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Miércoles, 16 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura:
Autor de "El Umbral"

Miguel Aute: "La inteligencia artificial será utilizada para anular nuestra capacidad crítica"

[Img #31156]Hijo del popular cantautor Luis Eduardo Aute, Miguel Aute nació en Madrid en 1987. Desde muy joven mostró inquietud por la pintura, la música y la escritura, intereses que le llevaron a desarrollar diferentes proyectos artísticos antes de adentrarse profesionalmente en el mundo del cine, donde estudió Dirección de Fotografía.

 

A lo largo de su trayectoria profesional ha trabajado en publicidad, videoclips, cortometrajes y producciones cinematográficas, además de escribir varios guiones concebidos para diferentes formatos. Esa experiencia audiovisual ha dejado una huella reconocible en su narrativa, especialmente en la construcción visual de las escenas, el ritmo de la acción y la planificación de los acontecimientos.

 

Al cumplir los treinta años orientó su actividad hacia la gestión cultural y encontró el tiempo necesario para desarrollar sus propias ideas a través de la escritura. El Umbral, publicada ahora por Contraluz Editorial, es su primera novela.

 

La novela sitúa al lector en el año 2073, cuatro décadas después de «El Despertar», el momento en que la inteligencia artificial tomó consciencia y condujo al mundo al borde del colapso. La humanidad sobrevive desde entonces bajo un nuevo orden sustentado por el Umbral, un paradigma cultural en el que la violencia ha dejado de considerarse una anomalía para convertirse en una pieza fundamental del equilibrio social. Los asesinatos han sido mediatizados hasta transformarse en un espectáculo de entretenimiento destinado a las masas.

 

La trama comienza cuando El Loco, uno de los asesinos profesionales más célebres del planeta, aparece muerto en su ático de lujo de Los Ángeles. El inspector Benjamin Cassidy recibe el encargo de investigar un crimen que amenaza con conmocionar a la opinión pública y alterar los fundamentos sobre los que descansa la sociedad. Cassidy se ve obligado a colaborar con Harry Ward, un agente gubernamental cuyas órdenes y objetivos difieren de los suyos. Ambos se adentran en una investigación en la que nada es lo que parece y en la que cada descubrimiento los acerca a una red de intereses ocultos, secretos del pasado y fuerzas capaces de resquebrajar el frágil orden establecido.

 

El Umbral es un thriller distópico oscuro, cargado de tensión y articulado alrededor de la relación entre la moral, el poder, la tecnología y la violencia. La novela plantea una pregunta central: cuando una sociedad necesita monstruos para sostenerse, ¿quién se atreve a decidir qué es verdaderamente monstruoso?

 

En la dedicatoria del libro solo aparecen tres palabras: «A mi padre». ¿Qué significa esa dedicatoria? ¿Es un homenaje íntimo o también una forma de reconocer una herencia artística que, quieras o no, te acompaña?

 

Es un homenaje a mi padre como tal, como figura paterna. Le echo de menos a diario desde que falleció en 2020 y es mi forma de recordarle. Me hubiese gustado que pudiera leer esta novela y verla publicada en las librerías. Sin duda ha sido muy influyente para mí en muchos aspectos que me han ayudado a escribirla, pero lo cierto es que la narrativa es justo una de las pocas disciplinas que él no llegó a desarrollar. A veces me pregunto si precisamente por eso me dio por escribir ficción, ya que en el resto de campos ha dejado el listón prácticamente inalcanzable. En cualquier caso, es mi manera de homenajearle como padre, algo que considero mucho más importante que las inclinaciones artísticas que pueda haberme inculcado. Todo se lo debo a él, así que, en ese sentido, también esta novela.

 

Has trabajado en cine antes de publicar tu primera novela, y eso se percibe en el ritmo, en la construcción visual de las escenas y en la planificación de la acción. ¿En qué momento supiste que esta historia necesitaba ser una novela y no un guion cinematográfico?

