países. El Frente Nacional francés, los Demócratas de Suecia, el Partido por la Libertad neerlandés, Alternativa para Alemania y otras formaciones ocuparon progresivamente territorios políticos que durante buena parte del siglo XX habían pertenecido a socialdemócratas y comunistas.

 

Mientras perdía al obrero autóctono, una parte de la izquierda descubría otro proletariado en los suburbios multiculturales. Era más joven, más diverso, generalmente más pobre y, por razones demográficas, estaba destinado a crecer. El viejo lenguaje de clase fue sustituido gradualmente por el de las identidades, las minorías, el racismo estructural y la discriminación. El inmigrante musulmán dejó de ser contemplado únicamente como trabajador y pasó a ser presentado como miembro de una comunidad cultural que debía recibir reconocimiento y protección.

 

El intercambio político se construyó sobre esa transformación. Los partidos de izquierda ofrecieron candidatos procedentes de las comunidades inmigrantes, interlocución con asociaciones islámicas, subvenciones (muchas) para proyectos comunitarios, protección frente a la llamada islamofobia y oposición a las políticas de asimilación. A cambio obtuvieron voto, activismo y presencia en barrios donde las redes familiares, religiosas y asociativas permiten difundir mensajes con gran rapidez.

 

Nada de esto convierte en ilegítimo el voto musulmán. Un ciudadano de origen sirio, turco, somalí o marroquí posee exactamente el mismo derecho que cualquier otro sueco, francés o británico a organizarse, defender sus intereses e impedir la llegada al poder de los partidos que considera perjudiciales. El problema político no reside en que vote, sino en las concesiones que los partidos pueden estar dispuestos a realizar para conquistar un electorado decisivo y en la posible aparición de intermediarios que pretendan hablar en nombre de comunidades enteras.

 

Una democracia liberal se relaciona con ciudadanos. El comunitarismo se relaciona con bloques.

 

Francia: el laboratorio

 

Francia constituye el gran laboratorio europeo de esta estrategia. En las elecciones al Parlamento Europeo de junio de 2024, el 62% de los musulmanes que acudieron a votar eligió la candidatura extremaizquierdista de La Francia Insumisa, de Jean-Luc Mélenchon, según un sondeo de Ifop. El resultado nacional de la formación fue de sólo el 9,89%. Es decir, su respaldo entre los musulmanes fue más de seis veces superior al obtenido en el conjunto de la sociedad francesa.

 

La explicación no puede separarse de Gaza. Mélenchon convirtió la ofensiva israelí en uno de los principales asuntos de su campaña, denunció insistentemente el presunto sufrimiento de los palestinos y desplegó una estrategia específica en los suburbios con mayor presencia inmigrante. En La Courneuve, municipio de Seine-Saint-Denis, La Francia Insumisa pasó de aproximadamente el 16% obtenido en las europeas de 2019 a más del 58% en 2024.

 

La formación de Mélenchon no ocultó que esos territorios representan una pieza fundamental de su proyecto. Su discurso sobre una “nueva Francia” reúne a jóvenes, habitantes de las periferias, ciudadanos de origen inmigrante, minorías étnicas y sectores movilizados alrededor de la causa palestina. Lo que durante décadas había sido la periferia social del sistema se convierte así en el centro de una nueva mayoría electoral.

 

Sin embargo, esta estrategia contiene un techo evidente. Cuanto más se identifica La Francia Insumisa con las demandas de determinados barrios y minorías, más difícil le resulta penetrar en la Francia rural, envejecida o periférica que vota al Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen. La alianza moviliza intensamente a unos sectores y aleja con la misma intensidad a otros. El islamoizquierdismo puede construir fortalezas electorales, pero todavía no está claro que pueda construir una mayoría nacional.

 

Reino Unido: cuando el voto deja de estar cautivo

 

Las elecciones británicas de 2024 demostraron otra dimensión del fenómeno. Durante décadas, el Partido Laborista había considerado prácticamente asegurado el apoyo de buena parte de las comunidades pakistaníes, bangladesíes y musulmanas de las grandes ciudades. Pero la respuesta inicial de Keir Starmer a la guerra de Gaza provocó una rebelión electoral en varios de esos territorios.

 

El laborismo ganó las elecciones con una amplísima mayoría parlamentaria, pero perdió cuatro circunscripciones ante candidatos independientes cuya campaña se había centrado en la causa palestina. En los distritos donde más del 10% de la población era musulmana, su porcentaje de voto retrocedió una media aproximada de diez puntos. Jonathan Ashworth, una de las figuras relevantes del partido, fue derrotado en Leicester South por Shockat Adam. También vencieron candidatos independientes en Blackburn, Dewsbury and Batley y Birmingham Perry Barr. Wes Streeting, posteriormente ministro de Sanidad, conservó su escaño por sólo 528 votos.

 

El episodio británico introdujo una importante corrección en la relación tradicional: el voto musulmán puede favorecer extraordinariamente a la izquierda, pero no tiene por qué pertenecerle. Puede desplazarse hacia candidatos independientes, partidos confesionales o movimientos constituidos alrededor de una cuestión internacional. Gaza mostró que un acontecimiento ocurrido a miles de kilómetros podía alterar elecciones locales británicas, derribar diputados y obligar a uno de los mayores partidos europeos a revisar sus cálculos.

 

Por eso la alianza no debe interpretarse como una simple absorción de las comunidades musulmanas por la izquierda. Es una negociación. Y toda negociación implica la posibilidad de retirar el apoyo cuando una de las partes considera incumplido el acuerdo.

 

Del antifascismo al antisionismo

 

El enemigo compartido desempeña un papel esencial. La izquierda radical y el islam político no necesitan coincidir en su visión de la sociedad si ambos identifican como adversarios al nacionalismo europeo, la derecha identitaria, Estados Unidos e Israel. El antisionismo y la causa palestina proporcionan un vocabulario común que permite reunir bajo las mismas pancartas a feministas radicales, colectivos homosexuales, militantes marxistas y organizaciones musulmanas islamistas.

 

La contradicción no desaparece; simplemente queda aplazada. Los asuntos que podrían romper la alianza —el velo, la homosexualidad, la libertad de blasfemar, el estatuto de la mujer, la educación religiosa o la aplicación de normas comunitarias— son reinterpretados mediante el lenguaje del antirracismo. Una costumbre que sería denunciada como patriarcal si procediera de la tradición cristiana europea puede ser protegida como expresión cultural cuando pertenece a una minoría considerada vulnerable. Ese doble rasero constituye una de las críticas centrales al islamoizquierdismo. 

 

Cuatro realidades diferentes

 

Resulta imprescindible distinguir cuatro niveles que suelen mezclarse interesadamente.

 

El primero es el voto musulmán, formado por millones de decisiones individuales motivadas por razones económicas, familiares, culturales, religiosas o defensivas. No constituye necesariamente un proyecto coordinado.

 

El segundo es el asociacionismo islámico, integrado por mezquitas, organizaciones culturales, entidades asistenciales y grupos comunitarios. Algunas de estas instituciones se limitan a prestar servicios religiosos y sociales; otras actúan como grupos de presión y buscan influir sobre los partidos.

 

El tercero es el islamismo político, que no se conforma con garantizar la práctica privada de una religión, sino que pretende organizar la sociedad y el poder a partir de principios islámicos. Un musulmán puede rechazar por completo ese proyecto del mismo modo que un cristiano puede oponerse al integrismo religioso católico.

 

El cuarto es la estrategia electoral de la izquierda, que trata de transformar una población diversa en una coalición estable de minorías. Esa estrategia puede limitarse a combatir discriminaciones inventadas o puede desembocar en clientelismo, silencios interesados y cesiones ante interlocutores poco representativos.

 

Sólo cuando el tercer y el cuarto nivel establecen una cooperación consciente cabe hablar, en sentido estricto, de alianza islamoizquierdista. Cuando únicamente constatamos que un musulmán de renta baja vota a los socialdemócratas, estamos ante sociología electoral.

 

¿Quién utiliza a quién?