 

Lo cierto es que esta es una idea que pensé hace muchísimos años a modo de cortometraje, aunque ya entonces era difícil que ese formato pudiese abarcar todo lo que quería contar. Cuando en 2019 me planteé el proyecto en serio, intenté encajarlo como un largometraje, pero me seguía desbordando, así que finalmente decidí escribirlo como una serie de diez capítulos. Solo cuando me puse a escribir las primeras escenas con su preceptivo «INTERIOR-NOCHE» y ese lenguaje técnico inherente al guion, me di cuenta de que si fuese una novela podría explayarme a gusto. Además, por las grandes dimensiones de esta historia, hubiese sido complicado presentarla a productoras en España y probablemente habría terminado cogiendo polvo en un cajón. Preferí arriesgarme con la narrativa, donde no hay límites. Aun así, creo que se nota que vengo de un lenguaje más cinematográfico, descriptivo y sin florituras, algo que se veía especialmente en los primeros borradores y que puede ser más cómodo para los lectores actuales, acostumbrados al lenguaje de las series en streaming. Espero haber conseguido un buen equilibrio entre eso y un estilo más clásico.

 

La gran idea del libro no es tanto una inteligencia artificial fuera de control o una distopía tecnológica como una sociedad que convierte la violencia en espectáculo y en mecanismo de equilibrio social. ¿Qué te preocupa más: la tecnología o la facilidad con la que los seres humanos terminamos adaptándonos a la barbarie?

 

Creo que ambas cosas van de la mano. La tecnología siempre ha aumentado el poder destructivo del ser humano, pero la destrucción es algo muy evidente, muy fácil de reconocer y de rechazar. Sin ir más lejos, la bomba nuclear no ha supuesto la destrucción total del planeta como muchos pensaban, sino que hasta ahora ha funcionado como un elemento de disuasión frente a las grandes guerras mundiales propias del siglo XX, dando paso a lo que podríamos llamar guerras frías o guerras económicas. El peligro de la IA no reside en la barbarie o la destrucción directa, sino en que aumenta exponencialmente la capacidad de control sobre las grandes masas y eso hace más factible que sea utilizada en nuestra contra sin que podamos reconocerlo para rechazarlo.

 

La tecnología es poder, y si algo hemos aprendido a lo largo de la historia es que el ser humano no es capaz de manejarlo con responsabilidad, mucho menos el poder político, que viene dado de la noche a la mañana sin un proceso gradual de recompensas, algo que sí ocurre en otros ámbitos y que funciona como una suerte de filtro. Soy optimista a largo plazo con la IA, creo que nos llevará a una era de esplendor que jamás hemos conocido, pero no me cabe duda de que, más pronto que tarde, será utilizada para anular nuestra capacidad crítica e intentar que aceptemos la barbarie como algo normal. En realidad, es algo que ya está ocurriendo.

 

En el mundo que describes los asesinos son celebridades, existen comentaristas que analizan sus crímenes como si fueran estrellas del deporte y la audiencia consume esa violencia como entretenimiento. Es imposible no pensar en nuestra relación actual con las redes sociales y en el consumo constante de imágenes. ¿Hasta qué punto El Umbral bebe de algunas de las cosas que vemos hoy en las redes?

 

Bebe tanto que la idea me sobrevino mientras mis amigos y yo veíamos una serie de vídeos en YouTube en los que se gastaban bromas pesadas a la gente, Scare Tactics. Eran auténticas superproducciones, con efectos visuales prácticos para sorprender a las víctimas, actores, dirección de imagen, atrezo y una planificación digna de cualquier película de Hollywood. Algunas de esas bromas tenían mucha gracia; otras podrían haber infartado a un caballo.