 

La pregunta que recorre toda esta relación es cuál de las dos partes terminará imponiendo su agenda. Una parte de la izquierda cree que la integración política secularizará progresivamente a las nuevas generaciones musulmanas. Según esta interpretación, la defensa de sus derechos y su incorporación a los partidos producirán ciudadanos semejantes al resto de los europeos, quizá unidos todavía por una identidad cultural, pero desvinculados de cualquier proyecto teocrático. La historia reciente demuestra la absoluta falsedad de esta creancia. Las segundas y terceras generaciones de inmigrantes musulmanes radicados en Europa muestran en no pocos casos comportamientos y creencias más radicalizados que las de sus padres y abuelos.

 

Los islamistas pueden realizar el cálculo inverso. Consideran que las garantías liberales, la legislación contra la discriminación, la autonomía comunitaria y la protección proporcionada por la izquierda les conceden tiempo, espacio institucional y legitimidad para consolidar su influencia. No necesitan compartir el programa progresista completo. Les basta con cooperar en aquellos terrenos donde sus objetivos coinciden y resistir en silencio en los demás.

 

Por el momento, la alianza funciona porque las discrepancias definitivas rara vez se someten a prueba. La izquierda no exige a sus socios comunitarios una adhesión entusiasta a la revolución sexual y estos no reclaman inmediatamente que el Estado adopte normas religiosas. Cada parte mira hacia otro lado mientras obtiene lo que necesita.

 

Sin embargo, esa ambigüedad no puede mantenerse indefinidamente. Las controversias sobre el velo, las escuelas confesionales, la segregación sexual, la libertad artística, el antisemitismo, la educación afectivo-sexual o la financiación extranjera de las mezquitas muestran los lugares exactos donde el acuerdo puede romperse.

 

La lección sueca

 

Suecia pretendió durante décadas enseñar al resto del continente que una política migratoria extraordinariamente abierta podía combinarse con un Estado del bienestar generoso, una elevada confianza social y una identidad nacional aparentemente segura. El intento fue un absoluto fracaso y acabaría revelando la Suecia de hoy, la de los costes de la segregación residencial, la delincuencia organizada y la aparición de sociedades paralelas. Ahora puede estar mostrando una tercera etapa: la conversión demográfica y comunitaria de aquellas transformaciones sociales en poder electoral.

 

El voto musulmán no es ilegítimo, anómalo ni menos democrático que el de los pensionistas, los funcionarios, los agricultores, los empresarios o los católicos. Todos los grupos sociales votan de acuerdo con sus intereses, valores y temores. Lo relevante es que su extraordinaria concentración en un mismo bloque puede concederle una influencia decisiva en sistemas parlamentarios fragmentados, sobre todo cuando la distancia entre izquierda y derecha se reduce a unas decenas de miles de papeletas.

 

La izquierda europea ha comprendido esa aritmética. También la han comprendido las organizaciones musulmanas. Los partidos ofrecen protección y reconocimiento; los dirigentes comunitarios facilitan movilización y fidelidad. Unos necesitan reemplazar a los trabajadores que los abandonaron. Otros necesitan aliados dentro de unas instituciones diseñadas por sociedades que todavía les son culturalmente ajenas y a las que odian ferrozmente. La relación puede presentarse como solidaridad, antirracismo, justicia social o defensa de las minorías. En su dimensión más descarnada, sin embargo, se parece a cualquier otro pacto político: cada parte entrega algo porque espera recibir más.

 

Durante muchos años, el islamoizquierdismo fue tratado como una fantasía polémica inventada por intelectuales conservadores franceses. Suecia acaba de recordar que detrás de la palabra existe un fenómeno mensurable. No una conspiración, no un ejército homogéneo y tampoco una fusión doctrinal, sino una convergencia electoral cuya importancia aumenta a medida que cambia la demografía europea y se estrechan los resultados.

 

En la noche del pasado 13 de septiembre, mientras Suecia esperaba saber qué bloque había ganado por apenas tres diputados, el futuro político de Europa pudo contemplarse durante unos instantes en el mapa de Rinkeby. Allí, en un barrio donde el centroizquierda reunió el 94% de los votos, la vieja alianza entre obreros y socialdemócratas parecía haber sido sustituida por otra. Nadie puede asegurar todavía cuánto durará ni cuál de sus integrantes acabará dominándola. Pero ya nadie podrá fingir que no existe.

 

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