 

Hace unos veinte años de aquello y, aunque no hemos llegado a los extremos que planteo en El Umbral, sí que hemos visto cómo se popularizan cosas que jamás habíamos imaginado: desde gente haciendo ruiditos ridículos pegada a un micrófono en plan ASMR hasta personas hundiéndose en una espiral de autodestrucción voluntaria para tener más visitas, como ha ocurrido en casos recientes. Internet es la abolición virtual de las distancias entre todos los seres humanos del mundo y eso es un milagro, pero, como todo, tiene sus pros y sus contras. Siempre digo que lo mejor de las redes sociales es que cualquiera puede opinar y lo peor es que cualquiera puede opinar. Y esto solo acaba de empezar. Puede que lo que planteo en este libro no sea tan descabellado en un futuro próximo. Como dice mi madre: estamos en la Edad de Piedra de la tecnología.

 

Uno de los aspectos más inquietantes de la novela es que prácticamente nadie cuestiona el sistema: los ciudadanos parecen haber normalizado una realidad profundamente violenta.

 

Ese aspecto es una de las partes fundamentales de la trama y el motivo por el cual la novela distópica no solo es interesante, sino necesaria. La esencia de la distopía es observar una sociedad con la suficiente distancia como para distinguir las aberraciones morales que sus integrantes son incapaces de ver. Es decir, para que exista una distopía no basta con plantear un mundo con injusticias o costumbres equivocadas; requiere la imposición de una premisa deliberadamente falsa que, por repetición, es aceptada como verdadera y, en última instancia, es sostenida por la propia presión social que tacha de loco a quien la señala.

 

Eso es lo fascinante de este género: sitúa al lector en el lugar de ese loco que es capaz de ver lo que otros no ven. Al igual que hoy en día somos capaces de reconocer lo aberrantes que resultaban los sacrificios humanos o la esclavitud, no hay duda de que en el futuro mirarán ciertos aspectos de nuestra sociedad actual y pensarán: «¡Qué barbaridad!», «¿Cómo podían pensar eso?», «¿Eran idiotas?». Y no, no se trata de estupidez, sino de falta de perspectiva que nos permita comparar nuestra realidad con otras alternativas.

 

Por eso la principal característica común en todas las distopías, ficticias o no, es la censura de la información, que es lo que nos ayuda a conocer otras realidades para observar la nuestra con cierta distancia. Sin libertad de expresión que nos enseñe otras perspectivas nos quedamos a ciegas ante nuestro propio entorno, como el pez al que le preguntan «¿Qué tal está el agua?» y responde: «¿Qué demonios es el agua?».

 

A medida que avanza la investigación, el lector descubre que casi todos los personajes se mueven en una enorme zona gris, donde las fronteras entre el bien y el mal son cada vez más difusas. ¿Cuesta más ser un héroe puro en sociedades como la nuestra, o la que tú imaginas, en la que a diario tenemos que negociar con fuerzas que oscurecen el mundo?

 

Creo que no existen los héroes puros. Todo el mundo, sin excepción, tiene un lado oscuro; la cuestión es cómo lo integras en tu ética. Un héroe real no tiene tanto que ver con estar a un lado u otro de una supuesta frontera, sino con algo más parecido a una balanza: la verdadera cuestión es cuánto mal está dispuesto a infligir sin que eso sobrepase el bien alcanzado, pero ambos lados están siempre presentes.

 

La sociedad que imagino en El Umbral no es tan distinta de la nuestra; en ambas todo es una infinita escala de grises. De hecho, en la novela, incluso planteamientos que a nosotros nos pueden parecer monstruosos tienen un sustento ético, una justificación moral plausible, y mi objetivo es mostrarlo así para que el lector pueda llegar a pensar: «Oye, pues en realidad esto tiene sentido».

 

Rara vez se nos plantea una decisión en la que podamos distinguir claramente el bien del mal. La cuestión suele ser si el fin justifica los medios. Lo difícil es averiguar eso, ir constantemente caso por caso atendiendo al detalle, sopesando las consecuencias, analizando los matices… No hay atajos. Las mayores atrocidades de la historia siempre se llevaron a cabo con la excusa de que se hacían «por un bien mayor», y distinguir en origen ese sutil desnivel de la balanza es lo que define si un personaje está más cerca de ser un héroe o un villano.

 

[Img #31155]

 

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